K056005a
Fecha: 20090404
Título: Es en la Cruz donde nos encontramos todos
Original en audio: 9 min. 52 seg.
Algo que me llama la atención inmediatamente de las lecturas que hemos oído, hermanos, es que hay una abundancia de verbos conjugados en el tiempo futuro.
Y cuando en la Biblia aparece mucho el tiempo futuro, es muy interesante y es bien importante, porque significa que hay una clave de esperanza.
Cuando dice, por ejemplo, la primera lectura: "El Señor reunirá a su pueblo, el Señor purificará a su pueblo" Ezequiel 037,21;Ezequiel 37,23, éso es tiempo futuro. Es una manera de indicar algo que va a suceder, algo que está a punto de suceder pero que hay que localizar adelante: hay que localizarlo en el porvenir.
Y esto es significativo, porque Dios es el único que crea un futuro. Allí donde nosotros vemos un muro, Dios ve una puerta. Allí donde nosotros vemos el final del camino, Dios sólo ve el comienzo de un nuevo camino. Allí donde nosotros decimos: "Aquí no hay nada que hacer", Dios responde: "Aquí todo está por hacer".
Es fundamental al terminar esta Cuaresma, descubrir que hay un final y que hay un comienzo. Hay un final, hay un tono de decepción, porque realmente nuestras fuerzas humanas no dieron para más, porque las instituciones humanas, como la monarquía, no dieron para más: "Esos reyes no sirvieron para nada, no sirvieron para más".
Hay una decepción, hay una frustración, porque no fuimos capaces de ser fieles a la Alianza. Hay que comprobar, hay que estar ciertos y seguros de éso, hay que descender al abismo de la decepción: darnos cuenta de que no lo hicimos y de que no pudimos hacerlo. Eso es parte de la catequesis.
Hay que saber recibirlo, hay que tomarse ese trago amargo y decir: "De acuerdo. ¡Okay! ¡Okay! ¡De acuerdo! No fui capaz". ¡Y se toma uno ese trago amargo!
Pero, detrás del trago amargo viene el cáliz de la salvación, viene el brindis de la gloria. Y este es el sentido de ese tiempo futuro.
La palabra que más se repitió, es decir, la idea que más se repitió, es Dios reuniendo, Dios congregando a su pueblo.
El pecado causa dispersión, porque hace que cada uno se vaya detrás de sus intereses. El miedo causa dispersión, porque hace que cada uno diga: "¡Sálvese quien pueda!"
El egoísmo causa dispersión, porque cada uno se ocupa únicamente de lo que le sirve. El orgullo causa dispersión, porque cada uno se sube a la propia montaña diciendo: "Yo soy el que está más alto".
Todo lo que es oscuro, todo lo que es pecaminoso, todo lo que viene del demonio, es finalmente división y dispersión.
Por el contrario, lo que viene de Dios produce verdadera unidad. Porque, quitando el orgullo, en el valle de la humildad todos nos encontramos.
¿Qué tenemos en común los que estamos aquí? Sobre todo una cosa: somos necesitados de Dios, somos pecadores.
Mientras que las cualidades tuyas no son las mismas mías, si tú te montas en la montaña de tus muchas cualidades y yo me monto en la montaña de mis muchas cualidades, jamás nos encontraremos.
En el valle de la humildad sí que nos encontramos, porque ahí tú eres tan necesitado de Dios como lo soy yo. En la humildad sí nos encontramos todos, y así el Señor reúne a su pueblo como Pastor a su rebaño.
Mientras que en el egoísmo cada uno mira únicamente por lo suyo, en la generosidad yo vuelvo mi mirada hacia ti y descubro que quizás algo de lo que yo tengo, a ti te puede servir.
Y tú vuelves tu mirada hacia mí, y cuando se encuentran nuestras miradas, descubrimos que ya no somos más extraños, que ya no somos enemigos, que tú no eres simplemente mi competencia. Tú eres compañero en el camino, eres mi amigo, quizás me atrevo a llamarte, "hermano".
El amor y la generosidad reúnen, mientras que el egoísmo dispersa. El miedo, el pánico provocan asonada, provocan estampida: "Cada uno por su cuenta. ¡Sálvese quien pueda!"
Por el contrario, la paz produce esa sensación, esa deliciosa sensación de hogar, como cuando se reúne la familia, cuando cada uno tiene un lugar dentro del hogar, cuando cada uno tiene un lugar dentro de la comunidad.
Entonces, aprendemos a ser uno, y cada uno sabe que los dones que el Señor ha dado al hermano, son también para provecho de todos.
Hermanos, Dios llama a su pueblo, Dios está reuniendo a su pueblo. Las fuerzas de las tinieblas serán siempre fuerzas de dispersión y de división. Pero, Dios promete este reunir a su pueblo.
