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Fecha: 19980409

Título: La Eucaristia que nosotros celebramos es un memorial y una profecía

Original en audio: 29 min. 13 seg.


Muy Queridos Hermanos:

Dijo Jesús a sus discípulos: "Con ansia he querido comer esta Pascua con vosotros antes de padecer" San Lucas 22,15.

Ha llegado el momento de la verdad, ha llegado el momento de las revelaciones definitivas, y en ese momento culminante, el Corazón de Jesucristo se dispone para abrirse como un Sagrario, y para dejar ver los tesoros de amor y de sabiduría que Dios nuestro Padre nos dio en Jesucristo.

Está a punto de abrirse el Sagrario de los secretos más íntimos del Señor, está a punto de exponerse a nuestra fe o a nuestro desprecio el misterio sublime, la unción preciosa que hizo de la humanidad de Jesucristo el instrumento de nuestra redención y de la participación en su misma herencia en los cielos.

Y por eso Jesús, con la sencillez de siempre, pero con la majestad que sólo en estos momentos podía tener, dice a sus discípulos: "Con ansia he querido comer esta Pascua con vosotros" San Lucas 22,15.

Y por eso el pueblo cristiano, todos nosotros, estamos llamados a tener un sentimiento correspondiente. Si Jesús va a abrir los secretos de su alma y va a revelar las ternuras de su Corazón, que también nuestro corazón esté dispuesto para recibir esas ternuras y esos secretos.

Si Jesús nos va a llamar "amigos", y está dispuesto a lavarnos los pies, que también nosotros le reconozcamos como nuestro Amigo, nuestro bendito Salvador, el Pan que da verdadera vida, nuestro Sacerdote, nuestro Médico, en fin, todo aquello que Él a cada uno de nosotros le ha ido mostrando en su propia vida.

Dispongámonos entonces no sólo para esta celebración, hermanos, sino para todo lo que sigue en este tiempo que llamamos "El Triduo Pascual". Con esta bendita celebración, el jueves de la Cena del señor, estamos iniciando el Triduo Pascual. Y aunque, como indica su nombre, se trata de tres días, son tres día pero es una sola celebración.

Y por eso cada uno tome lo mejor de su fe, recoja lo mejor de su amor, prepare todo su entendimiento y atención, porque cosas grandes, cuales ansían contemplar los Ángeles, se van a mostrar, se van a dar a nosotros, a través de la sencillez y de la elocuencia de los sacramentos y de la liturgia de la Iglesia Católica.

Por eso, como un heraldo, tengo que llamar la atención de todos y en primer lugar la mía, para que nosotros tengamos bien abierto el corazón y abiertos los ojos, y nuestra mirada alcance hasta donde Dios quiso que viéramos.

felices nosotros, felices en nuestra fe, felices de ser bautizados, felices de pertenecer a la Iglesia Católica, felices de tener estos sacramentos.

Estoy en verdad convencido de que todo aquel que participe verdaderamente con fe de una Semana Santa, todo aquel que encuentre algo, -porque nadie encuentra todo-, todo aquel que encuentre algo de lo que Cristo da en esos misterios pascuales, sabrá valorar su fe, sabrá apreciar su Iglesia.

Y aunque no se diga mentiras y nadie puede ocultar los pecados de las sacerdotes y los errores de tantos bautizados, aunque no nos digamos mentiras, encontraremos en estos misterios cómo comprender incluso esas miserias de pueblo cristiano que somos todos nosotros.

Cada día, dentro de ese Triduo, que es una sola celebración, repito, cada día tiene su propio color, tiene su propio aspecto.

Y seguramente recordamos y sabemos por otras celebraciones que hemos tenido, cuáles son las sublimes enseñanzas que trae este Jueves Santo.

Me corresponde, entonces, recordarlas a vosotros. En primer lugar, el mandamiento del amor; en segundo lugar, la gracia, el don de la Eucaristía; y en tercer lugar, la institución del sacerdocio.

Sacerdotes, Eucaristía y a amor, eso fue lo primero que salió del Corazón de Jesucristo, cuando abrió sus puertas para decir los secretos de su alma a los discípulos. Eucaristía, sacerdocio y amor.

No sólo por el sacerdocio ministerial, del que algunos bautizados participamos, sino por ese sacerdocio que es ofrenda continua de la vida, al que todos los bautizados estamos llamados, y el que todos ejercemos en la medida en que hacemos de nuestra vida oblación y alabanza de Dios.

