K051003a
Fecha: 19990322
Título: En la Cruz de Cristo hay poder suficiente para separar a cualquier pecador de cualquier pecado
Original en audio: 7 min. 26 seg.
En el relato del profeta Daniel se hizo un juicio, y en el relato del evangelio de Juan otro juicio.
Ambos juicios tienen su fuente en Dios, pero son distintos, y es más perfecto el que nos presenta Jesucristo que el que nos ofrece la profecía de Daniel.
¿En qué consistió el juicio allá de Daniel? Consistió en separar al inocente del culpable. ¿En qué consistió el juicio de Jesucristo? En separar al culpable de su culpa. Son dos momentos en la revelación.
Es importante separar al inocente del culpable para que no se dé impunidad, para que aparezca la justicia; pero es importante separar al culpable de su culpa para que aparezca y para que se manifieste la misericordia.
En realidad, la forma suprema de la justicia no es el castigo del culpable, sino la separación del culpable de su propia culpa. Es esa una disección mucho más fina, este es un discernimiento más hondo, este es un juicio más profundo.
San Pablo utiliza muchas veces la expresión justificación para referirse a la obra con la que Cristo nos comunica los bienes de su Cruz y de su Pascua; somos justificados.
¿Y en qué consiste la justificación? No es, como pretende el protestantismo, una declaración extrínseca, no consiste en que Dios hace de cuenta que nosotros no hemos hecho nada. No es una especie de ficción fantasiosa, como si no hubiéramos pecado.
Es una obra,la más eficaz de todas, me atrevo yo a llamarla así; es la obra más eficaz del amor de Dios, obra tal, que toma a un ser, en este caso al ser humano, y lo desprende, lo libera, lo suelta de aquello que le oprime, de aquello que le desfigura.
Es como separar a la fealdad del feo; es como separar al ignorante del ignorante; es una disección que sólo puede hacerla Dios; porque sólo Dios tiene el designio original, el plan original para cada uno de nosotros.
El día de nuestro bautismo, la potencia de la Cruz de Cristo, la potencia de ese amor hizo esa separación en nosotros, separándonos entonces así para Él, reservándonos para Él.
Como somos pecadores, como lamentablemente, por nuestra fragilidad mal educada, caemos en el pecado, el amor inagotable de Jesucristo quiso dejarnos también ese tribunal de misericordia que es el sacramento de la confesión. Y, a través de la confesión, Cristo pronuncia sentencia.
Es un juicio como el que se le iba a hacer a la adúltera, es un juicio que Cristo pronuncia, y en ese juicio Cristo nos separa a nosotros pecadores, nos separa de nuestros pecados, de manera que sea castigado sólo lo malo, que es el pecado, y que quede salvado aquello que Dios quiso.
Es la obra más maravillosa del poder de Dios. Que sea castigado sólo lo malo. Cuando el pecador es apedreado, como los ancianos corruptos de la primera lectura, pues por lo menos sentimos que se salvo la vida del inocente, como dice el texto bíblico. Pero ahí seguirá el pecador con su pecado. Algo bueno, lo que Dios quería para esos ancianos, algo bueno se perdió.
La disección más profunda es la de separar tan completamente el bien y el mal, que sea castigado sólo lo que es malo, es decir, sólo el pecado.
Y efectivamente, en la Cruz de Cristo hay poder suficiente para separar a cualquier pecador de cualquier pecado. Es doctrina común en la Iglesia desde los primeros siglos, que la gracia de la Pascua de Cristo tiene eficacia para perdonar todos los pecados; porque precisamente en esa balanza, que es la Cruz, fue pesado el amor que se manifiesta en la Sangre de Cristo, y fue encontrado ese amor más valioso y de mayor peso que cualquier culpa del universo.
Esto significa que todo pecador puede ser perdonado, y que la única manera de condenarse es por un acto voluntario, persistente, absurdamente persistente en la maldad; la única manera de condenarse es persistiendo en adherirse a aquello que Dios, por la Cruz de Cristo, ha hundido en la tiniebla.
Desde esta perspectiva entendemos por qué la Iglesia no declara condenada definitivamente a ninguna persona. Lamentablemente, podemos admitir la posibilidad de que haya gente en el infierno, tenemos que admitirlo. Sabemos que esa posibilidad es también real incluso para nosotros, Dios nos libre.
Pero lo más importante de esta enseñanza es que comprendamos en qué consiste la justificación que nos viene por la Pascua de Cristo, y que comprendamos el poder tan grande de Dios, y lo cercano que está a nosotros ese poder.
¡Cuán fácil de recibir! Casi le parece a uno estar escuchando ese salmo que dice: "Abres tu mano, y yo se sacian de bienes" Salmo 104-28.
Casi nos parece escuchar los gritos del poeta Isaías, cuando dice: "Venid todos, también los que no tenéis dinero; comprad, sin pagar, manjares suculentos, vinos de solera; venid, comed sin pagar" Isaías 55,1-2.
Está ahí, ahí está frente a todos. ¿Qué se necesita? Esa fe por la que nosotros nos abrimos al poder de Dios, a la gracia y al amor de Dios.
No desesperemos entonces de nuestro propio camino; recibamos con gratitud el haber sido bautizados y recibamos, con mayor gratitud, cada vez que Dios nos concede confesarnos. Pero pensemos también que con esta intención y con esta enseñanza, tenemos motivo para rogar por todos, especialmente por los más endurecidos pecadores.
Con la bondad de Dios, una cosecha inmensa, la cosecha de la Cruz, florecerá en los cielos. Para la gloria de su Nombre y para gozo de todos nosotros.
Amén.