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Fecha: 20090409

Título: ¿Que quiere decir que la Eucaristia es la Alianza Nueva y Eterna?

Original en audio: 39 min. 58 seg.


Querido Padre Provincial, Fray José Gabriel Meza Angulo.

Querido Padre Prior de este Convento de Nuestra Señora del Rosario de Chiquinquirá, Fray Omar Alberto Sánchez Cubillos.

Queridos Hermanos en el Sacerdocio y en la Vocación Dominicana.

Queridos Hermanos y Hermanas todos en la fe santa que hemos recibido de los Apóstoles y que hoy celebramos con gozo en este jueves de la Cena del Señor.


Ante todo, reconozco la necesidad que tenemos del Espíritu Santo en este momento, y les pido que hagamos una pausa para pedir esa gracia del Espíritu, de modo que mis palabras sean útiles y de modo que los corazones de todos estén abiertos para lo que Dios quiere regalarnos en esta tarde.

Hagamos una pausa de oración.

Hermanos queridos, lo mismo que el Apóstol San Pablo, también nosotros, dos mil años después, podemos repetir aquella frase que se encuentra en el capitulo 11 de 1a Primera Carta a los Corintios, también yo mismo puedo decir estas palabras: "Yo recibí esta tradición que viene del Señor y que a mi vez os transmití” 1 Corintios 11,23. Estas sencillas palabras nos invitan a descubrir que somos parte de un pueblo que peregrina en la historia.

Mis hermanos, aunque seamos jóvenes o tal vez mayores, adultos o ancianos, todos nosotros venimos de un pueblo que se remonta en las eras, venimos desde antiguo, nuestros antecesores, nuestros progenitores están muy atrás en los siglos, y estos ritos que celebramos en cada Eucaristía, y que particularmente celebramos en este jueves, tienen raíces muy profundas.

Me parece que necesitamos tomar viva conciencia de esa tradición que ha vencido la historia de los siglos, esa tradición que sobrevive a los imperios, a intereses, naciones y empresas de todo género, tenemos de tomar conciencia de ese lenguaje de amor, que desde el Cenáculo y desde el Corazón de Cristo se ha dispersado y ha alcanzado todas las naciones y también felizmente nuestro país.

Venimos desde antiguo, mis hermanos, venimos desde el éxodo, venimos desde el Cenáculo, hemos nacido desde la Cruz, somos herederos de mártires, vírgenes, pastores esforzados, misioneros valerosos, teólogos doctos, santos que con su heroísmo han dado testimonio del poder de amor, de la fuerza del amor con la que Cristo quiso entregarse a los Apóstoles y a través de ellos a nosotros. Es ese lenguaje de amor, es esa línea dorada de amor la que une el misterio del Cenáculo y la celebración que tenemos esta tarde aquí.

Pero Jesús mismo, aunque cambió de un modo, aunque transformó de un modo admirable lo que ya venía, no fue el inventor de la cena de la Pascua, tendríamos que retroceder 1300 años, irnos 1300 años antes de Cristo para el relato que escuchamos en la primera lectura, esa Cena del Cordero pascual, que es la marca de la libertad en el pueblo de Israel.

Les invito, hermanos míos, acompáñenme, peregrinemos un poco, vayamos a ese tiempo, son mucho más de tres mil años que tenemos que retroceder en la historia, y tratemos de comprender lo que estaba sucediendo a estos israelitas que habían padecido por más de cuatro siglos la opresión de los egipcios y que ahora aspiraban el aroma de la libertad junto con ese cordero preparado al fuego.

Vayamos a ese momento y descubramos el simbolismo tan profundo, tan sencillo, tan vigoroso que tiene todo aquello que Dios le mandó a Moisés y que a través de Moisés le mandó al pueblo.

Ante todo, llama la atención aquello de tomar la sangre para marcar las puertas; las puertas de los israelitas tenían que tener sangre y la razón es que aquella noche, la noche de la Pascua, que es la misma noche que nosotros celebraremos en unas cuantas horas en el contexto de este mismo triduo pascual, en esa noche, algo espantoso, algo inaudito, algo iba a sacudir los cimientos del mundo que ellos habían conocido: un ángel exterminador tenía que tomar justicia de tantos crímenes, de tantas culpas, de tantos pecados.

Y aquí viene, me parece, la necesidad de una explicación.

