N29d003a
Fecha: 19981229
TItulo: El Nino perdido en el Templo
Original en Audio: 17 min. 23 seg.
Notamos cómo en estos misterios de la infancia de Cristo, misterios que el Santo Rosario llama "gozosos", siempre hay gotas de hiel, siempre hay un rastro de amargura; no fueron misterios de gozo completo, sino más bien misterios con esa incertidumbre que tiene el alba cuando todavía quedan muchas sombras, muchas penumbras y donde es fácil confundirse.
Así por ejemplo, el misterio de la Anunciación, la declaración del amor de Dios, como me gusta llamarlo, tiene una inquietud, tiene una sombra.
En efecto, nos dice la Escritura que José queda en incertidumbre. Podemos imaginar esa incertidumbre de José, que casi le lleva a separarse de Maria como un gran dolor para él, y Ella, que de alguna manera quisiera explicar el milagro que ha sucedido, o no habló, o al hablar no podía infundir la perfecta credibilidad en el corazón de José.
Aunque el mismo José no rechazara las palabras de María, una cosa es aceptar los argumentos y otra cosa es convencerse. Esto lo sé yo por experiencia, porque alguna vez me ha sucedido que hablando con personas de otras religiones o con personas ateas, aunque acepten los argumentos y aunque no tengan más qué decir, tampoco creen.
El hecho es que podemos suponer razonablemente una pequeña, pero bien profunda tormenta de sentimientos tanto en Maria como en José; no era fácil para Ella explicar, no era fácil para su esposo entender, y de este modo esa maravilla de la declaración del amor de Dios queda, por decirlo así, amenazada.
No significa que alguno de los dos hubiera pecado, no, pero sí significa que ese trance por el que hubieron de pasar sí sirvió para que sus corazones tal vez temblaran, oraran más, se sintieran indigentes ante Dios.
De manera que ese gozo no fue el gozo completo, sino que hubo siempre esa pequeña angustia. Y llega el momento del nacimiento y ahí se juntan varias angustias, que las tenemos frescas por la liturgia de estos días.
Empezar por el viaje hacia Belén en esas condiciones, y luego el no poder encontrar posada, no necesariamente por el egoísmo o el rechazo de las personas. Muy fácilmente se ha interpretado eso de que no encontraban posada en términos de que les tiraban la puerta en la cara, tampoco hay que llegar hasta allá.
La afluencia de judíos hacia Belén debió de ser inmensa, y quienes conocen los "hospedajes de los pobres" en el Medio Oriente -todavía en nuestro tiempo, ¿cómo sería en aquellas épocas?- saben que en esos hospedajes no hay el mínimo de privacidad.
Cuando a uno le hablan de una posada, uno imagina el cuartico de los casados, los cuarticos de los solteros. No muchsas veces lo que había en estas posadas era un patio grande, y se amarraban en algún lugar cercano las bestias del camino, y en esa especie de patio grande, en un revuelto y en una promiscuidad inmensa, se acomodaban como podían.
Cuando Lucas dice: "No había lugar para ellos en la posada" San Lucas 2,7. Una posible traducción era: ninguno de esos lugares era para ellos, que es algo ligeramente distinto, es decir, no era el lugar para un parto.
En medio de un patio, con decenas de espectadores, asi fueran respetuosos o pudorosos, era difícil.
O sea que no hay necesariamente que atribuír a la maldad o al egoísmo de los hombres; probablemente alguna familia hubiera podido estrecharse aún más, hubiera podido abrir algún campo, pero Lucas no dice que hayan llegado donde ninguna familia, sino habla de la posada y dice que ese no era lugar para ellos.
Sea lo que fuere, el hecho es que las angustias de ese dia, pues también de alguna manera son una nubecilla, una sombra en el gozo inmenso del nacimiento. El nacimiento del Mesías queda como un gozo inmenso, pero ensombrecido por esta angustia.
Luego está la visita de los Magos, y sabemos lo que sucede: se les avisa que Herodes persigue al Niño para matarlo, o sea que está el reconocimiento del mundo pagano, pero está también la persecución.
Antes, sin embargo, de esa visita, está la visita al Templo, el gozo de ofrecerle el primogénito a Dios, las palabras maravillosas de Simeón y un oráculo: "una espada te atravesará el alma" San Lucas 2,35.
Por completar esos misterios de la primera etapa de la vida de Jesucristo, algo parecido podemos decir de Cristo a los doce años. Los niños, antes de esa edad, ususalmente no acompañaban en esas peregrinaciones por razones prácticas: no había servicio alguno de transporte, la caminada era fuerte, prolongada, sostenida.
Primera vez que va el Niño al Templo. Para ellos, en esa mentalidad, la ida del Niño al Templo ya no era la ida de un niño, de alguna manera, era como la entrada a la juventud y casi en la edad adulta. En una época en que mucha gente moría antes de los cuarenta años, todas las edades estaban como corridas .
No era extraño encontrar mamás a los trece años, no era extraño encontrar hombres casados a los dieciséis o diecisiete, de manera que llegar a los doce años era prácticamente ser un adulto, y con ese sentido va Jesús al Templo, y las palabras que Él le dice a María cuando la pérdida en el Templo no son las palabras de un niño, sino de un adulto que ya sabe para qué es su vida.
