N31d001a
Fecha: 19961231
Título: El misterio de la Encarnacion solo existe en el corazon que se esta divinizando
Original en audio: 14 min. 35 seg.
En el séptimo día de la Octava de Navidad, nos presenta la Iglesia el llamado prólogo del evangelio según San Juan, una de las cumbres más altas de la teología, de la mística, de la vida espiritual.
Por palabras como estas que hemos escuchado hoy, se ha comparado a este Evangelista con un águila que se remonta más, y más, y más alto, hasta fijar su pupila en el Sol mismo. Son, quizá, las palabras más sublimes, o de las más sublimes que se puedan pronunciar con nuestra voz.
Y tenemos mucho que agradecer a Dios, y mucho que agradecer a este Evangelista, por este testimonio, por esta teología, por esta enseñanza, por este evangelio. Porque, es raro que quien ha tenido una experiencia tan alta y profunda de Dios, luego pueda decir alguna cosa.
Dios resulta inexpresable, literalmente inefable para quien se encuentra, por así decirlo, tan densamente con Él. Esto nos hace recordar aquel doble milagro que en más de una ocasión realizaba Dios en Catalina de Siena.
La obra del Espíritu, por una parte, la llevaba a un éxtasis muy alto; pero, por otra parte, en un segundo milagro, aunque en ese estado, usualmente, el santo queda como inmóvil, como desprendido, despojado de todo lo sensible, con un segundo milagro Dios permitía, que aún en esa circunstancia, ella pudiera hablar. Y se necesita ese doble milagro para comprender el misterio de la Navidad.
Se necesita un primer milagro que levante nuestro corazón a su amor, y un segundo milagro que haga expresivo y expresable ese amor; se necesita un primer milagro para llegar a la Fuente de la gracia, a este Cristo que acabamos de encontrar en el pesebre, y se necesita un segundo milagro para descubrir qué es lo que está sucediendo ahí.
¿Quién se está revelando? Se necesita un primer milagro para llegar hasta Jesús, pero un segundo milagro para que nuestros ojos puedan verlo.
Y por eso cuando afirmamos que, “la Palabra en el principio estaba junto a Dios, y que la palabra era Dios” San Juan 1,1, no estamos en contradicción con el Antiguo Testamento, porque esa es una pregunta que uno puede hacerse.
Si Dios no se podía mostrar, si le tiene que decir a Moisés: “Escóndete en la hendidura de la peña, porque mi rostro no lo puedes ver” Exodo 33,21-23, entonces, ¿cómo es esto de que Dios se ha hecho visible en Jesucristo?
Esa expresión de que Cristo es la imagen de Dios invisible, como dice San Pablo, hay que saberla entender. Lo que ven nuestros ojos queda como en el poder de nuestra mente; ver a Dios en Jesucristo no es adueñarse de lo que vemos.
Ver a Dios en Jesucristo es el doble milagro de La Palabra hecha carne y de la obra del Paráclito que nos permite reconocer a esa Palabra, no es el sólo rostro de Cristo, no es el sólo cuerpo de Cristo; no es solamente el Bebé, y la gruta, y el asno, María y José, no es solamente eso lo que nos permite reconocer a Dios. Viendo eso, el milagro no está sólo en lo que vemos, sino en poder verlo.
Y por eso se necesita no sólo el envío del Verbo, sino el envío del Espíritu. Si Dios se hace visible en Jesucristo no es porque Dios pueda aparecer como aparecía en los ídolos, los baales, o como aparece un Tótem.
Si Dios aparece en Jesucristo no es porque pueda ser reducido a una imagen, sino porque enviándonos a Cristo envía también al Espíritu, y Cristo aparece ante nuestros ojos, y el Espíritu transforma nuestros ojos.
Como quien dice, logramos ver a Dios en Jesucristo si aparece Cristo, por una parte, y este es el primer milagro, pero también si nuestros ojos son transfigurados para poder verlo. Se necesita que Dios obre afuera de nosotros, ofreciéndonos al Salvador, y adentro de nosotros, permitiéndonos reconocer la salvación.
Adentro de nosotros, obra con la gracia del Espíritu Santo, y afuera de nosotros, obra con la gracia del Verbo hecho carne.
Cuando esta doble obra sucede, entonces, se da la revelación de Dios mismo y de su misterio en nuestras vidas. La persona que tal cosa recibe, se siente habitada por Dios, siente que no es externo, ni ajeno al misterio de Dios.
Por eso mira que la expresión que utilizamos como alabanza a La Trinidad: “Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo”, es sólo una expresión, pero no es perfecta, porque cuando decimos: “Gloria al Padre, y al Hijo y al Espíritu Santo”, como que nos situamos por fuera del misterio de la Trinidad, y desde ahí le damos alabanza a tres personas divinas, distintas.
