K033001a

De Wiki de FrayNelson
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Fecha: 19970305

Título: La Ley antigua, la palabra; la Ley nueva, la fuerza del Espiritu para cumplira

Original en audio: 9 min. 35 seg.


La palabra Deuteronomio significa "según la Ley". El título de este libro del que está tomada la primera lectura nos cuenta como una segunda Ley, o mejor, una segunda proclamación de la Ley, porque la primera proclamación está en el Éxodo.

El Éxodo, como su nombre lo indica, es la salida de Egipto, y los discursos del Deuteronomio se sitúan a la entrada a la tierra prometida, eso quiere decir que hay como dos proclamaciones de la ley.

Una primera proclamación apenas salidos de Egipto, cuando llegan al Sinaí; y una segunda proclamación, una generación después, unos cuarenta años después, de acuerdo con los relatos del Pentateuco, cuando ya van a entrar a la tierra prometida.

Esto tiene su significado, desde luego. La primera proclamación de la Ley como esta en el Éxodo, es como el código que sella la pertenencia a Dios que les ha dado la libertad. La segunda proclamación de la Ley, la que se hace a las puertas de la tierra prometida, es como una invitación a conservar la libertad.

En el Éxodo, el punto de referencia es el Faraón y la tierra de esclavitud, la tierra de Egipto; en el Deuteronomio el punto de referencia es Canaán y los cuentos paganos, los cuentos idolátricos que había en esta tierra de Canaán.

Entonces el argumento en la primera proclamación de la Ley es: "Acuérdate que yo con poder te saqué de Egipto" Exodo 20,2. El argumento en el Deuteronomio es: "No imites las costumbres idolátricas de esa tierra donde vas a entrar" Deuteronomio 4,2.

Esta nueva proclamación de la Ley sucede de alguna manera también en nosotros. Cuando Dios nos da su Ley, nos la da por las razones del Éxodo o por las razones del Deuteronomio.

Dios da estos mandatos, sus preceptos, sus provisiones, sus consejos, por una parte, para consolidar la libertad, para recordarnos que Él es el Señor, y también nos da su Ley y nos da sus mandatos para que nosotros, que ya hemos sido liberados por Él, no caigamos en nueva idolatría.

Lo primero es la proclamación de nuestra libertad para sólo servir a Dios, y lo segundo es la confirmación de esa libertad para no caer en nuevas idolatrías.

Ese conjunto de leyes del Éxodo y del Deuteronomio constituye la Ley antigua, pero hay también una Ley nueva, porque esta Ley del Pentateuco, aunque estuviera llena de sabiduría, como dice la primera lectura, no tenía es sí misma la fuerza para llevarla a cumplimiento.

No tenía el poder, no tenía la gracia para que se pudiera obedecer lo que allí aparece y por eso esa ley se convierte como en un enemigo del hombre. Ese tema lo desarrolla sobre todo San Pablo en la Carta a los Romanos.

Se convierte en un enemigo porque la Ley que uno sabe buena, pero que uno no puede cumplir, es el nuevo acusador que continuamente me está recriminando la desobediencia, la rebeldía, la incoherencia, y esto llena de tristeza, y llena de angustia, y llena de desesperación el alma.

Para San Pablo, la Ley es como un enemigo del hombre, pero no porque sea injusta ni por que sea mala, sino porque la sola proclamación de la Ley, ya sea la del Éxodo o la del Deuteronomio, no tiene la fuerza para que uno pueda ser bueno. Uno no es bueno sólo por que le cuenten cuál es el bien.

Por eso se necesita una nueva Ley y esa nueva Ley es la que trae Cristo en el Nuevo Testamento. Esta nueva Ley no es para derogar o para abolir lo que había sido dicho por Moisés.

Jesucristo dice: "Yo no he venido a abolir la Ley, sino a darle plenitud" San Mateo 5,17.

Y la plenitud que da Cristo es que Él no comunica simplemente enseñanzas. Él no predica cómo deberían ser las cosas, sino que de Él mismo, de su Cuerpo glorificado, de su Cruz redentora, brota un amor inmenso; hay una efusión de amor, hay una gracia del Espíritu Santo.

Y esa efusión del Espíritu es la Ley Nueva. Sólo saber uno qué es lo bueno y qué es lo malo, es una tortura horrible porque no sirve como para que uno sepa todo lo malo que uno es, ni para que uno sepa todo lo bueno que debería ser pero que no logra ser.

Necesitamos que, junto con la Palabra, se nos dé el Espíritu. Eso es lo que trae de nuevo el Nuevo Testamento, eso es lo que nos ofrece. Da no simplemente una exigencia así sea razonable, sino nos da una efusión de amor, la comunicación de un Espíritu.

San Agustín nos hace ver que uno puede leer el Nuevo Testamento como si todavía estuviera leyendo el Antiguo. Y en ese sentido se convierte en una tortura, pero que si el Antiguo decía, por ejemplo, "No adulterarás" Deuteronomio 5,18, en el Nuevo dice Cristo: "No es lo mismo adulterar, sino no desear en el corazón".

Y si el Antiguo Testamento daba hasta cierto punto margen como al desquite, a la venganza, "ojo por ojo, diente por diente", Jesucristo dice: "Perdona a tú enemigo". Cristo es el peor de los torturadores, si tomamos a Cristo y nos quedamos sólo con las palabras de Cristo, porque ¿quién puede vivir eso?

¿Quién puede vivir el perdón de los enemigos, la infinita pureza de alma, la generosidad, el rezar por los perseguidores y el poner la otra mejilla y el amar hasta el extremo? ¿Quién puede hacer todo eso?

Sería peor el Nuevo Testamento, más vivo y más acusador que el Antiguo, pero es que el Nuevo Testamento no debe ser leído así.

No debe ser leído como si siguiera otro capítulo más de la Ley de Moisés, sino debe ser leído, proclamado y escuchado como un testimonio del amor de Dios.

Comulguemos en Cristo la plenitud de la Ley, comulguemos cómo ese amor se comunica y llega a nosotros cuando nos unimos no con el pensamiento, entendiendo sólo las cosas, sino ante todo con el corazón y con mi fe a las palabras de Cristo y a sus mandamientos.

Entonces logramos no sólo lo que quería Moisés sino muchísimo más. Y utiliza las palabras de Cristo. Hay que comulgar con Cristo. Los israelitas oyeron a Moisés, pero no comulgaron con Moisés, comieron la Pascua del cordero.

Mira, uno era el que les hablaba y otro era el que se comían. Comulgaban con el cordero y leían a Moisés; hay una diferencia: nosotros oímos a Cristo y nos comemos a Cristo; escuchamos su mandamiento y debemos amar; escuchamos que nos dice "perdona" y lo vemos perdonándonos; Él habla de misericordia y es misericordioso, nos habla del Padre y es la imagen visible del Dios invisible.

Participemos así de esta Eucaristía. Vamos a comulgar con Cristo, vamos a recibir de Él, de su amor; vamos a recibirlo así, a unirnos a Él. El mismo que nos ha predicado es el mismo que ahora nos va a alimentar, y con la fuerza de su alimento, seremos capaces de llevar a plenitud la Ley.

La del Éxodo, sí, y la del Deuteronomio también, pero sobre todo la de la Nueva Alianza.