K055002a

De Wiki de FrayNelson
Saltar a: navegación, buscar

Fecha: 19990326

Título: Declarar a Cristo inocente

Original en audio: 11 min. 21 seg.


Este es el último viernes de Cuaresma. Como todos los de Cuaresma, tiene el sello, tiene el rastro de Jesús.

Las lecturas tienen algo de ese pasmo, de esa extrañeza, de ese espanto que causa en nosotros el misterio de la iniquidad humana. Nos parece casi sentir el miedo de Jeremías, el terror de sentirse rodeado y agobiado por sus enemigos: "Oigo el cuchicheo de la gente: Pavor en torno Vamos a delatarlo" Jeremías 20,10.

También, rodeado de sus enemigos, vemos a Jesucristo, al que en algún tiempo le rodearon enfermos, le rodearon discípulos, ahora lo vemos rodeado de enemigos.

Los enfermos pedían de Él salud, los discípulos pedían de Él enseñanza. ¿Estos enemigos qué piden de Él? No piden ni salud ni enseñanza, quieren su muerte, pero lo que esos enemigos no saben es que, con esa muerte, vendrá la salud y vendrá la suprema enseñanza.

Cristo, inocente, inerme, rodeado de sus enemigos que como perros rabiosos sienten que ya pueden hacer presa en Él. Cristo, que vemos ya en ese capítulo primero de San Juan, ese es el mismo Cristo que ya nos anuncia los misterios de su Pasión.

Cuando tengamos que escucharle decir: “Esta es vuestra hora, la hora de las tinieblas” San Lucas 22,53, ese dolor, ese ataque, ese poder del mal es enojoso para nosotros.

¿Por qué no aparece nadie alrededor de este Jesucristo? ¿Por qué no hay nadie que se ponga de parte de la verdad y defienda a Jeremías? ¿Por qué el bien tiene que aparecer siempre tan frágil, tan inestable? ¿Por qué la inocencia tiene que estar siempre amenazada?

¿Por qué la bondad será siempre tan escasa? ¿Por qué la mansedumbre parece tan impotente? ¿por qué la pobreza parece tan inútil? ¿Por qué la obediencia parece tan ridícula? ¿Por qué la sinceridad parece un estorbo? ¿Por qué la luz, en fin, es tan odiosa, es tan repelente para las tinieblas? ¿Y por qué, más parece tantas veces, que son las tinieblas las que parece que fueran a ahogar a la luz?

Nuestra Iglesia, que es madre y que es maestra, indudablemente a través de estos viernes de Cuaresma nos ha ido preparando, yo diría pedagógicamente, nos ha ido preparando para que nuestros ojos cuando lleguen al misterio de la cruz, no se queden simplemente desbordados por el misterio.

A través de estas lecturas, las lecturas de los viernes de Cuaresma, hoy es un día hermoso para retomar todas estas lecturas, un día para volver nuestros ojos a todo este recorrido. A través de estas lecturas la Iglesia nos está preparando para que encontremos a Jesucristo allí donde Él quiso revelar su misterio más hondo, el misterio de la cruz.

Y por eso hacemos ese recorrido y por eso hoy tenemos que escuchar a Jesús prácticamente envuelto, prácticamente sepultado por las acusaciones. Ya no son sospechas lo que tiran sobre Él, no son sospechas lo que le tiran, no son preguntas lo que le lanzan, no están las piedras en sus manos.

El ataque es inminente, la muerte se aproxima y aquí estamos nosotros mirando estas escenas absurdas y descubriendo que también ese absurdo se ha dado en nuestras vidas y se da en nuestro tiempo y en nuestra sociedad.

Descubriendo que todo lo bueno es como tan débil, que todo lo santo es como tan frágil, que todo lo verdadero esta tan amenazado, que todo lo puro está tan desacreditado.

Eso no le sucede sólo a Cristo, eso no le pasa sólo a Jeremías, esa es la historia de la bondad en esta tierra que está herida de pecado.

Pero qué podremos sacar para nuestro provecho? ¿Qué podremos sacar de alimento espiritual, a parte de esta constatación, en cierto modo triste? Ya entendemos que estas lecturas nos están preparando para el próximo viernes, sabemos que estas lecturas son la antesala de lo que va a suceder cuando veamos, ahora sí completamente traicionado, absolutamente inerme, entregado en las garras de sus enemigos a Jesucristo; ya sabemos para dónde vamos.