A veces nosotros creemos que nuestros pecados, que nuestras culpas simplemente se disuelven por causa del olvido, pero no es así. En esto sucede lo mismo que en el dominio de la ecología. Cuando nosotros arrojamos por ejemplo una botella de plástico a un manantial, a un río, decimos simplemente: “Es una botella y es un río, ¿qué problema hay?” Pero tu botella está ensuciando ese río y tu botella, más la mía, más la del otro, más la del otro,m ás la del otro, llega un momento en el que envenena esa agua.

El desperdicio industrial de esta fabrica, más el de aquella, más el de aquella, llega el momento en el que se echa a perder el agua. Decimos: "Qué importa una industria que esté arrojando unos cuantos gases tóxicos a la atmósfera, sí, se ve un poco obscuro el cielo pero no importa". No importa por un día, pero esa contaminación sumada día con día, fabrica por fabrica, país por país, llega el momento en que puede arruinar la vida en el planeta.

Un documental muy interesante hablaba sobre la acumulación en particular del plástico, insisto en este punto porque el plástico no se disuelve, no es biodegradable, la mayor parte de los plásticos no son biodegradables, no se disuelven naturalmente, se calcula que algunas formas de plástico que ha producido nuestra civilización pueden durar decenas de miles de años antes de descomponerse.

Si pudiéramos navegar por el Océano Pacífico encontraríamos que hay una cosa que se llaman "islas de plástico", y han sido hechas simplemente por esos turistas que consideran que no hay ningún problema en arrojar una botellita al mar, pues esas botellitas al cabo del tiempo se agrupan, acumulan una cantidad de basura, bloquean la luz del sol, matan una población ingente de algas y tienen unas consecuencias desastrosas para el sistema ecológico del mar.

¿Y esta explicación a qué viene? Pues viene a que lo mismo es el pecado, cuando nosotros decimos una mentira, decimos: "Es sólo una mentirita", y nuestra mentira, tan pronto como sale del campo visual de nuestra conciencia, ya no nos interesa más; pero esa pequeña mentira, más el orgullo del otro, más la impureza del otro, más la envidia del otro, más el robo del otro, más la corrupción del otro, ¿no es eso lo que hecha a perder un país?

Cuando nosotros pensamos en qué es un sistema corrupto, cuando pensamos en qué es un gobierno corrupto, a veces quisiéramos encontrar un solo culpable para después decir: “Ahora, córtele la cabeza a ése”; pero usualmente lo que hay no es un culpable, hay una red extraña de complicidad que va abarcando a más y más personas y posiblemente tú y yo somos cómplices en esa corrupción administrativa, porque nos quejamos de cómo obran los políticos, pero si un político me puede hacer un favor a mí o puede hacerle un favor a un miembro de mi familia, ah, entonces ya la política no es tan mala.

Esos privilegios, esos prevaricatos, esos nepotismos en los que todos nos vamos volviendo culpables son los que hacen que luego el aparato gubernamental, el aparato estatal sea irresponsable y se convierta en una máquina de muerte, una máquina que sigue privilegiando a unos pocos y que deja por fuera a muchos.

Esto es lo que se llama la estructura social del pecado. Yo he dado ejemplos relativamente recientes como el plástico en el océano o como el sistema de gobierno que tenemos, pero ya la Biblia sabe de eso, la Biblia sabe de esa acumulación de males y la acumulación de males finalmente produce dos cosas: produce muerte y produce catástrofe, y las dos por supuesto van ligadas; produce muerte, que en el caso de la ecología significa la desaparición de las fuentes del agua y significa la desaparición de especies vivas.

Estamos arruinando el planeta, estamos quitando especies y cada especie que se extingue, no tenemos los recursos para volverla a la vida.

La acumulación de pecado, lo mismo que la acumulación de la basura irresponsable produce muerte, pero produce también catástrofes.

Hace poco, hace una semana estaba en las noticias el rompimiento de un puente de hielo, y todo eso tiene que ver con la Pascua de Cristo y con el Jueves Santo, y ese puente de hielo ¿por qué es tan importante? Porque ese puente de hielo en el continente llamado la Antártica sostenía una masa gigantesca mucho más grande que cualquiera de los departamentos de la República de Colombia y esto va a dejar desprotegida una zona todavía mucho más grande de ese continente con consecuencias que todavía no sabemos cuéles va a ser, es lo que se llama calentamiento global, lo estamos viendo con nuestros ojos.

