K024001a
Fecha: 19960307
Título: A la gloria del Cielo nadie entra sin hambre
Original en audio: 11 min. 58 seg.
Las palabras de Nuestro Señor tienen tanta riqueza, tanta profundidad, que pueden ser leídas, escuchadas, meditadas, aprovechadas desde muy diversos planos y muy diversos niveles.
Por ejemplo, esta lectura que acabamos de escuchar, el capítulo dieciséis del evangelio de Lucas, es una gran protesta contra la desigualdad social, contra la indolencia de aquel que está tan ocupado buscando nuevos placeres para sí mismo, que ni siquiera tiene ojos para ver al pobre, al pobre que le hace falta incluso lo más necesario.
Nuestro Maestro de la Orden, Fray Timothy Radcliffe, tiene un comentario muy profundo y bello en este sentido con respecto al rico y a Lázaro. Dice: "Lázaro era invisible para el rico".
Lázaro no se podía ver. Desde las lámparas, las danzas y las viandas del banquete, no se podía ver al pobre. Por lo tanto, el pobre ni siquiera existía dentro del ámbito de preocupaciones de aquel rico. Esa es una lectura y es provechosa.
Sin embargo, si meditamos en la relación entre la primera lectura de Jeremías y el Santo Evangelio que hemos escuchado, seguramente debe haber otra manera de aproximarnos a este texto.
Digo seguramente porque, aunque los profetas abundan en denuncias sociales, que nunca deben estar lejos de nuestra preocupación como religiosos y como cristianos, aunque los profetas abundan en esas denuncias contra la injusticia, contra la indolencia, contra el egoísmo, contra la soberbia, contra la opresión, el texto que nos trae la Iglesia en este caso, no habla de eso.
El texto de Jeremías lo que trae es ese lenguaje duro: "Maldito quien confía en el hombre" Jeremías 17,5, y luego: "Bendito quien confía en el Señor" Jeremías 17,7.
Y ya sabemos que en estos tiempos litúrgicos, que solemos llamar tiempos fuertes, la Iglesia escoge muy bien sus lecturas, de modo tal, que siempre en cada celebración, por ejemplo, en cada celebración de Cuaresma, hay un nexo muy profundo entre la primera lectura y el evangelio.
Parece entonces, que además del pecado social, hay otro pecado en ese rito, y parece que la Iglesia quiere que sobre todo nos fijemos en ese pecado, para que aprendamos a corregirnos nosotros y a buscar la gracia correspondiente, porque no hay pecado tan terrible que no anuncie una gracia mejor, enseña la Sagrada Escritura.
La Sagrada Escritura nunca denuncia un pecado por el gusto de decir que algo está mal, sino cuando muestra el mal, siempre lo muestra como puente y posibilidad para el bien. Por eso decíamos al principio de la celebración, no tengamos miedo a que Dios nos diga: "Tú eres esto, esto, y esto otro", porque Él no lo va a decir nunca para destruirnos.
¿Cuál será ese otro pecado? Pues fíjate que cuando llega este rico allá a su destino eterno, a su triste destino, pide un poco de descanso en su tormento, y le responde Abraham: "Recuerda que recibiste tus bienes en vida, y Lázaro a su vez males" San Lucas 16,25.
¿Será una invitación a la resignación, como alguna vez parece que lo ha predicado la Iglesia? Como quien dice: ¿Servirá este texto para leérselo a los pobres, o a los oprimidos, y decirles: "Miren, aguanten, aguanten; ya vendrá otra vida. ¡Resistan! ¡Resignense! En esta vida les figuró pobreza, pero después vendrá otra vida, donde ustedes van a ser muy felices."
Si miramos el conjunto de la Revelación, ese tipo de disculpa y ese tipo de hipocresía no tienen nada que ver con la Sagrada Escritura, no tienen nada que ver con el vigor de la Revelación profética.
De manera que el sentido de esta frase que Jesús pone en labios de Abraham, no va a ser simplemente una invitación a la resignación para los pobres. Cuando el rico le pide a Abraham que de alguna manera le disminuyan esas llamas y el tormento, Abraham le recuerda el origen de su situación de condenación. En cierto modo le recuerda cuál es su pecado propio.
¿Y cuál es el pecado que le recuerda? Habría muchos. Por ejemplo la injusticia, la indiferencia, la no solidaridad con el hermano. Pero lo que aquí le dice Abraham no es eso, sino: "Recuerda que recibiste tus bienes en vida; Lázaro a su vez males" San Lucas 16,25.
No le está diciendo: "Recuerda que no compartiste tus bienes", aunque no me aparto que eso desde luego está muy mal y que eso lo castiga y lo fustiga la Iglesia y la Biblia en todas partes. Pero el pecado que se le dice es: "Recibiste tus bienes en vida, y Lázaro a su vez males" San Lucas 16,25.
