K016004a
Fecha: 20030315
Título: Perfeccion y santidad
Original en audio: 10 min. 30 seg.
Queridos Hermanos:
Las lecturas de hoy nos invitan a la perfección y nos invitan a la santidad. La primera enseñanza la podemos tomar precisamente de esta doble invitación: la perfección humana se llama santidad.
La palabra perfecto significa varias cosas, significa lo que ha sido completado, lo que ha sido terminado y también lo máximo, lo mejor. En su origen, perfecto quiere decir eso, completamente hecho, completamente acabado, pero en su connotación común lo perfecto es lo más excelente, lo último, lo máximo, lo mejor.
Y las lecturas de hoy nos invitan a ser perfectos y nos invitan a ser santos. Entonces es muy fácil entender que ser santo es ser perfecto, pero ser perfecto significa ser completo, ser acabado.
La invitación a ser santo significa: complétate; eso que te está haciendo falta, complétalo, complétate.
Perfecto también significa lo máximo, y por eso la invitación a ser santo es: "alcanza tu propio nivel, alcanza ese nivel para el que fuiste creado, no te quedes a medio hacer."
Así sacamos como dos consignas de hoy: "no te quedes incompleto", y también, "no te quedes en la mitad, no te quedes a medio hacer."
La imperfección, la falta de santidad es quedarse en el camino, es quedarse a medio hacer. La santidad y la perfección son alcanzar la plenitud, son terminar la obra.
Jesucristo al momento de morir dijo una palabra que en lengua griega "Tetélestai", cumplido, acabado, pero también se podría decir “perfecto”. Esa palabra que dijo Jesucristo tiene muchas interpretaciones, precisamente porque no aparece ningún sujeto.
¿Qué estaba diciendo Jesús? ¿Que su vida se acababa? Puede ser, ¿o estaba diciendo que su misión ya estaba cumplida? Puede ser; ¿o estaba diciendo que la alianza ya había quedado sellada? También puede ser; ¿O estaba diciendo que la obra de la redención estaba concluida? También es; ¿o estaba diciendo que el triunfo sobre el demonio ya se había conseguido? También puede ser.
¿O estaba diciendo que la misión para la que lo envió el Padre ya se había realizado; la obediencia había sido completa, había sido perfecta.
La santidad es eso, la santidad es morir diciendo "Tetélestai". La santidad es no morirse incompleto, la santidad es no morirse con cuentas pendientes, con asuntos que siempre quisimos hacer.
El llanto amargo de la gente en los funerales es ese, lo que quiso hacer y no hice, lo que quedó pendiente: "Nunca le dije a mamá cuánto la quería"; "nunca le pedí perdón a mi abuelo". Ese es el llanto amargo del funeral, algo que quedó incompleto.
Pero, claro, nosotros ahí lloramos la muerte de otro, pero la muerte nuestra también va caminando, ¿no? También se va acercando.
La santidad es morirse sintiendo que está hecho lo que tenía que hacer, que está completo lo que se empezó, que la misión se realizó, que no me quedé a medio camino.
El dolor de haberse quedado a medio camino, cuando uno cree en Dios, es el dolor del purgatorio. El purgatorio tiene un dolor, es un dolor de amor, y el dolor de amor del purgatorio es: "Yo creo en Dios, yo sé que Dios es mi Salvador, pero también reconozco, en la luz de verdad que Dios me da, que yo me quedé a medio camino".
El dolor de la obra inconclusa, el dolor de la obra incompleta, el dolor del amor no correspondido, ese dolor de amor, son las llamas del purgatorio.
Pero ya la persona no puede hacer más por sí misma en el purgatorio, entonces ya sólo cuenta con los baños de amor, con el caudal de amor que le regala la Iglesia, con ese caudal de amor la persona va sanando lo que le ha quedado incompleto.
La Iglesia, por ejemplo, en la Eucaristía, va completando con amor las vasijas que quedaron incompletas de los que ya murieron, pero indudablemente nosotros estamos hechos para ser perfectos, para ser completos, para alcanzar nuestro máximo.
Con esto claro hagámonos esta pregunta: Cuando Dios nos pide que seamos perfectos, cuando Dios nos ordena que seamos santos, ¿por qué lo hace? Y descubriremos que lo hace porque nos ama, descubriremos que no hay otro motivo.
Cuando Dios te dice: "No dejes incompleta tu vida, no dejes a medio hacer tu obra", lo que está diciendo es: "Quiero que seas todo lo que puedes ser, quiero que alcances todo lo que estás llamado a ser"; eso es lo bello, eso es lo hermoso de este llamado. Los mandamientos de Dios entonces son señales del amor de Dios, es algo que tenemos que recordar con frecuencia.
Pero la primera lectura nos enseña una cosa más: "Tú vas a ser propiedad del Señor" Deuteronomio 26,17, le dice Moisés al pueblo, a punto de entrar en la Tierra Prometida.
Si le pertenezco a Dios, entonces la voluntad de Dios se realiza en lo que le pertenece. ¿Por qué tú no puedes regalar esa casa? Por que no es tuya, no puedes disponer de lo que no es tuyo. Pero cuando posees algo, puedes disponer de algo; cuando algo es de tu propiedad, tú cumples tu voluntad en eso.
Si el carro es tuyo, tú lo llevas a donde quieres; si el computador es tuyo, tú lo utilizas como quieres; si el esfero es tuyo, tú escribes lo que quieres; si el esfero es prestado, lo utilizas y tienes que devolverlo pronto; si el computador es prestado, lo utilizas, pero no puedes llenarle todo el disco duro; si el carro es prestado, tienes que mirar a qué horas tienes que devolverlo a su dueño.
Con esa lógica, si nosotros somos propiedad de Dios, significa que Dios puede cumplir su voluntad en nosotros. Declararnos propiedad de Dios es declararnos obedientes a Dios, es declararnos siervos de Dios.
Es decirle a Dios: "Te doy permiso de que obres en mí tu voluntad, te doy permiso de que dispongas de mí". Con este acto por el que nosotros nos declaramos propiedad de Dios, le permitimos a Dios cumplir su voluntad en nosotros, que es la cosa más maravillosa, porque si Dios cumple su voluntad en nosotros, entonces Él nos lleva a su propia plenitud.
Nosotros somos la obra de Dios, cuando le damos permiso a Dios de que cumpla su voluntad en nosotros, le damos permiso de que Él complete su obra.
Nadie puede alcanzar la santidad si no es con la vida de Dios adentro; nadie alcanza la santidad si no es dejando obrar al Santo que es Dios en nosotros.
Por eso, ser propiedad de Dios y ser posesión de Dios significa que esa voluntad del Señor se va a cumplir en nosotros, y significa que esa santidad, que es su plan original, se va a realizar en nuestras vidas.
Sigamos esta celebración en la que acogemos la Palabra. Cuando te dispones para escuchar la Palabra, te dispones para que Él entre; la Palabra es algo que entra en ti, y con la Palabra entra la fuerza de Dios en ti y en mí.
Pero no estamos solamente oyendo la Palabra, sino que esa Palabra eficaz, confecciona, realiza el sacramento.
Al comulgar recibimos la Hostia consagrada, recibimos a Cristo Jesús. Yo creo que es la imagen más bella, más pedagógica, más perfecta que podía imaginar, Jesús a través de la Eucaristía; vemos a Dios entrar en nuestra vida, vemos a Dios entrar en nuestro cuerpo, vemos a Dios vivir en nosotros.
A través de la Eucaristía vemos cumplirse esta Palabra que hemos proclamado y que hemos compartido.