K034002a
Fecha: 19990311
Título: La obtinacion del hombre en obrar el mal y la obstinacion de Dios en mostrale su amor
Original en audio: 9 min. 4 seg.
Podemos decir que casi cada día de Cuaresma se puede sintetizar en una palabra o en dos palabras, de acuerdo con las lecturas que la Iglesia nos ofrece.
Por ejemplo, hoy vendría a nuestra mente la palabra obstinación, obstinación del pueblo de Israel, obstinación del pueblo de Judá, obstinación en el Antiguo Testamento y obstinación en el Nuevo Testamento.
Señales manifiestas, Profetas ungidos que Dios envía en el Antiguo Testamento y que sólo reciben como respuesta el silencio, cuando no es la agresión o la persecución, y al llegar el Nuevo Testamento Dios envía a su Hijo, al último y definitivo Profeta y ya vemos, por el texto que acabamos de escuchar, cuál es la respuesta que recibe.
Aún las obras más poderosas, más claras de su misericordia y de la fuerza que hay en Él sólo tienen por respuesta la desconfianza, el escepticismo, la calumnia y luego la persecución.
Esto es una realidad muy triste que nos invita a todos, especialmente a los que tenemos un ministerio de evangelización, a ser muy realistas.
El mensaje que nosotros llevamos es un mensaje del mismo Dios que envió a esos Profetas, y esos Profetas fueron rechazados; el mensaje que nosotros llevamos es recibido del corazón y de los labios de Jesucristo, y ya sabemos qué pasa con Jesucristo en los Evangelios, cómo es tratado y maltratado.
Entonces, una primera aplicación para nuestra vida es de un sano realismo, casi podríamos decir que una de las señales de Jesús cuando está predicando la Palabra de Dios, es recibir ese género de respuestas: la indiferencia, la dureza, la traición, la espalda, la hipocresía, la persecución.
Y para que se vea que no estoy exagerando, sólo falta recordar las palabras del mismo Cristo cuando dice en el Evangelio de Lucas, junto a las bienaventuranzas, las malaventuranzas: "¡Ay de vosotros si todos hablan bien de vosotros!" San Lucas 6,26, podríamos decir que Jesucristo era consciente al mismo tiempo de la necesidad de esa palabra de salvación, pero también de la incomodidad de esa palabra de salvación.
Entonces nosotros como evangelizadores tenemos que saber esto: hay palabras que por mucho que las endulcemos y las maquillemos, van a recibir rechazo, y cada uno aplique esto a su medio concreto de evangelización.
Una vez hace años, estaba colaborando yo en la organización de una Pascua juvenil. Recuerdo tanto a una niña que insistía en que teníamos que presentar a Cristo, un Cristo joven, un Cristo juvenil, un Cristo simpático.
Teníamos, –casi estaba entendiéndole yo–, que reempacar nuestra fe como hoy hacen las compañías con sus papas fritas o cualquier otro producto; teníamos que reempacar nuestra fe de manera que tuviera salida, porque se nos estaba quedando un stock, por ejemplo de papas "light" que nos estaba quedando mucho en bodega.
Realmente, yo no he tenido entre mis cualidades ni la mucha diplomacia, tal vez incluso he sido intransigente más de la cuenta en muchas cosas, de eso tendré que corregirme y no enorgullecerme, pero yo me acuerdo en esos diálogos.
Yo empecé a sentir que esa persona era feliz haciendo una actividad, que para ellas hacer una Pascua era como hacer un bazar o como hacer una mini teca, es decir, de esas actividades donde es bonito ver que entra distinta gente y que trabaja y que coordina y sale algo, y luego todos juntos decimos: "¡Que bonito nos quedó!"
Y en esos diálogos en los cuales tal vez faltó de mi parte más oración, más caridad, lo digo no para enorgullecerme, desde luego, y sí para corregirme, pero en esos diálogos hubo un momento en que yo le preguntaba a esta jovencita: ¿bueno, pero ¿Cristo en su vida qué?
Y entonces dándomelas de no se qué, pero en ese momento eso fue útil, yo le dije: bueno, "¿pero tú dirías, por ejemplo, el credo, ¿tú crees lo que cree la Iglesia? ¿Tú le asegurarías, por ejemplo, a esa multitud de muchachos, que Jesús es tu Señor y tú Salvador?"
Entonces dijo ella, que tampoco le faltaba franqueza: "Pues no, no, realmente yo no diría eso". Y me puse a pensar y, efectivamente, era una persona que no se confesaba, que no comulgaba, una persona que no podía decir el credo con la Iglesia, pero que estaba organizando una Pascua juvenil.
Entonces es importante que nosotros sepamos que hay algo de intransigencia en el Evangelio, y de nuestra parte debe abundar el amor, la caridad, pero yo pregunto: ¿en dónde encontrar más caridad, en dónde encontrar más delicadeza, en dónde encontrar más amor que en Jesucristo? Y veamos estas respuestas.
Eso no nos autoriza, a los que somos impertinentes e intransigentes o faltos de amor, a obrar como queramos, pero eso sí nos despierta para que no creamos que con un maquillaje suficientemente abigarrado y con un empaque suficientemente bonito entonces todo el mundo va a decir: "¡Viva Jesucristo el Crucificado!"
Porque llega un punto en el que quedó tan bonito Cristo, que quedó sin cruz, sin llagas, sin sangre, sin dolor, sin traición. Pero ese Jesús que quedó sin todo eso, ese no es el Salvador del mundo.
Y un segundo mensaje que podemos tomar de los textos como los de hoy, es que a la terquedad del mundo, Dios responde con su propia terquedad.
Jesús cuando tuvo esta decepción terrible que acabamos de escuchar en este evangelio, ver que un ser humano es liberado de las garras de Satanás y recibir como único agradecimiento y respuesta: "Es que el endemoniado es usted" San Lucas 11,15. ¡Eso es lo más triste, lo más deprimente!
Pero Jesús ante esa dureza del mundo, ante esa terquedad de la gente, no responde en términos de: "Ah, yo mejor me devuelvo para Nazaret, pongo una chichería en Cafarnaún, se acabó el problema, no le saco más demonios a esta gente", no dijo eso."
Ante la terquedad del pecado del mundo está la terquedad de la misericordia de Dios, y como comprobamos en la Cruz, el que termina ganando es esta segunda terquedad.
Esa terquedad que lleva a Jesucristo también cuando lo están crucificando, a seguir siendo el mismo que expulsa demonios que perdona a los enemigos, que ruega por la conversión de todos.
De manera que la obstinación del mundo tampoco nos tiene que entristecer, ni nos tiene que amilanar, sino que esa dureza del mundo nos invita a recobrar nuestra fuente en la perseverancia, en la obstinación, en la terquedad del amor de Dios que es el que termina venciendo.