N29d005a
Fecha: 19991229
Título: Los seres humanos necesitamos experimentar el amor de gracia, de regalo
Original en audio: 21 min. 26 seg.
El Evangelista Lucas nos cuenta una serie de detalles de la infancia de Jesucristo, que sólo están en su evangelio, y que por eso resultan particularmente preciosos para nosotros; por ejemplo, esta escena de la presentación de Jesús en el Templo. Se pueden hacer muchas reflexiones sobre ese momento.
Yo hoy quisiera compartir con ustedes unos pensamientos sobre la figura de Simeón. Simeón, un hombre justo y piadoso, un hombre que esperaba el consuelo de Israel, un hombre relacionado con el Espíritu Santo.
Tres relaciones, tres momentos de la obra del Espíritu se mencionan en Simeón, el Espíritu moraba en él, el Espíritu le había dado un oráculo, una promesa y el Espíritu lo condujo ese día al Templo.
Un hombre del Espíritu, podríamos decir, Simeón. Pues bien, Simeón toma a Jesús en brazos, y dice ese Cántico quer la Iglesia Católica lo ha tomado para la oración de la noche, ese Cántico se dice en la oración de las Completas, la última oración antes de entregarnos al descanso de la noche, según la Liturgia de las Horas.
Lo que quiero destacar de Simeón, es que es un hombre que espera, que aguarda y que descansa, un hombre que espera, que resiste y que finalmente encuentra su descanso, “Ahora, Señor puedes dejar ir a tu siervo en paz” San Lucas 2,29; ¿Cuándo descanso Simeón? Cuando pudo tomar a Jesús, el Mesías, en sus brazos.
El primer punto de esta meditación, es ese: nuestro descanso en la Carne de Cristo, ¡es algo maravilloso! Santo Tomás de Aquino, analiza los movimientos del corazón humano, ¿qué hace que una persona se ponga en movimiento?
¿Por qué estas paredes, estas bancas están ahí y no evolucionan, no se mueven? ¿Por qué los animales siguen repitiendo su mismo ciclo? Los pájaros hacen obras maravillosas en sus propios nidos, pero desde hace miles de años están haciendo los mismos nidos.
¿Qué hace que los cosas cambien? ¿Qué pone en movimiento? Ese análisis es precioso, y Santo Tomás dice que todo movimiento depende de un amor, sólo el amor pone en movimiento, y en los distintos tipos de amor, producen distintos tipos de movimiento.
Cada amor tiene su propio descanso, por ejemplo, una persona que tiene hambre se pone en movimiento, sacia su apetito, ¿y qué siente? Descanso. El deseo sexual es algo semejante: el hombre busca a al mujer, la mujer desea al hombre, se encuentran, se aman intensamente y se produce, –en condiciones favorables, las propias de una amor verdaderamente humano-, se produce una sensación de satisfacción, de descanso, de reposo, se ha logrado lo que se quería.
Lo mismo podríamos decir de la sed, o del descanso mismo; llegamos agotados del trabajo, entonces la cama como que nos llama y entonces nos tendemos y sentimos el descanso. Todos estos ejemplos provienen de la vida natural: el alimento, el sexo, la sed, el sueño.
Pero hay algo maravilloso en Simeón, él tenia un impulso así pero nada se lo podía saciar, nada; seguramente, él comía, bebía y descansaba; seguramente, tenia su esposa; seguramente, muchas cosas.
Pero nada de eso le producía descanso, ¡qué maravilloso esto! Un género de amor, un tipo de hambre, un movimiento que sólo se detiene cuando encuentra a Jesucristo: “¡Ahora te encontré y puedo descansar; ahora te encontré, tú eres mi descanso!”. Fíjense cómo es Lucas, tres veces nos ha dicho que Simeón estaba unido, poseído, relacionado por el Espíritu; ésa es la obra del Espíritu.
San Pablo hace muchos contrastes en sus escritos, entre el amor que proviene del Espíritu y la mentalidad que nace del Espíritu; y el amor que proviene de la carne, y la mentalidad que proviene de la carne; la idea es que el amor que proviene del Espíritu, y el movimiento que produce el Espíritu y la saciedad y el descanso, apuntan hacia Jesucristo.
Nosotros en nuestra Comunidad dominicana, recordamos a una niñita, una terciaria dominica que murió siendo niña, Imelda Lambertini, quién murió el día de su Primera Comunión.
