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Fecha: 20010322

Título: El dedo de Dios tiene poder para cambiar nuestra vida

Original en audio: 33 min. 13 seg.


Amados Hermanos,

Esta lectura que acabamos de escuchar, fue tomada del evangelio según San Lucas, pero ese mismo acontecimiento, ese mismo momento de la vida de Cristo, lo cuenta también el evangelio de Mateo y hay una cosa bien interesante, Jesús dice así: “Si yo hecho los demonios con el dedo de Dios, entonces es que el Reino de Dios ha llegado a vosotros” San Lucas 11,20.

En el pasaje correspondiente del evangelio de Mateo, cuando cuenta esto mismo, dice así: “Si yo hecho los demonios con el Espíritu de Dios, este Reino de Dios, reino de los cielos, ha llegado a nosotros” San Mateo 12,28.

No cabe duda, por esta comparación entre los dos textos, no cabe duda de lo que quería decir Cristo cuando habló del dedo de Dios. Cristo se estaba refiriendo al Espíritu Santo, al Espíritu de Dios.

En Cristo, en ese maravilloso poder de Cristo para alejar al demonio, para sanar a los enfermos, para perdonar los pecados, para levantar a los caídos, para fortalecer a los desanimados, en ese extraordinario poder de Jesucristo, está obrando el dedo de Dios, es Dios quien se hace presente con el poder de su Espíritu en el ministerio de Jesucristo.

Al Espíritu Santo, la Sagrada Escritura le da muchos nombres: dice que se parece a una paloma, en el pasaje aquel del bautismo del Señor; dice que se parece a un viento impetuoso, que sucedió en Pentecostés, que estaban orando y un viento impetuoso se sintió en la casa.

El Espíritu Santo se parece al fuego, como esas llamas que vieron aparecer los Apóstoles en el día de Pentecostés; el Espíritu Santo es como el aliento de Dios, porque Jesús resucitado ante los Apóstoles, sopla y les dice: “Recibid el Espíritu Santo” San Juan 20,19.

El Espíritu Santo es como un nuevo pacto, es como la nueva alianza; Santo Tomás de Aquino dice: “Es la nueva ley”. Nosotros ya no somos guiados por una ley que está grabada en piedra, hay otra ley que obra en nosotros, es norma nuestra, es el Espíritu Santo.

¡Qué hermoso es conocer del Espíritu Santo! En el evangelio le dan nombre al Espíritu Santo, una especie de título, lo llama: “El dedo de Dios”, una expresión que sirve para que conozcamos un poquito más del Espíritu Santo, para que lo amemos más y para que nos dejemos llevar por su maravilloso poder.

El dedo es muchas cosas: el dedo índice de la mano de cualquier persona sirve para indicar, pero casi siempre nosotros lo usamos para acusar: "Usted fue", "usted es el culpable".

El índice, es un dedo que utilizamos para acusar, pero el dedo de Dios, este índice, que aparece con la obra de Cristo, no es un dedo de que se acusa, no es un dedo que te señala para condenarte, sino que te señala para amarte.

Hoy por ejemplo, queremos que el dedo de Dios nos señale, qué más quisiéramos hoy sino que Cristo Jesús, aquí presente, dijera: “Tú”; qué lindo que Cristo me señale pero que Cristo, según sus propias palabras, no vino al mundo para condenarlo sino para salvarlo.

El dedo de Dios no es como los dedos nuestros que sirven para acusar: "¡Usted culpable!", "¡usted miserable!" El dedo de Dios sirve para señalar la salvación. Qué feo que la gente me señale, "¡él fue!, qué feo que la gente me señale o que yo señale a otros, pero que Dios me señale, ¡qué hermoso! Que Dios ponga sus ojos en mí y me señale, algo ha de estar pensando conmigo.

Nosotros, encontramos en la Biblia que Cristo señaló algunas personas, por ejemplo, una vez estaban los Apóstoles discutiendo cuál de ellos era el más importante y Cristo señaló a un niño y los llamó y le dijo, “Mire, hay que ser como este niño para entrar en el Reino de los cielos” San Marcos 10,14.

Otra vez estaba Cristo entrando a una ciudad y un hombre que era un gran pecador, que se llamaba Zaqueo y que además era un gran enano porque era muy bajito; se trepó a un árbol y desde allí, estaba aguardando a Cristo para ver quién era y Cristo lo señaló: “Tú, tengo que quedarme en tu casa” San Lucas 19,5.

