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De Wiki de FrayNelson
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Fecha: 20030329

Título: Reconocer que todos somos capaces de cometer las maldades mas grandes y los pecados mas graves

Original en audio: 10 min.


Amigos:

Jesús hablaba de una manera muy clara porque quería que lo entendiera muy fácilmente la gente. Y creo que esta parábola que hemos oído es un mensaje que todos captamos: ese contraste tan bien pintado entre el fariseo que se separa del resto de los seres humanos para decir: "Yo soy mejor", y el publicano que se separe del resto de los seres humanos para decir: "Yo soy peor".

El publicano se queda atrás, no se siente digno de estar adelante, porque él reconoce su propia situación. Osea que es muy interesante esta parábola, porque es el contraste entre dos personas, cada una se separa de los demás; el fariseo se separa por creerse bueno, el publicano se separa por creerse malo.

Separarse, por creerse bueno, es lo que Jesús llama "enaltecerse": "Y todo el que se enaltece será humillado" San Lucas 18,14.

Separarse, por reconocerse malo, es lo que se llama humillarse, y Jesús dice: "Todo el que se humilla será enaltecido" San Lucas 18,14. Yo creo que todos tenemos algo o mucho de fariseos, y todos tenemos algo o mucho de publicanos.

El que no ha cometido adulterio, fácilmente se vuelve un fariseo de los adúlteros; el que no ha tenido ocasión de robar, fácilmente se vuelve un fariseo de los ladrones; el que nunca ha estado sometido al yugo de un vicio como la droga, mira con desprecio a los drogadictos.

Es muy fácil ser fariseos, porque hay muchas cosas que no hemos hecho, hay muchos pecados que no hemos cometido, hay muchos problemas que no hemos tenido.

Y en todas esas cosas fácilmente nos separamos de los demás, y así nos resulta fácil juzgar, por ejemplo, a la persona que ha cometido un aborto, o a la persona que se roba el dinero de los pobres, o la persona que está sometida, está esclavizada de un vicio.

Yo quiero recordarles quiénes eran los fariseos y quiénes eran los publicanos. Los fariseos en su mayor parte gente pobre, ellos no tenían mucho dinero, sin embargo eran muy orgullosos, pero por razones religiosas, ellos sentían que tenían un gran conocimiento de la Ley y que eranlos que verdaderamente eran fieles a Dios.

No eran orgullosos con su dinero, porque la mayoría no tenía dinero, sino eran orgullosos con su religión y su práctica de la fe y de la religión.

El publicano de aquella época era el cobrador de impuestos, era un criminal público.

Usted puede pensar en un publicano, más o menos, como cuando uno siente cuando le dicen: "En el contrato de no sé qué hospital regional, de un departamento, de una ciudad muy pobre, en ese hospital regional se giró una partida de dos mil quinientos millones de pesos y se robaron dos mil doscientos millones de pesos y el que se robó eso fue ese señor y este otro señor".

Todos sentimos ira cuando se denuncia, cuando se descubre que se está robando el dinero de los pobres, pues eso era lo que hacían los publicanos.

Y es bien interesante que Jesús escoge como modelo para esta parábola a un publicano. Imagínense hoy que a uno le hablaran hoy de una persona de esas que se han robado contratos públicos, que han hecho pasar hambre a la gente, que se han robado impuestos, esos eran los publicanos.

Es muy fácil juzgar al publicano. Ahí entendemos la oración del fariseo: "Te doy gracias porque yo no soy de los que roban a los pobres, te doy gracias porque yo no soy de los que oprimen a las viudas".

Mi intento con estas palabras, hermanos, es que nosotros reconozcamos dos cosas: primero, que es muy fácil volverse fariseo; y segundo, que todos tenemos de estos dos personajes.

Porque en el momento en el que uno dice: "Qué porquería de gente esos fariseos", seguramente va ha hacer una oración de esta manera: "¡Te doy gracias, Señor, porque yo no soy un fariseo!". Y entonces estaríamos repitiendo el mismo esquema de ellos, estaríamos cayendo en la misma falta.

Es muy importante, y yo creo que es lo que quiere Jesús, que nosotros nos descubramos capaces de maldad, capaces de pecado, capaces de error y capaces de traición; uno no sabe de lo que es capaz, cuando se lleva al ser humano a situaciones extremas, ocurren cosas que uno no se puede imaginar.