A ella le sucedió lo que cuanta aquí la Escritura; en ésta niñita el Espíritu Santo empezó a obrar, y a obrar de tal manera, que ella sintió todo su amor, todo su anhelo en Jesucristo, y el día que ella comulgó, sintió que todo estaba completo, perdió todo impulso hacia esta vida y se despidió de ella, y murió.
¡Qué amor! Eso quedo tan gravado en la Iglesia que hay una invocación al Santísimo que dice eso: “Jesús Sacramentado, mi dulce amor y consuelo, quién te amara tanto que de amor por ti muriera”. Ese es el amor que da el Espíritu, un amor que nos pone en movimiento hacia Jesucristo y que hace que nada nos haga descansas sino Jesucristo.
Tienes amigos, amigas, ¡qué bien!, pero no está ahí el descanso; tienes salud, tiene unos hijos, tienes una esposa, tienes alimento, ¡bellísimo todo, gracias! Pero no me sacia, hay algo en mí que no se sacia, hay algo que me atrae, hay algo que me mueve más allá".
Los Patriarcas, empezando por Abraham, fueron gente en la que estaba ya obrando este mismo Espíritu. Pensemos en Abraham, un hombre que tenía a lo que se podía aspirar en ese momento a tener; cada cultura y cada época de la humanidad, tiene como su modelo, por así decirlo, de lo que significa ser feliz.
Para nosotros la felicidad natural, la felicidad normal hoy para nosotros supone ciertas cosas: la vivienda, un carro, un sistema de salud prepagada, unos hijos que estén desarrollándose, que estén creciendo, que se estén desarrollando donde se quiere.
En tiempos de Abraham, la felicidad constaba de otras cosas: tener muchos camellos, tener ovejas, tener criados. Abraham es el hombre que tenía todo eso y que sin embargo tiene oídos para una voz: “Sal de tu tierra y de la casa de tu padre, hacia la tierra que yo te mostraré” Gènesis 12,1, y Abraham se pone en camino, cualquiera diría: “Abraham, no seas loco, si lo tienes todo", y él dice: "No, hay algo en mí que no...”.
Hay algo que me pone en movimiento el Espíritu Santo, él puso en movimiento a la historia humana, hasta llevarnos hacia Jesucristo: “Señor, según tu promesa puedes dejar a tu siervo irse en paz, mis ojos han visto a tu Salvador” San Lucas 2,29; "mis ojos han visto a tu Salvador, el que tú me das, la salvación que tú me das, el alimento que tú me das".
Quiero terminar con una pequeña reflexión sobre ese punto: las cosas que producen la felicidad natural, son todas cosas que provienen de un intercambio, de un negocio, de una conquista, incluso en el amor humano, –ustedes ya conocen ese apunte-, ¿en qué consiste un noviazgo? En que un hombre persigue a una mujer hasta que la conquista, así que en el plano humano todo es conquista.
Aquí veo varias parejas, si les preguntáramos a cada uno de ellos, ahí hubo un proceso de conquista. Decía Chesterton, que el primer deber de un hombre enamorado es ponerse en ridículo; si un hombre nunca quiere pasar por el ridículo, nunca logrará nada, porque precisamente la mujer sabe hasta dónde está interesado el hombre, viendo que puede ser un gran amigo, un gran consejero, un gran socio, un gran prestamista, o lo que sea, pero no va a ser la pareja de mi vida.
De modo que ha habido un esfuerzo de parte y parte de cada uno; toda esa felicidad natural es una felicidad conquistada, un día la persona se monta en su automóvil, el modelo que quería, el que le ha costado y siente la satisfacción: "¡Este era el carro que yo quería!" "¡Y esta es la casa por la que yo he trabajado!" "¡Yo estoy vestido como quería vestirme, quería estos zapatos, quería...", todo ha sido conquista.
No cabe duda que esa es una felicidad humana, trabajar por algo y conseguirlo, eso produce una gran satisfacción, no lo vamos a negar, y creo que todos de una u otra manera hemos tenido que hacer sacrificios en nuestro propio camino de vida, hasta lograr ciertas metas u objetivos.
Pero aquí se habla de otra lógica: “Mis ojos han visto a Aquel a quién has presentado ante todos los pueblos" San Lucas 2,30-31; el que tú has regalado, el que tú has ofrecido” Es una lógica diferente.
¿Qué, dentro de mi vida no me lo tengo que ganar?. Después de tratar durante algunos años a las parejas, parejas de diferente condición, parejas de muy buena salud afectiva, parejas destrozadas, parejas separadas; después de muchos años en eso, he sacado algunas conclusiones.
