N2en001a

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Fecha: 19980102

Título: Salir de la denuncia para encontrarse con la gracia salvadora del Senor

Original en audio: 16 min. 21 seg.


El evangelio según San Juan no trae un relato de la infancia de Cristo, ni de su nacimiento, ni del pesebre, ni tampoco de los mensajes de los Ángeles.

En cambio, Mateo y Lucas, cada uno reserva dos capítulos al comienzo del evangelio para estos misterios de la infancia de Nuestro Señor. Marcos empieza con el bautismo de Juan y bien pronto muestra a Jesús obrando, actuando, sanando y exorcizando.

El evangelio de Juan presenta a Jesucristo, no desde su infancia, sino desde Juan el Bautista. Está primero ese prólogo maravilloso sobre la Palabra que estaba junto a Dios, la Palabra que era Dios, la Palabra que se hizo Carne, que acampó entre nosotros y que nos dio a contemplar su gloria.

Después de ese prólogo, el evangelio de Juan hace una presentación de Cristo, pero no desde su infancia, -como lo hicieron Mateo y Lucas-, tampoco desde los primeros milagros de Cristo, -como lo hizo Marcos-. San Juan presenta a Jesucristo a partir de una semana inaugural, que se encuentra al comienzo de su evangelio, una semana en la que lleva puntualmente la cuenta de los días.

Los exégetas dicen que esto no es casualidad. Dice Juan al comienzo de su evangelio: “En el principio” San Juan 1,1, estas son las palabras con las que se inicia el Génesis: “En el principio” Gènesis 1,1.

De manera que Juan está presentando el principio, el origen, la fuente, el comienzo de todo, de una manera más radical, más profunda que en el Génesis.

El Génesis después de decir “en el principio creó Dios el Cielo y la Tierra” Gènesis 1,1, trae una semana en la que aparece Dios obrando con su palabra poderosa, y con ella creando todas las cosas: las aguas, las plantas, los animales y el hombre mismo.

Así también Juan empieza con las mismas palabras del Génesis: “En el principio” San Juan 1,1, pero no para decir en el principio Dios creó, sino: "En el principio existía la Palabra que estaba junto a Dios, la Palabra por la que fueron hechas todas las cosas" San Juan 1,1-3.

El prólogo de San Juan se corresponde con el primer versículo del Génesis; luego, en el Génesis, viene una semana de obras de Dios, en la que aparece todo el escenario de Dios y de los hombres.

Y aquí también, en Juan, aparece una semana en la que van apareciendo los personajes, los dramas, las preguntas, los elementos fundamentales para comprender quién es ese Cordero de Dios, como nos lo dirá Juan en próximas lecturas.

En estas primeras ferias del Tiempo de Navidad, vamos a escuchar al Evangelista Juan, en su semana del comienzo, donde Juan Bautista es el que aparece con mayor relieve, dice San Juan: “Hubo un hombre de parte de Dios, que se llamaba Juan, él no era la luz, sino que vino como testigo de la luz” San Juan 1,6-8.

Nos está diciendo el Evangelista que para comprender a Jesús, para acogerlo, para entender sus señales, hay que haber recibido el mensaje de Juan el Bautista. El Segundo Libro de los Macabeos dice que "Dios creó de la nada todas las cosas, es la afirmación explícita más drástica sobre el poder creador de Dios, “de la nada” 2 Macabeos 7,28.

El Génesis nos dice que "Dios creó el Cielo y la Tierra" Gènesis 1,1, algo parecido podríamos decir con respecto del evangelio, el punto de partida de Cristo es la predicación y la penitencia de Juan.

Hemos de hacer esta comparación: en el Génesis está primero la nada, y de ahí, por la Palabra poderosa de Dios, la creación. En el evangelio está primero Juan, y luego la llegada de la Palabra poderosa de Dios, que trae la salvación, que trae la vida eterna.

Juan no es solamente una persona, Juan es la imagen del esfuerzo humano por tener vida; una vida recta, una vida coherente, una vida limpia.

Juan es como la voz de la conciencia hecha persona, una voz de la conciencia en el desierto, en la soledad del hombre anterior, él habla, grita, denuncia, pero también anuncia la cercanía de la gracia, esa voz de la conciencia nos devuelve a nuestra propia nada.

Así como en el Génesis de la nada Dios crea el universo, así esta voz de la conciencia, Juan, nos devuelve a cada uno de nosotros a nuestra propia nada, denunciado nuestras incoherencias, denunciando nuestros pecados, y es en esa nada, en ese desierto en donde Cristo hará su aparición.

La Palabra ya no va a crear otras cosas, sino hacerse presente ella misma en nuestra propia historia. Viene a hacerse historia de nuestra historia, pero es necesario que haya una nada y esa nada es a donde nos lleva la voz de la conciencia, es a donde nos lleva la Ley de Moisés, la Alianza, es a donde nos lleva el saber que no le hemos respondido a Dios.