El otro día estábamos comentando con unos parientes sobre películas de cine que nos habían impresionado, y alguien recordaba esa películadel sos sobrevivientes de los Andes, el avión ese que se cae por allá en una región helada una región helada y cómo finalmente, varios o casi todos los sobrevivientes, pues terminan comiendo carne humana para sobrevivir. Todos tenemos un asco natural a una cosa de esas.

Pero lo que quiero decir es: reconozcámonos todos capaces de maldad, capaces de traición, capaces de engaño, capaces de crueldad. Sólo así podemos vencer al fariseísmo, sólo así entenderemos a todos.

El día que podamos entender, desde el político corrupto, hasta el guerrillero que deja morir a un secuestrado que tiene una infección por no devolverlo a la familia, y no perder los millones que están ahí.

Cuando podamos entender, cuando podamos recorrer la escalera de la sociedad humana, y podamos decir: "En un momento dado yo podría hacer algo así o parecido, porque además, ¿de qué familia he venido yo y de qué familia viene esa persona? ¿Cuáles han sido mis circunstancias y cuáles han sido las circunstancias de esa persona?"

Sólo cuando uno reconoce al otro ser humano, como uno que es semejante a lo que uno es, sólo ahí se destruye el fariseísmo, sólo ahí dejamos de creernos o de considerarnos superiores a los demás.

¿Para qué sirve eso? Eso sirve para una cosa fantástica: la mayor parte de las acusaciones que hacemos de las otras personas son física envidia; la mayor parte de las denuncias que llegan a las Personerías y a las Procuradurías, son por gente que no le dieron la “tajada”, los que no pudieron robar a tiempo.

La mayor parte de los índices con que acusamos a los demás, están infectados de envidia. La única manera de que cambie el país, la única manera de que cambie el mundo, es sanando esa envidia, esa envidia con la que en el fondo nosotros quisiéramos hacer lo mismo.

Para curarse ese corazón que muchas veces quisiera ser malo, porque ya antiguos pensadores decían: ”Hay gente que es buena porque no le han dado la oportunidad de ser mala”.

Cuando ya uno se cura de esa envidia, cuando ya reconocemos que todos estamos hechos del mismo barro, cuando ya eliminamos ese fariseísmo de nuestros corazones, entonces sucede una cosa muy buena, nos reconocemos solidarios en el pecado, ¡y esto es fantástico!

Porque cuando nos reconocemos solidarios en el pecado y untados en la misma masa y hechos del mismo barro, entonces descubrimos que hay Uno, que se llama Jesucristo, que nos conoció así, untados en el mismo barro y hechos de la misma masa, y así nos amó a todos y así nos perdonó a todos.

Dicho de una manera práctica: dejemos de acusar a los que roban mucho, poquito o nada, o a los que ponen bombas terroristas, o a los que se quedan con el dinero del erario público.

Más que gastarle hígado a ese tipo de acusaciones, que muchas veces son reflejo de las envidias y de las codicias que todos llevamos dentro, más que gastarle hígado a eso, gastémosle corazón: primero a reconocer la inmensa necesidad que el ser humano tiene en todos los aspectos.

Reconozcamos que todos somos necesitados, y ya que somos solidarios en esas lacras, en esos pecados, reconozcamos que podemos ser solidarios también en la capacidad de perdonarlos, de darnos una oportunidad y de abrirle corazón al Único que puede salvarnos y que se llama Jesucristo.

Para eso dijo esta parábola Jesucristo, no para que la gente condenara a los fariseos, sino para que se acabara el fariseísmo, para que todos reconociéramos que todos necesitamos, y para que todos pudiéramos beber en la única fuente que puede saciarnos, que es la fuente de gracia y agua viva que está en el Señor Jesús.

Sigamos, hermanos, en esta celebración, sigamos entregándole al Señor las necesidades de ustedes. Ustedes han separado este día con alegría, lo han vivido con intensidad, con amistad con solidaridad, con compañerismo.

Entreguemos al Señor las necesidades de nuestras familias y pensemos que con una actitud mental más abierta, más misericordiosa y más constructiva, realmente podemos marcar una diferencia no sólo en la vida universitaria hoy, sino sobre todo en la vida de la sociedad del mañana.