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De Wiki de FrayNelson
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Fecha: 20061229

Título: No morirse sin antes haber abrazado a Jesus

Original en audio: 13 min. 2 seg.


Hermanos Queridos:

La descripción que la Biblia hace de este hombre anciano llamado Simeón, es que él estaba esperando la consolación de Israel, estaba esperando un bálsamo, un consuelo.

Pienso que es la experiencia que mucha gente tiene sobre todo hacia el final de la vida. Cuando van pasando los años, a veces uno va acumulando decepciones, va acumulando tristezas.

Fíjese usted que es difícil encontrar una persona mayor que tenga una mirada alegre; existen personas mayores con una mirada feliz, expresiva.

Pero con mucha frecuencia lo que encontramos en las personas mayores son ojos como tal vez fueron los ojos de Simeón, es decir, ojos que están esperando un consuelo, que están esperando como un alivio, como un bálsamo, porque han tenido que vencer muchas cosas tristes.

En esta vida a uno le toca ver muchas cosas tristes y nos decepcionamos de muchas cosas; pasa el tiempo y a veces uno se decepciona hasta de la propia familia; pasa el tiempo y a veces uno se desilusiona de los sacerdotes que ha conocido: "Ah, esos son los sacerdotes; no sé si vale la pena estar en la Iglesia".

Incluso es posible que uno haya emprendido un camino valiente, hermoso como es el de la vida religiosa, pero pasa el tiempo y se pierde esa alegría, y uno va tomando una mirada apagada, una mirada mortecina, falta esa alegría, falta ese gozo, falta ese júbilo.

La vida nos va desgastando a todos y nos vamos pareciendo a Simeón, necesitados de una nueva esperanza, necesitados de un alivio, de un descanso, de un consuelo.

Así como Simeón encontró a Jesús y en Jesús encontró su descanso y su consuelo, así espero que cada uno de ustedes pueda sentir que encuentra en jesús su descanso, encuentra en Jesús su alegría, su alivio; encontrar una nueva alegría en Jesús, eso fue lo que encontró Simeón.

El Espíritu Santo le había dicho: "Mira, tú no te vas a morir antes de ver al Masías" San Lucas 2,26. Simeón ya era un hombre muy mayor, pero tenía esa promesa que le había hecho el Espíritu Santo: "Tú no te vas a morir sin ver al Mesías" San Lucas 2,26.

Yo creo que esa es una campaña, es una consigna que debemos tener también nosotros. Nadie se debe morir, nadie debe llegar al final de la vida sin haberse encontrado con Jesús, sin haberse encontrado con el Ungido.

La palabra Mesías quiere decir eso, el Ungido; esa misma palabra que es así en hebreo, Mesías en griego se dice Jristós. No me puede pasar que se me acabe la vida sin haber encontrado a Aquel que es mi verdadero descanso, que es mi verdadero alivio, que es mi verdadera alegría.

Simeón abrazó a Jesús y dijo: "Ahora sí me puedo ir en paz" San Lucas 2,29; ¡encontró su descanso! Ese hombre que seguramente se había decepcionado de todo, como tal vez le puede haber pasado a usted.

Usted tal vez se ha decepcionado de muchas cosas: se ha decepcionado de vecinos, de amigos, se ha decepcionado de los políticos y de los medios de comunicación. ¡Hoy es muy difícil!, uno no sabe en quién poner la esperanza, porque la gente cambia, porque no sé, es difícil, es duro.

Y por eso la mirada de las personas mayores es una mirada a veces como triste, como decepcionada.

A mí me gusta mucho captar el mensaje que envían los ojos de las personas, los ojos son las ventanas del alma. Y yo creo que mi Dios me ha ayudado a ir conociendo un poco más de esas miradas. Y a veces la gente lo mira a uno como diciendo: "Este qué irá a contar, a ver, este tipo qué, a ver, qué irá diciendo este señor".

Y yo quisiera en este momento tener una presencia grande de Jesús, para que usted no se vaya a ir de esta tierra sin haberse encontrado con Jesucristo; usted tiene que tener un encuentro personal, poderoso, amoroso con Jesucristo. Usted tiene que sentir que usted toma en brazos a Jesús.

Lo hermoso de este encuentro con Simeón, es que Simeón no solamente vio a Jesús allá lejos, él se acercó, Jesús era un bebé que tenía cuarenta días, un bebecito, Jesús era pequeñito, pero Simeón, guiado por el Espíritu Santo, sabía, "ese es el Mesías", y se acercó, no lo miró de lejos, se acercó y lo tomó en brazos y bendijo a Dios.

Usted tiene que acercarse y tomar en brazos a Jesús. Usted tiene que sentir el abrazo de Jesús, tiene que sentir ese amor, tiene que sentir lo que nos cuenta el mismo Evangelista Lucas en el capítulo seis, "que de Él sale una fuerza que cura a todos" San Lucas 6,19.

De Él sale una fuerza que transforma, que sana, que limpia, que santifica; usted tiene que sentir esa alegría, usted no se puede morir sin eso.

¿Cómo es que hay gente que se muere sin encontrarse así con Jesús? ¿Cómo es que hay gente que se muere sin conocer esta dicha, sin haber abrazado a Jesús?