¡Qué suerte, qué cosa tan buena! Cristo señaló a este hombre y desde que Cristo lo señaló, le cambió la vida, porque Él se quedó en la casa de Zaqueo y entonces vino la conversión para él. ¡Qué bueno es que Cristo lo señale a uno!

Hay una canción muy bonita, que seguramente todos hemos oído y hemos cantado, esa que se llama "Pescador de Hombres", ésa se refiere también a otro momento, en que Cristo señaló también a unos hombres: a Pedro y a su hermano Andrés, a Santiago y a su hermano Juan, dos parejas de hermanos.

Cristo los señalo a ellos, si no con la mano, lo hizo con la voz y con la mirada y eso nos recuerda esa canción: -"Señor, me has mirado a los ojos, sonriendo has dicho mi nombre"; te fijaste en mí, me señalaste, ¡qué suerte para mí! Muchas veces, Cristo pone su atención y señala a la gente que nadie esperaría que señalara.

En la época de Cristo, le tenían mucho odio a los cobradores de impuesto, que se llamaban los publicanos, les tenían un odio terrible porque eran gente injusta y cruel; nadie hubiera esperado que Cristo se fijara en un publicano, un cobrador de impuestos y sin embargo, Cristo iba de camino una vez y estaba un hombre llamado Mateo, que era cobrador de impuestos, y Cristo lo señaló, se fijó en él, le prestó atención y le dijo: "Sígueme" San Mateo 9,9.

Y eso le cambió la vida a Mateo, ¿y sabes quién es ese Mateo? Ese es el que nosotros nombramos cuando decimos en la Misa: "Lectura del Santo Evangelio según San Mateo".

Un hombre que era odiado por toda la gente, toda la gente lo odiaba, lo tenían arrinconado y con razón, porque no era ninguna perita en dulce, era un tipo terrible, lo tenían marginado, lo odiaban, pero Cristo lo señaló: “-Tú, tú, tú" "-yo?" "-Sí, tú, hombre, quiero que tú me ayudes.”

Y lo mismo pasó con otro señor que era un terrible perseguidor de la Iglesia que se llamó Saulo de Tarso, el que nosotros conocemos como Pablo, el famosísimo San Pablo. Nadie hubiera esperado que Dios señalara a San Pablo y lo señaló y creo que en este día y en este momento, Cristo señala a muchos de nosotros; que Cristo nos señale.

Una vez, el profeta Ezequiel, que era profeta y tenía visiones, y en una de estas, el Señor le mostró que el pueblo donde vivía Ezequiel, era un pueblo corrupto, degenerado y pecador. Y Dios le mostró que tenía que destruir ese pueblo, porque ahí no había sino envidia, idolatría, mentira, soberbia, odio de unos para con otros.

Y Dios le mostró que había que acabar con ese pueblo, pero antes de que eso suceda, Dios mandó un ángel con un encargo, en el que iba a señalar a los pocos que no han sido idólatras, que no han caído en el odio, en la envidia ni en la codicia: “Esos que no han sido idólatras, señálalos primero, porque a esos no hay que acabarlos” Ezequiel 9,4.

Qué rico que Dios nos señale a nosotros y diga: "Quiero que tú te conviertas, quiero que tú te sanes, quiero que tú me ayudes".

Hoy tenemos que decirle a Cristo: "Señor, aquí estoy, si tú quieres señalarme a mí, para que me sanes, para que te fijes en mi miseria, para que también cuentes conmigo. El dedo de Dios, ¡qué bella esta imagen! "Si yo expulso los demonios con el dedo de Dios" San Lucas 11,20.

Hay otra interpretación igualmente provechosa de esto del dedo de Dios. Los niños, suelen jugar con bolitas de cristal, canicas u otros nombres que reciben, y estas se juegan con los dedos que impulsan una de éstas y deben golpear a otra, no necesitándose mucha fuerza para jugar con las bolitas de cristal, y muchos juegos que son así, con el dedo.

Fíjate lo que dice Cristo: “Si yo expulso los demonios con el dedo” San Lucas 11,20, ¡cómo sale el demonio cuando llega Dios! Llega el demonio y llega Dios y Dios le pone el dedito y lo saca a correr. No se necesita mucha fuerza de Dios; Dios es poderoso: sin esfuerzo, Dios saca el demonio así, con un golpecito de su dedo.

A veces, uno piensa que la vida es como un partido de ajedrez, estando las blancas y las negras y que no se sabe quién va a ganar el partido. ¡No! El partido ya lo ganó Dios hace rato, lo que pasa es que nuestra mente oscurecida, nuestra falta de fe no nos deja ver esa victoria, pero Dios la ganó hace tiempo.

