K013003a
Fecha: 19980304
Título: El ayuno y la penitencia nacen de la predicacion de la Palabra de Dios
Original en audio: 25 min. 34 seg.
En más de una ocasión Nuestro Señor Jesucristo resulta desconcertante. El evangelio nos cuenta que la gente se agolpaba, se apiñaba alrededor de Jesús. Él predicaba, sanaba, exorcizaba, perdonaba, y la gente acudía en masa y se apiñaba alrededor de Jesús; pero cuando ya los tiene cerquita, la palabra que les dice no es amable.
Cuando ya están ahí apiñados lo que tiene para decirles es duro, demasiado duro quizá: “Esta generación es perversa” San Lucas 11,29, ¿por qué les dice eso? Si estaban acudiendo a Él, ¿por qué les dice "generación perversa"? San Lucas 11,29.
Si le estaban escuchando, si le habían escuchado, si le seguirían escuchando, ¿por qué les llama “generación perversa"? San Lucas 11,29,
Y, además, si estaban viendo las obras de sus manos, y muchos de ellos habían creído en Él y habían recibido sanaciones, ¿por qué les llama “generación perversa”? San Lucas 11,29. "Se apiñaban alrededor de Jesús en busca de signos", eso fue lo que no le gustó al Señor, buscaban signos.
Y lo segundo que no le gustó al Señor fue que no daban signos. Los buscaban y no los daban. Es la curiosidad religiosa, es la curiosidad supersticiosa del que quiere ver suceder el milagro. Busca el signo. Esa curiosidad es reprobable.
Esa curiosidad intenta como pedirle credenciales a Dios: “Demuéstrame que vale la pena creer en ti”. Esa no es verdadera fe, y esa es una parte del disgusto de Cristo; pero la otra parte es que no sólo piden signos, sino que ellos no dan los signos de conversión.
Efectivamente, Jesús hace un par de comparaciones que tenían que sonar casi insultantes para esos judíos; porque ellos se enorgullecían de ser hijos de Abraham, de ser del pueblo de la Alianza, y el par de comparaciones que pone Cristo son con los etíopes aquellos y con los nínivitas aquellos, gente que tenía que caerle muy mal a los judíos. Esos son el término de comparación.
Y no sólo dice que son mejores, sino que los van a juzgar, ¿cuál es la razón? Que esos ninivitas sí dieron signos de conversión. Entonces a Cristo le disgustaron dos cosas: que estos pedían signos y que no los daban.
Sobre el pedir signos, ya sabemos, es el problema de la curiosidad, es el problema de una fe que quiere que Dios se acredite conmigo. Bien, demos esa parte por clara.
Vamos a la otra parte, ¿qué es dar signos de conversión? Se trata de obras concretas, externas, visibles, corporales, todo esto va en la misma línea.
El rey de Nínive, cuando escuchó la profecía de Jonás, cuando supo de la profecía de Jonás, porque parece que ni siquiera leyó directamente, de acuerdo con el relato aquel, cuando el rey de Nínive supo de esa predicación, no dijo: “Lamento profundamente que tal cosa suceda en mi pueblo”.
No lamentó profundamente, hizo algo, y lo que hizo fue: ayuno, vestido de penitencia, sentarse en el polvo y utilizar su autoridad para que la gente se convirtiera. Hizo algo, no se quedó en una tristeza profunda: "Yo lamento esta situación"; no se quedó lamentando, sino que hizo algo, dio señales.
Algunas veces, nosotros interiorizamos más de la cuenta el arrepentimiento, la contrición, el dolor. Tiene que verse. Hay que dar señales de contrición, hay que dar señales.
Claro, alguien perspicaz, que puede estar aquí, dirá: “Bueno, ¿y cómo se compara este texto con eso otro que dice Cristo de que cuando uno ayune, se lave la cara y se perfume para que el ayuno lo note, no la gente, sino Dios que ve en lo escondido"?
