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Fecha: 19960404

Título: Esta es la tarde en la que Dios nos declara su amor

Original en audio: 22 min. 29 seg.


Queridos Hermanos:

Es esta la primera de las celebraciones del Triduo Pascual. Hoy la Iglesia contempla a Jesucristo dando y dándose en la Cena de despedida. En aquella Cena sucedieron misterios de incalculable profundidad para nuestra fe, de incalculables consecuencias para nuestro amor.

La Iglesia llama a estas celebraciones de la Pascua el Triduo Pascual, palabra que alude a tres días. Son tres días, y un solo misterio. Dicho de tres maneras: son tres días, pero un mismo Protagonista.

Son tres días, pero un mismo fruto, y un mismo amor. De manera, que aquel que quiera recibir el fruto, la gracia propia de la Semana Santa, la gracia para la que hemos querido disponernos a lo largo del camino de la Cuaresma.

Aquel que quiera recibir esa gracia, le invito a que contemple cada uno de estos días, entendiéndolo y relacionándolo con los otros. Hoy el altar, mañana la cruz, y al tercer día el sepulcro.

Un altar de piedra vencido y convertido en fuente de vida, en río de gracia. Una cruz de muerte vencida y transformada en signo de victoria y en caudal de salvación. Un sepulcro frío, vencido y convertido en horno de amor, de esperanza.

Hasta el punto de que desde la esterilidad de ese sepulcro, sale el que es la vida y fuente de vida, Cristo resucitado. El cristiano, entonces, debe preparar sus ojos para ver tres veces, de tres modos distintos una misma obra.

Hoy es Cristo en el altar, mañana es Cristo en la cruz, al tercer día es Cristo desde el sepulcro, y esto significa que algo de cruz tiene ese altar, y algo de sepulcro tiene esa cruz,

Y esto significa que nosotros hemos nacido del alimento que se da como se ofrece un banquete, pero hemos nacido también del dolor que se ofrece como se da el Crucificado, y hemos nacido también de la victoria que se difunde y se propaga desde la luz de la Pascua, de la Resurrección del Señor.

Eso en cuanto a nuestros ojos. Hay que preparar los ojos para ver esos misterios, pero también hay que preparar el corazón, si el cristiano desea obtener la gracia para la que se ha estado disponiendo.

Tiene que preparar su corazón haciéndolo semejante al corazón de Cristo, porque ya en la Última Cena, ya en la Cena de despedida, hubo un espectador que tuvo ojos, pero no tuvo corazón; que oyó lo que allí se decía, pero no lo entendió; que estuvo presente, pero nunca tan ausente.

¿De qué modo debemos nosotros preparar el corazón? Haciéndolo semejante al corazón de Jesucristo.

Cada uno ha de meditar atentamente cuáles eran los sentimientos de Cristo cuando instituyó la Eucaristía, cuando dijo: “Haced esto en conmemoración mía” San Lucas 22,19, cuando lavó los pies a sus discípulos, cuando fue como oveja ante el esquilador, cuando recibió el impacto de los latigazos, cuando acogió los insultos, y las llagas.

Cuando oró por sus enemigos, cuando resucitó de entre los muertos. Hay que ablandar el corazón metiéndolo en el corazón de Cristo, si a alguien esto le parece difícil, no desespere. Este corazón está abierto. Una llaga lo ha dejado expuesto a nuestra fe y a nuestro amor.

Hay que entrar, entonces, desde el principio por esa llaga, y hay que formar nuestro corazón en el de Cristo para que aquello que sucedió en Él y en su Carne, suceda en nuestra carne, en cada uno de nosotros.

Decía San León Magno, Papa y Doctor de la iglesia: “El que quiera mirar bien la Cruz de Cristo, ha de contemplarla con tal intensidad que sienta su carne en la de Él, y la de Él en la suya.” Estas han de ser nuestras disposiciones al iniciar el Triduo Pascual.

¿Y qué se nos ha dicho en las lecturas de esta primera celebración? Hemos recordado, ante todo, la salida de los israelitas del país de Egipto.

Se trata de una liberación, se trata de la salida del poder del faraón, se trata de la victoria de Dios sobre los dioses falsos de Egipto, y como signo de esta victoria los israelitas comen a toda prisa el cordero, y marcan con la sangre del cordero las puertas de sus casas.

Porque se iba a desatar toda la cólera de Dios, que iba a ser justicia de todas las mentiras y opresiones, y por eso, allí donde el ángel exterminador encontrara sangre, se iba a detener y pasar de largo.

La palabra Pascua, en español, proviene de una palabra hebrea que a su vez se relaciona con el verbo pasar, porque Dios pasó de largo de la morada de los israelitas, en donde ya había sangre.

La sangre de ese cordero, la sangre de esos corderos reemplazó a la sangre de los israelitas, y el Ángel, viendo la sangre del cordero, pasaba de largo; aquí, ya hubo muerto, esa comida se convierte en señal de libertad.