Resulta que ese puente de hielo que protegía esa zona inmensa se rompió en un momento determinado, es decir, la acumulación irresponsable que condujo, según se dice, al calentamiento global, un día produce que se rompa el puente.

Santo Tomás de Aquino habla de esa acumulación de males, dice que el resultado de la acumulación de los males, el día que eso, dicho coloquialmente, explota, el día que eso se rompe, ese día, el día en que eso colapsa, ese día es lo que la Biblia llama "la ira del Señor", y esto es muy importante porque sólo cuando comprendemos qué quiere decir la ira del Señor, entendemos también qué quiere decir la Pascua de los israelitas y entendemos qué quiere decir la Sangre del cordero.

Pero vamos despacio. ¿Qué nos dice Santo Tomás sobre la ira del Señor? Santo Tomás dice: "La expresión, "la ira de Yahvé" o "la ira de Dios" no es que Dios se fue poniendo bravo, se fue poniendo más bravo hasta que ya no se aguantó más y le pegó un grito al mundo.

Dios es infinito, perfecto, completo, y en Dios no existe esa clase de sensaciones, que hoy está de buen genio y mañana está de mal genio, ese no es nuestro Dios.

Santo Tomás explica, que la expresión "la ira de Dios" lo que quiere decir es el resultado de la acumulación de nuestros pecados, el resultado de esa acumulación de botellas, diríamos en lenguaje ecológico, el resultado de la acumulación de los "pecaditos" con los que todos vamos corrompiendo el sistema del gobierno: "El gobierno es bueno mientras me sirve a mí, el gobierno es malo cuando no me sirve a mí". Esa corrupción administrativa un día colapsa, y cuando colapsa, entonces decimos: “¿Cómo fue posible que eso sucediera?”

La ira de Dios, entonces, es el resultado dentro de la creación de aquellas culpas, la acumulación de aquellas consecuencias de nuestros pecados. Algo parecido así, algo parecido a eso fue lo que aconteció en Egipto, precisamente.

Egipto se caracterizaba por la deificación del ser humano, el faraón era considerado un dios, el faraón se miraba a sí mismo y exigía el trato de un dios y de un dios absoluto, él se trataba a sí mismo como dios, y esto tenía una cantidad de consecuencias: todo lo que sirviera a los intereses del faraón estaba permitido, todo lo que fuera contrario a los intereses del faraón estaba prohibido.

Por supuesto, esto es pura y neta idolatría con una cantidad de consecuencias que, efectivamente, llevan a la muerte. El mismo faraón, según recordamos en la historia de Moisés, ordena la muerte de los bebés: "Tenemos que controlar la población como sea, luego, muerte a los bebés para que yo siga mandando".

Pero la muerte de esos bebés israelitas, una muerte de la que escapó Moisés milagrosamente según recordamos, la muerte de esos bebés es sólo uno entre muchos ejemplos y también ahí se fueron acumulando las culpas, se fueron acumulando los pecados, uno encima de otro, hasta que ya no se aguanta más, hasta que por decirlo de algún modo, no cabe un pecado más en esa región, en ese lugar, en ese ciudad, en ese país.

Y ese es el colapso que queda descrito con la imagen del ángel exterminador que tiene que declarar sentencia de muerte, que tiene que mostrar: “Mira, ese camino por el que tú vas sólo conduce al desastre”.

Por eso Dios, en un intento, en un decreto que a nosotros nos parece excesivo pero sólo porque no conocemos los excesos del sistema del faraón declara la muerte de los primogénitos; es decir, la muerte de los primogénitos es una expresión de esto que nos ha expresado Santo Tomás: la acumulación que lleva al colapso, la acumulación irresponsable de culpas, la acumulación progresiva de idolatría que lleva finalmente a la catástrofe.

La muerte está asociada en la Biblia siempre al derramamiento de la sangre. Cuando los israelitas ponen la sangre del cordero en la puerta, lo que están diciendo es: "Aquí ya hubo muerto"; pero no murió el israelita, sino que en lugar de los israelitas, en lugar de los primogénitos israelitas el que ha muerto es ese Cordero que viene a reemplazar a los que tenían que morir.

Ese es el sentido de esa sangre, esa sangre indica la providencia de Dios, la providencia compasiva de Dios para con su pueblo que detiene, que salvaguarda de la catástrofe a sus elegidos, mientras que somete al pueblo de Egipto a todo el rigor de las consecuencias del pecado en el que ha vivido.

