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El Evangelio del día de hoy está tomado de tomado del capítulo 9 de San Lucas. Acabamos de iniciar este tiempo de cuaresma y la palabra pone delante de nosotros el misterio de la cruz. Cruz que en primer lugar es la Cruz de cristo de quien viene la salvación, pero cruz que también es nuestra y que se convierte en puerta para recibir la salvación que Cristo gratuitamente nos ofrece, porque hay esa conexión pero también esa diferencia, entre la cruz de Cristo y nuestra cruz, se parecen en la medida en que Cristo se anono, se negó a sí mismo, entrego todo, lo perdió todo por nosotros. También nuestra cruz en la medida la de cada uno, en la medida en que se traduce en abnegación, en renuncia, en mortificación, implica ciertamente un darnos, un entregarnos y una cuota de sufrimiento mayor en algunos casos como sucede con los mártires, menor en otros casos como podría ser la situación de la gran mayoría de nosotros. Así que en eso se parecen la Cruz de Cristo y nuestra cruz.
Hay una gran diferencia entre la cruz de Cristo y la nuestra, y es que no es nuestra cruz, pongámoslo en personal: no es mi cruz la que me salva, ninguno se salva a sí mismo, la religión nuestra, nuestra fe no es de personas que se dan la salvación así misma, no son mis esfuerzos los que me salvan, ni mis sufrimientos y esto hay que entenderlo muy bien, porque si uno afirmara que los propios sufrimientos son los que le dan la salvación, en primer lugar, estaríamos diciendo que el sacrificio de Cristo fue inútil porque finalmente yo tengo que pagar todo. En segundo lugar, estaríamos diciendo que cada uno tiene tanta capacidad de hacer las cosas bien, como para llegar a complacer a Dios con sus solas fuerzas, lo cual, por supuesto es mentira, esa manera equivocada de pensar y hablar, se conoce como “herejía pelagiana”, creer que mis solas fuerzas y sola voluntad del discernimiento de mi inteligencia, es suficiente para que yo logre lo que necesito, esto hace mucho daño.
El tercer daño que causa creer que uno está salvándose simplemente con sus sufrimientos es que nos presenta una imagen completamente deformada de Dios, como quien “dice yo tengo que comprarle a Dios la Salvación”. Lamentablemente ha habido tiempos en la Iglesia Católica en que el mensaje de la justificación y de la salvación se ha oscurecido tanto que hay cristianos que creen que efectivamente tienen que convencer a Dios, hay cristianos que tienen que “convertir a Dios” a través de nuestros sufrimientos tendríamos que convencer a Dios que haga algo por nosotros, comprando la salvación, esta es una manera completamente errada de pensar, la cruz no es esto.
La aceptación de nuestra cruz es en primer lugar la aceptación de que el pecado personal y el pecado de otros tendrá consecuencias de las que nosotros no podremos escapar y por consiguiente si voy a vivir en esta tierra me va a alcanzar mi sufrimiento, va a llegar a mi vida, tarde o temprano llegará a mi vida el sufrimiento llegará el dolor, las cosas dicho de otra manera no van a ser exactamente como yo quisiera, ni exactamente en el tiempo como yo quisiera, ni exactamente de la manera que yo quisiera, este podríamos decir es un principio de realidad.
En segundo lugar este Misterio de la Cruz, nos está recordando que dentro de cada uno de nosotros hay un ansia de complacencia y de imperio, tenemos una especie de enfermedad que es nuestro ego, y queremos imponernos, dominar y satisfacer lo nuestro, y si no dominamos esa bestia interior pues nunca seremos realmente cristianos. Para esta obra no nos va a faltar la gracia de Dios, pero cuesta trabajo porque dentro de nosotros es como si hubiera una vocecita: “siente más placer, disfruta más, gana más, conquista otro país llénate de más dinero, logra lo que pretendas”; y esas voces se hacen realmente fuertes con los medios de comunicación y con las campañas de publicidad y marketing de nuestra época, nos damos cuenta como, por todas partes nos están diciendo: “llénate de placer, tú te lo mereces, solo mereces los mejor”. En segundo lugar la cruz es la certeza de que yo no puedo estar dándole complacencia a todos mis deseos y como un niño pequeño cuando no complazco lo que me gustaría siento que me estoy negando y eso cuesta trabajo.
En tercer lugar una vez acogida la salvación en Cristo hay un derroche de amor, hay un exceso de amor que ha experimentado, por ejemplo el apóstol San Pablo, en su primer capítulo de la carta a los Colosenses dice :”Yo completo en mí, los sufrimientos que faltan a la pasión de Cristo”, no en el sentido que la salvación de Cristo deje de darnos la salvación, sino que en la unión de amor con el Cristo redentor, nos damos cuenta que queremos hacer todo, todo lo que esté de parte nuestra para que se extienda el amor de Cristo y estos son los tres sentidos de la Cruz: como realismo si estamos en esta tierra, como pedagogía porque necesito educarme y como participación en el amor generosisimo de Dios.