K014001a
Fecha: 19960229
Título: La insistencia en la oracion
Original en audio: 6 min. 21 seg.
Nos hablan las lecturas de hoy de la insistencia en la oración, y nos presentan como modelo de orante a Ester, aquella reina legendaria judía que por medio de su profeta logró cambiar el corazón del rey pagano que estaba tan mal aconsejado, de modo que dejara de perseguir al pueblo judío y más bien se convirtiera en su aliado.
Pero la fuerza de la convicción en las palabras de Ester, estuvo no tanto en sus encantos femeninos, que los tenía, cuanto en esta oración que le hemos escuchado en el día de hoy.
El Evangelio por su parte, decanta esa enseñanza en las Palabras de Nuestro Señor: “Pedid y se os dará, buscad y hallaréis, llamad y se os abrirá” San Mateo 7,7.
Pero hay una diferencia con aquél otro texto que hemos escuchado también esta semana y que se refiere a la oración, allí donde Jesús nos enseñaba el Padre Nuestro. La diferencia está en esa última frase que escuchábamos en el evangelio: "Tratad a los demás como queréis que ellos os traten: en esto consiste la ley y los profetas" San Mateo 7,12.
En realidad, el breve evangelio que hemos escuchado contiene tres partes. Dirán los exégetas que probablemente esas partes fueron primero independientes. Así tomamos el texto como lo hemos recibido. Primero la expresión de Jesús, ese “Pedid y se os dará; buscad y hallaréis; llamad y se os abrirá” San Mateo 7,7.
Luego la relación entre nuestras peticiones a Dios y lo que nosotros damos a quienes nos piden.
La comparación es: ningún papá dará una piedra a un hijo que le pide un pan, y ninguno dará una serpiente a alguno que le pide pescado. Entonces, primer paso: nuestra petición a Dios.
Segundo paso: ¿cómo aprendemos nosotros usualmente esas peticiones? En la relación padre-hijo.
Tercer paso: "Tratad a los demás como queréis que ellos os traten: en eso consisten la ley y los profetas" San Mateo 7,12; es decir, nuestro trato con los demás como única posibilidad de descubrir el trato que Dios quiere con nosotros.
Esto es de una profundidad muy grande. La única imagen que yo creo tener de la generosidad de Dios está en aquella generosidad que sucede en mí. La única imagen que yo puedo tener del perdón de Dios, está en el perdón que existe en mí, es decir, en aquello que no ha sido perdonado y el perdón que yo puedo dar a otras personas.
Puede decirse con una sencilla imagen física que somos como una especie de tubo que sólo conoce el agua que le corre por dentro. Y Dios no existe sino corriendo, sino moviéndose, sino actuando.
Puesto que Dios no es una cosa, que es la diferencia con los ídolos, el ídolo si se puede decir que está allí: "Yo lo moví, yo lo subí, yo lo bajé"; pero de Dios no se puede decir eso.
Puesto que Dios no es una cosa, Dios no existe como decir: "Aquí lo tengo", Dios sólo existe obrando, Dios es espíritu, y por lo tanto de todo obrar divino se puede decir lo que dijo Jesús a Nicodemo: "El viento sopla donde quiere, y oyes su voz, pero no sabes de dónde viene ni adónde va" San Juan 3,8.
Así como el viento sólo se percibe cuando está pasando, sólo existe en nosotros cuando está pasando, así también en este tubo, sólo hay conocimiento del agua, cuando el agua está corriendo, es decir, cuando le está llegando y cuando le está saliendo, sólo ahí conoce lo que es el río.
Imaginémonos un tubo por el que pasa un río que está canalizado. Ese tubo sabe que está pasando el río cuando está corriendo el agua, de resto sabría de pozo o de cualquier otra cosa, pero el río sólo puede saber cuándo el agua esté corriendo.
De manera que en este texto, puede maravillosamente enlazarse el amor a Dios y el amor al prójimo, nuestra manera de orar y nuestra disposición para dar.
Dios el Señor destape ese tubo, que puede pasar como por la entrada o por la salida. Hay quien no quiere recibir de Dios, hay quien prefiere resolver sus cosas solo, hay quien se inventa indignidades para no acoger la salvación, pero hay veces que se tapa por el otro lado; hay quien recibe mucho de Dios, pero pronto lo que era río se convierte en agua empozada y de nuevo quedamos en las tinieblas.
Destape Dios nuestro corazón, de manera que podamos recibirle y podamos darle.
Así sea.