K013004a

De Wiki de FrayNelson
Saltar a: navegación, buscar

Fecha: 19990224

Título: Las correcciones que vienen de parte de Dios son condicionales

Original en audio: 6 min. 26 seg.


Queridos Amigos:

Uno de los aspectos más misteriosos de la Revelación es éste que aparece en las lecturas de hoy: el de los castigos o correcciones que vienen de parte de Dios.

Porque inmediatamente notamos esta diferencia: los bienes que Dios promete, los promete y los cumple generación tras generación. El libro del Deuteronomio dice: "Por mil generaciones" Deuteronomio 5,10, indicando así de alguna manera, la eternidad, lo que no acaba.

En cambio los males con los que Dios en cierto sentido amenaza a su pueblo, -dirá la Carta a los Hebreos, "como un padre que corrige a su hijo" Carta a los Hebreos 12,7-8-, esos males son condicionales.

Cuando Jonás empieza a predicar, habla de parte de Dios, y lo que dice es cierto. Sin embargo, aunque es cierto, es condicional: "Nínive será destruida" Jonás 3,3-4; pero Nínive no fue destruida, porque esos corazones se quebrantaron, se abrieron al arrepentimiento.

San Agustín, que tanto meditó en estas cosas de la gracia, de la conversión, del castigo, de la bienaventuranza, pregunta por allá en el libro de "Las Confesiones": "Señor, ¿cómo es este misterio, que tú nos amenaces con grandes males si nos alejamos de ti, siendo así que el gran mal es perderte a ti? ¿Es que acaso hay un mal más grande que perderte a ti?"

Y por esta reflexión, San Agustín descubre una cosa muy hermosa. Cuando nosotros nos apartamos de Dios, Dios puede aparecer amenazante ante nosotros. Pero esas amenazas no son males mayores que el mal de perderlo a Él.

Por lo tanto, esos males, que en todo caso son condicionales, son más bien expresión de su amor, que no quiere que nosotros perdamos lo que es verdaderamente esencial: la amistad con Él, la relación con Él, la gracia de Él.

Cuando Dios nos amonesta por medio de las dificultades, de las tentaciones, de las adversidades, de nuestra propia fragilidad, cuando Dios nos amonesta así, lo que está es manifestando su amor para con nosotros.

De nuevo es la Carta a los Hebreos la que nos enseña: "¿Qué padre no corrige a su hijo? Y si no os corrigiera Dios, señal sería de que no sois hijos legítimos, sino bastardos" Carta a los Hebreos 12,7-8.

De modo pues mis amigos, que aceptemos esta Palabra condicional de Dios, aceptemos que las cosas que contradicen nuestra voluntad, las cosas que no salen como nosotros quisiéramos, las cosas que ponen a prueba nuestra paciencia, en cierto sentido nos educa de una obediencia superior, la obediencia a su amor y a sus mandatos.

Para los teólogos queda una gran pregunta, que hasta ahora no ha sido respondida de modo oficial, llamémoslo así, dogmático, ex cátedra de parte de la Iglesia, una pregunta, que yo la dejo aquí solamente planteada para aquellos que sientan especial apetito por las cuestiones teológicas, que siempre han de ser investigadas con oración, con humildad, revisando el conjunto de la tradición de la Iglesia.

Me estoy refiriendo a este hecho: es verdad, lo sabemos todos, que existe para el ser humano la posibilidad real del fracaso existencial del infierno. Esa es una realidad, la posibilidad del infierno.

Pero, ¿no será, -se han preguntado algunos teólogos con gran osadía y por eso me atrevo yo a plantearlo también en esta asamblea, para que nosotros sepamos que esa cuestión está pendiente-, que esa palabra última sobre el infierno, que es, repito, una posibilidad real, es el último llamado, el gran oráculo de Dios, que así intenta por amor convocar a toda la humanidad para ser salvada?

Planteado en términos más estrictos, -aunque sé yo que las homilías no son para hacer teología-, ¿es posible y compatible con la Revelación, admitir como una hipótesis, como una sola hipótesis en la que podemos esperar, que el infierno sí existe como tal?

Desde luego que sí sabemos del destino final e irreversible de los Ángeles caídos, además de que sí existe y de que ya tiene habitantes, pero ¿será que de alguna manera, a través de todos estos llamados y los llamados de la conciencia, Dios de algún modo puede convocar a todos los seres humanos?

Es lo que se ha llamado la hipótesis del infierno vacío. En este siglo, el teólogo más eminente que ha sustentado esta opinión, es Hans Urs von Balthasar.

Nosotros en las homilías no resolvemos esos problemas. Quedan para la investigación humilde y orante de los teólogos; quedan para el juicio definitivo del magisterio supremo de la Iglesia.

Pero lo que a nosotros sí nos corresponde, es saber que eso está ahí y acoger los llamados de conversión. Porque Dios siempre cumple sus bienes, pero a veces, como dice la lectura de hoy, "se arrepiente de sus males" Jonás 3,10, porque, "no quiere la muerte del pecador, sino que se convierta y viva" Ezequiel 33,11.