K055004a
Fecha: 20020322
Título: Miremos a Cristo y sepamos que El es nuestra recompensa
Original en audio: 22 min. 14 seg.
La vida de Jeremías es como una anticipación de la vida de Jesucristo en muchas cosas. La mayor parte de los profetas, por dar solamente un ejemplo, fueron casados, Jeremías fue un profeta célibe, un profeta soltero.
Dios de alguna manera lo privó, lo separó de una cantidad de alegrías y, al contrario, lo condujo a la experiencia, lo condujo a la durísima experiencia del dolor, del abandono de la contradicción.
Jeremías vivió uno de los tiempos más polémicos, más dolorosos de la historia que aparece en el Antiguo Testamento.
Era el tiempo en el que se anunciaba la amenaza de un rey terrible, un rey de Babilonia llamado Nabucodonosor, este rey anunciaba la invasión del pueblo judío, la invasión de Judea y descubrió que ya conocían la ferocidad la crueldad de Nabucodonosor, sentían pánico, pero también buscaban una seguridad, una manera de controlar el miedo.
Esa expresión que oímos en la lectura de hoy, es una expresión que acompañó la vida de Jeremías; terror por todas partes. Hoy se habla mucho en el mundo del terrorismo, el terrorismo es el gobierno por el terror. Jeremías vivió unos tiempos de terrorismo, tuvo que convivir con el miedo, o mejor, tuvo que conocer y tuvo que convivir con muchos miedos.
Miedos personales, porque su propia vida fue amenazada muchas veces; miedo como miembro de su raza y de su pueblo, ante la amenaza que se les llegaba; miedo por la soledad, miedo por la frustración, miedo agobiado entre dos frentes, o como se dice comúnmente: "Entre la espada y la pared".
Porque no podía decirle un sí a Dios; pero por otra parte veía que su predicación era como arar en el mar. El tiempo de Jeremías fue un tiempo que podemos calificar de espantoso, él tuvo que anunciarle a ese pueblo rebelde, que lo mejor que podían hacer era aceptar la dureza del castigo, porque era el único camino que Dios había encontrado para convertirlos. ¿Ustedes conocen un mensaje que sea más antipático que ese?
Y en tiempos de Jeremías hubo otros profetas, falsos profetas, que anunciaban otras cosas, que tenían un mensaje halagador para sus oídos y consolador a su manera para el corazón.
Otros profetas tenían un mensaje distinto al de Jeremías, y Jeremías hubo momentos en que parece que dudó de su propia vocación, estaba predicando Jeremías que el castigo del destierro estaba encima y que iba a suceder y salió por allá otro profeta diciendo: "No, no va a suceder."
El tal Nabucodonosor, verán ustedes que se devuelve, y el yugo que ha hecho pasar Nabucodonosor sobre nosotros se va a quebrar. Y la gente, aunque estaba dividida, parece que le dio más crédito al falso profeta y no a Jeremías que era el profeta de Dios.
Y Jeremías se quedó solo con su mensaje, que era un mensaje amargo, y se quedó solo sin familia, y se quedó solo con Dios, y en esa soledad empezaron las amenazas contra su vida, contra Jeremías se hicieron cantidad de atentados, atentados crueles.
Una vez lo bajaron con cuerdas a un pozo seco ¿qué prisión puede haber más terrible que esa? Un poco de lodo en el fondo de un pozo seco, sin casi poder contemplar la luz del día, sin agua, sin alimento, esperando una muerte terrible, eso le tocó a Jeremías.
Y lo asombroso es que ese hombre, padeciendo tantas cosas, se afirmaba más y más en Dios. Aunque sus pies se hundieran en el lodo de ese pozo del que no salía agua, pero podemos imaginar qué clase de lodazal era allá abajo, aunque sus pies se hundieran en ese pozo, él tenía una roca firme en que estaba apoyado y esa roca firme era su fe en Dios.
Es un santo muy grande Jeremías, muy grande porque vivió tiempos de terrorismo, porque conoció la soledad, porque sintió el aguijón de la frustración, porque se quedó sin familia y sin amigos y así entonces tomó una resolución: "yo me voy a callar, ¿para qué me amargo más la vida? No voy a decir nada más."
