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De Wiki de FrayNelson
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Fecha: 19960403

Título: La bondad, el amor, la misericordia de Cristo frente a la iniquidad del hombre

Original en audio: 16 min. 26 seg.


Las lecturas que hemos escuchado, ponen ante nuestros ojos y nuestro corazón el misterio del bien de Dios, el misterio de la generosidad humana, pero también el misterio de la iniquidad.

En verdad, si lo pensamos detenidamente, estamos rodeados del misterio del bien y del mal. De modo que uno puede preguntarse: "¿Por qué tanto bien y por qué tanto mal?" Esas preguntas están como personificadas en Jesús y en Judas.

¿Por qué tanto bien? ¿Por qué tanta paciencia? ¿Por qué tanta misericordia? ¿Por qué tanta mansedumbre? Todo esto podemos preguntarle a Jesús viéndole agotado, extenuado en su labor de hacer el bien, hasta llegar a la muerte y muerte de cruz.

¿Por qué tanta dureza, en cambio? Podemos preguntarle a Judas. "¿No llegaron a ti los ecos de la misericordia divina? ¿No se te pegó nada de la dulzura, de la piedad, de la generosidad, de la paciencia, de la ternura de Jesucristo? ¿Nada de eso llegó a impregnar tu corazón? Pero también podríamos preguntar el para qué.

¿Para qué, Jesús, de qué te sirve tu bondad? La pregunta fácil la hacemos, sin embargo rasga hasta herir las entrañas del corazón humano que a veces no encuentra razones para ser bueno.

"¿De qué sirve, Señor, ser tan bueno si finalmente, si en el último momento también la traición visitó tu alma?" Pero igual podríamos preguntarle al traidor: "¿De qué sirve tu maldad? ¿Qué has conseguido con tu dureza? ¿Hay algún provecho de tu traición?"

Rodeados por el misterio del bien y el misterio del mal, sumergidos en ese doble océano de la bondad y de la maldad, los seres humanos nos desconcertamos preguntando por qué y para qué sirve el bien, sirve el mal, para qué sirve ser bueno, qué provecho trae la maldad.

Es el tiempo también de preguntarnos: ¿cómo pudo alguien desengañarse de Cristo? Cuando los discípulos de Juan Bautista se acercaron a Nuestro Señor para preguntarle: “¿Eres tú el que ha de venir, o hay que esperar a otro?” San Mateo 11,3.

Jesús dio por respuesta simplemente el testimonio de lo que estaba sucediendo ahí mismo: “Los ciegos ven, los sordos oyen, los cojos andan..." San Mateo 11,5; "bienaventurado, -dice-, el que no se escandalice de mí" San Mateo 11,6.

Escandalizar, escandalizarse, es un verbo que en griego indica la acción de tropezar con un obstáculo, particularmente, con una piedra; Jesús efectivamente se convierte en tropiezo, piedra de escándalo para Judas; “bienaventurado, ha dicho el Señor, “bienaventurado el que no se escandalice de mí” San Mateo 11,6.

Pero Judas se ha escandalizado de Cristo, no ha encontrado en Él ese Puente, ese Mediador, ese Redentor, sino un obstáculo y el mismo Judas, al que vemos hoy haciendo pactos con los enemigos de Cristo para encontrar un camino de traición, a ese mismo Judas lo veremos, dentro de poco, desesperado de su propia situación, ir arrepentido y confundido donde ellos a decirles: “He pecado entregando a la muerte a un inocente” San Mateo 27,4.

Y esa bolsa de dinero, que fue precio de sangre, estará de nuevo en sus manos, esta vez en una especie de desesperado intento de contener el curso de los acontecimientos, que como una inundación, como un río furioso y desbordado, iban tomando consecuencias que Judas ya no podía soportar.

Conocemos también la respuesta de los sumos sacerdotes: “A nosotros qué nos importa” San Mateo 27,4. Judas, entonces, arroja las monedas que han sido precio del Cordero de Dios y va a suicidarse. .

Judas se escandalizó con Cristo, Judas tropezó con Cristo. ¿Por qué puede suceder algo así? Un santo amable, simpático, lleno de amor de Dios y lleno de alegría, San Felipe Neri, solía decir en su oración: “Guárdame, Dios, cuídame, Díos, porque si no puedo traicionarte peor que Judas”.

Efectivamente, estas lecturas que hemos escuchado, y particularmente este evangelio, no son simplemente para que nosotros ahora nos escandalicemos de Judas, o nos escandalicemos de que él se haya escandalizado con Cristo. Así como es verdad que no hay en Cristo, en su naturaleza humana nada distinto de nuestro ser y de nuestra naturaleza, así también hay que decir que no hay en nosotros nada distinto de lo que hay en Judas, en cierto sentido, incluso, podemos decir que somos más parecidos a este Judas que a este Jesús.

Porque Jesús tiene todo en común con nosotros, menos el pecado; en cambio, nosotros tenemos todo en común con Judas, incluso el pecado.

Por eso tenemos que volver a nuestra pregunta: ¿Qué fue lo que hizo que Judas se escandalizara? ¿Cómo pudo él tropezar con Cristo, si precisamente Cristo estaba para que el ser humano pudiera vencer el tropiezo con el pecado, si precisamente Cristo Jesús es ese camino que Dios ha abierto para que nosotros saliéramos de la cárcel, para que nosotros rompiéramos la muralla del pecado?

