Jsan002a
Fecha: 19970327
Título: Al alimentarnos de Cristo nos volvemos como Cristo
Original en audio: 26 min. 5 seg
Queridos Hermanos:
Con esta Celebración de la Cena vespertina, la Cena de la tarde, en el Jueves Santo, nosotros iniciamos una Eucaristía, una celebración que dura hasta el sábado.
Hay gente que es muy buena para bailar y tomar trago, y hacen fiestas o parrandas de un día, de dos días, o tres días. Y se toman sus tragos, y bailan, y gozan, y seguramente se emborrachan, y seguramente dicen tonterías y barbaridades.
Pues bien, nosotros estamos iniciando en este momento, en esta Eucaristía, estamos iniciando una celebración que dura tres días; esta es una fiesta de tres días, es la gran fiesta del amor de Dios que se ha mostrado en Jesucristo.
Y por eso, cada un de los días de esta celebración tiene como su propio significado, tiene como su tema principal, y con ese tema y con ese significado nos ayuda a entender el resto de la celebración.
Hoy la insistencia es la Eucaristía y la institución de la Eucaristía y el mandamiento del amor; la Eucaristía, hoy, jueves; mañana, la Cruz, y el sábado, o mejor dicho, en la Vigilia, la Resurrección de Cristo y la gracia del Bautismo para todos nosotros los cristianos.
En estos tres días la Iglesia celebra los acontecimientos de nuestra la salvación: Eucaristía, Cruz, Resurrección, Iglesia nacida del costado de Cristo.
Y es una sola celebración. Ustedes notarán que al final de esta celebración no se le dice al pueblo: "Podéis ir en paz", como le dicen a uno siempre en la Misa; en esta Misa no se dice: "Podéis ir en paz", porque esta Misa ¿sabe cuándo va a terminar? El sábado por la noche, en la Vigilia Pascual.
Y por eso mañana, Viernes Santo, mañana no se celebra Misa, ¿sabe por qué? Porque desde hoy estamos empezando la misma Misa que sigue mañana; mañana no se celebra Misa porque es que la Misa de hoy no termina.
La celebración de hoy, la Pascua de Cristo, no termina, sigue, se prolonga, atraviesa un día, y otro día, y otro día, y son tres días, y por eso esto se llama el Triduo Pascual, tres días, el Triduo de la Pascua del Señor.
Porque, si uno separa las celebraciones de estos tres días, se queda sin entenderlas. Por ejemplo, si uno se queda solamente con la Cruz, la Cruz, que Cristo murió en la Cruz, no se entiende eso, eso no se entiende.
Agarran a un pobre Señor, lo condenan, siendo inocente, lo agarran a palo y a rejo, le ponen una corona de espinas, lo cuelgan de un madero y se murió. Eso, ¿qué buena noticia es? Eso, ¿qué significa para mi vida? ¿Qué significa para mi familia? Eso, perdón que lo pregunte así, ¿de qué me sirve a mí?
La sola Cruz, si yo la separo del resto del Triduo Pascual, la sola muerte de Cristo no me dice nada. Es como si usted llega a una casa de familia y los encuentra a todos riéndose: "¡Bien, bien, bravo, bien, buena esa, bien!" Usted dice: "¿Y esta gente qué estará celebrando? Y necesita que alguien le explique.
Y Entonces le cuentan: "-Mire, lo que sucede es que el hijo menor de esta casa recibió el grado de bachiller, y todos están muy contentos, y por eso se dan abrazos y se felicitan, porque todos están felices por el grado del muchacho". "-Aaaah, ahora sí entendí, ahora sí sé por qué están contentos".
Y si usted llega a otra casa, y resulta que todo el mundo está triste, que no le vaya a pasar a usted los que le pasó a un paisano de por aquí, -mis papás son de aquí precisamente, de Barranquilla.
Y mire lo que le pasó a un paisano: era un hombre muy conversador y era tan conversador que él hablaba también en Misa; él se la pasaba hablando en todas partes, y hablaba en Misa y hablaba fuera de Misa, y no sabía que le respondía al padre, era un hombre así, muy conversador.
Y entonces resulta que fue a una casa y estaba la gente muy triste porque se les había muerto la mamá. Y este hombre guapachoso, y este hombre estaba ahí, pero como él no sabía quedarse callado, y como él no entendía qué era lo que estaba pasando ahí, y como la lengua se le iba, entonces dice: " Bueno, ajá, ¿y qué han sabido del difunto?"