Al fin qué, ¿la penitencia tiene que ser interior, por así decirlo, que nadie se dé cuenta que yo estoy haciendo penitencia? Eso sería lo que sugiere el evangelio allá en Mateo, ¿o la penitencia tiene que ser exterior, como la sugiere el libro de la profecía Jonás en este capítulo tercero, y como parece aprobarlo Cristo?
Mire: "Cuando sea juzgada esta generación, los hombres de Nínive se alzarán y harán que los condenen, porque ellos se convirtieron con la predicación de Jonás” San Lucas 11,32.
Se ve que Cristo identifica la conversión con ese proceso que es interno y a la vez externo, porque repito, lo que hicieron los ninivitas no fue una declaración de profunda consternación: “¡Estamos consternados, nos extraña sobre manera, hay que hacer una investigación exhaustiva!” Ese lenguaje político y diplomático no es el lenguaje de la Biblia.
El rey oyó: “Esto es sagrado, luego, el momento es de penitencia, ayuno, aquí para esta gente, empezando por mí”. Incluso mandó que se vistieran de saco las ovejas y las vacas, así dice dice la profecía de Jonás, mire: “Vístanse de saco hombres y animales” Jonás 3,8, entonces es el único caso bíblico de vacas y ovejas vestidas.
Ahora, ese saco no equivale a lo que nosotros llamamos hoy un sweater, no. No se trataba de darle los sweaters a las ovejas, como devolviéndoles la lana que durante años y años les hemos quitado; "ahora vamos a ponerles sacos a las ovejas".
¿En qué consiste la penitencia? ¿Cuál es el arte de la penitencia? ¿La penitencia tiene que ser algo exterior? Algunas personas identifican la penitencia solamente con el trabajo por la justicia, apoyándose, no sin razón, en aquel texto que leímos el Miércoles de Ceniza: “El ayuno que yo quiero es éste: abrir las prisiones injustas” Isaías 58,6.
Entonces, dicen: "¡Claro, la penitencia que uno tiene que hacer es acabar con la injusticias!"
Otras personas creen que la penitencia es un acto solamente interior, es un acto solamente del corazón: "Que ninguno de estos desgraciados se dé cuenta que yo estoy haciendo penitencia, porque yo voy a arrepentirme de mis pecados, y yo espero mi paga, no de la gente, sino de Dios, entonces la penitencia debe ser sólo un acto interior, eso dicen otros.
Otros dicen: “No, pero es que el ayuno o la penitencia también tiene que tener su aspecto externo, como aparece en la lectura de hoy, de la profecía de Jonás. No fueron declaraciones simplemente, fueron obras de penitencia.
¿En dónde está al fin la medida? ¿Qué es lo que nosotros debemos practicar como penitencia? ¿Qué será hacer penitencia? La Iglesia nunca se ha despedido del todo de la penitencia exterior y visible, hay días de ayuno, hay días de abstinencia. Que el ayuno habrá que entenderlo de alguna manera o de otra manera, sí.
Entonce vienen otros que interpretan y dicen, mira: "Bueno, el ayuno consiste en que si usted, por ejemplo, fuma, entonces, usted hace ayuno de cigarrillo: “No voy a fumar”; si usted oye la radio novela, entonces se abstiene de oír la radio novela. Es decir, como privarse de algo que le dé gusto a uno.
¿Cuál será el verdadero sentido de la penitencia? Yo creo que este es el tema al que nos van conduciendo estas lecturas. ¿Cuál es el sentido profundo, y ¿cuál ha de ser la práctica concreta de la penitencia en nuestros días? ¿Qué es lo que nosotros debemos hacer como penitencia? Porque, ¿cómo creerle los ayunos a un padre gordo, por ejemplo? Eso decía San Jerónimo.
Decía: “Qué nos van a creer los ayunos, si nosotros somos miembros de un cuerpo, cuya Cabeza está crucificada, y nosotros, rozagantes, saludables, cacheticolorados. ¿Quién va a creer que somos miembros de Cristo, si la Cabeza está en semejante penitencia, y nosotros como ausentes de eso?"
