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Fecha: 20010223
Título: Nuestra verdadera tristeza debe ser la ausencia de Cristo en nuestra vida
Original en audio: 28 min. 14 seg.
Dios, cuando llega a nuestras vidas, tiene que enseñarnos todo. Encontrarse con Dios es empezar una nueva vida. Nueva vida significa una nueva manera de amar, una nueva manera de alegrarse, una nueva manera de llorar, una nueva manera de soñar.
"El que está en Cristo -nos dice la Escritura- es una creatura nueva" 2 Corintios 5,17; y la novedad abarca todo, porque si somos creaturas nuevas, todo en nosotros tiene que empezar de nuevo.
¿Por qué digo esto? Porque Jesús, en el evangelio breve que hemos oído, nos enseña en dónde hay que empezar a entristecerse, de qué hay que aprender a entristecerse, nos educa en la tristeza.
Cualquiera diría que no se necesita esa doctrina, no hace falta esa clase que nos brinda este Maestro. Pero Jesús, que sí sabe lo que hay y lo que falta al corazón humano, sabe que es necesario brindarle esta lección.
Hay que aprender a alegrarse y hay que prender a entristecerse. La vida, ninguna vida, es una perpetua fiesta; ninguna vida es un perpetuo hielo. Toda vida tiene sus momentos de tristeza y sus momentos de alegría.
La pregunta es: ¿si nos alegramos por lo que debemos alegrarnos y si nos entristecemos por aquello que debe entristecernos, no es una cosa obvia? Y Cristo lo sabe, y por eso en el evangelio de hoy nos da esa enseñanza.
Están criticando a los discípulos de Cristo porque les falta ayuno y de esa crítica Jesucristo toma ocasión para dar esa enseñanza que cabe en dos sencillas frases: "¿Es que pueden guardar luto los amigos del novio mientras el novio está con ellos? Llegará un día en que se lleven al novio y entonces ayunarán" San Mateo 9,15.
Se da a sí mismo el nombre de novio, y sus discípulos son los amigos del novio. Cuando se lleven al novio, cuando se acabe la promesa de amor, cuando se quite de nuestra vista la promesa de amor, que es Jesucristo, entonces, sólo entonces, habrá que hacer ayuno y habrá que entristecerse.
Por eso, mis hermanos, Cristo es el que enseña de qué hay que entristecerse. Hay que entristecerse de la ausencia de Cristo; hay que saber sentir tristeza de la ausencia de Cristo. Este diagnóstico es importantísimo, porque así como el hambre te pone en camino hacia el alimento, así también la tristeza te pone en camino hacia la alegría.
La tristeza te da una ruta, el hambre te da un camino. ¿Usted por qué tiene esa cara? Porque tengo hambre. El diagnóstico te pone en camino de una solución. Si el diagnóstico es correcto, estás en camino a la solución correcta; si el diagnóstico está equivocado, estás en camino hacia una falsa solución. Vas a ser engañado, vas a ser estafado, no vas a quedar satisfecho, te van a hacer trampa.
Un buen diagnóstico es el camino necesario para llegar a una buena y verdadera y radical solución. El médico que se equivoque al hacer el diagnóstico de la enfermedad, pone al enfermo en camino de algo que no le va a curar y que seguramente le va a empeorar su condición.
Por ejemplo, nos cuenta el evangelio, el caso de aquella mujer que padecía flujos de sangre, y nos dice el evangelio: "Había perdido todo, todos sus bienes en los médicos, y no había curado, sino que iba de mal en peor" San Lucas 8,43.
Tener un diagnóstico equivocado es sufrir el destino de esa mujer, gastar lo que tiene se tiene ir de mal en peor; llegar al diagnóstico correcto es ponerse en el camino correcto, el camino de la solución.
El diagnóstico que orienta hacia la medicina, el hambre que orienta hacia el pan; la tristeza, el género de tristeza que tengas te orienta hacia la alegría. La persona que se entristece mal es como la persona que está mal diagnosticada; se pondrá en camino a buscar la alegría que cree que le va a arreglar el problema, pero que no se lo arregla, y sus tristeza será peor.
Es como el adicto: su organismo está débil y necesita alimento, pero su adicción le reclama más narcótico, más droga, y el hambre mentirosa de la droga, de su narcótico, de su estupefaciente le impide recibir el verdadero alimento que le va a devolver la salud al cuerpo.
Un hambre falsa: el hambre de ese placer, de esa droga, esa hambre falsa priva a esa persona de recibir el verdadero alimento.
Hay que encontrar el hambre verdadera. Porque cuando una persona no ha encontrado el hambre verdadera, se fía del hambre falsa y busca donde no va a encontrar y gasta lo que tiene, y como aquella pobre mujer va a ir de mal en peor.
Ejemplos: la persona que está obsesionada con el dinero: "Si yo tuviera más dinero, se acababan todos mis problemas; yo lo que necesito es más plata".
