K034001a
Fecha: 19970306
Título: La terquedad rebelde del hombre y la terquedad misericordiosa de Dios
Original en audio: 4 min. 56 seg.
Las lecturas nos presentan la propuesta de Dios, su Palabra que tercamente persigue al hombre, y el hombre que tercamente se resiste a la Palabra. Son dos terquedades: la terquedad rebelde del hombre y la terquedad misericordiosa de Dios: es una lucha de terquedades.
Y el evangelio nos cuenta quién es el vencedor en esta noche; Jesús se presenta discretamente a sí mismo como el más fuerte. Nos dice de "Un hombre fuerte, que en este caso se fía de sus armas; pero llega otro más fuerte y lo despoja" San Lucas 11,21-22. Y cada uno de nosotros tiene sus castillos, aduanas, rejas y siente que sus cosas están seguras.
Se siente uno dueño de sus cosas aunque, como advierte el evangelio, quizá cuando uno se siente tan dueño, tan dueño de sí mismo, es cuando uno es esclavo. Porque llega un momento en que uno tiene tanto a las cosas y las sostiene y las retiene tanto, que son las mismas cosas las que lo tienen a uno.
Viene Cristo y entra victorioso a esa vida, viene Cristo y toma posesión de las armas de las que uno se fiaba. Y hay algo muy cierto: Cristo no llega por la puerta de las armas, viene por el flanco desprotegido de las debilidades y las vergüenzas, de las incoherencias y los dolores que siempre uno vive; pero una vez adentro, toma posesión de la casa.
Un ejemplo, una persona lleva mucho tiempo luchando con un pequeño vicio, que sé yo, mentiritas, él dice mentiritas y mentiritas, pero es una persona muy inteligente y muy capaz.
Sin embargo, por una pequeña cobardía sigue diciendo mentiritas; cuida una imagen; es fuerte y terco además, y cree que no necesita a Dios y cree que está bien el mal. Para desgracia suya, armado para que no entre nadie, ni siquiera Dios. Jesucristo entra por la debilidad.
Este personaje seguramente se siente muy orgulloso de sus armas y se siente avergonzado y confundido cuando piensa en sus debilidades, cuando piensa en sus mentiritas que sigue diciendo y diciendo.
De pronto Dios entra por esa puerta de lo ridículo, de lo que este hombre no ha podido vencer y le hace caer en cuenta de su incoherencia, de su debilidad, de cómo él que alardea de muchas cosas, ha caído en eso.
Este hombre se rinde ante Cristo y un día reconoce que no es tan fuerte, y entonces ¿qué hace Cristo? Cristo es el más fuerte, Cristo es el vencedor; toma posesión de las armas que antes habían servido al hombre para defenderse.
Este hombre, el de las mentiritas, como ya dejó entrar a Cristo en su alma, pone toda su inteligencia, que eran "sus armas", al servicio de Cristo.
Cristo no entra por la fuerza de las armas, sino por la puerta de la basura, por la puerta de la vergüenza, por la puerta del ridículo, por ahí entra Cristo.
Pero una vez que ha entrado, pone las armas que uno antes tenía para defenderse, las pone a su servicio y las pone para su gloria. Qué extraña batalla esta en la que uno gana si pierde; si uno está luchando con Cristo, lo mejor que le puede pasar es perder; porque si Cristo gana, Él sabrá poner a gloria de Dios, y para salud mía y bien de la Iglesia, todo lo que yo soy.
"Señor Jesús, ven a vencer en nuestras vidas. Ven, Jesucristo, hoy queremos rendirnos a la terquedad de tu amor; hoy queremos rendirnos a la terquedad de tu ternura, de tu piedad, de tú paciencia".
A ti la alabanza por los siglos.
Amén.