Entonces ahí es donde entra el protestante y dice: “Un momentico, la salvación es por la fe, porque si yo tengo que repetir lo que hizo Cristo, entonces yo no soy salvo por Jesucristo, sino soy salvo por mi esfuerzo, por mi dolor, por mis ayunos.
Y si yo tengo que comprarme mi salvación, así sea con ayunos, con esfuerzos, con penitencias, con limosnas, con indulgencias, o con lo que sea, entonces la salvación no es gracia, en contra de san Pablo, la salvación no es gracia”.
La discusión sigue, interviene otra persona en la conversación y dice: “¿Y entonces tú cómo explicas que el mismo San Pablo ayunaba? Porque varias veces en los Hechos de los Apóstoles nos encontramos con votos, promesas y ayunos de Pablo”.
Un día que ayunaban y daban culto al Señor el Espíritu Santo dijo por medio de un profeta: “Separadme a Bernabé y a Paulo para una misión que les tengo” Hechos de los Apóstoles 13,2.
Eso fue en medio de un día de ayuno. Lo que parece que el ayuno tiene su lugar aunque estemos en el régimen de la gracia; pero, ¿es que todo ayuno es solamente como penitencia? Tampoco es así.
Bueno, finalmente, de todos estos comentarios dispersos, nosotros sacamos una conclusión, y es que en esta cuestión del ayuno y de la penitencia corporal hay que llegar a alguna posición, hay que concluir algo, esto no se puede seguir así.
Porque además de todo esto, luego parece que la Santísima Virgen manda a decir o dice a través de algunas personas, de mensajes reales o supuestos, que ayunemos, que hay que hacer ayuno. Y bueno, supongamos que así fuera o no fuera, lo que sea, pero mandar el ayuno también tiene sentido.
Tratemos de llegar a alguna posición, tratemos de llegar a alguna enseñanza sobre este tema tan poco predicado.
Le decía hace poco a nuestros frailes allá en el convento que el tiempo que yo llevo en la vida religiosa, yo nunca he oído una predicación sobre el ayuno, claro, como todos los padres son gordos, o casi todos, entonces ahí nadie tiene autoridad moral, porque, eso sí, callémonos todos, porque qué vamos a hacer.
Pero yo no estoy diciendo sólo de los padres dominicos, es que a ningún padre yo le he oído predicar sobre el ayuno, y si yo hecho más de para atrás, en mi vida yo he oído una predicación sobre el ayuno, para oírla tiene que decirla.
La semana pasada prediqué con toda mi humanidad sobre el ayuno y la penitencia, y a partir de ahí y de otras reflexiones que vienen de tiempo atrás, yo quiero compartirles esto que les estoy diciendo.
Entonces podemos decir que el ayuno y las penitencias corporales no son ni desprecio ni odio al cuerpo. Esa es una primera enseñanza que podemos decir.
Dios es el creador de todo el ser, y todo lo que Él creó lo creó bueno y lo creó con amor, de manera que el odio a lo creado por Dios no puede estar de acuerdo con Dios; el sentido no va por ahí, primera afirmación.
Segunda, el pecado intenta que nosotros idolatremos las creaturas y nos aferremos a ellas, al bien de las creaturas dejando el bien del Creador. El pecado no es en primera instancia escoger el mal, sino preferir el bien de la creatura al bien del Creador.
Es decir, preferir como bien para mí una creatura, ya sea placer, idea, dinero, poder, lo que sea, preferir para mi el bien de una creatura, en vez de preferir para mi el bien para el que he sido creado, es decir, la comunión con mi Creador.
Por consiguiente, si el pecado consiste en este desorden, corregir el desorden del pecado supone dejar de alguna manera los bienes de la creación para buscar más ardientemente al Creador de todo bien creado.
Y aquí se inscribe el ayuno como un movimiento, diríamos, espontáneo, no forzado del alma, como le sucedió al rey de Nínive, cuando comprende que el bien del Creador, es decir, que el Creador como dueño supremo del ser humano es mayor que toda criatura.
