K036002a
Fecha: 19980321
Título: La misericordia
Original en audio: 10 min. 17 seg.
Queridos Hermanos:
Hay una palabra que recorre las lecturas de hoy: la palabra misericordia, la palabra compasión.
Misericordia que Dios quiere que tengamos según lo que escuchábamos del profeta Oseas; se queja Dios de que la misericordia en medio del pueblo es vacía, superficial, es provisional, nuestra misericordia es como rocío de madrugada que se evapora. Así, pues, la primera lectura quiere que aprendamos a tener misericordia.
Esta misma enseñanza nos la repite con el salmo: "Quiero misericordia y no sacrificios" Salmo 50, y luego el evangelio nos presenta quién fue el que obtuvo misericordia; el publicano oraba diciendo: "Dios, quiero misericordia; ten compasión de este pecador" San Lucas 18,13.
Entonces, la palabra importante de las lecturas de hoy es la palabra misericordia o la palabra compasión; la compasión con el hermano y su relación con la compasión que Dios nos tiene; el publicano oraba pidiendo compasión, el fariseo no tuvo compasión. Para él los otros eran ladrones, injustos, adúlteros.
Y aquí viene algo profundo la relación entre la verdad y la misericordia. ¿Tenía razón el fariseo? Si, tenía razón. Porque los otros, efectivamente, sí son ladrones, injustos y adúlteros.
Atención, uno puede faltar a la misericordia diciendo la verdad; si uno se pone a pensar lo que estaba diciendo el fariseo era cierto, pero no era lo que le agradaba a Dios, por eso digo que es un tema profundo. El fariseo oraba así en su interior. Vamos a analizar la oración del fariseo:
“Dios, te doy gracias porque no soy como los demás” San Lucas 18,11. Vamos a ver si esa frase es correcta.
Y luego dice: “Los demás son ladrones, injustos, adúlteros” San Lucas 18,11, en eso seguramente tenia razón; uno puede mirar a otras personas y uno no ha robado y el otro sí ha robado, es un ladrón y eso es cierto, y yo no lo soy; el otro es un injusto, y yo no lo he sido; el otro es un adúltero, y yo no he faltado.
Pero es que uno diciendo verdades puede matar la misericordia, ese es el punto: no toda verdad es tan completa como para convertirse en una oración.
Yo no estoy diciendo que uno tenga que decir mentiras en la oración, no. Tampoco estoy diciendo que sea malo decir la verdad, lo que estoy diciendo es que si nos vamos a poner a decir verdades digamos toda la verdad, ¿de acuerdo? Esos otros pueden ser injustos, adúlteros, ladrones, si; pero a esos les hacen falta dos verdades por lo menos.
Primera verdad: que tal vez yo no tengo esas faltas, pero quizá tengo otras; entonces mientras yo digo que los otros son injustos, adúlteros, ladrones, estoy quitando la atención mía sobre mis propias faltas.
Entonces sí vamos a decir la verdad, digamos toda la verdad y digamos que efectivamente hay en nosotros pecados que tal vez no son tan públicos, que tal vez no son tan escandalosos, que tal vez no son tan humillantes.
Los pecados que indudablemente más vergüenza causan son los que tienen que ver con la intimidad de las personas, indudablemente esos son los que mas avergüenzan; y por eso cuando esos pecados salen a luz la gente queda profundamente humillada.
Tal vez nuestros pecados no han salido así a luz, pero eso no significa que nosotros estemos hechos de una materia distinta o que no tengamos otros pecados.
Luego, a la oración del fariseo le faltaba decir esa parte de la verdad, ¿cuál parte de la verdad? Que él tenía sus culpas, las de él, esas no las dijo; y por consiguiente, no es cierto que uno sea como los demás.
Superficialmente hablando no es como los demás porque el otro robó y el fariseo no, suponiendo que no haya robado, superficialmente hablando; pero sí es como los demás porque es un pecador como son pecadores los demás.