De manera que de pronto nos toca cambiar el enunciado de ese misterio del Rosario, porque precisamente el sentido del pasaje de San Lucas no es hablarnos de un niño extraviado, sino de un joven que toma decisiones, de alguien que sabe cuál es el rumbo de su vida; es la entrada de Jesús, de alguna manera, en el mundo de los adultos.
Y lo maravilloso es que ese adulto, ese que ya sabe cuál es su vida, vive en obediencia en Nazaret. La obediencia del niño no tiene mucho mérito. Quien haya visto a un niño caminado de la mano de su mamá sabe que esa obediencia no tiene mucho mérito, al niño simplememte no se le ocurre para dónde más coger.
Si hay una escena particularmente graciosa, pero que también le causa a uno un poco de impacto en el corazón, es ver a una mamá afanada llevando a un niño pequeño. El niño queda reducido poco más que a un bultico que camina y sabe que tiene que correr, la mamá va apenas caminando rápido, pero él tiene que correr cuanto puede, porque si se le pierde la mamá, se le perdió todo y estallará en llanto, esa no es obediencia.
Una vez se perdió un niñó pequeñito en un supermercado y le preguntaba a una cajera: "¿Señora, usted no ha visto a una mujer como mi mamá sin un niñito como yo?" Esa no es obediencia. La obediencia es cuando una persona tiene su voluntad, tiene constituída su voluntad.
Lo que nos muestra ese pasaje de Lucas no es al Niño Jesús que se les perdió en el "centro comercial" de Jerusalén, no, es el joven Jesús, así se hable ahí de doce años. Dentro de esa cltura, dentro de ese ambiente, en esas circunstancias y con esos dolores que ha vivido, es un joven, el joven Jesús que ya ve constituida su voluntad, y lo admirable precisamente es que esa voluntad, Él la pone en el camino del servicio, de la obediencia, eso es lo admirable.
De aquí lo ridículas las especulaciones de los que dicen: "¿Bueno, y qué hizo Jesús entre los doce y los treinta años?" Esas preguntas hay que hacerlas en una cultura como la nuestra. Un niño de doce años, pues, es un ser que no puede valerse, que no tiene claridad; realmente, a los doce años aquí, es niño, pero Jesús a los doce, insisto, es un niño, es un joven.
Y si su camino hubiera sido el matrimonio, seguramente los papás ya a esa edad estarían pensando con quién se iba a casar ese joven. Como María que sabemos que por esas edades vino a acordarse el matrimonio o la unión con José.
Así pues, los que hablan de qué hizo Jesús entre los doce y los treinta años están pensando en los niños de hoy. Claro, a los doce años, ¿qué está haciendo un niño? Pues sabe ir al colegio y sabe hacer tareas; y a los treinta años, ¿qué hace una persona? Tiene una profesión, tiene una cuenta de ahorros, tiene un carro, tiene lo que sea, es independiente.
Es demasiada la diferencia, pero en el caso de Jesús esos no era así; en el caso de Jesús podemos estar ciertos de que lo que nos quire eseñar Lucas es que cuando Jesús ya entró en el mundo de los adultos, cuando Jesús tuvo constituida su voluntad, vivió en la obediencia, la humildad y el silencio.
Nótese este detalle: dice Jesús: "¿No sabíais que tengo que ocuparme de las cosas de mi Padre?" San Lucas 2,49, así dice Jesús.
Y luego se va con ellos a Nazareth. O sea que Él reconoce la obra y la presencia de su padre. Precisamente ahí, en ese lugar, y particularmente en la persona de José, lo cual nos hable bastante bien de la santidad de José.
Bueno, he dicho esa explicación sobre ese pasaje, pero lo que yo quiero destacar sobre todo, es cómo cuando Jesús entra en el mundo adulto, cuando Jesús se hace una persona hecha y derecha, pues es una alegría para José como papá, para María como mamá; cuando llega eso, se les pierde.
Todos estos misterios de la Encarnación de Cristo son como alegrías que tienen ciertas amarguras. Y es curioso, porque los misterios del final de la vida de Cristo son amarguras que tienen destellos de gloria; parece que la vida de Jesús nunca fue, llamémoslo así, como plana.
Tristezas, tristezas, negrura, obscuridad y sin sentido, no, eso no fue; tampoco fue gozo pleno, total, absoluto, tampoco; al principio de la vida, gozos inmensos, pero salpicados de dolor, y al final de la vida, amarguras inmensas, pero salpicadas de gloria y de dicha.
Tampoco en la Cruz que es tan oscura se puede ver luz, así como todo en la Navidad, que es tan luminosa, se puede percibir la sombra, la tiniebla, la angustia y el dolor.
Sólo al final, sólo pasada la Pascua llegará una alegría, llegará un triunfo, llegará un gozo que ya no tenga sombra alguna, y entonces la Navidad será completa, y entonces la alegría será plena, y entonces podremos nosotros cantar con la plenitud de gozo, con la plenitud de alegría de los Ángeles en el cielo.