Ese es el sentido de esa sangre, y tenemos que recordar lo que quiere decir esa sangre ahí, para que entendamos qué significa la Sangre de Cristo y para que entendamos qué significa lavarse en la Sangre de Cristo; no será otra cosa entonces sino decir: “Yo tenía que morir pero hay uno que murió por mí; era yo quien tenía que pagar las consecuencias pero hay uno que me amó providentemente hasta el extremo, hay uno que tomó mi lugar”.

Eso fue lo que hizo el cordero allá en el éxodo hace tres mil y tantos años, el cordero de la pascua toma el lugar del israelita y muere en lugar del israelita; pero ese cordero era el cordero de los hombres, mientras que Cristo es el Cordero de Dios.

Ahora bien, este cordero tenía que ser sacrificado, se derramaba la sangre, y tenía que ser asado, ¿por qué eso? Todo tiene un significado y es bello. Resulta que esa era la manera usual de ofrecer los sacrificios.

Si nosotros vamos al libro del Deuteronomio, encontramos que el modo usual de los sacrificios es sacrificar la víctima, derramar la sangre, la sangre no se consumía, -este es un detalle sobre el que tenemos que volver después-, sacrificar el animal, derramar la sangre, asarlo, una parte la comen los que están ofreciendo el sacrificio, otra parte se consume enteramente al fuego.

¿Y qué significa esto? Toda comida indica indudablemente un compartir, nosotros no comemos con cualquier persona, invitamos al recinto de nuestro comedor, invitamos a aquellos que son cercanos.

¿Cuál es el sentido de ese fuego? Pues lo que sucede es esto, que el fuego cuando arde mucho tiempo sobre la carne, la destruye completamente, la vuelve ceniza, diríamos. Ese fuego indica la porción que pertenece a Dios, ese fuego indica cómo se ha consumido la parte de Dios, dicho de un modo informal, el fuego indica que Dios se sentó a comer con nosotros, nosotros nos comimos nuestra parte, y ese fuego se ha comido la parte de Dios.

Dicho de otro modo, ese fuego es la manera de indicar comunión, es como tener a Dios invitado a la mesa, ese fuego indica que ha sido quemada también la parte, ha sido consumida también la parte que pertenecía a Dios. Y eso es lo que nosotros tendremos en la Eucaristía, sacrificio de comunión, llegar a la Eucaristía es sentarse a la mesa con Dios, es participar junto con Él de una misma vida.

Hay otro elemento que que destacar: el cordero tiene que ser consumido completamente, ¿por qué tiene que ser consumido completamente? Porque ese cordero es el que va a dar la fuerza para el camino, esta cena, la cena de la pascua es la cena de la libertad, y es la cena de la libertad porque es la cena en la cual Dios dijo: "A los egipcios les haré experimentar las consecuencias de sus pecados, a ustedes, pueblo mío, los voy a salvar escogiendo una víctima que reemplace lo que ustedes tendrían que sufrir” Exodo 12,12-13.

Como esa fue la noche en que Dios hizo diferencia entre los egipcios y los israelitas, esa es la noche en que Israel pudo reconocerse como pueblo elegido, pueblo protegido, pueblo guiado por Dios, y recibe este alimento y con ese alimento se pone en camino.

Esa es la cena, mucho más podría decirse pero esa es la cena del éxodo. Resumámoslo en tres palabras: cena de perdón, cena de sacrificio y cena de liberación. Perdón porque el cordero evita que caigan sobre nosotros las consecuencias de nuestras culpas; al poner la sangre en las puertas estamos diciendo: “Aquí ya hubo muerto, aquí no hay necesidad de que entre más castigo”.

Cena de perdón, que podemos llamarlo cena de redención; es cena de sacrificio, el fuego que indica que se tiene que consumir y que se tiene que entregar a Dios, y es cena de liberación.

Fácilmente comprendemos que esta festividad de la Pascua tenía un significado inmenso para los israelitas, así la conoció Jesús, como un cena de Pascua, como una cena de liberación, como una cena de sacrificio, como una cena de redención; pero Jesús dio un paso más, Jesús tomó este simbolismo hermoso del que hemos venido hablando y lo llevó hasta su máxima expresión.

Santa Catalina de Siena dice, "que Cristo mismo en la Cruz fue consumido también a fuego, que Cristo en la Cruz fue consumido por el fuego de su amor", y esa es la primera palabra que hemos oído en el evangelio de hoy: “Habiendo amado a sus discípulos que se quedaban en el mundo, los amó hasta el extremo” San Juan 13,1.