Y el mismo Jeremías nos cuenta la experiencia que vivió. Él ya había tomado la resolución: "No voy a hablar más de parte de Dios; ya que cada uno haga lo que quiera. Y entonces dice, hablándole a Dios: "Pero tus palabras eran dentro de mi un fuego" Jeremías 20,9, y no podía contenerlas y le quemaban por dentro hasta que tuvo que volver a hablar.
Y es que él tenía a Dios en el corazón de Jeremías, hasta cierto punto, oiga bien lo que le voy a decir, Dios se había convertido en la causa de la desgracia de Jeremías.
Porque Jeremías, todo eso que sufrió, tuvo que sufrirlo porque estaba del lado de Dios. Si Jeremías se hubiera pasado del lado de los falsos profetas, si Jeremías hubiera cambiado de bando, le hubiera ido bien, se le hubieran acabado los problemas, hubiera podido recuperar sus saludos, hubiera podido llevar una vida más normal.
Pero Jeremías tuvo que padecer y padeció, padeció por su amor, padeció por ponerse del lado de Dios, padeció por estar unido a Dios, y por eso, digo yo, ¡qué gran santo Jeremías! ¡Qué hombre tan grande! ¡Qué potencia la que tuvo Dios en ese corazón!
Si uno cree en Dios y todas las cosas marchan bien, si uno cree en Dios y los bienes se multiplican hasta resulta fácil creer en Dios, pero cuando uno cree en Dios y le llegan problemas, y más cree en Dios, y más problemas, eso se llama una fe probada, una fe que permanece y por eso las palabras de este Jeremías que vivió en el siglo VI antes de Cristo, estas palabras han atravesado los siglos.
La vida de este hombre maravilloso, de este ejemplo magnífico de fe y de constancia ha llegado hasta nosotros; la vida de este hombre, que seguramente sólo hablaba hebreo, ha sido traducida a mil lenguas y ha llegado a miles de millones de personas.
Jeremías está vivo en la conciencia del pueblo de Dios, su memoria no puede declinar dos mil setecientos años después de que vivió, no puede declinar porque Jeremías es un testimonio de uno, que a pesar del miedo, a pesar del terrorismo, a pesar del desánimo permaneció en Dios.
Y lo más maravilloso de Jeremías es que esos enemigos que suelen acabar con el ser humano no pudieron contra él, ¿y cuáles son esos enemigos? Esos enemigos son: la violencia, el desánimo, la soledad.
¿Quiénes de nosotros no retroceden ante la violencia? Cuando iban a meter a Jeremías al pozo, él, que era como un cordero inocente porque no había hecho sino defender la Palabra de Dios, Jeremías ¿qué hizo? Siguió profetizando.
¡Qué maravilla de hombre! Y les dijo: "Miren, ustedes pueden acabar conmigo pero no pueden acabar con el designio de Dios" [[:Categoría:Jeremías ), y se dejó llevar hasta el pozo y de allá lo sacó Dios a través de un plan.
Es impresionante Jeremías que sigue profetizando hasta esa hora y que en esa hora piensa en los intereses de Dios, es lo que yo llamo un corazón enamorado de Dios. Hace un rato cantábamos "enamorado de Jesús, enamorado..." Bueno, mira a qué precio puede llegar eso, enamorado de Jesús.
Vengo de un país donde acaban de asesinar, disparándole a la cara, no a la cabeza sino a la cara, a un obispo enamorado de Jesús, por contar la verdad, por decir de qué parte estaba Dios, por decir qué es lo que Dios puede aprobar y no puede aprobar, en una sociedad donde todo parece comprarse y donde todo parece poderse vender.
En esa sociedad, Isaías Duarte Cancino, siguió hablando. Y si, tenía que hablar contra el gobierno, o contra la guerrilla, o contra los paramilitares, o contra los narcotraficantes, o contra los corruptos del gobierno, y hablaba y le decía, porque él estaba de parte de Dios. Y le habían dicho: "Monseñor, cállese"; "Monseñor, no vaya a decir eso", "ni una palabra más, Monseñor".
Pero Monseñor había leído las palabras del mártir de hace dos mil setecientos años, mártir en el corazón, que se llama Jeremías.
Es grande para mí saber que en mi patria y en mi tiempo hay hombres que todavía se hacen matar por Cristo y por defender a los pobres, porque Monseñor Isaías, con la misma boca con la que proclamaba el Evangelio de Cristo, también denunciaba los pecados de la sociedad y anunciaba las grandezas del Reino de Dios.