Dios es más poderoso, es más fuerte, mucho más fuerte, eso decía Cristo en el evangelio de hoy: "Si un hombre fuerte cree que tiene su palacio seguro, llega otro más fuerte y lo saca corriendo." San Lucas 11,21.

El primero que cree que tiene su palacio seguro es el pecado, es el demonio, cree que tiene su palacio seguro. El demonio, por ejemplo, cree que va a poder llenarnos de ira, de envidia, de muerte por los siglos de los siglos, eso es mentira.

El demonio cree que puede adueñarse de este pueblo, de esta región y que puede adueñarse de este país y decir que "¡aquí reino yo porque soy fuerte!" Pero llega el poder de Dios, y como el mismo juego que se juega juega con una bolita de cristal, Dios mueve su dedo y deja fuera al enemigo para estar fuera del pecado.

Pero para eso se necesita recibir a Jesucristo con todas sus consecuencias, acoger a Cristo en nuestra alma, con todo nuestro ser, con todo nuestro espíritu y decirle: "Aquí estoy, Señor; quiero que tú, con un golpecito de tu dedo, quites de mí, Señor, lo que me está sobrando; aparta de mí eso que me está apartando de ti, Señor."

Bonito. Esa es la maravilla del Espíritu Santo que es así, como con un golpecito, y por eso Dios, para recordarnos que es así, muchas veces hace sanaciones que nos dejan desconcertados, sanaciones físicas y espirituales.

Una persona que está resentida, una persona que está llena de odio, una persona que está en pecado, pero llega el dedo de Dios y esa persona le pierde amor a ese pecado y lo deja; y esta persona que tenía un resentimiento espantoso, que no pensaba sino en vengarse, deja ese sentimiento, lo suelta porque ha llegado el dedo de Dios; "Me señaló, y ese pecado se fue corriendo y ese demonio salió lejos, muy lejos.

El dedo de Dios. Si usted siente que su corazón está enfermo, que su alma padece las lacras propias del pecado, póngase ante Dios y dígale: "Quiero que tu dedo, Señor, expulse de mí, quite de mí lo que me está sobrando; me quite estas ganas de vengarme, de matar; me quite esta lengua mentirosa, calumniosa. Quítame esto, Señor, muéstrame tu dedo poderoso y con eso, vas a quitar de mí lo que me está sobrando."

Bonito. El dedo de Dios. Hay que creer en el poder del Espíritu Santo que nos trae Cristo Jesús. Y quiero terminar estas palabras, con otra interpretación bonita del dedo de Dios.

Cuando Moisés subió al Monte Sinaí, Dios le dijo: “Te voy a dar la ley para este pueblo” Exodo 24,12. Y la Escritura nos dice que el dedo de Dios escribió los mandamientos sobre la piedra y Moisés bajó con las tablas de la Ley.

Pero el pueblo se había pervertido, se volvió idólatra y se pusieron a adorar a un becerro de oro. Moisés ardiendo de tanta ira, arrojó esas tablas y las volvió trizas, las tablas que habían sido escritas con el dedo de Dios.

Lo interesante de ese ejemplo, es que el dedo de Dios sirve para escribir, nosotros podemos ser una tabla, como un papel, dicho hoy, y Dios, con su dedo, puede escribir en nosotros una palabra nueva, una vida nueva. ¿Cuáles son las palabras que están escritas en nuestra vida? Podemos decir que son las palabras a las que estamos condenados por hablar de esa manera.

Voy a dar un ejemplo: había un muchacho y el papá de él no hizo sino beber, un alcohólico perdido; y el abuelo de ese muchacho era otro alcohólico peor; y el bisabuelo de ese muchacho no hacía sino tomar todas las semanas; y el tatarabuelo de ese muchacho, en vez de tetero, le habían dado aguardiente o cerveza; y el requetatarabuelo de ese muchacho no hacía sino tomar y beber; mejor dicho, esa era la familia de ese muchacho.

Ese muchacho que tiene escrito como destino: "Borracho, borracho perdido." ¿Qué más se puede esperar de ese muchacho? ¡Con semejante familia! La mamá, sufriendo porque el esposo es un borracho, la abuela sufriendo porque el esposo es otro borracho y así todas, claro que por allá tuvo una bisabuela que no sufría porque el esposo era un borracho, porque se emborrachaba primero que él.

En esa familia, ese muchacho tiene escrito que va a ser un borracho peor que los anteriores, pero ahora llega el dedo de Dios que sirve para escribir y sirve para borrar, llega y borra: "Tú no vas a hacer ese borracho, espérate y verás."