Es el amor el que lleva a Cristo a tomar este venerable signo que ya en esa época tenía 1300 años de existencia, es el amor, el amor sin limites, el amor sin barreras, sin fronteras, el amor sin tapujos, el amor expreso, es el amor desnudo, pleno y perfecto, el que llevó a Cristo a tomar este signo venerable de la cena pascual judía y llevarlo hasta su máxima expresión.

¿Qué cambios introduce Cristo? Esto es muy interesante y de un significado precioso: el cambio más grande está en la sangre. ¿Qué había que hacer con la sangre en el caso de la cena pascual judía? Ya lo hemos dicho: "¡A la puerta! Que quede allá en la puerta para que no entre aquí la muerte"; esa sangre significa: “Aquí ya hubo muerto, el cordero ya murió en lugar de nosotros, nosotros no tenemos que morir".

Pero Jesús introduce un cambio que lo hemos oído en segunda lectura de hoy: "Lo mismo hizo con la copa después de cenar y les dijo: “Esta es la copa de la nueva alianza sellada con mi Sangre; cada vez que bebáis de ella hacedlo en conmemoración mía”" San Mateo 26,27.

Jesús nos invita a beber del misterio de su propia Sangre, eso no estaba en la cena judía, esto es algo nuevo, ¿y en qué consiste la novedad? Bueno, a lo largo de las páginas de la Biblia la sangre siempre es el símbolo de la vida, y por eso para los judíos no cabía que se pudiera beber o consumir de cualquier manera la sangre de un cordero o de un animal, porque eso sería como aceptar la sangre de ese animal, la vida de ese animal en nosotros, no, eso no podía ser.

Pero ahora Jesús, que es Cordero, pero no cordero de los hombres sino Cordero de Dios, ahora Jesús nos invita a recibir su vida, y esta sí es la vida que necesitábamos, porque nosotros necesitamos ser como Jesús, vivir como Jesús, pensar como Jesús, amar como Jesús. Para poder realizar todos estos misterios necesitamos recibir su propia vida, y este es el primer cambio que introduce Cristo en la Eucaristía.

Un segundo cambio: Jesucristo en esta cena de la Pascua introduce esta palabra que repetimos en cada Eucaristía: “Este es el cáliz de la Sangre, Sangre de la Alianza Nueva” San Mateo 26,27, entendemos que es nueva porque Él la está transformando en ese momento, pero añade una palabra: "Es la Alianza Nueva y Definitiva, Nueva y Eterna" San Mateo 26,27.

Y esto es muy importante, porque el cordero de la Pascua, en el contexto judío, estaba ligado a la Alianza de Moisés; de hecho, fue Moisés quien mandó que se celebrara esa Pascua de esa manera; pero esa alianza sellada a la manera de Moisés resultó insuficiente, y esto lo dicen claramente los profetas, sobretodo Jeremías y Ezequiel cuando empiezan a hablar de la necesidad de una nueva alianza.

Ezequiel por ejemplo nos dice,hablando de parte de Dios: "Os daré un corazón nuevo, os infundiré un espíritu nuevo” Ezequiel 36,26, y también por boca de Jeremías nos dice: “En aquellos días sellaré una nueva alianza” Jeremías 31,31.

¿Por qué se habla de una nueva alianza si ya estaba la alianza de Moisés? La Carta a los Hebreos lo explica: porque esa alianza de Moisés tenía que quedar atrás aunque fuera maravillosa y significativa, según hemos tratado de exponerlo, era insuficiente, se necesitaba que quedara atrás y por eso nosotros hablamos del Antiguo o también del Viejo Testamento, porque se necesitaba algo nuevo.

Una vez más acudo yo a Santo Tomás de Aquino, quien tiene esta lúcida expresión: "Lo nuevo del Nuevo Testamento es la nueva ley del Espíritu, lo nuevo del Nuevo Testamento es la donación del Espíritu, la Alianza nueva que trae Cristo, es la Alianza definitiva, porque es comunicación de la misma vida de Cristo y la misma vida de Cristo es la vida del Espíritu.

