K036003a
Fecha: 20010324
Título: Abrir las puertas de la misericordia divina
Original en audio: 9 min. 3 seg.
Toda nuestra vida cristiana consiste en agradar a Dios, porque su voluntad es sabia y bondadosa, porque en ella está nuestra realización y nuestra felicidad.
Pero para agradar a Dios, hay que conocerle los gustos a Dios; es lo mismo que cuando invitamos a una persona a nuestra casa, por ejemplo, para comer.
Si alguien nos dice: “No le vaya a dar pescado a ese invitado suyo porque no le gusta”, y usted tercamente le prepara un tremendo guiso de pescado, seguramente el invitado no se va a sentir a gusto, él va a estar incómodo, no se le ha dado lo que a él realmente le gusta.
Dios llega a nuestras vidas, en el Apocalipsis leemos: "He aquí que estoy a la puerta y llamo". Apocalipsis 3,20; Dios llega como un invitado a tu casa; Dios llega a tu vida, y por eso es necesario que conozcas cuáles son los gustos de Este invitado, y en eso precisamente, nos instruye la Palabra de Dios en el día de hoy.
“Vuestra piedad es como nube mañanera", -se queja Dios-, como rocío de madrugada que se evapora” Oseas 6,4. A Dios no le gusta una piedad superficial, pasajera; a Dios le gusta, más bien, la religión, la piedad profunda que tiene su raíz en el corazón.
El maquillaje que se echa encima de la piel dura unas horas y luego se cae; eso no le gusta a Dios; Él no quiere una religión de maquillaje, porque dura unas horas y no llega a todas partes; cuando llega a la casa la mujer seguramente se limpia la cara, cuando llega a la verdad de su casa se quita la máscara, se quita el maquillaje, el maquillaje no la acompaña a todas partes.
Así también esa piedad falsa, de apariencias no nos acompaña a todas partes; no es lo que Dios quiere. Dios quiere una piedad fundamentada en el corazón, una religión que tenga sus raíces en el corazón, porque el corazón sí está siempre con nosotros, mientras tengamos vida ahí estará el corazón palpitando, que si dejara de palpitar, ya no estaríamos vivos.
Y eso es lo que significa la palabra misericordia; el gran gusto de Dios, lo que a Dios le gusta, le fascina, le encanta, es la misericordia. Dios no dice: "A mí me encanta que recen y recen" y no dice: "A mí me encanta que traigan muchos sacrificios; no dice: "A mí me encanta que den muchas limosnas; Dios dice: “Me encanta la misericordia”.
Si está la misericordia, qué bueno que haya largas oraciones, es una gran cosa la oración, pero si la oración es sólo “como una nube mañanera” Oseas 6,4, que medio saliendo el sol se desaparece, esa rezadera no es la que le gusta a Dios; por eso hoy somos invitados a buscar lo que a Dios le agrada allá en el corazón.
Y es que la palabra misericordia se refiere al corazón, en latín corazón se dice “cor", "cordis”; misericordia es como ese sentimiento, ese amor que hay en el corazón.
La misericordia, como le escuché a un gran predicador, “es el rostro que adquiere el amor delante del sufrimiento del prójimo”, cuando el amor se dirige a la persona que está sufriendo, por su culpa o sin su culpa, está sufriendo.
Qué tal que Dios sólo tuviera compasión de los que sufren sin culpa, pues entonces no se compadecería de nosotros cuando pecamos.
La misericordia es el amor cuando se dirige a aquellos que están sufriendo, por su culpa o sin su culpa; es el amor que intenta restaurar, sanar, levantar, consolar, apoyar, construir al que está devastado, al que está caído, al que está doblegado y vencido, esta es la misericordia.
Si Dios encuentra en nosotros la misericordia, se siente a gusto. Un corazón misericordioso, ese es el corazón que le gusta a Dios, y es el único gusto de Dios.
A Dios le gustan también, como hemos hablado otras veces, los corazones arrepentidos, los corazones humildes, eso nos mostró el Evangelio en el caso del publicano; el fariseo tenía muchas cosas, como si estuviera preparando un gran banquete; pero no le puso misericordia a esa comida, y a Dios no le gusta eso.
Sí, usted haga sus oraciones, haga sus ayunos, haga sus cosas y lárguese de aquí, ¡váyase! ¡Usted no es de los míos, usted preparó muchas cosas, pero nada de lo que hizo me gustó, porque usted no le echó la salsa, el condimento que a mí me encanta, el aderezo que hace sabrosas las cosas para mí, pero Dios no le probó nada, ¡váyase!
Qué peligro que Dios nos vaya a decir lo mismo a nosotros; "Señor, yo que he hecho tantas cosas por ti, yo que me he sacrificado tanto, y yo que rezo tanto", "¡váyase! A usted le faltó lo principal… amor, sobre todo amor por el que está sufriendo en su cuerpo o en su alma, por su culpa o sin su culpa; amor por ese que está sufriendo, eso le faltó, usted no tiene lo que a mí me gusta, ¡váyase de aquí!".
Qué terrible esa palabra del capítulo 25 de San Mateo: “Apartaos de mí” San Mateo 25,41, qué terrible esa palabra, Dios nos libre de tener que escucharla. El fariseo no tenía lo que le agradaba a Dios, y aunque tenía muchas cosas, "¡váyase con sus cosas, no me importa!"
Dios mío, tenemos que abrir las puertas de la misericordia divina con el arrepentimiento sincero de nuestros pecados, y tenemos que abrir las puertas del amor de Dios y del agrado de Dios, teniendo nosotros también compasión de nuestros hermanos.