Pero si estas lecturas nos preparan a esta visión espantosa, que ellas también nos preparen para descubrir en ellas, para descubrir en esa visión, en esa imagen terrible, descubrir algo más que solo dolor.

Tratemos de entrar en el breve y misterioso diálogo que sostiene Jesús con sus atacantes, con sus enemigos: "Os he hecho ver muchas obras buenas por encargo de mi Padre: ¿por cuál de ellas me apedreáis?" San Juan 10,32.

La vida comienza a aclararse con esta pregunta de Cristo, la vida comienza a aclararse cuando entendemos que Dios es inocente. Parece una tontería, parece un descubrimiento trivial que Dios es inocente. ¡Pues claro que Dios es inocente, cómo va a ser culpable!

¿Estás seguro, estás seguro de que siempre has creído que Dios era inocente? ¿Estás seguro de eso? ¿Estás completamente convencido de haber mantenido la inocencia de Dios en el fuero de tu conciencia?

No fue Dios, acaso, el secreto culpable que buscaba tu alma cuando la vida entraba en crisis? ¿No fue Dios ese que entró a sospecha y a juicio cuando esa enfermedad misteriosa, cuando esa calumnia?

¿No pensaste, acaso, que Dios tenía alguna responsabilidad cuando no defendió tu fama pudiendo hacerlo? ¿No es Dios el que aparece como el gran sospechoso, el primer sospechoso de no haberte ayudado en momentos en que tu hubieras esperado esa ayuda?

La pregunta de Jesucristo empieza a despejar el panorama. Hay que empezar por declarar a Dios inocente y esto no es evidente ni es trivial ni es cosa de niños. Declarar que Dios no tiene la culpa.

Nos sentimos ridículos diciendo esto porque es como si nosotros fuéramos los jueces que vamos a absolver a Dios; nos sentimos ridículos, pero aunque sea una vez en la vida hagámoslo y digámosle a Dios: "Tú no eres el culpable de lo que me ha sucedido a mí, ni considero que tú tengas responsabilidad, ni tengo nada de que quejarme contigo porque dejaste de hacer lo que yo esperaba que hicieras o por que permitiste lo que yo no quería que tú permitieras."

Dar ese paso es tan grande, que sólo quien lo ha experimentado, puede dar fe de todo lo que libera el alma dándolo.

"Señor, tú dejaste que creciera contra mí un vendaval de acusaciones como lo de Jeremías, tú dejaste que se levantara contra mí la enfermedad, tú dejaste que la ignorancia me agobiara, tú me dejaste caer, tú me dejaste caer, tus manos no eran manos de Padre, ¿por qué me dejaste caer si yo era tú bebé? Tú me dejaste caer".

Dejar de acusar a Dios, y de nuevo recostarnos en su regazo y decir: "No entiendo, no comprendo nada, pero sé que tú eres inocente; no comprendo nada, pero sé que tú eres inocente, por que tú no tienes la culpa, la culpa estará en otra parte pero no está en ti."

Esta palabra de Cristo, esta pregunta de Cristo nos abre inmensamente el panorama.

"Señor, hoy te declaro inocente. Hoy no quiero echar encima de ti una herida más, un dolor más, hoy creo y admito que tú eres inocente y que por lo tanto todo lo que hiciste -ya ves entonces como no es asunto trivial este reconocimiento-, todo lo que hiciste, todo lo que pasó en mi vida, todo ha estado presidido por tú amor.

Esa es la grandeza. Declarar a Dios inocente parece una tontería, pero sacar la consecuencia que todo en mi vida ha estado presidio por el amor, no es ninguna trivialidad.

"Señor, fue tu amor el que presidió mi vida, fuiste tú el que aguardó, fuiste tú el que esperó, fuiste tú el silencioso huésped de una vida de la que yo no terminaba de arrojarte, por eso te doy gracias."

Desde esta perspectiva, desde esta declaración de la inocencia de Dios, pueden abrirse nuestros ojos para captar, como aquéllos contemporáneos de Cristo, que el mismo Cristo es la gran señal del Padre.

"Tú eres la gran señal de misericordia para mi vida." Más, mucho más habría que decir sobre esto, pero así como la Iglesia nos deja sólo la introducción, así mis palabras tienen que ser sólo el prólogo, tiene que ser sólo el comienzo, por que el gran poema del amor de Dios lo vamos a escuchar frente a la cruz la próxima semana.