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De Wiki de FrayNelson
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Hoy es Miércoles de Ceniza, empieza la Cuaresma y empezamos un camino que nos prepara para celebrar la Pascua de Nuestro Señor Jesucristo. El propósito principal de la Cuaresma es presentar a Dios un pueblo que quiere escucharle, recibirle, obedecerle, pero sobre todo que quiere amarle. Son grandes los dones que Dios ha preparado para nosotros, pero esos dones reclaman de nosotros un corazón bien dispuesto. Una comparación que he utilizado muchas veces es la del hambre y el alimento, de nada sirve el más suculento de los banquetes para un estómago que no tiene hambre; y muchas veces no tenemos hambre porque estamos enfermos, hay muchas enfermedades como por ejemplo el cáncer, que hace que la persona pierda completamente el apetito, y por eso la Cuaresma tiene también un carácter de ejercicio de penitencia y de curación. A través de un recorrido que se puede comparar con el desierto, la Cuaresma nos invita a reconocer quienes somos en realidad, a ver nuestros propios límites, a encontrar la raíz de nuestros pecados; la Cuaresma nos acerca también al médico divino, a Jesucristo el Señor. Tenemos 40 días, ese es el sentido de la palabra “cuaresma”, podemos observar que desde el Miércoles de Ceniza, hasta el Sábado Santo, quitando los domingos, sale la cuenta de los 40 días, este es un pequeño detalle que muchos católicos desconocen. En cierto sentido entonces, los domingos de Cuaresma son descansos dentro de la práctica exigente que debe caracterizar este tiempo, tres cosas se nos piden sobre todo, y esas tres están enunciadas en el Evangelio de hoy, tomado de san Mateo, del sermón de la montaña. Esas tres prácticas que tenemos los cristianos en Cuaresma las hemos heredado de la piedad judía las cuales son: el ayuno, la oración y la limosna.

Ayuno como señal de la sobriedad de nuestra vida, como privación de algunos alimentos y de algunas cosas que nos hacen daño o que utilizamos frecuentemente o con demasiado placer. El propósito de este ayuno es preparar el corazón para la generosidad, pero también es enseñarle a recuperar dominio sobre sí mismo porque con mucha facilidad, y eso sucede bastante en nuestra época, cuando hay tantos placeres que están a la mano, se nos puede olvidar que el camino de nuestra vida cristiana es un camino estrecho, empinado; y lo mismo que un soldado fuera de entrenamiento, fácilmente cae en la batalla, así también los católicos cuando omiten las prácticas de penitencia, y particularmente el ayuno quedan mucho más frágiles, vulnerables a los ataques del enemigo; esa es la importancia del ayuno.

Por supuesto la oración es la que le da el sentido a todo, oración profunda, oración que quiere escuchar la voluntad de Dios, oración que no es tanto repetir nuestras palabras sino acoger más profundamente la Palabra del Señor. A través de ese silencio, de esa escucha nos volvemos más dispuestos para recibir el mensaje del Señor.

El ayuno y la oración se complementan, pues el ayuno nos hace más resistentes a las propuestas y seducciones del mundo; mientras que la oración nos hace más blandos, más abiertos a los mensajes, a los llamados del amor de Dios. Menos atención a las seducciones del mundo, más atención a los llamados de Dios.

Pero no nos quedemos en ese único vínculo, nuestra fe no se limita únicamente a nuestra relación personal con el Señor, somos parte de un pueblo santo y por eso a través de la generosidad, a través del compartir la solidaridad, y expresamente la donación de nuestro tiempo, de nuestros talentos, de nuestros bienes experimentamos la dulzura del amor de Dios; el poder que Él ha tenido en nosotros, no quiere detenerse en nosotros sino que quiere llegar también a nuestros hermanos.

Entremos pues con paso firme, con generosidad, desde el primer día de esta Cuaresma para aprovecharla y para que al final del camino, todo lo que Dios quiere darnos con la riqueza de su Pascua, dé fruto en nosotros.