Así les puede pasar a muchos cristianos: llega el Viernes Santo, y como no han entendido qué es lo que está pasando, entonces también preguntan: "Bueno, y ajá, y esa cara larga, ¡a ustedes qué es lo que les pasa aquí!"
"Hay tiempo para alegrarse, y hay tiempo para entristecerse" Eclesiastés 3,4, dice la biblia en el Libro del Eclesiastés.
Y hay tiempo en que tenemos que aprender a sentir la tristeza de que este mundo haya tenido la porquería de injusticia de condenar al inocente Hijo de Dios. Eso tiene que causar también tristeza en el corazón.
Pero no se puede separar esa tristeza de la certeza alegre de la Resurrección del Señor, porque yo estoy viendo que si no estamos atentos desde hoy, cuando llegue el momento de la Resurrección, cuando estemos en la Vigilia Pascual, todos vamos a cantar y a celebrar la alegría de que Cristo resucitó.
Pero esa es una gran noticia sólo para el que entendió lo que significa que Cristo murió por nosotros.
El que no supo entristecerse y el que no supo sepultar su vida pasada en la Cruz de Cristo, tampoco puede alegrarse de la Resurrección del Señor. Porque para alegrarse uno de que se curó un enfermo hay que saber que estaba enfermo.
Si yo me encuentro con un amigo y lo veo con la cara radiante, el hombre feliz: "-¿Y eso qué te pasó?" "-Que no tengo deudas con nadie". "-¿Y...?" Yo no tengo manera de alegrarme hasta que él me cuenta la historia y me dice: "-No, es que tú no sabes lo que a mí me estaba pasando; yo estaba de deudas hasta el cuello".
"Hace un año casi me quitan la casita, me iban a sacar los muebles, mis hijos iban a quedar en la calle, me vi al borde de la quiebra, me iban a meter a la cárcel, porque debía hasta el apellido, pero ahora, gracias a Dios y a algunos amigos que me han colaborado, y gracias a que me he puesto las pilas y me he puesto a trabajar, hoy precisamente pagué mi última deuda y hoy no le debo plata a nadie, y por eso estoy feliz".
"Por eso estoy feliz" puede decir él porque estaba muy endeudado, pero si él no me cuenta que estaba endeudado, yo tampoco me sé alegrar de que ahora no tenga deudas.
Con estos ejemplos, hermanos, yo quiero que comprendamos que todo el que se sumerge en el corazón de Cristo, sólo el que se sumerge en la muerte de Cristo podrá cantar y danzar con alegría y podrá decir: "El Señor resucitó! ¡Aleluya!" Pero es que este "aleluya" tiene su precio.
Para sentir esa alegría hay que saber, y hay que entender, y hay que abrir los ojos al tamaño de sacrificio que realizó Cristo, si no, no entenderemos cuál es el tamaño de este "aleluya".
En el día de hoy, para comprender este misterio, la Iglesia Nos invita a recordar la Última Cena del Señor, la última y definitiva Cena del Señor; esta Cena fue la última vez que Cristo comió con los Apóstoles, y precisamente les dijo: "Ya no volveré a beber del fruto de la vid, ya no volveré a beber del vino hasta que beba del vino nuevo en el Reino de mi Padre" San Marcos 14,25.
"Ya no volveré a beber" San Marcos 14,25, y de esto Cristo tuvo esta Cena con los Apóstoles, y fíjate que ya de aquí, de esta Cena, ¿para dónde salió? Salió a orar al Huerto de los Olivos, al Huerto de Getsemaní.
Pasó la noche en oración y mientras estaba orando, ya fueron los soldados de los Sumos Sacerdotes, capitaneados por Judas, le echaron mano a Cristo, y se lo llevaron.
Y Cristo pasó el resto de la noche entre la prisión y las burlas, y luego, en ese viernes, fue inicuamente juzgado y luego crucificado. Entonces realmente esa fue no sólo la Última Cena, sino la última comida de Cristo.
Pero lo maravillosos de esta última comida es que Cristo no sólo estaba comiendo por última vez, sino que esta vez Él mismo se volvió comida; no es sólo que estaba comiendo la última vez, como un enfermo que está por allá en su casita, y ya estaba muy mal, muy mal, muy mal, y por allá lo último que le pudieron dar fue un caldito, y ya duró como dos días que no pudo comer nada, y se murió.