Y meditaba yo cómo exponer a vuestra consideración estas verdades, estos bienes, estos regalos.

Quiero compartir la manera como hoy puedo mirar este misterio. Cada ser humano está limitado por el tiempo y por el espacio: no puede estar en todos los siglos, no puede estar en todos los países. La primera limitación con la que cada uno de nosotros se encuentra en su condición de ser humano, es precisamente con el tiempo y con el espacio.

Pero ya la Sagrada Escritura había encontrado maneras de vencer esa condición temporal. Al tiempo inexorable se le vence de dos maneras: con un memorial o con una profecía. El memorial y la profecía son las dos victorias que la Palabra de Dios nos otorga sobre el tiempo.

Y en cuanto al espacio, en cuanto a la distancia hay dos manera también de vencer: el símbolo y el poder creador.

Vamos, amigos, a ver cómo estos misterios que estamos celebrando hoy, de pronto abren más ampliamente sus puertas, si los leemos desde esta doble coyuntura del tiempo y del espacio.

¿Qué es un memorial? Un memorial es una manera de no dejar morir algo. Cuando las parejas de casados, después de años de matrimonio, celebran de manera especial, por ejemplo unas bodas de plata, o unas bodas de oro, están haciendo un memorial.

Cuando un grupo de ex-alumnos de colegio o de universidad, se reúne después o veinte años de no encontrarse, y empiezan a hacer memoria de las anécdotas, los apuntes, los personajes que estuvieron en ese momento, están haciendo un memorial.

Un memorial es una manera de no dejar morir el pasado, pero es algo más que eso. El memorial en la Sagrada Escritura no es solamente un recuerdo, es un recuerdo actualizado.

Vamos a mirarlo de esta manera. Nosotros en nuestra vida humana tenemos muchos ritos, los ritos no son sólo los de la liturgia, en la Navidad o en el Año Nuevo. Pensemos en el Año Nuevo. Hay familias donde es costumbre que "siempre nos vamos a encontrar en la finca, en el apartamento de fulano de tal, y ahí nos reunimos todos".

Y algunas veces se hace un brindis, cuando se hace el brindis, ahí podemos entender mejor lo que es el memorial para la Sagrada Escritura. La persona que dice el brindis alude al pasado y dice, por ejemplo: "Durante este año que está terminando, nos hemos alegrado por tales y cuales cosas", recuerda de pronto algún difunto de años pasados, o cosas parecidas.

Pero todo ese recuerdo se convierte de pronto en actualidad cuando se dice: "Y por eso hoy nosotros no congregamos y nos sentimos felices, por esto y lo demás allá, y: !salud!" Y se hace el brindis.

El memorial es una actualización que vence el pasado, que no deja que ese pasado muera.

Eso es lo que nos ha presentado precisamente la primera lectura del libro del Éxodo, nos presenta los orígenes del memorial más sagrado para el pueblo judío, el memorial de la Pascua. "No puede olvidarse la historia del poder y del amor de Dios, no puede olvidarse que con mano extendida nos sacó de Egipto, no puede olvidarse los milagros que hizo por nosotros, eso no puede morir".

Y para eso se hace un memorial, y este memorial va atravesando los siglos, porque los memoriales son más grandes que los años y que los siglos; este memorial va a atravesando los siglos, y desde los tiempos del éxodo, ya vemos cómo alcanza hasta el tiempo mismo de Jesucristo, Nuestro Señor.

Cuando Él se reunió con sus Apóstoles para hacer un memorial, se reunió, para decirlo gráficamente, se reunió para enchufarse, para conectarse, para comulgar con un pasado en el que se cree en Dios, un pasado en el que se descubre la obra de Dios. Cristo se reúne con sus Apóstoles para hacer un memorial.

Pero hay otro modo de vencer el tiempo, existe también la profecía. La profecía no es solamente una adivinación sobre el futuro, no es solamente un vaticinio; la profecía es la lectura profunda de lo que Dios está haciendo en la historia, que nos lleva a concluir el desenlace de un camino, de un proceso, de una nación.

Cuando Jeremías, profeta, por ejemplo, le dice al pueblo en Jerusalén: "El Señor manda que vayamos a servir a Nabucodonosor, que nos humillemos ante ellos, que nos humillemos en Babilonia, y un día Él se apiadará de nosotros y nos devolverá esta tierra" Categoría:jeremías , cuando Jeremías dice eso, y casi lo matan por esas palabras, está haciendo una profecía, está descubriendo el sentido profundo, está mostrando cuál es el desenlace de la historia, de la ciudad, de la nación de la Alianza.