Por eso, el ayuno nace de la predicación de la Palabra. Un ayuno sin Biblia, un ayuno sin Palabra, un ayuno sin oráculo sería simple tortura, o sería idiota, o cualquier otra cosa, pero no es el ayuno que Dios quiere.
El ayuno que Dios quiere nace de la predicación de la Palabra de Dios que me hace descubrir un bien mayor a toda creatura, y que hace que mi corazón, espontáneamente, espontáneamente quiere decir: después de recibir su gracia, -atención protestantes-, después de recibir su gracia, suelte los bienes de la creación para buscar con mayor ansia el bien del Creador.
El hecho de que esta búsqueda sea ardua, el hecho de que suponga un esfuerzo en mí mismo, no quiere decir que sea contrario a mi naturaleza.
Porque, cuando un muchacho, por ejemplo, quiere enamorar a una niña y tiene que hacer muchos esfuerzos por lograrlo, y tiene incluso que ahorrar y pasar privaciones, o el que quiere sacar adelante una carrera tiene que trasnochar y hacer esfuerzo, esos esfuerzos que no son contrarios a su naturaleza.
Porque en cada naturaleza hay una jerarquía de bienes, y por eso, cuando yo busco el bien mayor, aunque esté sacrificando bienes menores, no estoy contrariando mi naturaleza, sino ordenándola.
Por eso con el ayuno yo no estoy anulando mi naturaleza, ni estoy aniquilándola, ni odiándola, sino la estoy ordenando, estoy buscando un orden en mi naturaleza hacia Dios, que es el Bien Mayor para el que yo he sido creado.
Ahora bien, puesto que el ayuno es fruto de la Palabra y del Espíritu en cada historia, en cada persona, en cada corazó, de alguna manera el ayuno ha de tener características personales. Así, por ejemplo, le hablaba Dios a Catalina de Siena cuando le decía: “No todas las naturalezas son iguales”.
Más que buscar una uniformidad en la práctica externa, lo que necesitamos es una predicación de La Palabra que sea tal, que cada corazón se sienta profundamente movido a conversión y profundamente movido a buscar, por encima de todo y de todos, al Dios Bueno, Santo, Creador y Salvador nuestro.
Sin embargo, hay también una dimensión comunitaria en el ayuno, como lo muestra esta lectura de la profecía de Jonás. ¿En qué consiste esa dimensión comunitaria? Pues bien, puesto que el ser humano no existe solo, sino que existe en sociedad, hay una especie de cadena de complicidades entre nosotros los seres humanos.
Y Esa cadena de complicidades hace, que aunque el pecado es siempre un acto personal, hay también situaciones, llamémoslas así, como objetivas que propician el pecado, esas situaciones objetivas interpersonales, comunitarias que propician el pecado son las que queremos desarmar, les queremos quitar fuerza a través del ayuno.
Cuando se proclama como en el tiempo de Cuaresma: "¡Ayuno!", un tiempo de ayuno, de penitencia para toda la Iglesia, estamos en un propósito serio de quitar toda complicidad de pecado, de desarmar toda complicidad de pecado.
Y por esta misma razón, es inseparable el bien del ayuno del bien de la misericordia; es un acto de justicia, como nos lo han dicho Joel, Isaías, Amos, y tantos otros. Cuando es la comunidad la que comprende que ha dejado a Dios, y comprende que tiene que volver hacia Dios, comprende también que las heridas de su mediocridad están sobre todo en los más pobres, o mejor, en los empobrecidos.
Y, que por consiguiente, los actos de justicia hacia ellos son señales concretas de esa voluntad de conversión que todos tienen. Y de aquí, finalmente, podemos tal vez lograr algo de claridad sobre aqyuello de si debe ser interior o exterior.