Por eso nos dice San Pablo: “Aquellos que se dejan guiar por el Espíritu de Dios, esos son los hijos de Dios” . De modo que la Alianza Nueva, es la alianza en el Espíritu, es la alianza que es definitiva, porque una vez que nosotros recibimos la vida de Dios, no solamente recibimos las consignas de qué debemos hacer y qué debemos evitar, sino que recibimos la fuerza y la alegría, fuerza para llevar a cabo lo que vale la pena y alegría para regocijarnos en el bien.

O sea que ahí vamos comprendiendo cuál es la diferencia entre las dos cenas, la cena judía y la cena de Cristo, en la cena judía, propia de la alianza con Moisés, lo que prima es el precepto que muestra qué es lo que uno debe hacer, pero la alianza de Moisés es una alianza externa, como esa sangre que queda afuera en la puerta, la sangre de la alianza en Moisés es una sangre que queda afuera, como el precepto también está a fuera, y yo quedo sin fuerzas para cumplir ese precepto.

Dios me dice debo amar, que no debo mentir, que no debo envidiar, que no debo robar, que no debo ser violento, que debo ser siempre puro, que debo amarlo a Él sobre todas las cosas y todos esos mandamientos me parecen bellísimos con mi mente, pero el corazón sigue anhelando otras cosas.

Este drama lo describió preciosamente San Pablo en el capitulo séptimo de la Carta a los Romanos: "Con mi razón me doy cuenta del bien del mandamiento, pero hay otra ley que habita en mis miembros y entonces lo que no quiero hacer eso, hago y lo que quiero hacer eso no hago” Carta a los Romanos 7,15-16.

Ese es el drama de la Ley de Moisés, como es externa, como es una Ley que se queda allá en la sangre en la puerta y es un precepto que está frente a mí, entonces yo no tengo la fuerza para cumplirlo, ¿y sabes por qué no tengo la fuerza para cumplirlo? Porque no tengo la capacidad de alegrarme, de deleitarme en ese bien.

Necesitamos que el bien sepa a bueno, y eso es exactamente lo que da Espíritu Santo. Cuando Jesús quiere que nosotros bebamos de su propia Sangre, cuando Jesús quiere que nosotros recibamos su propio Espíritu, es para que nosotros tengamos la fuerza necesaria para hacer ser la voluntad de Dios, no como esclavos forzados, sino como hijos amados, esa es la Nueva Alianza y esto explica por qué en la Eucaristía nosotros decimos "Alianza Nueva y Eterna".

Moisés no podía decir que esa alianza iba a ser eterna, en cierto modo estaba condenada al colapso desde que empezó, por que aunque nos contaba lo que es bueno, no nos daba el Espíritu, no nos daba la fuerza para cumplirlo, era cosa de tiempo hasta que fallara, y falló.

El Antiguo Testamento, de hecho, mis hermanos, el Antiguo Testamento termina en un sentido de derrota, con un sabor amargo, si hemos tomado el trabajo de leer, sobre todo los últimos profetas, los últimos libros del Antiguo Testamento, lo que encontramos es un sabor de derrota que está hermosamente expresado en ese texto del libro de Daniel: "No tenemos profetas y nadie sabe hasta cuándo" Daniel 3,38; esto se acabó, esto no dio más y Dios se quedó callado, ese es el final del Antiguo Testamento, esa es una sensación de: "No pudimos", una sensación de: "No alcanzamos".

Pero en ese mismo Antiguo Testamento, como ya vimos, había una promesa de una Nueva Alianza, una alianza en la que recibiríamos no solo quien padeciera por nosotros, sino quien nos diera su mismo estilo de amar y eso fue lo que llegó con Jesucristo, y en ese Antiguo Testamento está la súplica vehemente que encontramos en el libro del profeta Isaías, esa súplica que leemos en el tiempo de Navidad, en el tiempo del Adviento: "Ojalá rasgaras el cielo y bajaras” Isaías 64,1.

Esa es la súplica del pueblo judío: "Ojalá abrieras ese cielo y vinieras, porque no soportamos tenerte lejos, nada más contándonos que tenemos que hacer esto y tenemos que evitar esto; ven aquí, ven a vivirlo tú, enséñanos a vivirlo, danos la fuerza para cumplirlo".

Pues eso fue, mis hermanos, eso fue exactamente, a esa súplica vino a responder Nuestro Señor Jesucristo, nuestro Divino Salvador vino a eso: rasgó el cielo y bajó, vivió como nosotros, padeció lo que nosotros padecemos, sufrió tentación, pero no cayó en pecado, y en su estilo maravilloso de amar, exhaló el aroma precioso del Espíritu, hasta el punto que el Evangelista Lucas dice: "De Él salió una fuerza que los sanaba a todos" San Lucas 6,19.