Esa Pascua sólo la pueden comer los liberados por Dios. Cristo, nacido del pueblo judío, nunca renegó de su condición de judío; Cristo también celebra la Pascua, pero esta última, aunque sólo Él sabe que es la última.

Esta última, algún carácter especial debía de tener para Él, puesto que les dice: “Con inmenso anhelo he querido comer esta Pascua con vosotros antes de padecer” San Lucas 22,14. De manera que lo que sucede en la Pascua, en esa Cena de despedida, está anunciando ya la despedida que vendrá en la cruz.

Pero está anunciando igualmente la libertad que vendrá al tercer día, cuando Él salga del sepulcro. ¿Qué es lo que hace Cristo en esta última Pascua? Sigue el ritual de los judíos, ciertamente.

Pero en un momento de la celebración Él introduce algo que no estaba, y les dice: “Tomad y comed todos de Él. Porque esto es mi cuerpo” San Mateo 26,26. En ese momento la víctima cambia, si antes eran los corderos de nuestros rebaños, ahora es el Cordero del rebaño de Dios.

Con la diferencia de que cuando el judío ofrecía un cordero, le quedaba lo demás; cuando Dios ofreció a su Cordero, se quedó sin nada, y por eso el evangelio de Juan, sobre todo, repite una y otra vez: “Era el Unigénito, el único de Dios” San Juan 1,14.

Entonces, en esta Cena estamos celebrando que Dios se quedó sin nada, que amó hasta el extremo, que no podía dar más; el Dios que nunca se agota, se agotó en misericordia en esta tarde.

El Dios que todo lo puede, ya no podía más; el Dios que nunca muere, se disponía a morir, y por eso amó hasta el extremo. Esta es la noche de las revelaciones decisivas sobre quién es Jesucristo, y por tanto, sobre qué significa ser cristiano.

Esta es la tarde decisiva, donde entendemos qué era lo que le movía a Él, porque siempre, y sólo al final, se conoce la verdad. Si una persona te llega con muchos saludos y muchas simpatías, con muchos regalos y muchos cariños, y al final te pide un favor oneroso y terrible.

¿Qué piensas tú? "Todo lo dulce y amable de su comportamiento, era solamente para que yo ahora le hiciera este favor". Al final, sólo al final se conoce la verdad, y a Cristo le hemos visto caminar, y predicar; le hemos visto cansarse, y desgastarse.

Le hemos visto quemado por el sol, y húmedo su cabello por el relente de la noche y bien, ¿por qué ese cansancio? ¿Qué era lo que pretendía? ¿Ser nombrado rey de Israel? ¿Quería el trono de Herodes, o tal vez el del emperador romano?

¿Era esa su pretensión? ¿Sería que había algún oscuro motivo? ¿Algunas monedas? ¿Algún negocio, un algo que Él quería lograr? La Cena de hoy no nos deja duda, hoy se desgarra el velo del Templo, el mismo que mañana físicamente se desgarrara.

Hoy se desgarra el velo del Templo, y aparece el santuario, y aparece Dios en su santuario. Si Dios nos dijera en esta tarde: "¿Sabéis por qué trabajé? ¿Sabéis qué era lo que me movía a predicar y hacer milagros? ¿Sabéis cuál era la razón de mi esfuerzo, de la santidad de mi vida, de la pureza de mi cuerpo, de la luz de mi mirada? ¿Sabéis cuál es la explicación de mi vida? Ha llegado el final, y hay que decirlo: el amor, porque os amo”.

Esta es la tarde en la que Dios le dice a cada corazón: “Que te amo, hombre”; “que te amo, mujer.” En esta tarde Cristo descansa como descansa el enamorado cuando por fin ha podido declarar su amor a la novia.

En esta tarde Cristo descansa de su esfuerzo, y descansa de su anhelo, porque por fin puede decir cuánto ama. Lo que no alcanzaba a decir ninguno de sus milagros, lo que no podía condensar ninguna de sus predicaciones, lo que no podía caber en ninguna de sus miradas, eso lo va a poder expresar, totalmente, dándose todo.

Hoy, por fin, este Enamorado puede decir su amor; hoy, por fin este Esposo le puede decir a su esposa: “Te quiero, te amo, te amo, desde el fondo de mi alma. Te quiero muchísimo, y eres preciosa ante mis ojos.”

Ya lo había dicho por boca de los profetas, ya había dicho, ciertamente: “Aunque una madre se olvide del hijo de sus entrañas, yo nunca me olvidaré de ti” Isaías 49,15.

Y ya había dicho: “Te llevo tatuada en mi mano” Isaías 49,16; ya había dicho, por boca del profeta Oseas que “iba a cortejar nuevamente a su pueblo, como una novia llevándosela al desierto, y que sería enteramente suya” Oseas 2,16.

Pero hacía falta que nuestros ojos torpes y distraídos, pudieran verlo así; y nuestros oídos incrédulos y endurecidos, pudieran escucharlo así, pues ya más no podía dar. "Os amo". "Tomad y comed” San Mateo 26,26. No hay signo más perfecto de posesión y de donación que la comida.

