K051012a
El Evangelio de hoy está tomado del capítulo octavo de San Juan. Como hemos mencionado en otras oportunidades, hay varios capítulos de este Evangelio, en donde aparecen amargas controversias, duras discusiones entre Nuestro Señor Jesucristo y las autoridades judías de aquella época.
Uno de los aspectos de esa discusión, es lo que encontramos en el pasaje de hoy; los fariseos acusan a Cristo de ser una especie de demagogo: “Tú eres el que da testimonio de ti mismo; tu testimonio no vale” (cf. Jn 8,13). Como quien dice, “aparte de tu palabrería, aparte de tu carisma (como se utiliza esa palabra hoy), no tienes nada que decir a favor tuyo”. Cristo, sin embargo, utiliza un lenguaje sumamente profundo, no solamente para enseñar a aquellos que le están atacando, sino, también para enseñarnos a nosotros, que queremos ser sus discípulos. Lo que dice Cristo, es que el Padre da testimonio de Él, y, por consiguiente, Cristo no está solo (cf. Jn 8,16-18); no es una especie de loco, que se cree Napoleón; no es una especie de demagogo, que depende de su capacidad de impactar un auditorio; Cristo, lleva consigo el testimonio del Padre. Y le preguntan: “¿Dónde está tu Padre?”; y la respuesta de Cristo es todavía más misteriosa: “Si me conocieran a mí, conocerían al Padre” (Jn 8,19).
En otro pasaje, que creo que nos va a resultar útil, Cristo dice: “Nadie puede venir a mí, si el Padre que me envió no lo atrae” (Jn 6,44), indicando, de este modo, que el testimonio del Padre no es algo externo, como cuando en un juzgado se presenta un testigo, levanta la mano, jura y dice: “yo sé que esta persona hizo esto, o no hizo aquello”. El testimonio del Padre, no es de ese género; la manera como el Padre obra, es distinta: el testimonio del Padre, acontece dentro de nosotros. Decían los padres de la Iglesia, antiguos y muy santos predicadores y doctores, decían que Papá Dios ha extendido sus dos manos: el Hijo y el Espíritu, y esa acción de Dios Padre en nuestra conciencia (porque somos creación suya), y luego, esa acción interna del Espíritu Santo en nosotros, nos empuja hacia Jesucristo. De manera que cuando Cristo nos habla del testimonio del Padre, nos habla de que hay que oír la propia voz de la conciencia y abrirse a la invocación del Espíritu Santo; y en la medida en que el Espíritu obra en nosotros, nos damos cuenta de quién es Cristo y le recibimos, y entonces, llegamos a tener vida en su nombre.
Ábrete hermano, abramos nuestro corazón al testimonio bendito del Padre.