K021001a
Fecha: 19960304
Título: Pecado, perdon, contricion, misericordia y compasion
Original en audio: 9 min. 6 seg.
Las lecturas que nuestra Madre, la Iglesia, nos ofrece en este día de Cuaresma, nos hablan de pecado y de misericordia.
Es vivo el dolor, sensible la contrición en la confesión de los pecados que hace Daniel. Pero parece que hay como un paralelo entre esta conciencia del dolor por el pecado que anticipa de alguna manera la conciencia de la alegría, por el perdón.
Pecado y perdón, contrición y misericordia, forman una pareja como tan estrechamente unida, que si se pierde la conciencia del pecado, se pierde también el rastro de la misericordia. Y si no reconocemos nuestras culpas, tampoco reconoceremos a aquél que nos perdona.
Este pensamiento lo expresa de varios modos con mucha claridad y mucha unción el Papa Juan Pablo en su obra del “Umbral de la Esperanza”, porque es oportuno recordarla hoy.
Nuestro mundo pierde paulatinamente, al parecer, la conciencia del pecado, y por esa misma razón, pierde paulatinamente el sentido de la gracia, y puesto que nuestra fe y nuestra religión son esencialmente una fe y una religión de la salvación de Dios que actúa, de Dios que salva, perder la conciencia de Dios y la de la gracia significa entonces la pérdida de la presencia de Dios y de la acción de Dios en nuestras vidas.
Pero hay esta diferencia: cuando nosotros acusamos las faltas en otras personas, casi siempre el resultado es una pecado más, es decir, nuestras acusaciones se convierten a menudo en fuente de otros pecados, porque son acusaciones hechas quizá desde la conciencia, hechas quizá desde la venganza, hechas quizá desde la propia comodidad o el egoísmo.
Como ninguna de estas tristes realidades están en Dios, como en Él no hay egoísmo, sino caridad; como en Él no hay soberbia, sino la suave humildad de su Espíritu; como en Él no hay comodidad, sino fuego de amor, la acusación que Dios hace de nuestras culpas es al mismo tiempo dulce y amarga, es al mismo tiempo tristeza y alegría.
De esa acusación divina nos habla el Apóstol San Pablo en la Carta a los Corintios, cuando él mismo, el Apóstol, fue instrumento de denuncias ante los pecados que cometía la comunidad de Corinto, y ellos lloraban sus culpas, pero era un llanto que no destruye.
Es un llanto que no aflige, es un llanto que no desespera, sino es un llanto que más bien dispone para la gracia, para la redención, para la alegría y la Pascua.
La mejor imagen de esta obra de Dios, que es al mismo tiempo tristeza y alegría, ese agridulce de la conversión y de la contrición, esa mejor imagen la puede tener el cristiano en la medida en que él también se convierte en instrumento de perdón para otras personas.
Dicho de otro modo, si la persona no tiene misericordia para con el otro, se queda sólo con la parte agria, y por consiguiente, no puede entender la dulzura de la propia conversión que Dios le ofrece.
Por eso nos ha dicho nuestro Señor y Salvador: "Sed misericordiosos como vuestro Padre es misericordioso" San Lucas 6,36, y también nos ha dicho: "La medida que uséis, la usarán con vosotros" San Lucas 6,38.
Porque el que no utiliza esta medida de amor y de compasión con el otro, se queda sólo con el lenguaje ácido, con el lenguaje amargo del simple reproche, y desde ese lenguaje cargado de soberbia, de egoísmo y de comodidad, no va poder entender tampoco la obra que Dios quiere hacer en él.
Recordamos hoy junto al altar, a nuestro Hermano Fray Enrique Higuera, un hombre que tiene mucho que ver con estas lecturas que hemos escuchado.
Hombre consciente de las alturas a las que Dios puede llamar los corazones, que fue orientando su propia vocación al golpe da la gracia, a impulsos de amor, y que supo entonces que había en él, como sacerdote y como predicador, la doble misión de despertar la conciencia del pecado en las personas, pero al mismo tiempo de despertar la conciencia de la gracia.
Quizá por esa doble conciencia hubo en él ese especialísimo don de Dios para la confesión y para la dirección espiritual, porque efectivamente, ¿qué es la dirección espiritual dentro de la Orden de Predicadores, sino una especie de predicación?
Precisamente una pequeña y grande predicación para una historia concreta de salvación. Y él, como predicador y como director espiritual, tenía que ser ese profeta grande y sencillo a la vez, que pudiera recordar las dimensiones del pecado y que pudiera sacar a luz aquellas cosas que interrumpen la obra de la gracia, pero no para desesperar, no para afligir, sino para abrir la conciencia a la obra que Dios hace en cada corazón y para que cada historia pudiera ser enteramente una historia de Pascua.
A mí me da la impresión -quiero y necesito conocer mucho más del Padre Higuera- de que la vida del Padre Higuera fue como una inmensa Cuaresma.
Su oportuno recogimiento, su actitud penitencial, su silencio conocido y reconocido, la profundidad de su predicación, que era como una continua llamada a la conversión y a la santidad, nos hacen ver en él como una especia de Cuaresma.
Su vida entera fue como esa Cuaresma del que ha percibido, que ha degustado algo de la obra de Dios y que quiere que sus hermanos en la fe, que somos nosotros, también alcancemos esa misma dulcedumbre y también caminemos hacia esa misma patria.
Por eso está muy bien lo que hemos dicho al principio de esta celebración eucarística, nos alegramos de recordar y de celebrar en la Pascua de Cristo la pascua de nuestro hermano, el Padre Higuera, porque después de muchos años de Cuaresma, después de setenta años de Cuaresma, lo visitó Dios.
Y Aquél que le había anunciado la gloria y el paraíso en la presencia de María, que es como una Pascua anticipada en la Iglesia, y de ahí quizá el amor intensísimo del Padre Higuera a Nuestra Señora, Aquél que le había anticipado la Pascua en el consuelo, en la presencia de María Santísima, finalmente se la otorgó un día como hoy, hace veinte años.
Demos gracias a Dios por la conciencia viva que trae en nosotros del pecado y de la gracia, porque de hecho, la misma celebración eucarística, como la celebra la Iglesia, como la tiene la Iglesia, es así, empieza siempre por ese reconocimiento de los pecados, no para hundirnos en ellos, sino para luego gozarnos en la presencia del que más nos ha amado.
Bendito sea su Nombre, y al continuar esta celebración, acreciente Él la obra de su gracia en nuestras vidas y en nuestra Congregación.
Así sea.