Qué impresión para nosotros ver en esas imágenes de la televisión, no voy a decir yo, llorando a los sacerdotes que conocían muy bien a su obispo, eso sería comprensible, era la gente del pueblo, la gente sencilla que comió de su mesa y recibió de su generosidad.
Porque Monseñor Isaías, así como tenía boca para denunciar el pecado, tenía boca para convocar a la generosidad de la gente y alimentar a los más pobres y despojados de los barrios de Cali.
Hay gente que tiene corazón grande, hay gente que de verdad se apasiona, hay gente que siente lo que sintió Jeremías y hay gente que dice: "Así me disparen en la cara, yo también; yo soy de los de la raza de Jeremías". Esa es la raza grande, esa es la raza fuerte.
Porque los demás se apagan, hermanos, y los demás, como dice en el libro Eclesiástico: "Como si no hubieran vivido" Eclesiástico 44,9. Es que hay gente en esta tierra que pasó como si no hubieran vivido.
Y tenemos que escoger, si nosotros podemos ser de esos que pasaron como si no hubieran pasado, que vivieron como si no hubieran vivido, o si queremos pertenecer a la raza de Jeremías.
Y queremos también nosotros dejarnos quemar por ese fuego maravilloso del Espíritu Santo, porque dice el Credo que "el Espíritu Santo habló por los profetas". Era el Espíritu de Dios, era el fuego de los cielos que quemaba a este hombre.
Y por eso, aunque temblaba de miedo, aunque su mente llegaba al borde de la locura, por la soledad tan espantosa que tuvo que padecer, aunque fuera una tortura mental, psíquica para su alma, permaneció en Dios.
Esa es la raza que nosotros necesitamos y esos son los servidores que Cristo está buscando. Cristo está buscando gente incondicional, gente que pueda estar con Él cuando las cosas van caminando, y gente que pueda estar con Él cuando todo el mundo se devuelve.
Dos pruebas de la Escritura les puedo brindar. ¿Recuerdan ustedes cuando en el capítulo seis del evangelio de San Juan Jesús empieza a anunciar los misterios grandes de la unión con El, los misterios magníficos que hoy sabemos que pertenecen a la gloria de la Eucaristía?
Dijo Jesús: "El que no coma mi cuerpo, el que no beba mi sangre no tiene vida" San Juan 6,54, y algunos de los que estaban oyendo dijeron: "Este lenguaje es muy duro" San Juan 6,60, y se fueron alejando y se fueron apartando y dice San Juan: "Y ya no se quedaron más con El" San Juan 6,66.
Se fueron. Cuando llegó el momento de la confidencia, cuando llegó el momento de sellar la amistad con carne y con sangre vivas, en ese momento huyeron, vieron que la cosa no era simplemente un milagrito, otro milagrito viene. "Hoy, comida gratis, mañana bebida gratis, y si me enfermo, pues allá voy y Él me cura."
Cuando ya quiso sellar la amistad en la profundidad, en la intimidad que se da en un corazón hasta la sangre, entonces dijeron: "Oh, esto es serio, esto es grave, esto no es tan fácil", y entonces fueron diciendo: "Este lenguaje está complicado, y se fueron apartando, y ya no estuvieron más con Él."
¿Y cuál fue la actitud de Cristo? ¿Y cuál es la actitud que Cristo hoy quiere para los servidores? ¿La actitud fue salir corriendo detrás de la gente, y decirle: "Ay, mire, no se vaya, no exagere, tampoco se vaya a ir por eso, esperen y les explico bien?" ¿Eso fue lo que hizo Cristo?
Pues no, eso no fue lo que hizo Cristo, Cristo no corrió detrás de la gente que se le iba, Cristo, majestuoso, se quedó en su sitio y entonces le lanza esta pregunta a sus discípulos y hoy nos pregunta a nosotros: "¿Y ustedes quieren irse también?" San Juan 6,67. Esa es la pregunta.
O sea que Jesús quiere servidores que permanezcan, aunque parezca que se escandalizan, aunque parezca que todo se acaba; servidores que permanezcan, aunque no puedan comprenderlo todo.