Juan dice: “Yo no soy el Mesías” San Juan 1,20. No son las denuncias nuestras las que nos salvan, el sabernos pecadores es necesario, porque, eso crea una nada en el corazón, y esa nada es necesaria para que como a un desierto pueda llegar Jesucristo.

Pero no son ni nuestras angustias, ni nuestros sentimientos de culpa los que nos van a salvar, aunque tienen su lugar en la vida del Espíritu, incluso los remordimientos, el arrepentimiento, y sentir miedo tienen su sentido, pero no es la salvación.

En el relato de San Juan, Juan Bautista aparece admirable, majestuoso en ese desierto, un hombre sin pecado, con una imagen de pureza. Todos tenemos algo dentro del corazón, algo que está sin pecado, algo que tiene la suficiente luz para denunciar nuestros pecados, todos tenemos un Juan bautista adentro.

Sí, nos admira y nos parece maravilloso que haya una conciencia despierta que nos denuncia, pero esa conciencia y el sentimiento de culpa, y el saber que yo le he sido infiel a Dios, y el sentirme humillado, nada de eso es la salvación, ése es apenas la nada que se está preparando para que un día, con paso humilde y manso, con la mirada llena de paz y de gozo, Cristo pueda llegar a ese desierto.

Y entonces Juan el Bautista va a señalar a ese Cristo, y nuestra conciencia va a señalar a ese Cristo y va a decir: “¡Te acuerdas que te dije que yo no era la salvación? Tu salvación es el Señor”.

Qué error tan grave cometemos cuando pretendemos que Juan el Bautista es el Mesías. Él habló claramente, confesó sin reserva: “Yo no soy el Mesías”San Juan 1,20.

No es nuestra conciencia la que nos da la salvación, no es el castigo que me doy por haber sido un incoherente, eso no es lo que me salva, y si no es lo que me salva, no es lo que me da vida, no es lo que me va a cambiar.

Juan no es el Mesías, es apenas allanar el camino. Pero, hay que dar un segundo paso y ese segundo paso es, "Señor, te presento mi desierto, mi nada; yo tengo una Betania en la otra orilla del Jordán, donde estaba bautizando Juan; Señor, también yo tengo un desierto donde ruge la voz de mi conciencia y me acusa de muchas cosas, yo tengo también un Juan que me aturde y me avergüenza porque es verdad que he pecado".

"Pero ese Juan no es el Mesías, Señor, y por eso yo te presento lo que soy, te presento mi desierto, te presento a mi Juan Bautista que grita y me denuncia. Ahora ven tú, ven”. Y ahí Jesús viene con un lenguaje distinto, porque Juan Bautista es la conciencia del pueblo, en cambio Jesús es el regalo de Dios, el es el Cordero de Dios.

Nosotros le ofrecíamos a Dios corderos de nuestro rebaño, y esos no nos dieron la salvación, y ahora necesitamos el Cordero de Dios, de las praderas celestiales, para que ofrecido por nosotros, con amor, nos de la salvación.

Así, Dios hace una nueva creación en nosotros, y así todas esas tormentas de culpa y de angustias, todos esos castigos estériles que tantas veces amargan más de la cuenta al alma, además de ser insufrible para el prójimo, porque usualmente la persona que es demasiado estricta consigo misma, es también falta de misericordia con su prójimo, eso es matemático, no falla.

Busque usted las personas que son estrictas y rigurosas consigo mismas, esas personas que siempre tienen conciencia de que son unas desgraciadas y que la vida cristiana no la cumple nadie.

Esas personas tienen también las mismas llaves y las mismas tuercas para apretar a sus hermanos, son los fariseos que ya aparecen en el principio del Evangelio, no faltará quien diga: “Yo sí decía que estaba gravísimo, yo soy peor de lo que estaba”.

Existe una cosa que se llama la hipocondría, que es una obsesión de algunas personas por estar enfermas. Se dice de un hipocondriaco fue donde el médico y le dijo: “Doctora yo soy hipocondriaco hace mucho tiempo, pero yo creo que lo que tengo ahora es peor”.

Así les pasa a muchas personas; viven acomplejadas, con una sensación de que la vida cristiana es imposible, que la alegría está lejos de ellas, que la paz es para otras personas, que la santidad es para otros seres de otros contenientes. Así viven.

Entonces llega una predicación que dice que lo de la conciencia no es para amargarse, sino para que se prepare a recibir la gracia, y dicen: “Y yo ni para eso sirvo, estoy es peor, entonces”.

Hay gente que todo lo vuelve en contra suya, no quieren salir de sus ideas, pero para esas personas quizás Dios les manda su idea, porque "logos", palabra, a veces también significa idea; Dios les manda la idea de Él.

Y depronto un día, uno se despierta, y de entre todas esas ideas viejas que se tienen en la cabeza, aparece una idea joven, nueva, serena, gozosa: ¡la salvación, Cristo el Señor, Navidad!