No. En el caso de Cristo no es sólo que esta fue la última vez que Él comió, sino que esta fue la vez que Él se convirtió en comida, que Él se convirtió en alimento; Cristo se convierte aquí en el Pan Vivo, el que da la vida.
Lo voy a explicar por medio de ejemplo, con la ayuda de Dios. ¿Qué comemos nosotros? Cosas muertas, por ejemplo, bueno, un pollito; uno no come pollo vivo, pollo vivo no lo come; hay que agarrar al pollo, y aunque se resista, se le mata.
Lo primero entonces es quitarle la vida al pollo; y después de que se le quitó la vida al pollo, entonces ya se puede preparar, y luego se hace, por ejemplo, un sancochito.
Primero uno le quita la vida al animalito. Un marranito, por ejemplo, usted no llega donde el mmarrano "a ver adónde le voy a dar un mordisco", no. Usted primero tiene que matar al marrano; lo primero es: "El puerco se muere porque se muere", "puerco es puerco, entonces ahí sí se prepara el puerco, y se cocina el puerco, y se comió puerco".
Todo lo que uno come lo come muerto, lo que uno come lo come muerto. Y lo mismo el pescado. Usted no se entra allá al río a ver, allá en medio del río, "démosle un mordisco al pescado", no.
Sino usted primero saca el pescado del río, y cuando ya el pescado se queda quieto y se murió, entonces ahí sí se le quitan las escamas y se prepara. Lo que nosotros comemos lo comemos muerto, llega muerto a nosotros.
Cristo llega vivo a nosotros, Cristo es el Pan Vivo, el que llega vivo a nosotros, ¿por qué? Porque los ejemplos que he dado del pollo, del puerco y del pescado, muestran que estos animalitos no quieren dar la vida.
Póngase usted a hablar con una gallina, y dígale a la gallina: "Gallina, ¿sabes que yo tengo mucha hambre? Gallina, tú entiendes que yo tengo que alimentarme".
Yo me imagino a la gallina mirándolo a usted; "-gallina, yo tengo que alimentarme, yo necesito, ¿tú entiendes? Yo necesito vitaminas, yo necesito nitrógeno, fósforo, todo aquello"; y la gallina dirá: "-Yo voy y se lo compro, tranquilo".
La gallina no da su alimento. Por eso ustedes conocen el negocio que le propuso una gallina a un marrano, ¿no? Una gallinita le dijo al marrano: "Oiga, pongamos un negocio de comida", y el marrano la miró así desconfiado como miran los marranos, y le dijo: "¿Como qué negocio? Y dijo la gallinita: "Pongamos un negocio de huevos con jamón". Al marranito no le gustó mucho el negocio.
Entonces mire, el marrano, la gallina, el pescado toca agarrarlos y quitarles la vida a la fuerza, porque no la quieren dar. Cada uno de estos animales tiene una vida adentro, pero intenta preservar su vida y no quiere dejarse agarrar.
El marrano, el pescado, el pollo, los demás animales no son criaturas que digan: "Pobre gente, tiene hambre, sáquenme un pedacito de por aquí", no. Estos animales hay que quitarles la vida. ¿Cuál es la diferencia con Cristo? Que a Cristo no se le quita la vida, Él la da.
A esos animales hay que quitarles la vida, y por eso hay que matarlos, y por eso llegan muertos a nuestra boca. A Cristo no hay que matarlo, a Cristo no lo mató nadie, Cristo dio la vida. Una cosa es que uno se muera y otra cosa es que uno dé la vida.
Al pollo que corre, y corre y corre, y corre, "para para que no me agarren, porque donde me agarren, me vuelven sancocho"; ese pollo sabe: "Donde me agarren, me quitan la vida". Lo mismo hacen el pescadito, la vaca, en otros lugares del país, el caballo.
Entonces, resulta que a Cristo no hay que corretearlo, a Cristo no hay que robarle la vida, Él la da, y aquí se ve la unión que tienen los tres misterios que celebramos hoy. Celebramos el mandamiento del amor, la institución de la Eucaristía y la institución del Orden sacerdotal.
Cristo instituye la Eucaristía, Cristo se vuelve Eucaristía porque ama, porque a Cristo no hay que correteralo, porque Él es el Pastor que nos estaba buscando a nosotros. Mira qué contraste. Casi siempre a nosotros nos toca perseguir al alimento para conseguir un poquito de vida, un poquito de vida que tampoco sirve mucho, que tampoco dura mucho.