Esa fuerza del Espíritu es la que nosotros recibimos en la Sangre preciosa de la Eucaristía, y esta es la gran novedad que trae la Cena de Cristo. Pero todavía hay una ultima novedad: Jesucristo ordena a sus Apóstoles que repitan ese mismo signo, y por eso con toda razón nuestra Santa Iglesia Católica ve en este Jueves Santo la institución del sacerdocio.

¿Cómo ordenó Cristo a los Apóstoles? Ordenó en el sentido de ordenación como el obispo ordena al sacerdote. ¿Cómo ordenó Cristo a sus Apóstoles? En el momento en el que les dijo: “Haced esto”, les ordenó que perpetuaran para todos los siglos ese mismo signo de entrega perfecta y preciosa; "nadie tiene mayor amor que el que da la vida", había dicho Cristo, y esa mima señal es la que celebramos cada vez que celebramos la Eucaristía.

Mis amados hermanos, ¡qué fiesta tan grande! Somos herederos de los siglos, lo único que yo puedo decir, y se me conmueve el corazón al pronunciarlo, es aquello que Cristo dijo a los Apóstoles: “Dichosos vuestros ojos, dichosos vuestros oídos" San Mateo 13,16; hubo profetas y hubo reyes que hubieran querido ver una Misa, hubieran querido ver ese Dios cercano y no lo tuvieron, hubo profetas y hubo reyes que hubieran querido así palpar a Cristo, poder abrazarlo, poder comerlo y no lo tuvieron.

¿Somos nosotros acaso mejores que ellos? Yo creo que no por lo menos si miro mi vida, pero sí estoy seguro de una cosa, en el maravilloso plan providente de Dios para los tiempos, nosotros hemos sido destinados a experimentar estas grandezas, esta belleza, experimentarla con gratitud y transmitirla a los demás.

Y por eso el Jueves Santo es también el día del mandamiento del amor; uno no puede recibir todo esto y quedarse impávido; uno no puede ver a Dios desangrándose y quedarse impasible; uno no puede ver a Dios abriendo el pecho y diciendo: "Aquí estoy, aquí estoy, aquí dije, estoy, a un pueblo que no me puso atención, se queja por el profeta.

Ese es Dios abriendo su corazón, derramando su sangre, “tostado a fuego de amor” dice santa Catalina de Siena, tostado a fuego de amor, sobre la cruz está Cristo diciendo a todos: “Aquí estoy”. Uno no puede ver eso, uno no puede mirar eso, uno no puede quedarse contemplando a ese Cristo y salir a la calle y simplemente decir: “Bueno, se acabó la fiesta, siga la vida común y corriente”, no podemos.

Después de experimentar este amor hay algo que a uno le brinca en el pecho, hay algo que a uno le brinca en el corazón y ese es el amor de Dios; si yo he sido amado así, yo tengo que amar así. Y permítanme que cite una ultima vez a Santa Catalina: “El alma, sintiéndose tan amada, ya no puede defenderse de amar”.

Eso es lo que deseo para ustedes, mis hermanos, y eso es lo que deseo en primer lugar para mis hermanos sacerdotes y para mí mismo: que nosotros, especialmente nosotros sacerdotes, tengamos una experiencia dulcísima, intensa, profunda, irrevocable, una experiencia decisiva y definitiva como la Alianza de Cristo, una experiencia de amor así, para que también nosotros no podamos defendernos y excusarnos de amar, sino que estemos derramando, estemos transmitiendo, estemos irradiando ese amor.

¿Es que no vemos cómo está el mundo? ¿Es que no nos damos cuenta que por debajo de tantas necesidades como se declaran, la gran necesidad sigue siendo necesidad de amor? Amor que venza el egoísmo, amor que venza la soberbia. ¿Cuáles son las causas de toda esta terrible recesión económica mundial si no es en que hay que buscarlas en el egoísmo, en la arrogancia, en la envidia, en la codicia?

Necesitamos un diluvio de amor, necesitamos una avalancha de amor, que nazca de aquí, del Altar de Cristo, que colme esta tierra y que devuelva vida a los pobres para la gloria del Padre, el que vive y reina por los siglos de los siglos.

Amén.