¿Quiénes deben hacer el ayuno? ¿Quiénes deben hacer la penitencia? Los que hayan escuchado La Palabra. Si todos nosotros ya comprendemos que somos pecadores, si todos sabemos que nadie tiene de que gloriarse delante de Dios, entonces todos nosotros podemos hacer penitencia.
Y si tú y yo vamos a hacer penitencia de ayuno, pues no voy a darte la gloria a ti ni tú a mí, sino juntos entenderemos que le hemos quitado la gloria a Dios, y que hay que buscar ahora volverse hacia Dios con toda el alma.
Por eso, la penitencia sí puede ser externa, y sí puede ser visible dentro del ámbito de los que han escuchado la Palabra, y sólo en la medida en que esa Palabra ha calado, ha empapado a la comunidad.
Si una persona aún, dentro de una comunidad que ha escuchado la Palabra, quisiera como, por decirlo así, como singularizarse por buscar una gloria, reconocimiento de fama ante los demás, pues tendría que escuchar con más atención lo que dice el Señor Jesús allá en el evangelio de Mateo, cuando dice que "el ayuno no es para que lo mire la gente, sino para que lo mire Dios” San Mateo 6,18
Pero esto no queda desobedecido cuando es toda la comunidad la que ayuna, y todos sabemos que estamos pasando hambre, y todos sabemos que estamos comprendiendo nuestras propias limitaciones, y todos sabemos que estamos haciendo algo concreto por los más pobres; cuando estas condiciones se dan, no estamos desobedeciendo a Cristo, aunque a todos se nos note que estemos ayunando.
Por consiguiente, en el ayuno hay un bien inmenso, un bien que no queda reemplazado solamente por abstenerse de pecados. Abstenerse, por ejemplo, como hacen algunas personas de cigarrillo, o de abatenerse de cosas superfluas, no es solamente por ayuno, es un deber de justicia.
Abstenerse de pecado no es materia de voto o de propósito especial, eso simplemente lo pide nuestra conciencia y lo pide la Palabra de Dios.
Además, el ayuno de alimentos, hasta sentir el hambre en nosotros, tiene bienes que de otro modo no recibimos; por eso el ayuno no puede ser solamente de otras cosas, aunque nos privemos de otras cosas, también hay que tener algún género de privación de alimento.
¿Por qué? Porque es que nosotros no recibimos la vida ni del cigarrillo, ni de la televisión, ni de la radionovela, la vida la recibimos de los alimentos.
Por consiguiente, cuando adelgazamos la fuente de la vida, cuando hacemos que esa fuente sea más parca con nosotros, entonces, entendemos mejor quién es el que nos ha dado la vida, y entendemos mejor las limitaciones de nuestra vida, y entendemos mejor a los que no tienen eso, y sufren, y pierden, incluso la vida.
Por eso el ayuno no puede identificarse sin más con la lucha por la justicia, ni puede identificarse sin más con el quitar las cosas superfluas. No. El ayuno supone, además de todas esas cosas, supone que yo sienta mi vida en toda su condición de fragilidad, en toda su condición de necesidad, en toda su condición, para decirlo de una vez, de absoluta dependencia de Dios.
Y, desde allí, pueda comprender al que ayuna, no cuando le parece, sino siempre que le toca. Esto abrirá las puertas de la misericordia para mi hermano, y abrirá las puertas de la misericordia para mí.
Entendiendo que Dios es el dador de todo bien, oraré con más confianza; y entendiendo que mi hermano padece necesidad, y yo la he sentido en mi propio cuerpo, me daré a él con mayor entrega, con mayor generosidad.
Son muchos los bienes del ayuno y de la penitencia, quizás no se noten externamente, quizás muchos de nosotros por malas costumbres, preopaciones, quizás muchos de nosotros no seamos el gran testimonio de penitencia, eso es cierto, eso hay que reconocerlo.
Pero, también hay que decir que esta palabra a todos, también a los que somos mediocres, nos mueve a conversión, nos mueve a dejar lo que hemos sido para alcanzar lo que el Señor quiere y debemos hacer.