Jsan005a
Fecha: 20010412
Título: Servicio, Eucaristia, sacerdocio, tres misterios nacidos del amor de Cristo
Original en audio: 24 min. 20 seg.
Muy Amados Hermanos:
Nos hemos reunido recordando esa tarde en que Cristo celebró la Pascua con sus discípulos en medio del dolor de la partida.
Cristo Nuestro Señor llega al final de su vida, y como otras personas, también Él deja su testamento. El testamento de Jesucristo es lo que nosotros hemos recibido en este evangelio.
Cuando una persona deja un testamento dice qué hay que hacer con los bienes suyos, así también Cristo tomó sus bienes y los repartió;y los bienes de Cristo, repartidos, son los que nosotros encontramos hoy en la Iglesia. Cristo no se guardó nada, Cristo lo repartió todo; y eso que Cristo repartió, eso que Cristo dio, eso es lo que nosotros tenemos hoy.
Pero hay una diferencia: la persona que se muere, muerta queda; pero Cristo, en cambio, aunque ha muerto en la cruz verdaderamente, también ha resucitado verdaderamente del sepulcro.
Y por eso, lo que nosotros recibimos de Cristo, los tesoros de Cristo que nosotros compartimos no son una herencia muerta, sino una herencia viva, es decir, esa la misma vida del Resucitado la que nosotros compartimos; es la misma vida de Cristo la que nos da vida a nosotros.
No se trata de una cena más; el Apóstol San Juan empieza el texto diciendo: "Habiendo amado a los suyos, los amó hasta el extremo" San Juan 13,1. Toda la vida de Cristo fue amor, pero sobre todo este momento final es el momento del amor hasta el extremo.
Y en otro lugar dice Cristo: "Con ansia he querido comer esta Pascua con vosotros antes de padecer" San Lucas 22,14. Se trata de la pena con la que Cristo entrega la misma fuente de amor que está en Él, y por eso puede decir Cristo: "Que os améis como yo os he amado" San Juan 13,34.
Cristo no nos manda que nos amemos como el que pide algo imposible; Cristo nos manda que nos amemos cuando nos ha dado su propia y misma fuente de amor.
Es que Cristo no nos dio solamente de su agua, de esa agua viva que Él tenía, sino que nos dio la fuente; por eso dice en el evangelio de Juan: "El que crea en mí, de su interior saldrá agua que salta hasta la vida eterna" San Juan 7,38.
En esta Cena, y en su oración en el Huerto, y en sus azotes, y en la cruz, y en el sepulcro, y en su resurrección, en toda esa acción que estamos empezando a recordar precisamente con esta celebración, Cristo no sólo nos dio amor sino que nos hizo capaces de amar; eso es lo grande.
Cuando Cristo dice: "Que os améis como yo os he amado" San Juan 13,34, es porque su palabra es potente, su palabra es creadora; cuando Cristo habla, crea, hace posible.
Es como cuando Cristo le dice al paralítico: "Levántate" San Lucas 5,24, lo hace capaz de levantarse. La palabra de Cristo no es la imposición de un imposible, la palabra de Cristo es la palabra que crea en mí lo que me está pidiendo el mismo Cristo.
Si Cristo nos dice que nos amemos y que nos amemos como Él nos amó, es porque esa palabra va acompañada de una potencia creadora, de una potencia de amor; y esa potencia, esa vida que Dios nos da, esa vida que Cristo nos comunica, es la que hace que nosotros podamos amar con el amor que Cristo nos da.
¿Qué tenemos hasta aquí? Que estamos celebrando la memoria viva de la Cena de despedida, en la cual Cristo entregó todo lo que tenía, eso se llama hizo testamento, pero un testamento distinto de los nuestros, porque Cristo no se quedó muerto sino que ahora, vivo, levantado de entre los muertos, hace que la herencia que nosotros tenemos sea una herencia viva.
Y en segundo lugar tenemos, que lo que Cristo entregó fue el amor, el máximo de amor, el todo de su amor, eso fue lo que Cristo entregó. Pero ese amor no se queda solamente recibido en nosotros sino que, llegando a nosotros, nos hace capaces de amar.
Y por eso, cuando Cristo dice que nos amemos unos a otros, es porque la misma palabra de Él nos está haciendo capaces de amarnos los unos a los otros. Hasta ahí vamos.
¿Cómo expresó Cristo ese amor? Lo expresó de tres maneras, en el evangelio que hemos oído. Expresó el amor en clave de servicio, es el texto que vamos a repetir también hoy con el lavatorio de los pies.
En la sociedad en la que vivió Cristo, los encargados de lavar los pies a la visita eran los esclavos, ese era trabajo de esclavos; como todos esos eran caminos polvorientos, caminos calcinados, la visita llegaba con los pies sucios y con los pies cansados, seguramente hinchados.
