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El Evangelio de hoy está tomado del capítulo 16 de San Lucas. Es bastante conocido, es el contraste entre un hombre muy rico y un hombre muy pobre, como dato interesante que hemos destacado en otras oportunidades el nombre del pobre se conoce, Lázaro, el nombre del rico se ha perdido. Este contraste llama la atención porque de algún modo ya nos está indicando la diferente mirada entre lo que Dios ve y lo que el mundo ve. Para el mundo lo que cuenta, el nombre importante, la persona que no se me debe olvidar es el rico, al omitir el nombre del rico y al tener tan presente el nombre de este pobre, ya encontramos una enseñanza, aquel que parece tan importante, es uno más ante los ojos de Dios, en cambio aquel que sufre olvidado de todos, tiene su nombre y su presencia muy cercanos a los ojos de Dios.
La enseñanza principal está en que tipo de vida lleva el rico, porque no es por ser rico por lo que se le condena, el problema está en tres palabras: comodidad, placer, indiferencia. El problema de la riqueza no es la riqueza, si tu riqueza se convierte en ocasión para que administres la bondad recibida en favor de muchos otros, entonces tu riqueza es bendición para ti y para otros, así lo expresó entre otros el Papa León XIII, en su conocida encíclica que marcó un antes y un después en la Iglesia y es la encíclica Rerum Novarum (05 de mayo de 1981). Si tu riqueza es preocupación por el bien común y sí más que dueño te consideras administrador de esos bienes para muchos, esa riqueza es bendición. Pero el problema es que, con mucha facilidad, la riqueza crea comodidad, este rico se vestía de lino y de púrpura y esa riqueza que produce comodidad, empieza a crear una barrera frente a aquellos que están incómodos, ahí empiezan las dificultades.
El segundo problema es que la misma riqueza crea bastantes placeres y el placer es algo que va agrandando nuestro propio apetito y nuestro yo, a medida que vamos teniendo una vida más placentera nos vamos concentrando más en aquello que más nos gusta y nos da placer, y una vez que nos sentimos resguardados en la comodidad y mimados por el placer, es demasiado fácil caer en el pecado de la indiferencia, es decir cómo me siento yo, lo único que nos preocupa es cuál es el placer que me va a llegar, cuales son los amigos con los que quiero estar, cual es la salud que quiero preservar, entonces lo que interesa son mis vacaciones, mis conveniencias, mis ventajas, y como sólo interesa lo mío de repente se vuelve invisible, desaparece de mi horizonte, ese que incluso está a la puerta de mi casa, dice Jesús en la parábola: “Lázaro estaba a la puerta pero nadie lo veía” (Lc 16,19-31). Lázaro se había vuelto invisible, porque estas tres palabras : la comodidad, el placer y la indiferencia cuando se trenzan hacen que nuestros ojos queden completamente cubiertos, y nos volvemos indiferentes y esa indiferencia se convierte en muerte para otros, se convierte en desastre para otros, por supuesto si hablamos con el rico y le decimos que él es cómplice de la muerte de muchos, él va a decir que no ha hecho nada malo y que lleva una vida buena y agradable con sus amigos y que no le hace mal a nadie, que es una buena persona, pero se nos olvida que existe un pecado de omisión y es el pecado que cometemos por aquello que no hacemos y no lo hacemos porque tampoco lo vemos y no lo vemos porque estamos encerrados en nuestra comodidad, placer e indiferencia.
Que Dios destape nuestros ojos, nos quite esa venda, que podamos reconocer nuestra propia necesidad, no poner nuestra esperanza simplemente en lo que tenemos o en lo que nos gusta, centrarnos en Él y redescubrir al hermano que muchas veces está cerca a la puerta.