Supongamos que una familia almorzó hoy con un sancochito de gallina, y todo el mundo se acuerda de la gallina, la cara que puso cuando la mataron; "Sí, pero la matamos, caray, la matamos y nos comimos la gallina".
¿Cuánto tiempo dura la vida de esa gallina? Yo creo que al otro día, por más faltar, ya la gente dice: "Bueno, ¿y ahora a quién matamos hoy?" ¡Cada día toca matar a alguien! Y en esas nos la pasamos nosotros: ¡persiguiendo el alimento!
Pues Cristo no es un alimento que haya que perseguirlo, Él es el que nos estaba buscando a nosotros, y el gran servicio de Cristo fue volverse alimento por nosotros. Cristo es el Buen Pastor, es el alimento que nos estaba buscando a nosotros. Ese es Jesucristo.
Y Por eso dice Cristo: "Nadie tiene amor más grande que que el que da la vida por sus amigos" San Juan 15,13, y por eso el mandamiento del amor y la Eucaristía están profundamente unidos.
Pero, para que esa Eucaristía pudiera llegar a todas las personas, de todas las culturas, de todos los siglos, Cristo quiso instituir sacerdotes, ¡quién es un sacerdote? Es un hombre, tomado de entre los hombres, escogido por Dios para una misión: para perpetuar, para alimentar el fuego divino del amor de Cristo en todos los siglos, en todas las culturas, en todas las naciones.
Hay sacerdotes que son grandes líderes, y sacerdotes que ayudan a que se pavimenten las calles, sacerdotes que ayudan a que llegue la luz eléctrica, a que llegue el teléfono, a que bajen los precios.
Y por eso hay sacerdotes que, llevados por un impulso que sabrá Dios de dónde viene, dicen: "Yo quiero ser alcalde", y se lanzan de alcaldes, y se lanzan de gobernadores, y en una de estas va a resultar un cura también diciendo: "Yo quiero ser Presidente". Pero esa no es la misión del sacerdote.
Yo no sé si lo hará bien o lo hará mal, ese no es el problema, la gran misión del sacerdote no es esa, la gran misión del sacerdote es convertirse él mismo en una hostia; la gran misión del sacerdote es convertirse, con su vida, y sobre todo con su ministerio, en aquel que alimenta, que mantiene, que fortalece, que ilumina ese amor y ese corazón que tenía Cristo en la Última Cena. Por eso en este día hay que orar por los sacerdotes.
Queridos hermanos, estamos terminando aquí nuestra explicación del primer día; este es el primero de los tres días, Jueves Santo de la Cena del señor.
Hoy hemos aprendido cuánto nos ama Dios, y que así como nosotros perseguimos al alimento, este Alimento del Cielo, que es Cristo, nos estaba persiguiendo a nosotros, para dar a cada uno de nosotros la dulzura, la fuerza, la belleza de su mismo amor. Este es Jesucristo, a quien veneramos, a quien adoramos en lo profundo de nuestro corazón.
En el día en que se conmemora esta Cena, reconozcamos cuál es la clase de vida que cada uno de nosotros está llamado a tener. Entendamos que si Cristo nos alimenta con esta Cena, que Cristo nos alimenta con este amor, se hace amor en nuestra vida. Eso lo entenderemos mejor con un ejemplo.
Resulta que lo que uno come, eso en lo que uno se va transformando. Si una persona toda su vida ha comido marrano, marrano, marrano, comió marrano, marrano, marrano, nada de raro que a lo último esté como un marrano, ¿ves? Eso no falla. Uno se convierte en lo que uno come.
Si usted se alimenta de Cristo, usted se convierte en Cristo; su usted come cosas de esta tierra y sólo cosas de esta tierra, usted se convierte en tierra y el día que se muera, será simplemente ahora alimento de gusanos.
La invitación entonces es: coma el Pan del Cielo, aliméntese de algo que no muere en esta tierra; cómase a Cristo, aliméntese de Cristo Jesús, comulgue santamente con Cristo, el Señor, y usted tendrá vida eterna. No coma sólo para esta tierra.
Si usted come solamente marrano, pollo, pescado, arroz, papa, tomate; si usted come sólo para esta tierra, lo que usted es se muere con usted en esta tierra, y usted será bañado por "la muerte segunda" Apocalipsis 20,14, como dice el Apocalipsis.
Yo le invito a que usted se alimente del Pan y del Amor del Cielo y que ese Pan y ese Amor se conviertan en servicio para sus hermanos. Si usted se alimenta de Cristo, usted se vuelve como Cristo.
Amén.