Era común que el que hacía la invitación, entonces le diera al invitado ese gesto de lavar los pies. Una manera de decirle: "Llegaste a tu casa". Le lava los pies, le quita el mugre del camino, le da descanso, le da fuerzas. Servicio.
Así Cristo, con sus discípulos, toma el lugar de esclavo, toma el lugar más pequeño, toma el lugar del servidor y se convierte para esos hombres, que eran sus discípulos, se convierte como en el servidor, como en el esclavo de ellos.
Pero además, les quita el mugre del camino, y les da descanso y les hace sentir en casa. Servir no es solamente hacer cosas por los demás; es acoger, hacer que el otro sienta que por fin llegó a su casa.
Cuando uno ha ido de viaje y llega a casa de unos amigos o a casa de la familia, hay una sensación muy agradable: "Llegué a mi casa". ¿Por qué será tan agradable llegar a la casa? Pues es agradable cuando hay amor; porque si no hay amor, no es agradable ir a la casa. El amor es el que hace que la casa sea casa, el amor.
Y Cristo sirve, con ese gesto de lavar los pies, que es un gesto de humildad pero que también es un gesto de acogida.
Y cuando Cristo nos dice que amemos como Él nos ha amado, nos está invitando a que seamos servicio para el otro; pero no simplemente haciendo cosas, sino haciendo que el otro se sienta acogido, que el otro se sienta recibido, que el otro se sienta limpio, que el otro se sienta descansado, que el otro se sienta en casa. Eso es servir.
El servicio cristiano no está tanto en las cosas que se hacen, sino en la manera como se atiende al que tiene necesidad. En esa manera de atender, en ese modo de atender se le comunica amor. "Tú has llegado a tu casa." Amar, de acuerdo con esto, es tener el corazón dispuesto a recibir como en casa al hermano.
Amar es tener un corazón que le haga sentir a la otra persona: "Si tú vienes donde mí, si nos encontramos, yo quiero ser descanso para ti, yo quiero servirte, yo quiero que tú te sientas acogido, yo quiero que tú te sientas en casa." Esa es la primera manera como Cristo nos muestra amor.
Perdónenme que insista por última vez: no es solamente hacer cosas, es la manera como se hacen; es el signo completo que hace que la otra persona se sienta acogida, que la otra persona se sienta entendida, que la otra persona se sienta como en su casa.
No es lo mismo que el hombre llegue a la casa y le diga a la esposa: "¡Coja ese mercado!, no es lo mismo que le diga eso, a que le diga: "Bendito sea Dios, hoy me fue bien, mañana vamos de compras, mija." No es lo mismo, ¿no? No es lo mismo.
A veces pensamos que con hacer las cosas, ya estuvo el servicio; y no es lo mismo. No es lo mismo que el sacerdote llegue, "y bueno, ya salí aquí de la Misa, adiós"; o que el sacerdote llegue y quiera que lo mejor de su palabra y de su corazón, que el mensaje de Jesús se pegue, se impregne en cada uno.
No es lo mismo que el hijo termine su comida y diga: "Chao, me voy", o que termine la comida y diga: "Voy a llevar esta loza, voy a ayudarte, ¿en qué te ayudo, mamá?Gracias, estaba muy sabroso, estaba muy rico.
A veces, más que lavar unos platos,lo que los papás esperan e ese "gracias", ese cariño, ese amor. Porque hasta hay máquinas que lavan platos, pero lo importante es esa manera de amar, esa manera de hablar, eso es lo importante. Bueno, esa es la primera clave.
Segunda: Cristo mostró amor en esta celebración, a través de una señal increíble, una señal inconcebible, eso no se le hubiera podido ocurrir a nadie: "Tomó el pan, nos dice san Pablo en la lectura, tomó el pan, pronunció la acción de gracias y dijo: "Esto es mi cuerpo, que se entrega por vosotros" 1 Corintios 11,24.
Cristo, a través del Pan Eucarístico, da de su propio Cuerpo a nosotros; y este regalo, esto sí que nos impresiona; porque Cristo se pone en servicio de nosotros, ya eso es maravilloso, pero que Cristo quiera visitar mi casa, tocar mi cuerpo, entrar a mi boca, volverse vida mía, esto es demasiado, eso es demasiado amor. De aquí la santidad, que es propia de nosotros los cristianos.
Cristo quiere venir a tocar mi cuerpo, Cristo quiere darme de su Cuerpo y de su Sangre; Cristo quiere que su vida, su misma vida circule dentro de mí; ese es un amor demasiado grande.