El dedo de Dios borra y escribe una nueva palabra: "Tú vas a ser santo! El dedo de Dios escribió una palabra nueva en esa vida y puede escribir palabras nuevas en nuestras vidas. ¡Qué hermosura!

Había una mujer que tenía adicción a los hombres, no pudiendo vivir sin ellos, estaba adicta, llevaba cinco maridos e iba por el sexto, que no lo era, hasta que se encontró con Cristo. Con ese pasado y con esa que había llevado esa mujer, qué letrero tenía escrito ella? Algo irrepetible en el Templo.

Pero llegó Dios, llegó Cristo con el dedo de Dios y Él le borro esa palabra tan fea y escribió otra palabra: "Tú vas a ser predicadora." Y esa mujer que había vivido como adicta, cambiando de hombre cada rato, cambió espiritualmente, como mujer fue distinta, empezando una vida nueva, el dedo de Dios escribió una cosa distinta.

Cristo tiene esa cualidad, cambiando la vida de la gente, Cristo borra las palabras. Un niño, que le mataron el papá y fue partícipe de ese acto, porque había mucha violencia en esa región, sacó una conclusión: "Cuando yo sea grande, me voy a conseguir una metralleta y con ella voy a matar a los que mataron a mi papá, porque esos desgraciados se tienen que morir."

Ese niñito, tiene escrita una palabra: "El vengador, el futuro asesino, autor de muchas masacres", ese es el nombre que tiene ese muchachito y esa es la historia de muchos muchachitos en Colombia; pero él va a la iglesia un día, qué tal que vaya, y si en la iglesia se encuentra con Cristo vivo.

Y si allí el poder del Espíritu Santo, el dedo de Dios toca a ese muchacho, este le va a borrar ese nombre, le va a decir: "Tú no vas a ser ningún asesino, tú no vas a matar a ningún hombre para que otros niños sigan sufriendo, que aunque es muy terrible lo que te ha pasado, pero tú no lo vas a hacer peor."

El dedo de Dios le borra ese nombre: "Tú no vas a hacer un asesino y no vas a hacer un vengador, no vas a hacer un autor de muchas masacres, tú te vas a llamar el “comandante de la paz”, tú vas a hacer el líder de la paz, tú vas a hacer la estrella del perdón, el amigo y reconciliador de todos, el apóstol del progreso, un hombre nuevo.

Hoy escribo en ti un nombre nuevo, porque mi dedo poderoso, puede borrar la palabra que tú tienes escrita y te puedo escribir una palabra nueva."

Así, el dedo de Dios le cambia la vida a la gente. Tenemos que ponernos ante Dios y decirle: "Señor, yo soy como un papel y en este papel están escritas muchas palabras que parece que son mi destino; parece que mi destino es matar, vengarme, parece que ese es mi destino y yo soy un papel que tiene escritas esas palabras pero yo no quiero quedarme con esas palabras."

"Aquí estoy, Señor; soy un papel y quiero que escribas en mí palabras nuevas; quiero, Señor, con tu dedo poderoso, borres las palabras que el mundo escribió en mí, las palabras que el pecado escribió en mí; escríbeme tus palabras, escríbeme tu Evangelio, escríbeme la fórmula de amor que cambie mi vida."

Si hoy, si en este momento hacemos esa oración, Dios va a sanar muchos corazones, porque Dios quiere primero la sanación del corazón. Una vez le trajeron a Cristo un paralítico, que llevaba tullido no se cuánto tiempo y Cristo lo primero que hizo con el fue decirle: "Tus pecados te son perdonados" San Mateo 9,2; porque Él quiere primero la sanación espiritual.

Hoy le vamos a pedir a Cristo, que traiga sanación espiritual, corporal para nuestro pueblo, que tiene tanto sufrimiento y tanto pecado.

Vamos a pedirle a Cristo: "Ya que tú eres dedo de Dios, señálame, mírame, fíjate en mí; expulsa de mí, de un solo golpe, tanto pecado y tanta basura que me estorba; ya que tú eres dedo de Dios, escribe en mí una vida nueva."

Vamos a pedirle al Espíritu Santo, al que invocamos en el nombre de Jesucristo, que venga a nosotros y que nos traiga una nueva historia, una nueva vida, una transformación verdadera, radical, profunda.

Sólo Dios, puede escribir palabras nuevas en nuestra historia y Dios quiere hacerlo, Dios sabe hacerlo, Dios puede hacerlo. Vamos a pedirle que lo haga.

Amén.