K054001a
Fecha: 19960328
Título: El dramatismo de la fe
Original en audio: 4 min. 32 seg.
A medida que se va acercando el momento de la Pasión redentora de Jesús, vamos de la mano de las lecturas que nos ofrece la Iglesia, percibiendo cada vez más una tensión que se va volviendo insoportable.
Todas las lecturas de esta semana han tenido esa característica de discusión, de malentendido, de violencia. Y el Jesús que nos aparece durante estos días, casi es demasiado duro, demasiado cortante, es explícito y certero en su denuncia, parece intransigente.
Es como si se hubiera acabado el tiempo de dar muchas explicaciones o de hacer muchas señales. Se acerca simplemente el tiempo de tomar las decisiones, y las decisiones ya están anticipadas en esas piedras que la muchedumbre toma hoy, para arrojárselas a Cristo.
El contraste no podía ser mayor entre la primera y la segunda lectura. Vemos a Abraham desbordado por la generosidad de Dios, de bruces reconoce la grandeza del Señor, y se pregunta más o menos: "¿Quién soy yo para que Dios me haga tantos bienes?"
Los descendientes de Abraham, sin duda no todos, pero sí muchos de los principales representantes del pueblo que nació de las entrañas de él, no sólo no se postran ante Dios ni le agradecen, sino que consideran un deber suyo defender la alianza de Abraham, discutiendo, insultando y apedreando a Jesús.
Este inmenso contraste nos hace ver la grandeza y al mismo tiempo, diría yo, la violencia que la fe causa en el corazón humano. Porque el problema esencialmente es de fe.
Abraham agradece, porque la fe llena su corazón. Los judíos, éstos de los que se habla por lo menos aquí en este pasaje, no agradecen, porque no reconocen en Jesús al Enviado del Padre.
Se le había prometido a Abraham: "Tú tendrás descendencia para siempre" Génesis 17,8. Pero dice Jesús: "El que cree en mí, el que guarda mi Palabra, no sabrá lo que es morir para siempre" San Juan 8,51.
Y estos judíos no reconocen que la misma voz que estaba allá pactando alianza perpetua con Abraham, es la misma voz que ahora en Jesucristo cumple lo que antes prometió. Se trata del dramatismo de la fe.
Cuando una persona entra de lleno en la dinámica de la fe, entra de lleno en la lógica de la fe, tarde o temprano se encuentra con sus propios límites.
Creer no es fácil. De alguna manera, creer contradice nuestro modo de ser. De alguna manera, creer, creer a fondo, se opone a algo que es débil, a algo que es necesitado, a algo que es cómodo y egoísta entre nosotros.
Creer puede ser ocasión de una inmensa alegría, como lo fue para Abraham, pero creer también puede ser motivo de un inmenso escándalo, como lo fue para estos representantes del pueblo judío.
Creer no resulta sencillo. Pero sólo aquel que cree hasta el final, sólo aquel que cree a fondo, alcanza la verdadera revelación de lo que Dios quiere para ti mismo y para el mundo.
¿Qué es lo que se nos pide a nosotros como bautizados? Pues eso: que perseveremos en esa fe, que guardemos esa Palabra, para que esa Palabra nos guarde a nosotros.