¿Cómo es posible que alguien tropiece con Cristo si Él es la victoria sobre la barrera, si Cristo es la puerta, ha dicho Él, es el camino; si en él Dios nos ha abierto los tesoros de su salvación?

¿Cómo pudo él tropezarse con alguien que está abierto? ¿Cómo pudo él detenerse en alguien que es precisamente la puerta? ¿Cómo puede uno renegar de alguien que es el sí de Dios? ¿Cómo se le puede decir no al sí de Dios? Y esto, repito, no será pura pregunta de teoría ni es una especie de juicio extemporáneo contra Judas.

Es una pregunta por nuestra propia iniquidad, por nuestros propios "noes"; es una invitación a meditar y a reconocer que en nosotros y más allá de nosotros existe el misterio de la iniquidad. ¿Pero cómo sucedió aquello? ¿Cómo fue que Judas se escandalizó con el Señor?

En eso hay varias teorías: hay que saber que se trató básica y simplemente de un desengaño auténtico. Judas sería uno de los partidarios de una revuelta armada, violenta contra los romanos; (hay dudas entre los estudiosos sobre qué tanta fuerza podrían tener estos movimientos de corte guerrillero en tiempos de Jesús), el nombre genérico que se les da es el de "Zelotes" o "Zelotas", que en ambos casos significa los "celosos".

Celosos de la Ley, celosos de la Alianza, celosos del Reino, celosos de la independencia y a alguno de los discípulos, no a Judas a quien siempre se le llama "el Iscariote", se le llama "el celoso", pero no es completamente claro que este movimiento zelota tuviera tanta fuerza en tiempos de Jesús.

Sea de ello lo que fuere, hay algunos que afirman, que Judas precisamente pertenecía a este movimiento que deseaba un cambio político revolucionario, que estaba enamorado de un mesianismo efectivo, directo, certero en contra del imperio y que al ver las señales mesiánicas de Jesús, había pensado y acariciado en su corazón la perspectiva de que este líder, este Mesías iba a restaurar en su independencia a Israel.

Cuando Jesús va dando esas muestras de mansedumbre, que tantos corazones ha convertido a lo largo de la historia, pues Judas se va decepcionando de Él, porque fue viendo que en vez de un general lo que había era un Pastor, y en vez de de un vengador lo que había era un Redentor.

Recordemos, por ejemplo, aquella escena en la Sinagoga en Nazaret, cuando Jesús toma las palabras del profeta Isaías y dice que “ha venido a liberar a los cautivos, a dar la libertad a los oprimidos” San Lucas 4,18-19.

Pero el profeta Isaías dice a renglón seguido: “Y a traer el tiempo de la venganza para Israel” Isaías 61,2, y Jesús no leyó esas palabras, sino sólo las de palabras de gracia, sólo las que hablaban de misericordia.

Esta especie de cobardía de Cristo, esta especie de mansedumbre de Cristo, indudablemente desilusionó no sólo a Judas, sino a todos los que querían un tipo de cambio de ese género.

Hay otra explicación posible: Judas tenía la administración económica en ese pequeño grupo y es sobre todo el Evangelista Juan el que destaca este hecho.

Cuando aquella escena en la casa de Betania, del perfume costosísimo derramado a los pies de Cristo, nos dice el Evangelista, es Judas sobre todo quien murmura: “Se hubiera podido vender ese perfume y dar el dinero a los pobres” San Juan 12,5.

Pero anota el Evangelista: “No es que le importaran los pobres, sino que como él llevaba la bolsa iba cargando lo que echaban en ella” San Juan 12,6.

Parece que en Judas había esa codicia, que si no es el principal móvil de la traición, quizá sí sea el principal móvil de la dureza del alma.

Si realmente Judas tenía ese corazón endurecido por la codicia, si éste era el corazón de Judas, pues no podía ser discípulo de aquel Maestro que dijo que “uno no puede servir a dos señores, a Dios y al dinero” San Mateo 6,24, y efectivamente, llegó el momento en que Judas tuvo que escoger entre estos dos señores.

Pero ahí no termina la explicación. La explicación última del misterio de la iniquidad de Judas es un odio que es mayor que toda fuerza humana.

Es verdad que los sumos sacerdotes y los enemigos de Cristo buscaban caminos para deshacerse del Señor, para deshacerse con relativa limpieza sin ensuciarse mucho las manos y para ello necesitaban un traidor.

Pero más allá de estos sumos sacerdotes y más allá del mismo Judas, nos dice el evangelista Juan: “Después de que Judas comió el pan, el demonio entró en él” San Juan 13,27.

La última explicación del odio contra Cristo, es que el mismo Judas y con toda seguridad todos los demás personajes, sin saberlo, se han convertido en siervos o como dice Jesús más gráficamente, en “hijos y siervos del espíritu de las tinieblas, del mismo demonio” San Juan 8,44.

Por algo dirá Cristo que “Él ha venido para liberarnos del Príncipe de este mundo” San Juan 12-31.

Vivamos eso en esta Pascua, sintamos la libertad que Él nos trae, y roguémosle que nunca nos vayamos a escandalizar de Él, porque Él es el Señor, el Mediador.

A Él la gloria, el honor y el poder, por los siglos de los siglos.

Así sea.