N30d002a
Fecha: 19971230
Título: A veces despreciamos al mensajero y nos quedamos sin el mensaje.
Original en audio: 13 min. 12 seg.
Jesús evangeliza con todo lo que el es, con todo lo que hace, lo que dice lo que padece. Todo cuanto rodea a Jesús se va llenando de mensaje porque Él mismo Cristo es la Palabra y le va dando sentido.
En tiempos del Profeta Eliseo, iban de camino con algunos otros de la comunidad de profetas y encontraron en medio de su sed, por aquellos arenales, agua, pero un agua que no se podía beber; y el Profeta Eliseo hizo un milagro.
Con un trozo de leño arrojado a esa agua por el Profeta, el agua se transformó, fue posible beberla, sanó, limpió el agua, lavó el agua con la palabra de bendición. Un solo trozo de leño, limpió toda esa agua. Ese milagro hizo Eliseo.
Algo parecido hace Cristo. Llega Él con el leño de su Cruz, y la vida que a veces se vuelve casi imposible de vivir, cuando hay muchas durezas, cuando hay muchas amarguras, cuando hay muchas soledades, cuando hay muchas injusticias, la vida nuestra es como esa agua impotable; pero llega Jesús y le va dando sentido y se convierte en agua viva.
Cristo lo que toca lo llena de sentido. Ayer escuchábamos cómo había un anciano llamado Simeón. En muchos lugares, el anciano es como la imagen de lo débil, de lo que ya estorba.
Ya un anciano que no puede trabajar, ya un anciano que a menudo pone es problemas por sus enfermedades, por sus achaques, por la fragilidad de su mente; ¿para qué sirve un anciano? Pues a ese anciano le había prometido Dios que podía contemplar al Mesías y se lo cumplió.
Y Simeón, lleno del Espíritu Santo, profetizó sobre el Niño. De manera que la vida de Simeón parecía como esa agua amarga. ¿Para qué un anciano? Pero llega Jesús y le da sentido a la larga ancianidad de Simeón. ¿Para qué ese anciano? Para encontrar a Jesús
Hace años, en un grupo de oración conocí una señora, ya anciana ella, estaba cercana a los ochenta años en aquella época. Gracias a Dios conservaba bastante el uso de sus facultades, pero esta ancianita decía: "Para algo me tuvo Dios hasta esta edad, para encontrarme con Jesús de una manera nueva".
Ella, en este caso, a través de los grupos de oración, que no son el único camino, pero que a algunas personas les han hecho mucho bien, con más de setenta años, dice ella que a los setenta y tres, setenta y cuatro descubrió a Jesús.
¡A los setenta y tres o setenta y cuatro años de edad. A esa edad se encontró con el amor de Jesús, a esa edad comprendió cosas que en toda su vida no las había entendido!
De manera que Jesús llega a la vida como ese leño del profeta llegó a aquella agua y le da sentido, y uno a veces se pregunta: "¿Pero por qué me pasan tantas cosas?" Pero llega el día de Cristo y ese día uno entiende muchas cosas.
Hoy se nos cuenta sobre otra mujer a quien el Evangelista Lucas califica de profetiza, una profetiza, no son muchas las profetizas de las que habla la Biblia, pero las hay, porque el Espíritu Santo, el Espíritu de profecía obra en hombres y en mujeres, obra en los siervos y en las siervas y en ancianos y en niños.
El Espíritu Santo es soberano y manifiesta su soberanía, manifiesta que es, como decimos en el Credo: "Señor y dador de vida", obrando en todo género de personas.
Ana era también la historia de una vida amarga, podría decirse; siete años de matrimonio y luego, hasta los ochenta y cuatro, de viuda. La condición de la viuda en todas partes es difícil, es difícil porque si la persona escogió el matrimonio era porque quería estar acompañada y quería estar ayudada y quería ayudar.
Y verse privada de esa ayuda, de esa compañía, eso es duro y eso supone como una pobreza, como un vacío, como una desolación, que a veces los que no estamos en esa situación, no lo comprendemos.
¿Qué hizo Ana? ¿Se dedicó a renegar? No, se dedicó al Señor: oraciones y ayunos en el Templo; Ana en el Templo orando. Y llega Jesús y Jesús le da sentido a esos ochenta y cuatro años; llega Jesús y Jesús trae alegría a vida que estaba marchita; llega Jesús y transforma, le da otro rostro a esa existencia.