Y Jesús lo dice. En su Evangelio de San Juan dice: "Cuando yo sea levantado", -en la Cruz-, "atraeré a todos hacia mí" San Juan 12,32.
Es en la Cruz donde nos encontramos todos. Ahí no importa cuál es el lenguaje, cuál es la edad, cuál es la nacionalidad, cuál es la clase social.
Levantándose la Cruz de Cristo, desapareciendo los ídolos del pecado, destruido y quebrantado para siempre el miedo, lo que queda es un pueblo que sólo se reconoce necesitado de Dios, que se abre con una sóla confesión al Señor que ofrece el regalo de su amor. Ahí nos encontramos todos. Ese es el Pastor que necesitábamos.
No puedo terminar estas palabras sin evocar el momento dramático que vive Cristo. Nosotros ya sabemos el final de la historia. Nosotros sabemos que finalmente Él dio el paso.
Estaba ahí, cerquita, en una vereda: éso no era ni un pueblo; eso que llaman aquí Efraín, no era ni un pueblo, era un caserío en esa época.
Y Jesús está en ese lugar con sus discípulos. Vimos cómo acabó el evangelio: "La gente se preguntaba: Bueno, ¿y sí será que viene?" San Juan 11,56.
Ya vemos lo que le tienen tendido los fariseos y los sumos sacerdotes, todos éstos de los que hemos hablado hoy. Ya vemos lo que le tienen tendido: "El primero que lo vea, denúncielo" San Juan 11,57.
Están tendidas todas las redes para atraparlo, para agarrarlo, para castigarlo, para destruirlo. Y Jesús lo sabe. ¡Cómo serían esos últimos días de Jesús, sabiendo lo que le esperaba en Jerusalén, y sabiendo, sin embargo, que ésa es su ciudad!
Porque, Jesús es el verdadero David. Él es el único y verdadero David, el que puede reunir en unidad al pueblo. David es el rey más recordado y más amado del Antiguo Testamento, porque fue el único capaz de mantener en unidad a todo el pueblo en torno a Jerusalén.
Jesús es el verdadero David, el verdadero descendiente del rey. Allá va Jesús a tomar su trono. Pero, su trono no va a ser pasando por la gloria de este mundo, sino proclamando la gloria de Dios.
Hay que detenerse un momento a sopesar lo que estaba sucediendo en el alma de Cristo cuando tenía que saber lo que estaba ahí a la puerta.
Él sí sabía lo que implicaba entrar a Jerusalén: era meterse en la boca del lobo, era entrar a la casa de sus enemigos, era entrar a ese momento que Él mismo describió como, "la hora" San Juan 7,8; San Juan 2,4.
"Ahora llegó el momento; ésta es la hora" San Juan 17,1. Y Jesús se lanza con valor, con amor, con resolución a esa hora, como soldado que entra en la batalla. Y éso es lo que vamos a ver mañana en el Domingo de Ramos. ¡Entra Jesús en la batalla!
Miremos a este Jesús en medio de su mansedumbre y de su talante de paz. Miremos a este Jesús como un guerrero. Éste es el Jesús que viene a meterse ahí. ¡Ahí!
Ustedes conocen seguramente ese relato que circula mucho por Internet, esa historia de cómo uno de estos cocodrilos en algún lugar de Estados Unidos, -sería de la Florida o de Louisiana-, se entró a una propiedad, agarró y atrapó a un niño.
Entonces, agarrado, el animal mordiendo al niño, la mamá, como sólo aman las mamás, se pone a pelear con esta bestia, con este animal, y finalmente le logra sacar al niño.
No obstante, claro, en ese sacar al niño, los brazos de la mamá quedan destrozados de heridas: nos imaginamos las cortadas. Pero, rescató al hijo.
Yo miro a Jesús como esa mamá, metiéndose ahí en la bestia, en la fiera, en todo aquello que tenía poder sobre nosotros. En Jesús, -óigame esto-, en Jesús no había tiniebla. ¡No había! En Él no la había. La vida de Él junto al Padre, es sólo luz. En Él no había tiniebla alguna.
Y Jesús, aquí, en este poblado, está sopesando las cosas, está orando, está con los discípulos, está dando las últimas instrucciones, está, -por qué no decirlo-, tomando fuerzas para meterse en la caverna, para entrar y sacar de allá a la víctima. Y la víctima eras tú, y la víctima era yo.
Vamos a creer en el amor, vamos a creer en el poder redentor de la Cruz de Cristo, vamos a creer que podemos ser redimidos por ese amor.
Cada uno tiene hoy el derecho de decir: "Dios me amó hasta el extremo. Dios me amó hasta sacrificarse, hasta herirse por mí, hasta derramar su Sangre por mí". ¡Hay que creerle a ese Dios!