Mira, el ser humano necesita muchas cosas: necesita salud, dinero, amor; pero también necesita perdón, paz, generosidad, y seguramente también necesita que le corrijan un poco de vicios que tiene, y también necesita luz para su entendimiento, y también necesita una esperanza para su alma. Uno necesita muchas cosas.
Equivocarse en el diagnóstico es obsesionarse en una falsa solución: "A mí todo se me arreglaría con un poco de dinero". Otra persona se obsesiona, por ejemplo, por el amor: "Lo que yo necesito es una pareja, y si llegara ese hombre de mis sueños; si esa mujer de mis sueños llegara, todo se me arreglaría".
Y uno conoce gente: a los veinte años no hacía nada por nadie, estaba ocupada envejeciéndose para la pareja que iba a llegar; a los treinta años no hacía nada por nadie, estaba ocupada mejorando las relaciones públicas para la pareja que iba a llegar.
A los cuarenta años no hacía nada por nadie, estaba mirando si en el panorama asomaba la pareja que iba a llegar; a los cincuenta años no hacía nada por nadie, estaba demasiado amargada por la pareja que nunca llegó.
Treinta años de vida, treinta años que no hizo nada por nadie, porque tenía su obsesión, porque tenía su hambre, porque tenía su diagnóstico, y porque hasta el último momento pensó: "Y si llegara esa pareja, yo sería feliz."
Su diagnóstico, su hambre, su género de tristeza le echó a perder la vida, su obsesión por lograr eso que consideraba que era lo único que le iba a hacer feliz, lo privó de la felicidad que seguramente Dios tenía para esa persona.
Por eso, al hambre también hay que ponerle orden. Yo necesito muchas cosas, pero hay que ponerle orden. Eso es lo que hace triste en nuestras vidas, eso es lo que hace triste en el Evangelio.
Cristo nos dice: "La primera hambre que hay que tener es hambre de Cristo", "la primera enfermedad es no tener a Cristo", "el diagnóstico de tu situación es haber perdido a Cristo". Empieza por ahí, pónle orden a tu vida, empieza por el principio.
Cuando empezamos por el principio, entramos por el plan de Dios. ¡No es justo que una persona viva treinta años esperando a un príncipe que no va a llegar! Y, hombre, no es justo que durante esos treinta años, o cuarenta años, o cincuenta años, no sea otra cosa sino la amargura de una frustración.
¡No más vidas frustradas! ¡No más! En el cristianismo no cabe la frustración! ¡No cabe! En el cristianismo cada persona sabe que hay una sola tristeza que es perder la unión con Dios. En el cristianismo cada persona sabe que perder a Cristo es realmente perderlo todo, en esa unión con Cristo.
Por eso decirle "sí" a Cristo en primer lugar, está el comienzo de la Pascua, porque está el comienzo del descubrimiento del plan de Dios.
La Cuaresma, mis hermanos, es una escuela que quiere llevarnos a poner a Dios en primer lugar; lo primero que le hace falta a mi vida se llama Dios, Dios en primer lugar. Si yo vuelvo a sentir, si yo empiezo a sentir hambre de Dios, todas las demás hambres encuentran su lugar.
Si yo descubro que el primer problema de mi vida es la falta de Dios, todos los demás problemas van adquiriendo su verdadero tamaño. Si yo descubro que mi verdadera enfermedad y que mi profunda tristeza está en el alejamiento de Dios, también descubro cómo los demás problemas y las demás tristezas adquieren su verdadero tamaño y su verdadero lugar.
Y entonces los otros problemas no se van a adueñar de mi vida, los otros problemas no me van a poseer, los otros problemas no me vana a agobiar; nada ni nadie tendrá poder sobre mí, nada ni nadie.
Si me olvido de ese primer problema, si pongo en ese lugar cualquier otra cosa, por noble que parezca, Jesús dice: "Aunque fuera tu esposo, aunque fuera tu esposa, aunque fueran tus hijos, aunque fueran tus padres; si cualquier otra cosa o persona la pones en primer lugar, ¡nunca vas a tener paz! ¡Nunca tendrás paz!
Hay que aprender a entristecerse, hay que aprender a ayunar, hay que aprender a descubrir dónde está la verdadera desgracia del corazón humano, para también aprender a valorar qué es lo que se hace, qué es lo que se puede hacer y qué es lo que se debe hacer por el ser humano.
Un último ejemplo sobre esta escala de valores. Con alguna frecuencia me han hecho esta pregunta: "Si una persona no cree en Dios, no tiene ninguna religión, pero es un hombre bueno, es honrado, es sincero, es recto, ¿no vale más que muchos cristianos?" Es una buena pregunta, es una pregunta bastante real.
Respondo: no comparemos al ateo humanitario con el cristiano degenerado; comparemos al ateo humanitario con el cristiano santo, porque también hay ateos degenerados. Hagamos justa la comparación. Punto número uno.
Punto número dos. Quitémonos de la cabeza la ilusión del ateo humanitario. Supongamos a un hombre que es ateo pero que ayuda a los pobres, un hombre que es ateo pero que ayuda a los ancianatos, un hombre que es ateo pero que colabora en una cantidad de obras buenas, ¿qué diremos de ese hombre, que seguramente no abunda tanto como abunda la pregunta, qué vamos a decir de ese hombre?
