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El Evangelio de hoy, está tomado del capítulo 26 de San Mateo. Podemos decir que este Evangelio nos obliga a reflexionar en la persona de Judas Iscariote (cf. Mt 26,14-25). Judas; ¿Qué podemos decir de él? Bueno, lo primero, es que la historia de este discípulo, está finalmente en la presencia de Dios y en las manos de Dios. En el caso de Judas Iscariote, lo mismo que en el caso de cada ser humano, nosotros no podemos decir ni saber cuál es el desenlace definitivo, sólo Dios lo sabe, sólo Dios lo conoce, eso no lo sabemos nosotros, así, que aunque haya algunas señales, aparentemente razonables para afirmar que se condenó y que está en el infierno, eso no nos corresponde a nosotros, individualmente considerarlo, y ni siquiera le corresponde a la Iglesia con su autoridad. La Iglesia ha recibido potestad de Cristo y suficiente luz del Espíritu Santo, para afirmar que algunas personas a quienes llamamos “santos”, están ya en el cielo, pero, con respeto a la condenación eterna, la Iglesia, no ha recibido, ni mandato ni autoridad alguna; sólo Cristo es quien ha de pronunciarse sobre el final de la vida de las personas; sólo Él lo sabe, y todo debemos dejarlo en manos de Él.
Hecha esa aclaración, no debemos considerar a Judas Iscariote como una especie de personaje intocable, más bien, digamos que de aquellos errores, incoherencias y faltas que son evidentes en su camino como discípulo, nosotros, que también somos discípulos de Cristo, tenemos que aprender. Incluso, un hombre no cristiano, como Confucio, decía: “cuando un sabio conoce la historia de un necio, siempre aprende algo”. Nosotros somos llamados a aprender, tenemos que aprender de los errores de los demás, así, como aprendemos de los nuestros; y tenemos que aprender de los pecados de los demás, así como tenemos que aprender de nuestras faltas pasados.
Otro elemento, que conviene aprender en el caso de la historia de Judas, es: no lo idealicemos, no lo presentemos como una especie de romántico, revolucionario, político, que simplemente quería el bien del pueblo, por el pueblo, y para el pueblo; esa especie de anacronismo comunista, que de tanto en tanto se escucha, no es lo que nos muestra la Escritura. Observemos cómo al comienzo del pasaje de hoy hay un diálogo entre Judas y las autoridades judías, y básicamente lo que él plantea es: “¿Yo qué voy a ganar aquí?, ¿ustedes que me dan si yo lo entrego?” (cf. Mt 26,14-15); eso es vender a una persona, este no es un romántico del cambio social y de la lucha por los pobres, este es un tipo que está pensando en su plata, está pensando en su ganancia, es egoísta, es codicioso, y aunque se haya dicho muchas veces, hay que repetirlo: es traidor.
Así, que la enseñanza es: démonos cuenta que no se debe idealizar la figura de Judas, porque algunos casi lo quieren presentar como una especie de héroe, sin el cual no se hubiera podido dar la Pasión del Señor; el hecho de que Cristo, más allá de la traición de Judas, o incluso, con ocasión de la traición de Judas, derrame abundantísimamente su misericordia, no convierte en buena la traición. Si una persona, por ejemplo, tiene un daño en su cerebro, y otro, por atracarlo le da un golpe en la cabeza, pero resulta que el golpe se lo da, por pura coincidencia, de un modo tan acertado, que el coágulo que iba a destruir ese cerebro se deshace, y entonces le salvó la vida, no vamos a aplaudir al atracador; el atracador estaba pensando en hacer daño, pero resulta que de su golpe salió una cosa buena; el bien que salió de ese golpe, no era el bien querido por el atracador, ni es mérito del atracador, lo mismo hay que aplicar en el caso de Judas. Entonces, aprendamos de este discípulo a corregir nuestra manera de seguir a Cristo, y de esa manera acerquémonos a una vida más fiel al Evangelio y más útil para la gloria el Señor.