Donde hay una verdad más profunda que la verdad que dijo el fariseo; la verdad superficial que dijo el fariseo no le dejó descubrir una verdad mas profunda.
Y por no descubrir la verdad profunda de que él era pecador como todos, se perdió de descubrir una verdad todavía más profunda, que es la verdad de que Dios ha enviado a su Hijo, a su gracia, a su amor, para perdonarnos a todos.
Mientras uno no se sienta metido en la fila de los pecadores, poco puede recibir de Cristo; recibirá migajas que caen de la mesa, las que les caen a los perritos.
Sólo cuando uno entra decididamente a la fila de los pecadores uno dice: "Sí, yo soy como los demás! Tal vez no he cometido peores pecados porque no me ha llegado la oportunidad, tal vez no he cometido peores pecados porque mi soberbia, porque mi orgullo me sostiene."
Una vez fue a confesarse una mujer joven y me comentaba sobre una tentación terrible contra la carne que tuvo con algún novio, y entonces decía ella como victoria de esa tentación que en el momento decisivo, en el momento del sí o del no, le dijo a ese hombre: "Un momento, yo tengo mis principios, he trabajado mucho en mi formación cristiana y en mi dignidad".
Bendito sea Dios que se evitó un pecado que hubiera podido ser muy grave, pero fíjate las motivaciones de ella, "es que yo tengo mi formación, es que yo tengo… " En realidad, ella estaba cuidando su imagen, no lo hizo por amor a Dios.
Y yo le hice ver, en diálogo con ella: "Mira, date cuenta que tú te abstuviste de pecar, bendito sea Dios, pero te abstuviste de pecar por orgullo, por cuidar tu imagen; tú no estabas pensando en la ofensa que se le iba a cometer a Dios, estabas pensando en ti; eres una egoísta, eres una orgullosa, y eres una vanidosa.
Que eso te impidió cometer ese pecado, sí, pero el hecho de que tu orgullo te haya impedido pecar, no quiere decir que tú dejes de ser una orgullosa en eso y en otras cosas.
Fíjate cómo el corazón humano es un pozo de fe que hay que sacarle el agua profunda, porque repito, no hemos cometido unas faltas pero quizás hay otras poco escandalosas pero mucho más graves que están ahí, sobretodo esos pecados de orgullo, de envidia, de murmuración.
Qué fácil es desacreditar a una persona con un comentario pequeñito, con una piedrita que echamos a rodar desde lo alto de una montaña para ver luego cómo se convierte en una bola de nieve que destroza a la otra persona.
El mal hecho con inteligencia es más perverso que el mal cometido por debilidad. Y hay muchos males cometidos con mucha inteligencia, con satánica inteligencia que hace que nosotros sigamos pareciendo muy buenos y muy respetados y muy respetables. Entonces, ¿el fariseo estaba diciendo la verdad? Sí, pero no toda la verdad.
Le faltó decir dos verdades: que él estaba en la fila, y sobre todo le faltó decir otra verdad más profunda: que Dios está dispuesto a perdonar a todos los de la fila. Cuando uno comprende esto uno mismo siente misericordia por los que están en la fila. Uno mismo comprende a esa otra persona.
Mientras nosotros tengamos todavía índices acusadores que levantar contra otras personas, indudablemente no hemos llegado a eso maravilloso que Catalina de Siena llamaba "el conocimiento de nosotros mismos"; sí, no hemos cometido faltas, ¿por qué? ¿Por cobardes? tal vez; ¿por orgullosos, por vanidosos? tal vez; ¿porque no se ha dado la oportunidad? Tal vez.
Verdadera santidad es la de Felipe Nery cuando decía: "Señor, si no me sostienes, peor te traicionaría que Judas. Esa sí es santidad verdadera, y te aseguro que una persona que habla así, le puede llegar el peor de los pecadores y será benevolente y tendrá una palabra de amor y de comprensión, ese sí es un santo.
Roguemos al Señor que nos haga abrir los ojos, que podamos entender en qué fila estamos y así empecemos a cultivar la verdadera misericordia con nuestros hermanos.