K026003a
Fecha: 20010317
Título: Conocer a Dios
Original en audio: 10 min. 6 seg.
Pienso que tal vez esta es la parábola más conocida de toda la Biblia. Podemos decir que quien conoce un poquito de Jesús, alguna vez ha escuchado esta parábola, porque es la descripción preciosa del amor con que Dios acoge a los pecadores, incluso ante la resistencia de los que se creen buenos.
¿Por qué Cristo dijo esta parábola a los fariseos que se creían gente buena y se creían en el derecho de juzgar a Jesús porque Él acogía a los pecadores?
El que conozca un poquito de Jesús sabe que Jesús dijo esta parábola; sabe que Jesús nos dejó abierta esta puerta para que sepamos que nosotros, lo mismo que ese hijo menor, podemos y debemos recapacitar. Los verbos fundamentales de esta parábola son: que el hijo menor "recapacitó" y que el Padre se "conmovió".
Recapacitar, reconsiderar la vida que estamos llevando, descubrir en el fondo de la alforja vacía el llamado de Dios, que todavía tiene sus brazos abiertos y nos está aguardando.
El hijo recapacitó, el padre se conmovió, estas dos acciones van juntas, y así como este hijo se abrazó con su padre, así también cuando el ser humano recapacita, se abraza con Dios que se compadece.
Cuando yo reconsidero mi situación delante de Dios y descubro a qué estaba llamado, y por consiguiente recapacito, entonces Dios me muestra su misericordia; es importante anotar que el abrazo fue para el hijo que recapacitó.
El hijo mayor se quedó fuera de las casa, fuera de la fiesta; el hijo mayor, que sentía envidia por la generosidad del papá con el hijo menor, ese hijo mayor se quedó sin el abrazo, sin la compasión, sin el ternero cebado, sin la música, sin el baile, sin la fiesta, sin la alegría. El hijo mayor, aunque estaba cerca del papá, no lo conocía, estaba en realidad lejos del papá.
Es impresionante lo que le dice el papá al hijo mayor: "Todo lo mío es tuyo" San Lucas 15,31, también esta alegría tendría ser tuya; si todo lo mío es tuyo cuando yo estoy alegre, alégrate tú; si todo lo mío es tuyo cuando yo me compadezco, compadécete tú; cuando yo perdono, perdona tú.
Todo lo mío es tuyo, vive entonces como yo vivo; alégrate de lo que yo me alegro, compadécete de quien yo me compadezco."
Cristo termina la parábola sin decirnos qué hizo el hijo mayor; no sabemos qué hizo, pero hasta donde llega la parábola, el hijo mayor se quedó sin fiesta, sin ternero, sin abrazo, sin amor, ¿por qué? Porque el hijo mayor no recapacitó, no entró en sí mismo ni se arrepintió, porque no se puso ante Dios con ese corazón abierto.
Si yo abro mi corazón, Dios me abre su corazón; si cierro mi corazón para mí estará cerrado el corazón de Dios. El hijo menor, aunque había cometido muchas locuras, abrió su corazón y encontró abierto el corazón de Dios. El hijo mayor, aunque parecía que se portaba muy bien, cerró su corazón, y por eso encontró cerrado el corazón de su padre.
Entonces, ¿cuáles son las enseñanzas para nosotros? Muchísimas, montañas de enseñanzas. La invitación a recapacitar, a volver a pensar cuál es la verdadera vida a la que Dios nos ha llamado, y la certeza de encontrar abierto el corazón de Dios; si Dios encuentra abierto mi corazón, yo voy a encontrar abierto el corazón de Dios, eso no lo debemos dudar.
Y hay que llegar con humildad y pedir perdón; y para eso es la Cuaresma, pero al mismo tiempo una advertencia: cuidado! no sea que creyéndote bueno y creyéndote cerca de Dios no lo conozcas; conocer a Dios es obrar como Él, así nos dice la primera Carta de Juan: "El que dice que conoce a Dios, tiene que andar como Él anduvo" 1 Juan 1,6.
Conocer a Dios, ser de Dios, es obrar como Dios y esto significa, ante todo, alegrarse de la conversión, de la misericordia, del perdón.
El sello del verdadero cristiano no está en las muchas oraciones que haga, en los muchos trabajos en lo que obedezca, ahí todavía no se sabe si es un verdadero cristiano; sabemos que es un verdadero cristiano porque ama al pecador, porque quiere con misericordia la conversión del pecador y porque se alegra, se regocija y hace fiesta por cada pecador que vuelve a Dios:
El bueno que se encierra en sus méritos no sabe de Dios, no sabe del Dios de Jesucristo. El bueno, que tiene un corazón como el de Dios, dispuesto a alegrarse por el bien del que estaba mal, ese sí conoce a Dios, ese sí pertenece a Dios.