¿Cuál es entonces la diferencia entre Lázaro y el rico? Que Lázaro llegó con hambre y el rico llegó sin hambre. A la gloria del Cielo nadie entra sin hambre. La gran diferencia es: "Tú te saciaste. Tú engañaste a tu estómago; tú engañaste a tu corazón y te saciaste".
Y resulta que a la gloria celestial nadie llega saciado. Al Cielo se llega con hambre. Obviamente habrá que repetirlo: esta no es una canonización de las injusticias sociales o estructurales, de ninguna forma.
Pero es que estas palabras Abraham se las dice al rico, no se las dice a Lázaro. Luego nos equivocamos nosotros diciendo estas palabras a los pobres, para que ellos se resignen.
Ya no insistamos más en eso. Estas son palabras para averiguar si uno es un rico a la manera de éste o no; no son palabras para averiguar si uno es un Lázaro. Estas son palabras para saber si uno se está saciando en esta tierra. ¿En dónde está poniendo uno su confianza? ¿En dónde está poniendo uno su corazón? Por eso la primera lectura.
Si estás poniendo tu confianza sólo en esta tierra, si todo lo que tú esperas de ti mismo, todo tiene que ver sólo con esta tierra, si tú consideras que tú y tus fuerzas, tus amigos y tus cosas, tus virtudes y tus cualidades, que eso te basta, si estás saciado en esta tierra, "eres un maldito" Jeremías 17,5, dice Jeremías, y "eres un condenado" San Lucas 16,25, dice Abraham.
Yo preferiría no discutir con estos señores. Si el uno me llama maldito y el otro me dice condenado, yo prefiero más bien examinar mi corazón, a ver si no tendré que corregir mi vida, si no tendré que enderezarla.
Entonces, ¿cuál parece ser el pecado que se denuncia aquí? Se denuncia en este rico el haberse saciado. Es decir, se nos está invitando por el contrario, a tener siempre hambre. Se nos está invitando a recibir el pan diario, o el vestido, o la técnica, o la amistad humana, a recibirlo todo, a alimentarnos de todo sin saciarnos, a tener siempre un espacio de hambre en el corazón, un espacio que sólo Dios puede saciar.
Porque el que se niega a sí mismo el derecho a tener ese espacio, se niega a sí mismo el derecho a ser plenamente humano, plenamente persona, se niega a sí mismo la puerta del Cielo.
Demos gracias a Dios por esta Palabra, y pidámosle para esta Eucaristía y para este encuentro que vamos a compartir, que nos dé la gracia de sentir esa hambre de Él.
"Oh, Dios, tú eres mi Dios. Por ti madrugo; mi alma está sedienta de ti" Salmo 63,2. Que Él nos haga sentir de modo especial en este encuentro y en toda nuestra vida, esa hambre de Él.
Porque les cuento una cosa: La vida religiosa está hecha precisamente para eso. Uno podría hacer toda una explicación, -que no la vamos a hacer ahora-, sobre por ejemplo, cómo los votos religiosos son exactamente eso: son maneras de asegurar que nuestro corazón siempre necesite de Dios, siempre tenga hambre de Él.
Si uno es una persona que tiene todas sus células, músculos, nervios y hormonas puestos en su sitio, como hombre o como mujer, y en pleno uso de sus facultades, sin trampitas, uno dice: "Yo quiero ser virgen para Cristo Jesús", indudablemente eso produce un espacio de vacío en nuestro corazón.
Porque perfectamente estábamos capacitados para ser pareja de alguien. Entonces el decir: "En mi libertad y con amor, no voy a ser pareja de nadie, voy a mirar a Jesucristo, voy tras su huella", eso crea en mí un vacío, eso asegura en mí un vacío.
Por eso la vida religiosa es una vida que camina precisamente en la búsqueda de esta hambre, en la seguridad de este vacío, en la certeza de esta nada y de esta ausencia. Como quien dice, es una vida cimentada estrictamente sobre las Bienaventuranzas. Otro tanto podríamos decir del voto de pobreza o del voto de obediencia.
Que Dios nos dé mucha hambre, porque el que tiene mucha hambre va a encontrar mucho que comer. Que Dios nos asegure el hambre, porque del alimento no hay que desconfiar teniendo un Dios tan bueno.
Que Dios nos asegure el hambre, que Dios nos asegure el llanto, que Dios nos asegure la mansedumbre, que Dios nos asegure la persecución, que Dios nos asegure las Bienaventuranzas, para que así nos conduzca a la bienaventuranza.
Así sea.