K014004a
Fecha: 20010308
Título: La oracion abre posibilidades insospechadas
Original en audio: 5 min. 44 seg.
Creo que no es difícil resumir la enseñanza de las lecturas de hoy. De pronto se puede sintetizar en un solo pensamiento: la oración es la clave, la oración abre posibilidades insospechadas.
Entre una persona sin oración y esa misma persona cuando se resuelve a orar, hay tanta diferencia que casi parece que fueran dos personas.
Ester, sin oración, ¿qué es? Una mujer que pertenece al pueblo perseguido. Pensemos lo que significa este escrito, especialmente viniendo de una cultura que más bien se caracteriza por despreciar la opinión de la mujer.
En la sociedad judía una mujer no podía servir de testigo. Y se trata aquí no sólo de una mujer, sino de una que pertenece al pueblo perseguido, al pueblo odiado. No es nada, es menos que nada. Esa misma mujer, con oración, es la fuente de la victoria.
Por este motivo, tenemos derecho a buscar la fuerza de la oración en todos los testigos de Cristo. Y esas cosas que nos parecen raras, exageradas o imposibles en esos testigos, tienen su fuente en la oración.
Un misionero heroico como Luis Bertrán, toma su fuerza de la oración. La sabiduría y la constancia de Tomás de Aquino, no están separadas de su oración. Y así en nuestro propio Fundador, en nuestro Padre Domingo, la oración está ahí como antecedente de toda palabra eficaz.
Yo sé que estas cosas no son nuevas para nosotros, pero sí se nos olvidan, se nos olvida que hay mucho que orar, y sobre todo, se necesita mucho de esa oración como la de Ester: una oración con el corazón abierto, con la necesidad desnuda, una oración desde el fondo del alma, una oración con el corazón.
Mire que a nosotros fácilmente se nos ocurren otras cosas: creemos que para hacer un apostolado fantástico se necesitan grandes medios, se necesitan grandes recursos, recursos que no tuvo ni San Pablo, ni Santo Domingo, ni Jesucristo; creemos que se necesita un gran presupuesto o creemos, a veces, que es una idea genial la que va a cambiar el mundo, un modo particular de organización, un curso fantástico, unos materiales nuevos que llegaron, un computador.
Todas las cosas pueden servir o pueden estorbar. Pocas veces, me parece, que se nos ocurre pensar, que el principio de toda conversión, empezando por la nuestra, está en la oración.
Hay que orar por las personas que nos van a escuchar, hay que orar por los enemigos que se van a oponer a la predicación, hay que orar para que nuestros impedimentos no vayan a ser el obstáculo que tiene la Palabra; hay que orar para que las palabras nuestras sean justas, para que los oídos estén abiertos, y sobre todo hay que orar porque sólo Dios cambia los corazones.
No nos fiemos tanto de nuestras ideas geniales, de nuestra gran claridad, de la lógica implacable de nuestros argumentos. Más de una vez, esto ya lo he contado, uno puede ganar la discusión y perder al interlocutor. El hecho de que una persona se sienta vencida en la discusión, no quiere decir que se siente convertida a Jesucristo, son dos cosas distintas.
Hay que tener lógica en el pensamiento, hay que tener instrucción y buenos conocimientos, seguramente hay que tener algunos recursos, pero fiarse de algo: sólo fiarse de Dios y de la oración.