Por algo, ese lenguaje de la comida pertenece también al lenguaje de la relación amorosa, porque no puede imaginarse unión más estrecha que la del comerse al amado, el comerse a la amada.

Pues bien, este Cristo puesto a declarar su amor tiene que decir: “Tomad y comed. Este es mi cuerpo” San Mateo 26,26, pero ese torrente de amor que se instituye como caudal de gracia para todo el que crea, ese torrente de amor no puede detenerse en ti.

Imagínate, lo que es una represa como Chívor, o el Sisga, o qué sé yo. ¡Imagínate la presión de ese chorro! ¡Imagínate lo que sería ese caudal desbordado! Si ese caudal llegará hasta tu casa, se la llevaría por delante con su fuerza.

Ese es el mandamiento del amor, no es una obligación adicional que Dios le pone a nuestras vidas, no es como decir: "-¿Ustedes se acuerdan bien de los diez mandamientos?” "-Sí nos acordamos." "-Pues ahora les voy agregar otro mandamiento".

¡No! Cristo está diciendo: “Les participo que se me desbordó la represa; les participo que el amor me puede, y me gana; les participo que todo mi ser fluye en donación.”

"No paren esta inundación de gracia". El mandamiento del amor es eso: "No detengas la corriente de la gracia en ti." No es un llamado a que tú te esfuerces, a que hagas imposibles, a que te hernies pensando si podrás o no amar a tu enemigo, o al que te ha hecho daño.

Casi me atrevo yo a decir que, más que un mandamiento positivo, es la prohibición de detener la inundación de la gracia.” “-Me estoy desbordando”, dice Jesucristo; “-Me estoy saliendo de mí, cománme, bebánme, y no detengan este amor. No lo detengan.”

Parece que de alguna manera su naturaleza humana no resistiera la presión del infinito amor; no resistiera la presión de siglos de espera de Dios, y de la humanidad.

Y por eso le dice a los discípulos: “Aménse" San Juan 13,24; "ya que yo les amo, ahora no paren el amor en ustedes; ya no lo detengan, ya dejen que esta corriente se adueñe de todo el universo". Y por eso en este día en que se celebra la institución de la Eucaristía, recordamos también el mandamiento nuevo del amor.

Es un mandamiento nuevo, y mandamiento antiguo, ya Dios lo había dicho: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo” Levítico 9,18. ¿Qué es lo que tiene de nuevo ahora? Que ahora lo dice Cristo: “Como yo os he amado” San Juan 13,24; de modo que aquello que ha sucedido en ti, siga sucediendo en otros, y en otros.

Para que ese mandamiento se pueda cumplir, Cristo ha escogido a sus discípulos; ahora, ya Cristo no tiene dos manos, tiene veintiséis manos.

Cristo escogió a los discípulos como prolongación de su misericordia. Entendamos, hermanos, que Cristo no hacía sino pensarle caminos al amor.

Así como hay gente que no le busca sino caminos a la droga, o caminos a la pornografía, o caminos al contrabando, Cristo no hacía sino pensarle caminos al amor, y el mismo Cristo que se inventó eso de darse en alimento, quiso prolongar su presencia a través de seres humanos frágiles, torpes, débiles, sucios como son esos pecadores y pescadores.

Y como somos nosotros, los sacerdotes, pecadores y pescadores, y les mandó que prolongaran el testimonio de ese amor, hoy se nos revela, entonces, en esta Cena del Señor, hoy se nos revela también la maravilla, la grandeza, el inconmensurable don del sacerdocio.

Les voy a pedir que por este amor de Cristo, hagan oración por mí, por el perdón de mis pecados; les voy a pedir que hagan oración por los sacerdotes que ustedes conocen; que abran sus hogares a posibles vocaciones sacerdotales.

Porque familias hay que alaban la grandeza del sacerdote, pero apenas un hijo manifiesta inclinación hacia ese tipo de vida, "hay que desanimarlo".

Amigos míos, abramos nuestros corazones y nuestras vidas al tamaño de la inundación de amor que Dios ha traído en Jesucristo. Tengamos despiertos nuestros ojos y oídos a lo que va a suceder en estos días.

Alabemos a Dios por el don del sacerdocio, por el don de la Eucaristía. Recibámosle su amor y no lo frenemos en nosotros, porque el agua que cuando corre se mantiene limpia y alegre y hasta perfumada, cuando se detiene y empoza, coge mal olor.

¿No será que el mal olor del amor en nuestro mundo, es porque es un amor como agua detenida, es un pozo que no se ventila, que no cambia su agua?

Hoy nosotros, que somos Iglesia de Jesucristo, le recibimos su amor; hoy dejamos que su torrente nos limpie, y nos disponemos a amar más y mejor a nuestros hermanos.

Bendito sea Dios que así lo realiza.

Amén.