Hace muchos bienes, claro que los hace, sí, ¿y qué bienes bienes deja de hacer? Preguntémonos también eso. El papá que no bautiza a su hijo, la mamá que no inculca la fe en sus hijos, el amigo que nunca habla de Dios, ese ateo humanitario ¿qué deja de hacer?
Dejan de ofrecer el conocimiento de Dios, dejan de ofrecer la amistad con Dios, dejan de ofrecer la alegría de la salvación, dejan de ofrecer el don de la oración, dejan de ofrecer el auxilio de los sacramentos. ¿Es poco dejar eso, negar eso, es poco?
Miremos cuáles son las necesidades del corazón humano, miremos cuál es el hambre del corazón humano y preguntémonos si dejar de dar el Pan de Dios es poca cosa; descubramos en dónde está el hambre profunda del corazón humano y resolvamos si se puede saciar solamente con una ayuda económica, solamente con unos mercados o con las paredes de un edificio, solamente con una cama abrigada o con unos buenos libros.
Es que ese experimento ya lo hizo la humanidad. En países como Rusia o como Cuba, ya hubo gente que fue educada dándole alimento para el cuerpo, libros para la mente, edificios para que habitaran y sin hablarles de Dios.
¿Es eso amar? No se puede negar el bien que se otorga, eso no se puede negar, pero algo muy grande, espantosamente grande falta ahí. En el mejor de los casos, la persona que todo eso recibe, la persona que todo eso acoge, pero que no sabe nada de Dios, ¿qué hará de su eternidad y de su muerte?
Por eso, mis hermanos, el evangelio de hoy nos invita a reconocer de qué debemos entristecernos y a reconocer cuáles son las verdaderas necesidades del corazón humano. En el fondo del alma humana hay un hambre profunda que sólo Cristo puede saciar; en el fondo del alma humana hay una necesidad que apunta hacia Dios.
Reconocer esa necesidad, reconocer esa hambre, reconocer esa enfermedad es el primer paso en el camino. Poder decirle a Dios: "Señor, muchas cosas me faltan, muchas. Quisiera que me amaran más, quisiera tener mejor sueldo, quisiera tener mejor casa, quisiera tener mejores libros, quisiera tener más instrucción, muchas cosas me faltan, pero sobre todo me faltas tú.
Por encima de todo, primero que todo, tú me haces falta. Si tú llegas a mi vida, Señor, todo lo demás adquiere su lugar y adquiere su importancia. Dame hambre de ti, o mejor, permíteme reconocer el hambre profunda que tengo de ti, permíteme reconocer esa hambre, Señor; permíteme ponerme en camino hacia ti, Señor.
Porque mientras yo esté pensando solamente en mi hambre de placer, en mi hambre de afecto, en mi hambre de dinero, en mi hambre de lo que sea, voy a seguir corriendo detrás de las cosas y propaganda de este mundo, y gastaré todo lo que tengo, y voy a ir de mal en peor.
Señor, dame primero que todo el hambre de ti,Señor; sácame de este engaño en que vivo para que yo pueda sentir el hambre de ti. Porque soy como un drogadicto, Señor, que no siente el hambre verdadera de su estómago desnutrido, sino que sigue reclamando su droga.
Por eso necesito, Señor, que tú me hagas sentir el hambre verdadera. Que se me quiten las ilusiones, que caiga el telón de la mentira y que aparezca ante mí la verdad de lo que necesito, que no es otra cosa sino tu rostro, tu corazón, tu mirada, tu palabra, tu abrazo.
"Y permíteme, Señor, que yo reconozca esa hambre en mis hermanos, y que no crea que he dado gran cosa si no te he dado a ti. Si di estudio, pero no di a Cristo, di poco; si di pan, y no di a Cristo, di poco; si di vivienda, pero no di a Cristo, di poco, muy poco.
"Porque todo lo que se acaba, se vende, se utiliza mal y se pudre. Cristo permanece, y el que está unido a Cristo tiene vida en su nombre, que no es sólo para esta tierra sino para los cielos.
"Permíteme, Señor, experimentar el hambre verdadera de ti, y permíteme saber que esa misma hambre está en mis hermanos, y que amar, amar verdaderamente, es ayudar a que ellos descubran esa hambre, se abran a ti, te reciban y se gocen en ti, Señor".
Limpia entonces nuestra tristeza, purifica nuestra tristeza, haz que sepamos entristecernos de haberte perdido a ti, que esa sea nuestra tristeza, haberte perdido a ti. Que esa sea la tristeza de Colombia: haberte perdido a ti, que esa sea la tristeza del mundo: haberte perdido a ti.
Cuando aprendamos esa tristeza, vamos a tener la verdadera Cuaresma, vamos a entrar en el verdadero camino y vamos a alimentarnos del verdadero Pan, que eres tú, Señor. Y a ti se debe el honor, y a ti se debe la gloria, a ti la honra y la alabanza por los siglos.
Amén.