Un último comentario quiero compartir con ustedes: el Evangelista nos dice que Ana, que era profetiza, se puso a predicar: "Daba gracias a Dios y hablaba del niño a todos los que esperaban la liberación de Israel" San Lucas 2,38. Hablaba del niño.
¡Qué bonita manera de decir que evangelizaba!, "hablaba del niño" San Lucas 2,38. Pero esa belleza se empaña un poquito cuando tomamos en cuenta este dato: y esas personas que oyeron hablar del niño, ¿qué les pasó?
Es la misma pregunta que se hace uno con los pastores. Los Ángeles se aparecen a los pastores, los pastores corren, llegan al pesebre y ven al niño.
Ana, haciendo oficio de ángel, lleva la noticia del niño a otras personas, ¿qué paso con esas personas?, ¿qué pasó con esos pastores?, ¿no fueron evangelizados?
La gente que oyó Ana en Jerusalén o los pastores que oyeron a los Ángeles en Belén ¿qué les pasó? Si oyeron una noticia buena, ¿qué les pasó?
Y aquí es donde hay una consideración importante. Dios trae la buena noticia a nuestra vida como una especie de semilla. Esa semilla hay que cultivarla, se puede secar, se puede morir en la soledad, se puede morir si no recibe riego.
Así, por ejemplo, nos lo cuenta Cristo en su famosa parábola del sembrador, que era semilla buena, pero hay que ver cómo se reciben esas noticias. Esto podemos decir con respecto a los pastores, y a los que Ana evangelizó.
Yo me atrevo a pensar otra cosa: -esto es pura imaginación mía- Ana era una ancianita, ochenta y cuatro años, y Ana se pone a evangelizar y hablarle a las personas del niño.
¿Cómo le oyeron? Muchas veces nosotros despreciamos el contenido por el empaque. Queremos que se nos sirvan las cosas en bandeja de oro y de plata, y Ana era una bandeja muy humilde, una bandeja muy pobre, y yo me imagino, -son puras imaginaciones mías-, que tal vez algunas o muchas de las personas que escucharon a Ana, dirían: "Ahora a esta viejita por lo que le dio; que un niño, que la liberación de Israel; ya debe estar como un poquito tocadita de la cabeza, ya debe estar como mal."
Despreciaron al mensajero, y por eso se perdieron el mensaje; despreciaron al mensajero, y el mensaje era Cristo Salvador y se lo perdieron. Y entonces a mí me da pesar no sólo por el desprecio que suelen sufrir los ancianos, sino me da pesar por todas las veces que nosotros despreciamos al mensaje por despreciar al mensajero.
Veces hay en que Cristo quiere hablarnos, pero nosotros vemos al mensajero y lo despreciamos porque nos parece que es demasiado jovencito, o nos parece que no habla como con cultura, o nos parece que está ya muy viejo, que está muy enfermo, o nos parece que tiene muchos pecados, o de pronto es un pariente nuestro y decimos: “¡Ah, ahora me va a hablar Dios! ¡A través de este, qué me va a hablar Dios!”
Cuesta trabajo a veces porque se trata de un pariente, o porque se trata de un pobre, o por que se trata de un anciano, pero hay que saber que cuando despreciamos al mensajero, nos perdemos el mensaje; y resulta que un solo mensaje, una sola palabra bastará para sanarme.
Una sola palabra, un mensaje recibido a tiempo puede cambiar toda una vida. Yo les digo que yo estoy aquí por una homilía, por una predicación que hizo un anciano sacerdote hace veinticinco años en la ciudad de Barranquilla. Yo era un niño en aquella época.
Un sacerdote predicando en una Misa. Por eso yo, mientras Dios me lo conceda y mientras haya la manera, yo procuro, con la unción del Señor y pidiendo su gracia, predicar siempre que sea posible.
Porque quizá haya unos que desprecien al mensajero, ¿pero qué tal que le llegue la palabra? ¿Qué tal que le llegue el mensaje a ese que lo necesitaba en ese día?
Yo no sé qué fue de la vida de aquél anciano sacerdote, me parece estarlo viendo. Un sacerdote canosito, bajito; ya estaba viejito también él, ya estaba anciano como Simeón o como Ana.