En cambio, lo que nos va enseñando, lo que nos va mostrando esta revelación del Nuevo Testamento, se parece más a la expresión de alabanza que se suele utilizar en la Iglesia de Oriente: “Gloria al Padre, por el Hijo, en el Espíritu Santo”. Desde luego que cada expresión tiene su propia historia en la teología de la Iglesia.
Y el objetivo de estas palabras no es que dejemos de decir: “Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu”, pero si es bueno que alguna vez hagamos como una consideración desde otro punto de vista.
Y reconozcamos que la alabanza que nosotros damos al Padre, la damos precisamente desde el corazón de Cristo y en el Espíritu de Dios. Por eso dice el texto de hoy: “La Palabra se hizo carne, y acampó entre nosotros” San Juan 1,14.
Esto indica como la definitiva entrada de Dios en nuestra historia. Bien se podría hacer esa lectura: “Hemos contemplado su gloria, gloria propia del Hijo único del Padre, lleno de gracia y de verdad”
Esto indica que nosotros hemos entrado al mundo de Dios. Lo del misterio de la encarnación es también el misterio de nuestra divinización, no son dos misterios distintos, sino que sólo existe el misterio de la encarnación en el corazón que se está deificando, que se está divinizando.
Para aquellos que no reciben esa doble misión del Verbo y del Espíritu, para aquellos que no son deificados por el Espíritu para reconocer al Verbo, tampoco existe el Verbo encarnado.
Y por eso sucede lo que dice el mismo texto: “Al mundo vino, y en el mundo estaba, el mundo se hizo por medio de ella, y el mundo no la conoció, vino a su casa, y los suyos no la recibieron” San Juan, 1,9-11.
Cristo es rechazado por su pueblo precisamente por ser, por presentarse como Hijo de Dios. Alrededor de este núcleo hay otra serie de problemas, la revuelta política, el descontento social, la descalificación del santuario, y del culto, etc.
Pero el mismo Evangelista Juan es claro cuando dice, en medio de las acusaciones que hacen aquellos judíos a Jesús, dicen ellos: “Nosotros no te atacamos por ninguna obra buena, sino porque siendo hombre te haces Dios” San Juan 10,33.
De modo que la enseñanza de este día la podemos resumir en las palabras que dije hace unos minutos: sólo existe el misterio de la encarnación en el corazón que se está divinizando; para las demás personas existen los regalos.
Regalos más o menos materiales, desde aquellos que vienen envueltos en papel de regalo hasta el regalo de la ternura de un Bebé, pero, ¿cuál es la diferencia entre este Bebé y los demás bebés? Son tan lindos todos, son tan hermosos, y su piel suavecita, sus ojos dulces, atrae tanto nuestro corazón.
Pues, dice uno: "Para que sucediera eso, no se necesitaba que el Verbo se hiciera carne, cada uno de los bebés de esta tierra nace así."
Yo tengo un sobrino que va a cumplir un año, y ustedes vieran que sobrino tan hermoso. Le provoca a uno abrazarlo, besarlo, y se dedica uno a la vida contemplativa, a mirarle la cara a ver a qué horas va a sonreír, a qué hora va a parpadear, a qué hora le da sueño.
En eso se la pasan los papás, las mamás, sobre todo las mamás. Claro, toda mamá se vuelve contemplativa de su muchachito, y para eso no se necesitaba la encarnación; o sea, que esos efluvios de ternura no son todavía la esencia de la Navidad.
Aunque sea muy bonito reflexionar sobre el Niño, o cantar las ternuras del Niño, eso todavía no es la Navidad. Empieza a haber Navidad cuando juntamos las dos partes del versículo catorce del capítulo 1 de San Juan; es decir: “La Palabra acampó entre nosotros” San Juan 1,14, bien.
"Dios irrumpe como Señor, y Salvador en nuestra historia, y nosotros hemos visto la gloria del Unigénito del Padre, y nosotros entramos en el mundo de Dios" San Juan 1,14.
Hay encarnación para aquel que es divinizado, San Hipólito lo decía en el Oficio de Lectura del día de ayer: “Esos dos misterios: Dios hecho hombre, y el hombre hecho Dios, no sólo son paralelos, sino que sólo existe la encarnación en aquel que es transformado, que es divinizado.
Demos gracias a Dios en este misterio, recibamos a ese Cristo, y en el testimonio de Juan, sepamos que este Jesús que existía antes de nosotros, va también delante de nosotros.
Antes de nosotros existía, porque el universo fue hecho por Él, después de nosotros existe, porque en Él se consuman todas las cosas.
Amén.