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Fecha: 20020328

Título: El servicio nace del amor

Original en audio: 14 min. 54 seg.


Jesús, en este pasaje que acabamos de oír, admite que se le llame Maestro y que se le llame Señor. Podemos decir, que Jesús estaba dando una enseñanza. Como los buenos maestros, Él da una enseñanza, no solamente con palabras, sino principalmente con su propio ejemplo. Y el ejemplo que nos dio fue a través de la humildad y de la entrega de sí mismo.

Pues ya que se trata de una enseñanza, vamos a sacar en limpio, como hacen los niños en los cuadernos allá en el colegio, cuáles son las enseñanzas, cuáles son los puntos principales que Jesús nos quiere inculcar en este día a través de este evangelio.

Y el primer punto que por lo menos yo quisiera destacar, es aquello que ha dicho el Evangelista: "Habiendo amado a los suyos, los amó hasta el extremo" San Juan 13,1.

Jesús, lavando los pies, aparece en una actitud de servicio total, casi de servicio humillante. Porque esa era una labor que realizaban los siervos, los esclavos, eso de lavar los pies a los visitantes.

Pero el servicio nace del amor. Para mejorar el servicio, para ser verdaderos servidores, necesitamos sobre todo más amor. Es el amor el que nos convierte en servidores de nuestros hermanos. Sólo por amor, verdaderamente uno se constituye en servidor de los demás.

Es muy grande la fuerza que tiene el amor. Porque son muchas las cosas que nos detienen de servir: nuestro egoísmo, nuestra soberbia, los recuerdos que tenemos de los males de las otras personas, la conciencia de las propias incapacidades. Hay muchas cosas que lo frenan a uno de servir.

Pero el amor vence todos esos obstáculos. El amor vence el obstáculo del ridículo. El amor vence el obstáculo del egoísmo: "No tengo tiempo; no tengo dinero". El amor vence el obstáculo de la envidia y del resentimiento. El amor rompe todas las barreras.

Llenémonos de amor y vamos a estar llenos de servicio. Una sociedad que esté llena de amor, es una sociedad donde el servicio a todos, especialmente a los más necesitados, va a estar siempre presente.

La primera enseñanza: Más amor y habrá más servicio. Sin amor, no hay servicio. Jesucristo amó hasta el extremo.

Todos estamos llamados a servirnos unos a otros, por ejemplo, en la familia. Es un buen momento para preguntarnos, -y ésta será la segunda enseñanza de hoy-, ¿cómo está nuestro servicio en la familia?

Vamos a hacer preguntas concretas. Vamos a preguntarle a los hijos: "¿Ustedes qué servicio prestan en la casa voluntariamente? Eso no es obligados." Esa es una pregunta que tienen que hacerse los hijos. A veces, ni obligando, hacen las cosas los muchachos; ni obligándolos.

Hijos: ¿Cuál es la calidad del servicio de ustedes? ¿Hace cuánto no tienes un detalle de amor de servicio con tu papá, con tu mamá, con tu hermano? ¡Echa de para atrás la película! Mira cómo eres tú en tu casa, y hazte esta pregunta: "¿Cuándo fue la última vez que hice un servicio en mi casa, porque me nació, porque quise hacerlo, porque estaba ahí, un servicio que haya brotado de mí?" Esa es una aplicación muy práctica de esto.

Señores: ¿En sus hogares, ustedes son servidores? ¿Ustedes, qué servicios prestan, nuevamente, en la casa, en la familia? ¿Qué servicio prestan? ¿Ustedes querían tener una esposa, o querían tener una empleada sin sueldo?

¿Qué servicio prestan ustedes en la casa? Perdón que lo diga de una manera tan brusca: ¿Se les daña la hombría por ayudar en la casa? ¿Ustedes creen, hombres, que las mujeres del futuro, las que hoy son niñas o jovencitas, van a seguir con esa mente de empleadas sin sueldo?

Hoy en la casa todo tiene que ser compartido. Hoy ya no se aguantan las cosas así en esos términos de: "Yo pongo la plata y usted trabaja. Yo doy para el mercado y usted hace todo. Ese es su trabajo, porque para eso me casé con usted".

¡Cuánta altanería hay en los hogares! ¡Cuánta soberbia hay en los hogares! Yo por eso hago esa pregunta, especialmente a los hijos y a los esposos, para que este evangelio no se nos quede así no más.

Sobre todo, hago esta pregunta: No cuándo usted sirvió, sino cuándo sirvió por amor, con amor. Porque después de que la esposa hace una escena y hace una cantaleta, grita y llora, ahí usted de mal genio, dice: "Bueno, preste le ayudo". Pero lo hermoso es cuando le nace eso a usted; que no haya que decirle, que no haya que rogarle, que le nace a usted por amor.

Necesitamos llenarnos de amor, mis hermanos. Pero yo quiero dar ejemplos positivos también. Estoy de paso por circunstancias un poco accidentales, y estoy de paso por esta parroquia. Para mí es muy reconfortante ver la buena voluntad y el espíritu de servicio que he encontrado aquí.

Yo quiero animarlos en el Nombre de Jesús y quiero animarlos a nombre de la Iglesia, Comunidad Parroquial Jesús de la Buena Esperanza. Ustedes me han dado un testimonio, ustedes me están dando un testimonio.

Porque yo he visto, que para todo lo que ha habido que hacer en estas celebraciones de Semana Santa, han estado dispuestos, generosos, sacan de su tiempo, sacan de su energía; ustedes con gusto colaboran y se prestan para que las celebraciones salgan dignas, salgan bellas.

¿Por qué hacen eso? Porque ustedes aman a Cristo, porque ustedes aman su fe católica, porque ustedes aman su parroquia. El amor nos hace servidores. En ese sentido los quiero felicitar, los quiero animar, les quiero decir: ¡Adelante con ese buen trabajo! Ese es un ejemplo positivo.