Por ejemplo, he visto que a medida que pasan los años hay una necesidad profunda que surge en los corazones, no por razones religiosas, sino porque así está hecho el corazón humano, yo lo diría con esta pregunta: “¿Qué tanto de amor puedo recibir sin tener que ganármelo?" "¿Cuál es el amor que es para mí, sin que yo tenga que dar algo?"
Esas preguntas, que dan como para toda una reflexión, en parejas, en matrimonios en familias, esa pregunta es vital; mi pequeña experiencia sacerdotal, es que de la manera como se responde esa pregunta, depende si la pareja dura o no.
Porque el corazón humano siente gozo de conquistar ciertos espacios, siente gozo el hombre de lograr a la mujer que le gustaba: "¡La que quería, la tengo cerca, la puedo abrazar, es mi esposa, es mi novia!".
Ella también tiene su propia alegría: "¡Se ha fijado en mí!" Esto produce alegría, pero pasando el tiempo no basta esa alegría.
"¿Qué parte de amor puedo yo recibir, sin tener que comprarlo, sin tener que pedir nada a cambio?". Y por eso, la supervivencia del matrimonio está en que cada uno tenga la inteligencia de acordar aquellos detalles que le digan a la otra persona que no tiene que comprar todo.
Porque si la pareja está tensa, en ese sentir que todo tiene que comprarlo, normalmente se echa a perder la intimidad, es muy difícil; una persona que siente que tiene que conseguir méritos para todo, que si se porto bien, entonces sí hay; y si se portó mal, "estoy muy cansado o cansada"; ese sentir esa exigencia, sentir esa tensión, va produciendo una sensación de humillación y de soledad en el afecto.
Esta es una manera de decir que creemos que el corazón humano, aunque disfruta conquistando y ganándose las cosas, el corazón humano necesita de un amor que sea gratis.
Como normalmente y comúnmente hay muchísimo más afecto, mayor capacidad de dar y recibir afecto en la mujer, es casi siempre la mujer la que primero percibe esto, y por eso el hombre puede hacer muy feliz a la mujer, con muchas cosas más sencillas, muy sencillas: ese detalle inesperado, esa sorpresa grata, ese cariño que no se esperaba.
Todo ese tipo de cosas de detalles, que nosotros los hombres a veces ni consideramos, son supremamente valiosas para la salud de una pareja, porque cuando llega ese detalle, ella siente que de veras la ama, que no la está utilizando, que no es una inversión más.
Esos detalles, esos tipos de regalo, ¿y por qué eso gusta tanto? Yo encuentro la explicación en el evangelio de San Lucas, porque el corazón humano reclama una cosa que se llama “gracia”, algo que llegue como puro regalo.
Simeón había trabajado muchas cosas, Simeón fue casado, –yo no sé-, pero si Simeón fue casado tuvo que conquistar no a la novia, pues en esa época se conquistaban era a los papas de la novia, y tuvo que ganarse muchas cosas.
Pero hubo una cosa que no tuvo que ganársela, ya él llevaba años luchando por muchas cosas, y aquí encontró un regalo y es la salvación, que es la salvación que tú das, la que tú regalas; el gozo más puro, el gozo más grande está en eso.
Y por eso, cuando uno habla con esas parejas que van creciendo, que van madurando, que van envejeciendo juntas, cuando uno se encuentra con esas parejas, invariablemente dicen, ya cuando son de edad avanzada, dicen: “Ahora talvez hay menos pasión, hay menos curiosidad, pero hay más amor".
Entonces los programas cambian, ¿pero qué es lo que ha cambiado? La sensación de que el amor es un regalo.
Recogiendo nuestras enseñanzas del día de hoy, lo que estamos diciendo es una alabanza para la acción del Espíritu Santo, que toma el corazón y le produce un hambre que no se la sacia nadie sino Cristo. ¡Bienaventurado el que tenga esa hambre!
Y segundo pensamiento: en el corazón humano hay una necesidad y una posibilidad de experimentar el amor de gracia, el amor que no es conquista, ni negocio, ni transacción, ni intercambio ni trueque; el amor que es puro regalo “Me ama porque me ama; y eso puede frenar la caída del mundo, cuando una persona siente eso, eso le cambia la vida.
Yo he conocido dos o tres casos de personas ya dispuestas a suicidarse, que se han detenido porque les llegó la noticia de un amor así.
Mis hermanos, sigamos nuestra celebración, y pidámosle a Cristo Jesús que nos envié ese Espíritu, que nos dé hambre de Cristo Jesús, y con esa percepción de la gracia, nosotros también nos llenemos de gracia y de regalo y seamos regalos y gracias para nuestros hermanos.
Amén.