Porque nos explica Santo Tomás de Aquino: "La gran maravilla de la Eucaristía, el fruto propio de la Eucaristía, es que lo mismo que Dios es, nosotros empecemos a serlo". La misma vida que circula en Jesús, la misma vida que tiene jesús, se convierte en vida mía.
Esa es la Eucaristía. Ahí siente uno lo que dice el salmo: "¿Cómo pagaré al Señor todo el bien que me ha hecho?" Salmo 115,12.
Por favor, ¿quiénes somos nosotros, quiénes somos nosotros para que venga Jesús hasta acá, hasta este altar, hasta este sagrario, hasta este monumento, y esté como Visitante de honor en medio de nosotros? No contento con eso, Cristo quiere entrar en ti, Cristo quiere lavarte, limpiarte, ungirte, darte vida por dentro como solamente lo puede dar el alimento.
No hay caricia que pueda dar hombre o mujer, no hay nada que se asemeje a ese acto de amor de Cristo. Cristo lo que te quiere decir con la Eucaristía es: "Yo quiero vivir dentro de ti; quiero que tengamos una misma vida tú y yo. Pero como la vida tuya se acaba, como tu vida se extingue, yo quiero darte mi vida, que no termina nunca; quiero que tú y yo tengamos una misma vida."
Por eso, grandes santos han comparado a la Eucaristía con el matrimonio; porque un santo matrimonio se parece a la Eucaristía y la Eucaristía la podemos entender mejor si pensamos en un hermoso matrimonio.
El amado le dice a la amada: "Yo quiero compartir mi vida contigo; quiero estar contigo; quiero vivir contigo". Y en los actos propios del matrimonio cada uno siente que la vida que tiene se funde, se hace una sola con la vida del amado, con la vida de la amada.
¡Qué hermoso! ¡Qué profundo! Eso es lo que Cristo quiere hacer con nosotros. Son como las bodas de Cristo con el alma humana. "Quiero vivir en ti". Con la diferencia, de que a veces, los esposos de esta tierra dejan un poquito que desear; mientras que cristo, Esposos Celestial, es perfecto, es santo, es bueno, es fiel y entrega a nuestra alma enamorada de Él, le entrega todo su ser. Esa es la segunda manera de mostrar amor.
Viene la tercera manera. Cristo les dice a los discípulos: "Haced esto en conmemoración mía" 1 Corintios 11,24. Con ese mandato a los discípulos, Cristo está constituyendo a esos hombres como capaces de celebrar esos misterios, es lo que llamamos el misterio del Orden sacerdotal.
¿Yo mismo, ¿por qué estoy aquí? Estoy aquí enviado por el amor de Cristo. Cada sacerdote es un regalo del amor de Cristo, cada sacerdote.
Hay un sacerdocio que todos tenemos, porque nuestra vida tiene que ser como una Eucaristía, precisamente porque amamos como Él nos mama; pero hay un sacerdocio que nació en ese Jueves santo, en esa Última Cena; ahí nació un sacerdocio, es lo que llamamos el sacerdocio ministerial.
El sacerdote, ministro de Jesucristo, tiene el encargo de Cristo de presidir la asamblea cristiana; y San Pedro nos advierte: "No como dominador, no por ser comunicadores de la gracia, sino con humildad y con caridad" 1 Pedro 5,3. Es verdad que a veces los sacerdotes dejamos que desear.
Pero, por favor, seamos honestos, cuánto hemos recibido de los sacerdotes, cuántas cosas, cuántas bendiciones; pensemos en la predicación, en la Eucaristía; pensemos en la confesión, pensemos en el consejo, pensemos en lo que puede hacer un buen sacerdote, y diremos: "Los buenos sacerdotes son regalo de jesucristo.
Cristo, a través de sus sacerdotes, sigue amando. Cuando el sacerdote dice: "Este es mi Cuerpo", en la Santa Misa, Cristo sigue amando a esa asamblea, y esas palabras son más de Cristo que de ese hombre que está ahí, hasta el punto que la Iglesia dice: "Esas palabras son en persona de cristo; es Cristo mismo quien las está diciendo."
Cuando en la confesión oímos: "Yo te absuelvo de tus pecados", no es un hombre, no es Bernardo, no es Miguel, ni es Néstor, ni es Nelson; cuando oímos: "Yo te absuelvo", Cristo ahí, cristo presente, Cristo mostrando su amor, Cristo entregando su amor. Ahí vive Cristo regalándonos, día tras día, semana tras semana, regalándonos su mismo gesto de amor.
Servicio. Eucaristía. Sacerdocio. Tres misterios que son un solo misterio. Tres misterios que han nacido del amor entrañable de Nuestro Señor Jesucristo.