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Fecha: 19990102
Título: ¿Que es lo que nosotros esperamos de Dios?
Original en audio: 8 min. 57 seg.
La preguntas que hacen los enviados de los Sumos Sacerdotes son muy importantes para captar el momento que se estaba viviendo en Israel poco antes de que llegara, de que se manifestara Jesucristo.
¿Cuáles eran las expectativas de las personas? Cuando Jesús nació, el rey Herodes consultó en dónde tenía que nacer ese Mesías, ese Rey. Y hubo quien le diera respuesta: "En Belén; porque así dice el profeta" San Mateo 2,5. O sea que se había planteado ya el asunto, o sea que había una expectativa, había una esperanza.
Se sabía que iba a venir un Mesías, se sabía que iba a retornar Elías, se sabía que Dios iba a dar de nuevo espíritu de profecía. Y esas eran las preguntas que le hacen a Juan Bautista. "Tú, ¿quién eres?" San Juan 1,20, le preguntan.
Y él empieza diciendo lo que no es: "Yo no soy el Mesías" San Juan 1,20, como adivinando en la pregunta de ellos, que era la expectativa que ellos traían, que se trataba del Mesías.
Viene en segundo lugar si es Elías, y en tercer lugar si es profeta. De aquí sacamos dos conclusiones. Primera: que el pueblo de Dios tenía expectativas en tiempo de Jesucristo. Ellos se sentían lejos de Dios, pero no completamente abandonados de Dios. Estaban esperando, aguardaban al Mesías, aguardaban el retorno de Elías, aguardaban de nuevo profetas.
Juan Bautista dice que no es ninguno de esos. Y conocemos cuál es la otra pregunta que le hacen: "¿Entonces por qué bautizas?" San Juan 1,24. Quiere decir que ellos esperaban a un Mesías que bautizara, un Mesías que purificara por el bautismo al pueblo. ¡Cómo nos gustaría conocer más de estas esperanzas!
Porque Jesús en cierto sentido va a colmar estas esperanzas, pero en otro sentido va a superar estas esperanzas, o va a responder a preguntas o expectativas que nadie tenía.
Por ejemplo, vemos que ellos aguardaban mesías, ellos aguardaban profeta, pero no aguardaban al Hijo de Dios; no le preguntan a Juan: "¿Eres tú el Hijo de Dios?", eso no se lo preguntan. Ellos no esperaban que Dios enviara a la tierra, en carne humana, a su propio Hijo; ellos no esperaban eso. No había esa expectativa.
Es decir que Jesucristo responde a estas expectativas porque es el Mesías, es el Profeta, pero rebasa también esas expectativas. Y aquí viene como lo contradictorio: si Jesús hubiera respondido exactamente a lo que ellos esperaban, seguramente hubieran estado contentos.
Pero Jesús responde más que lo que esperaban, o mejor, Dios Padre de Jesucristo dio una respuesta que rebasó las esperanzas y las expectativas del pueblo, y sabemos lo que esto ocasionó.
Resultó un Mesías con una unción tan fuerte, resultó un rey con un imperio tan grande, resultó un profeta con una palabra tan profunda, que ya no les resultó conveniente a ellos, ya era más de lo que ellos esperaban.
Estamos en el Tiempo de Navidad, preguntémonos nosotros mismos: ¿Cuales son nuestras expectativas? ¿Qué es lo que nosotros esperamos de Dios? Y luego preguntémonos: ¿Qué pasaría si la respuesta de Dios fuera superior a nuestras expectativas?
Es posible que Dios esté pensando para nosotros cosas más grandes y mejores de las que nosotros nos atrevemos a desear. Así dice, de hecho, el Apóstol San Pablo en alguna de sus Cartas: "Dios supera lo que nosotros nos atrevemos a pedir" Carta a los Efesios 3,20; Dios va más allá de nuestros deseos, de nuestros anhelos.
Y nos puede pasar a nosotros lo que les pasó a aquellos jefes de Israel: querían que Dios respondiera a esto y solamente a esto, y Dios respondió a eso y mucho más que a eso.
Nadie esperaba al Hijo de Dios, nadie esperaba que ese Hijo de Dios nos diera a todos nosotros el mismo Espíritu que lo ungió a Él. O sea que Dios Padre tenía dos pequeñas sorpresas para el fin de los tiempos: su Hijo y el Espíritu, la Trinidad; tenía esas dos pequeñas "sorpresitas" para el momento culminante.
Y esta gente estaba esperando esas otras cosas. Esperaban un mesías, un rey que tuviera la unción de Dios, para que hiciera con los romanos, para que hiciera con los demás pueblos, para que hiciera con los problemas de ellos lo que el ungido del Antiguo Testamento, el ungido por excelencia, que es David, había hecho.
Ellos no superaban solamente una liberación política, no; esperaban muchas cosas. Pero todas las que esperaban eran de ese género. Ellos estaban aguardando las bendiciones del Deuteronomio: "La tierra que mana leche y miel" Deuteronomio 26,9.
Y estaban esperando "la paz en las fronteras" Salmo 147,3, como dice un salmo; la victoria sobre los enemigos, la independencia política, y ya habían entendido que se necesitaba alguien que tuviera la unción de Dios para eso.
Resulta que Dios les sale con algo distinto, un par de sorpresas: "Enviaré a mi Hijo, y ahí va mi Espíritu", y ellos no estaban esperando eso.
Pidámosle al Señor en esta Navidad que aumente nuestra hambre, nuestra capacidad de esperar, y que nos conceda la gracia de pedir siempre, con una ventanita abierta para más. Todo lo que Dios me dará, todo lo que Dios me concederá, es todo lo que yo necesito; todo lo que puedo imaginar, según Él lo conoce y mucho más, eso es lo que voy a recibir.
Y así es como debemos pedir nosotros, que hemos recibido el espíritu de hijos, no un espíritu cobarde de decirle: "Bueno, Señor, si no me puedes dar el milloncejo que te pedí, entonces siquiera setecientos mil"; no. El cristiano ha de aprender a pedir: "Esto o más", de ahí en adelante. "Un millón o más".
Lo que pasa es que de pronto Él dice: "Más que un millón, a ti te sirve, por ejemplo, ser torturado y mártir". Esa es una ganancia para toda la eternidad. Entonces le da a uno más que un millón. Pero ese no era el regalo que uno estaba esperando.
En fin, aprendamos de esta breve escena entre los enviados de los Sumos Sacerdotes y Juan Bautista, a pedir con corazón de hijos, y aprendamos a dejar abierta la ventanita del más. Tal vez a Dios se le ocurra una cosa mejor de la que a mí se me ha ocurrido.