Cristo, en la última Cena, también hizo una profecía, no es una profecía de palabras, como en el caso de Ezequiel y de otros profetas, es una profecía en acción. Con sus actos y actitudes, con sus hechos y sus gestos, Cristo muestra cuál es el sentido profundo de la historia.

Y por eso su cena con los Apóstoles y el banquete eucarístico que nosotros celebramos, es una profecía de lo que un día Dios realizará con cada uno de nosotros.

Con la Sangre que se consagra en el altar, con la sangre que se derrama en la Cruz, Dios ha empeñado su palabra de que no dejará descansar su brazo hasta que gentes de toda raza, pueblo y nación puedan sentarse como se sientan los Apóstoles alrededor de Cristo, como se sentaron los de la multiplicación de los panes, como nos sentamos nosotros aquí.

No descansará Dios hasta que todas las naciones puedan alimentarse de un mismo pan, hasta que todas puedan recibir la misma vida, porque Dios dio vida para todos, y no solamente para algunos.

La Eucaristía, pues, es memorial y es profecía; la Eucaristía es una explosión de amor que sucede en el vértice del tiempo, que lleva hasta su pleno significado el antiguo memorial judío, y que anticipa la totalidad de sentido de la historia humana.

En la Eucaristía nosotros nos unimos a los antiguos cánticos hebreos, a las antiguas alabanzas de aquellos que atravesaban el Mar Rojo, y al mismo tiempo nos vamos pegando a las alabanzas de los santos y los Ángeles que en la Jerusalén del cielo celebrarán con nosotros, así lo quiera Dios, las victorias de Jesús de Nazaret.

Por consiguiente, cuando nosotros llegamos a la Eucaristía, el tiempo estalla, el tiempo explota, de repente no existen los siglos, de repente, en la persona de un humilde ser humano, de un pecador como yo, de repente el tiempo desaparece.

Y más allá de todas las culturas, un mismo amor y un mismo Espíritu y una misma gracia, une, nuestro gesto sencillo, nuestras hostias y nuestro vino, a aquello que Jesús hizo en Jerusalén hace veinte siglos, y sobre todo, a aquello que el mismo Cristo Sacerdote hará en el cielo.

Porque la Eucaristía, aunque se ve en la tierra, se celebra en los cielos; aunque se comulga en la tierra, alimenta con Pan del cielo; no hay dos Cristos, sino uno solo, y si afirmamos con toda la Iglesia Católica que Él está presente en la Eucaristía, afirmamos que es cielo, poder de cielo, amor de cielo, aroma de cielo lo que cada persona que comulga recibe.

Esta es la victoria de Cristo sobre el tiempo. El tiempo con todos sus siglos explota, el amor de Jesús en esa tarde inolvidable, en esa noche memorable, el amor de Jesús lo logró: encontró un camino de unirse con todos los hombres, de todos los siglos, de todas las culturas, de todos los tiempos.

Ya Él, desde esa cena con sus Apóstoles, ya desde entonces nos amaba, y desde allá mandó señales de amor, poder de amor y gracia de amor que nos alcanza a nosotros y que hace que nosotros nos podamos conectar con su mismo amor, con su misma gracia, con su mismo poder, y comer de su mismo Pan. Esta es la maravilla que hace Jesucristo con el tiempo.

Pero hay que vencer también al espacio. Nosotros somos limitados en nuestra capacidad espacial. A veces, para creernos grandes, hacemos imperios, y hay gente que siente como aquel famoso emperador que en sus tierras no se oculta el sol.

Gran elogio sería este para decirlo de un emperador, ser dueño de toda la tierra, eso suena muy grande, suena muy grande hasta que abres el primer libro de astronomía y descubres que nuestro antiguo planeta es una migaja dentro del inmenso sistema solar, las galaxias, los constelaciones, las grandezas insondables y todavía por descubrir del Universo.

Pero hay maneras de vencer el tiempo y hay maneras también de vencer el espacio. Una manera es el símbolo. Nosotros llamamos a los regalos "presentes", porque hacen presente a la persona que nos dio ese regalo.