Jesucristo es el gran servidor. Jesucristo es el que verdaderamente da su vida por nosotros. En la escena del evangelio de hoy, hemos visto a Jesús teniendo un acto de caridad para con los discípulos. Ustedes saben que los discípulos vivían preocupados por quién era el más importante. ¿Quién era el más importante?

A ver: ¿Quién es el más importante? "¡Ah! Pues yo soy el más importante, porque fíjese, cuántas veces va a hacer un milagro o alguna cosa, y me llama es a mí. ¡Yo soy el más importante!"

Y Judas podía decir: "Mire, el más importante soy yo, porque aquí, ¿quién maneja la plata, hermano? Aquí el que maneja la plata soy yo. ¡Yo soy el más importante!"

O de pronto Juan podría decir: "¡Yo soy el más importante! Yo soy el más importante, porque usted ha visto la confianza que me tiene el Maestro. El más importante soy yo".

"Creo que, ¿quién va a ser el más importante sino yo? Es que todos ustedes eran unos muertos de hambre. En cambio yo era un personaje; yo era un hombre muy importante; yo era un recaudador de impuestos", diría Mateo.

Cada uno podría decir: "Yo soy el más importante". Y esa era como una obsesión que tenían los discípulos. Cuando llegó el momento de la Pascua, estando reunidos y todos siendo tan importantes, pues, ¿quién se iba a humillar a lavarle los pies a otro? Jesús toma esa postura precisamente, lo que ninguno de ellos quería, lo que ninguno de ellos aceptaba.

Porque todos sabían que era norma de urbanidad, era norma de cortesía en esas celebraciones de Pascua, que si una persona iba a una cena, pues lo normal era que el anfitrión dispusiera de alguien que le lavara los pies al recién llegado.

Pero resulta que aquí, ¿cuál era el anfitrión? Pues Jesús toma la postura del anfitrión, y nos da ese ejemplo.

Mas lo que yo quiero destacar es que Jesús, hermanos míos, no sólo nos presta ese servicio, esa pequeña caridad y ese ejemplo de humildad, sino que ese ejemplo de humillación es una señal de entrega todavía mayor, un servicio todavía mayor, que ya no es el servicio de lavar los pies, sino es el servicio de darse a sí mismo por nosotros.

Eso es lo que estamos celebrando hoy, especialmente en la ofrenda del Pan y del Vino: El gran servicio. Cristo es el gran servidor. Eso nos tiene que quedar claro.

Pero el gran servicio que nos ha prestado Cristo, es dar su vida por nosotros. Porque Jesús, dando su vida por nosotros, ha hecho que la vida de Él sea vida nuestra, que el amor de Él sea amor nuestro. Cristo, entregando su vida por nosotros, ha hecho que nosotros tengamos la vida de Él.

¡Es tan bello lo que dice el evangelio de Juan que vamos a proclamar el día de mañana! Cuando llega el momento de la muerte, el evangelio de Juan dice: "Cristo entregó el Espíritu" San Juan 19,30. No dice exactamente, murió.

Dice:"Entregó el Espíritu" San Juan 19,30, como expresando: "Cristo, Nuestro Señor, ha dado de su Espíritu". Porque en este mundo podemos hablar de dos personas, dos clases de personas: Hay gente que pierde la vida, y hay gente que da la vida. Esas son las dos maneras de morir.

Hay gente que pierde la vida: la perdió por un accidente; la perdió por una enfermedad; la perdió por una violencia, lo atracaron, lo robaron, estaba en un combate; perdió la vida.

Pero lo grande está en que Jesús no perdió la vida, dio la vida. Y ese es el gran servicio al que nosotros estamos llamados: No simplemente terminar la vida, no simplemente perder la vida. El gran servicio es dar la vida.

Y aquí viene la última pregunta. ¿A quién le está dando vida usted? ¿Usted a quién le da vida? ¿A quién? No es simplemente la vida del cuerpo, como el que ha engendrado hijos e hijas. ¿Usted a quién le da vida? Es una pregunta que tenemos que hacernos, especialmente cuando somos jóvenes.

Tenemos que hacernos esa pregunta, porque el joven cree que no se va a morir, que no le puede pasar nada. Y resulta, que sin ser yo tan viejito, de los compañeros míos de colegio, ya hay siete u ocho que han muerto. O sea que no murieron muy viejos. La muerte no respeta; la muerte se pasea por todas partes.

¿Usted, a quién le está dando vida? Si usted cae tronchado por la fuerza de las armas o por un accidente, -Dios no lo quiera-, lo que suceda, ¿usted, a quién le ha dado vida? Que usted pueda decir fácilmente: "Hay vida que yo he entregado". Eso nos pregunta Jesús.

Entonces, que nos queden en limpio esas enseñanzas: El servicio nace del amor. Segundo, la primera escuela de amor y de servicio es la familia, y ahí los hijos tienen que preguntarse, cuándo sirven voluntariamente, y los esposos tienen que preguntarse, cuándo sirven voluntariamente.

En tercer lugar, Jesucristo nos ha dado un ejemplo exquisito de humildad, tomando ese puesto que nadie quería tomar. Pero sobre todo, en cuarto lugar, el gran servicio que nos ha dado Cristo, es darnos de su propia vida.

Por eso, la pregunta que nos queda es: ¿Nosotros, a quién le estamos dando vida? ¿Qué de nosotros es digno de seguir viviendo? ¿Qué de lo que tú haces, qué de tus ideas, qué de tu cariño, qué de tu ejemplo, es digno de seguir viviendo?

Esa pregunta tenemos que hacerla en el día en que vemos a Cristo entregando su vida por nosotros.