Nosotros conocemos tantos abrazos y hay abrazos que son traidores, y hay abrazos que son sucios, y hay abrazos que son impuros, y hay abrazos que son por conveniencia, ¡hay tanta mentira en los abrazos! Pero hay un abrazo que no engaña, el abrazo de Jesús.

Usted no puede salir de la tierra, usted no puede irse de la tierra sin haber experimentado el abrazo de Jesús; usted tiene que sentir ese abrazo, y entonces usted puede decir lo de Simeón: "Mis ojos han visto a tu Salvador" San Lucas 2,30.

¡Ay, qué descanso! ¡Sí, entonces sí hay un abrazo en el que puedo creer, sí hay unos ojos en los que puedo descansar, sí hay una boca que no miente ni cuando habla ni cuando besa, he conocido a Jesús!"

¡Esa boca no engaña, esos ojos no mienten, en ese abrazo se puede confiar! ¡Él es mi Señor, Él es mi Salvador! Es importante abrazar así a Jesús y sentir que ahí está nuestro descanso!

¿Quiénes de ustedes de pronto están cansados? ¿Quiénes de ustedes sienten que la vida es pesada, es un agobio? ¿Quiénes de ustedes sienten que sus compromisos matrimoniales son pesados? ¡Hay tanta gente que siente eso! ¡Me da a mí un pesar eso!

Hay gente que vive el matrimonio como una carga pesada, "!Ay!, ay", y agobiados; "y esta carga del matrimonio", y quisieran, "ay, si yo me pudiera separar". ¡Qué pesar eso! Pero fue un compromiso en Cristo Jesús, sí, pero resulta que la gente no conoce a Jesús. Se casaron, se casaron por la Iglesia, pero les faltó primero haber abrazado a Jesús.

Y resulta que sólo cuando uno ha abrazado a Jesús, el abrazo de uno cambia. La mirada de Jesús me cambia la mirada; las palabras de Jesús me cambian las palabras; el Corazón de Jesús me cambia mi corazón, y el abrazo de Jesús me cambia mi abrazo.

Por eso, antes de casarse, uno tiene que haber abrazado a Jesús, porque entonces ahí sí conoce lo que es un abrazo verdadero, un abrazo que limpia, un abrazo que santifica, un abrazo que transforma, un abrazo que no miente.

Yo creo que a todos nos gusta que nos abracen, es un lenguaje universal, es un lenguaje muy bello, es un lenguaje del afecto. Imagínate ese lenguaje entre Jesús y tú.

Una de las cosas linda que tiene un abrazo, es que el abrazo deja sin distancia. Cuando abrazo a una persona no queda distancia, ya quedamos pegados. Muchas veces podemos sentir incluso la piel de la persona, sentimos el aroma de la persona, no hay distancia. Eso es lo que hay que hacer con Jesús.

Tienes que abrazar a Jesús y y que no haya distancia entre su cuerpo y tu cuerpo; tienes que sentir el cuerpo santísimo de Jesús tocándote, sanándote, pacificándote, transformándote; tienes que sentir el aliento de Jesús, eso es muy importante.

Cuando hemos sentido el perfume de Jesús, entonces ya no nos engañan los perfumes de esta tierra; cuando hemos sentido el cariño de Jesús, es muy difícil que nos engañen otros cariños, otras propuestas que nos hagan.

Vamos a pedirle al Señor Jesucristo en esta Eucaristía, que nosotros sintamos ese abrazo, que encontremos en Él nuestro descanso. Simeón encontró su descanso en Jesús.

Esto es muy importante, porque cuando uno encuentra su descanso en Jesús no lo busca donde no va a estar. ¿Qué es lo que dice la gente cuando se emborracha? Que está tratando de aliviar sus penas; si conocieran el alivio de Jesús, no harían eso.

Hay que encontrar el descanso en Jesús, y en aquello que Jesús nos regala. Si uno encontrara el descanso en Jesús, no lo buscaría donde no está.

Vamos a pedir eso al Señor eso en esta Santa Misa. Vamos a pedir al Señor que tengamos una experiencia viva de su cariño, de su abrazo, de su presencia, de su perfume, de su mirada, para que seamos transformados en Él.

Si usted es una persona mayor,pero en realidad esto vale para todos, pídale como Simeón: "Dios mío, yo no me quiero morir sin conocer qué es un abrazo tuyo, yo no me quiero morir, Jesús, yo no me quiero morir sin saber qué es tu amor; yo no me puedo morir así, Señor. Yo tengo que conocer qué es el amor de Dios, tengo que conocerlo, y tengo que conocerlo de ti, de tu Corazón, Santísimo Señor Jesucristo.

La Navidad es un tiempo tan bello, hermanos, porque es un tiempo en el que sentimos a Dios cerquita, cerquita, cerquita, ¿quién no siente cerca a un bebé? Los bebés producen universalmente una ternura inmensa, los bebés nos producen a todos una sensación de cariño, de cercanía, despiertan lo mejor de nuestra emociones, ¿qué es lo que todos queremos hacer con un bebé? Levantarlo, abrazarlo.

Jesús viene en Navidad, Jesús es ese Niño pequeño, santísimo, bellísimo, que nos está mostrando que Dios está con nosotros; Jesús es Emmanuel, Jesús es Dios con nosotros, Jesús está muy cerca. Este es el tiempo del año para abrazarlo y para decirle: "Yo quiero, Señor, conocer ese amor tuyo, quiero ser transformado por ti".