Tal vez algunos de ustedes llevan entre sus pertenencias, por ejemplo un antiguo estilógrafo, y si alguien te pregunta: "-¿Que haces con esa reliquia?" Tú dirás, con una sonrisa que aprueba y desaprueba: "Esta me la dio mi abuelo", y con ese estilógrafo que te dio tu abuelo, tú sientes de algún modo la presencia de tu abuelo.

El símbolo nos hace presente a lo simbolizado; el signo nos lleva al significado. Así también la Eucaristía, aunque es realidad, y ya de esto hablamos en un momento, es símbolo; no debemos tener miedo de llamarla "símbolo", porque la realidad eucarística no aplaza al símbolo eucarístico.

"Es símbolo" quiere decir que necesita ser leído. Si se nos presentara aquí un letrero con muchas explicaciones en japonés, creo que ninguno de los aquí presentes podría decir nada sobre lo que anuncia ese letrero.

La Eucaristía no puede ser japonés, la Eucaristía no puede ser un idioma desconocido para el bautizado; pero la Eucaristía sí requiere ser leída. ¿Y qué es leer el el símbolo eucarístico? Eso es lo que Jesús nos ha enseñado en el evangelio de hoy.

La clase de lectura, el aprendizaje de lo que es la lectura, de lo que es la Eucaristía, ese aprendizaje se logra a través de este camino del amor.

El que ha sentido tanto amor como para partir su vida con otro, ése tiene una clave de lectura para la Eucaristía; el que ha sentido tanto amor como para servir a otro, ése tiene una clave de lectura parea la Eucaristía. El servicio y el amor.

Cristo no nos iba a dar la Eucaristía para que se nos quedara como en japonés; Cristo nos dio las claves para aprender a leer el misterio eucarístico; Cristo nos dio clases de lectura para que puediéramos leer la Eucaristía, y esa claves son servicio y amor.

Antes de partir el pan con ellos, antes de compartir con ellos la Sangre de la Alianza, antes de eso, les dio cómo leer esos textos, y por eso lava los pies a los discípulos, para que ellos entiendan, fíjate lo que dice el evangelio: "¿Entienden lo que he hecho? Entendéis, -les dice-, lo que he hecho con vosotros?" San Juan 13,12.

Cada uno debe preguntarse cómo asiste a la Eucaristía, si asiste como en japonés, o si asiste leyendo lo que allí se nos presenta. ¿Por qué el pan se parte? ¿Por qué se reparte la copa? ¿Por qué comulgamos? ¿Qué significa eso de comer? Todo un tratado de teología eucarística necesitaríamos ahí.

El símbolo logra vencer el espacio. Yo no sé dónde se encuentra ya mi abuelo, pero tengo aquí este estilógrafo que de alguna manera es más fuerte que los kilómetros que me separan de mi abuelo. Este estilógrafo, como signo, como símbolo, hace que esos kilómetros, que esas leguas no puedan nada contra el amor que me une con mi abuelo.

Y sin embargo hay una victoria más grande que la victoria del símbolo. La Eucaristía no es sólo símbolo. Hay algunas confesiones cristianas no católicas que últimamente han empezado a tener algo parecido a lo que hacemos los católicos, lo llaman por ejemplo "la santa cena".

Y muchos católicos, que tenían nostalgia de Misa, entonces van a esos ritos, y comen esos pedazos de pan y beben esas copas de vino, y así se les va olvidando la Misa que un día celebraban, que no es sólo símbolo, es realidad.

Y aquí también obra el amor de Jesucristo. Se trata de uno de los misterios más sublimes de la Iglesia Católica. La palabra que lo enuncia tal vez nos puede sonar extraña, pero la realidad que contiene es lo que sucede cuando comulgamos. La Iglesia llama a este misterio "transustanciación", literalmente, cambio de la esencia, de la sustancia del ser.

Nosotros no nos comemos simplemente un pan que significa servicio, solidaridad, amor; ya sería gran cosa llegar hasta ahí. Y hay algunos grupos cristianos católicos que enfatizan tanto esa dimensión de solidaridad y de amor y de servicio, que hacen de la Eucaristía sólo una proclama de justicia social.

Bendito sea Dios, es una denuncia a los pecados sociales, y es una proclama de la justicia social, pero es más que eso. ¿Por qué es más que eso? Es más que eso por lo que hemos escuchado en el evangelio de hoy.