Es que los demás, los que se fueron estaban haciendo el negocio de su vida: "Hey, encontramos un profeta increíble, mire, a uno le sale una alergia va donde El y lo cura; a uno le da hambre, listo, le da pan y peces; estamos hechos, encontramos al que era".
Y empieza Jesús con esas intimidades de su corazón, que es generoso, y como es de generoso es exigente, y la gente empieza a irse ¿y qué hace Jesucristo? Jesucristo permanece y quiere gente que permanezca: "¿Ustedes también se van a ir?" San Juan 6,67.
Y entonces Pedro se sintió movido por el Espíritu Santo, sintió como ese escalofrío que lo recorre de arriba abajo: "Pero yo sin Él ¿qué voy a hacer? Sin Él, ¿qué? Sin su Palabra que es mi vida, sin su gracia, sin su amor, ¿qué voy a hacer yo?"
Y entonces le salió, porque el Espíritu Santo habló por él, le dijo: "Pero adónde, Señor, adónde nos vamos si tú tienes palabras de vida eterna?" San Juan 6,68, y se quedaron ahí con Jesús y permanecieron con Él.
Cuando llegó la Última Cena, y este es mi segundo ejemplo, Jesús les dijo esta frase a sus discípulos y hoy nos la está repitiendo a todos nosotros que queremos ser sus servidores, les dijo: "Vosotros sois los que habéis perseverado conmigo en mis pruebas" San Lucas 22,28.
¡Que lindo eso! Qué tal que Jesús le pueda decir a uno eso, que Jesús pueda decir: "Me gusta tu amistad, y te puedo hablar de mi corazón porque tú has estado conmigo cuando han llegado mis pruebas." ¡Qué lindo eso, cuando Jesús le pueda decir a uno eso!
Tenemos en nuestra Orden Dominicana un santo que vivió en una época muy diferente a la de Jeremías, este hombre fue un profesor, fue un estudioso llamado Santo Tomás de Aquino. A Santo Tomás no lo metieron en un pozo, pero Santo Tomás tuvo otras pruebas que ustedes podrán conocer muy fácilmente leyendo su vida.
Santo Tomás de Aquino tuvo muy dura oposición, hoy parece lo más normal en la Iglesia, la doctrina de Santo Tomás de Aquino, pero en la época en la que él enseñó tuvo durísima oposición por otro sacerdote, esa también es persecución, y si no, yo creo que cerca de nosotros hay gente que conoce lo que es esa oposición de los sacerdotes.
Pues bien, Santo Tomás permaneció fiel en la pureza de su corazón, en la fidelidad de su oración, Santo Tomás permaneció.
Un día santo Tomás estaba orando en una capillita frente a un Cristo y había ahí otro fraile que estaba orando en esa capilla, y Santo Tomás no sabía que estaba ese fraile y oraba seguramente susurrando algunas plegarias, algunas alabanzas a Cristo, representadas en esa imagen.
Y Santo Tomás le hablaba al Cristo y oraba, musitaba oraciones y de pronto sucedía un milagro y de ese milagro da testimonio ese otro fraile que estaba ahí, el Cristo le habló a Tomás y le dijo esta frase: "Has escrito bien de mí, Tomás." Qué lindo sentir que Jesús recibe con gusto, recibe con agrado nuestra vida, nuestro esfuerzo.
Tomás sirvió, lógicamente, de profesor, fue su manera de predicar, fue una manera de ser un servidor, fue un profesor de Teología, un Doctor de la Verdad Sagrada, y Santo Tomás, postrado, le ofrece su trabajo a Cristo y Cristo le dice: "Has escrito bien de mí, Tomás."
¡Qué palabras más lindas esas! Y entonces le pregunta el Cristo a Santo Tomás: "¿Qué quieres en recompensa de tus esfuerzos?" Y Santo Tomás le responde a Cristo: "Nada, Señor, sólo a ti".
Son las almas de fuego, esa es la gente que necesitamos, gente que pueda mirar a Cristo, saber que hay tesoros a la derecha y a la izquierda, pero está Él, Él es mi recompensa, Él es mi alimento.
Un servidor ha sido un hombre o una mujer insobornable, es un hombre independiente, es libre, es generoso, es feliz porque lo que necesita lo tiene y lo que necesita es la dulce amistad con Jesucristo. Esa es la grandeza de un servidor.