Mira lo que dice el Evangelista: "Se acercaba la fiesta de la Pascua, y Jesús sabía que le había llegado la hora de pasar de este mundo al Padre" San Juan 13,1, y luego dice: "Sabiendo Jesús que el Padre le había dado poder sobre todas las cosas" San Juan 13,3.

Juan es el único Evangelista que presenta este rasgo eucarístico; "sabiendo Jesús que el Padre le había dado poder sobre todas las cosas" San Juan 13,3, porque Él tiene poder sobre todas las cosas, puede también vencer la distancia, no sólo con un símbolo, sino con el poder que crea.

y por eso este Jesucristo, que no tiene límite en su poder y que no tiene límite en su amor, ¿por qué nos iba a dejar comiendo pan si podía darnos de su misma sustancia? Perdónenme que hable un poco polémico, pero que algún evangélico, protestante, pentecostal, o el que sea, me explique.

Pregunta: ¿por qué si Cristo había recibido todo poder, por qué si había amado hasta el extremo, y las dos expresiones son bíblicas, qué limitaba a Cristo para darnos el más sublime de los alimentos, aquello que es vida de los Ángeles?

Si su poder no tiene límite porque todo lo ha recibido de su Padre, si su amor no tiene límite porque para eso vino a esta tierra, nosotros podemos y debemos creer que cuando Él dice: "Esto es mi Cuerpo" San Mateo 26,26,San Marcos 14,22,San Lucas 22,19, es su Cuerpo, y ay de aquel que lo niegue, porque no le falta ni poder para realizarlo ni amor para regalarlo.

¿De dónde las dudas? ¿Por qué esa indiferencia del pueblo católico? ¿Por qué cualquier católico se sale de una iglesia a meterse en un culto a comer pan y vino después de haber comido a Cristo? ¿Cómo puede pasar esto? Falta de lectura, falta de leer los signos, falta de escrutar la Palabra y falta de predicación de los sacerdotes.

Falta de que nosotros, con con valor y con amor, digamos qué es lo que Cristo regala a ustedes y nosotros cada vez que celebramos la Eucaristía.

No carece de poder, no le falta amor a Aquel que quiso darnos de aquello que se alimentan los Ángeles, aquello que es vida para el mundo.

Pero no se trata solamente de la dignidad de un alimento, es una cuestión mucho más profunda. Si Cristo nos diera a comer, discúlpenme los oídos delicados, no nos diera a comer pan, sino qué sé yo, caviar super finísimo, hombre, no es un asunto de finura del alimento.

El asunto es que todos los alimentos de esta tierra no dan vida, aplazan la muerte. Cuando Cristo consagra y ofrece su pan y su vino como su Cuerpo y su Sangre, no está solamente mejorando la calidad del alimento para sus amados, que somos nosotros.

Está dando vida, y Él dijo: "He venido para que tengan vida, y la tengan en abundancia" San Juan 10,10.

Queridos amigos, como se ve, grandes, inmensos infinitos son estos misterios. Cómo me duele que esté tan vacía la iglesia, sí, yo sé que hay mucha gente hoy, pero ¿por qué no hay más gente aquí? ¿Y aquí y aquí y arriba? ¿Por qué no está esto repleto, repleto hasta reventar de católicos hambrientos de Jesucristo?

Todavía falta mucha gente por venir a las iglesias, todavía falta mucho amor en nosotros, todavía para mí la iglesia está vacía.

Hasta que lleguemos nosotros a leer en los surcos del Corazón de Jesús cuánto nos ha amado, a valorar cuánto nos ha regalado; cuando uno se siente así amado por Cristo, uno también comprende los que es servir al hermano y convertirse en vida para el hermano.

Mis últimas palabras, amigos, es para pedirles una oración por nosotros sacerdotes,por mis hermanos en el sacerdocio, por mis hermanos frailes que se preparan para este servicio ministerial.

Ruego de ustedes una súplica y un poco de comprensión para nosotros, una oración que nos haga más y más semejantes a Este, que venció la historia, que atravesó los siglos, que se pudo reír de todas las fronteras, porque su amor era más grande y no cabía ni en un día, ni en un país, ni en una cultura. El Universo a duras penas alcanza a ser la casa de un amor de ese tamaño.

Felices nosotros en el inicio de este Triduo. Seguimos nuestra celebración, recordando con un sencillo gesto, aquello que Cristo hizo en esa tarde, lavando los pies a sus discípulos.

Su humildad nos enamore y su amor nos convierta.

Amén.