I346001a

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Fecha: 20011201

Título: No dejarse agobiar por las preocupaciones, sino entregarselas al Senor para que El sea el que ocupe el primer lugar en la vida de cada uno

Original en audio: [22 min. 24 seg.]


De parte de Jesucristo quiero decirles: gracias. De parte de Jesús, gracias por estar aquí. La presencia de ustedes significa mucho.

Cristo no alimenta con su Palabra y con la Eucaristía. Cristo se parece a un ama de casa que ha preparado un maravilloso banquete, como lo dice el libro de los Proverbios, y que invita para que nosotros participemos de su banquete.

Y así como el ama de casa es feliz cuando la gente llega y recibe los alimentos y se come todo, así también quiere Jesús con nosotros. Y ustedes, amigos, le están dando ese gusto a Jesús. Pensemos en eso.

Jesús estuvo una vez en casa de dos hermanas, se llamaban Marta y María. Y Marta atendía a Jesús con mucho amor, con cuánto amor lo atendía, y le daba, seguramente, agua para que lavase sus pies, y le daba de comer, y le daba de beber, y trataba de que estuviera lo mejor posible, y preparaba, seguramente, algunos alimentos.

María, en cambio, sentadita a los pies de Cristo, se quedaba oyéndole y oyéndole, bebiéndose las palabras, comiéndose ese banquete deliciosos que salía de la predicación de Cristo. Y a Jesús le gustó más que lo oyeran, a que lo atendieran.

Con esas caminadas tan terribles, con ese cansancio, con ese sol, con esa sed, pero Jesús quiere sobre todo ser escuchado, ser atendido.

Por eso cada vez que un alma contemplativa, cada vez que un alma enamorada se acerca a los pies de Jesús y medita la Palabra de Jesús, ¡ahh, le está dando un gusto muy grande a Jesucristo!¡Está dándole amor a Cristo! Porque Cristo es el Enviado del Padre; Cristo viene como un regalo.

Cuando nosotros oímos a Cristo, cuando nosotros aceptamos a Cristo, cuando nosotros amamos a Cristo, estamos recibiendo ese regalo.

Si un cartero llega a una casa, y no le dejan entregar su sobre, el cartero queda frustrado, allá contará en la oficina de correo: "No pude entregar el sobre". Pero el objetivo, la misión de él, no se alcanzó.

Jesús nuestro Señor es un cartero, y viene del cielo con un mensaje salido del corazón de Papá Dios, y así llega Jesús a nuestra casa, a nuestro corazón; y cuando nosotros le abrimos, cuando nosotros lo recibimos, Él puede decir lo que dijo en la hora de la Cruz: "Todo está consumado" San Juan 19,30, que quiere decir también: "Misión cumplida"; ¡qué maravilla, se ha podido hacer la misión!"

Cuando tú escuchas Cristo y tú le dices en tu corazón: "Sí, sí, te creo, Señor, te acepto, Señor, eso que tú estás diciendo es mi fe, es lo que yo amo, tú eres mi esperanza y yo te recibo", Jesús, en ese momento puede decir: "Misión cumplida".

Por eso, en este congreso de evangelización, en este evento tan hermoso, nosotros le estamos dando mucho amor a Jesucristo; y por eso, yo siento palpitar el Corazón de Cristo, ¿sabían ustedes que una de las gracias que tiene el sacramento del Orden, es que un sacerdote a veces puede sentir un poco de lo que siente Cristo? Esa es una gracia que tiene el sacramento del Orden.

Yo estoy puesto aquí no solamente como un predicador, como un echador de discursos; yo estoy puesto aquí por la autoridad de la Iglesia, por la unción del Espíritu Santo, por la gracia sacramental. Todo eso significa el sacramento del Orden. Dios me libre de la vanidad o de la soberbia, pero estoy aquí por eso.

Y yo soy, imagínese, yo soy una presencia de Cristo como cabeza de su pueblo, porque eso es propio del sacerdote.

Cuando un predicador protestante le dice y le dice a la gente que Jesús es amor, y de pronto hasta hace milagros, pues eso puede ser muy bonito, pero la presencia de Cristo como cabeza de su pueblo sólo existe en el sacramento del Orden, es decir, en los obispos, y en quienes colaboramos con el ministerio de los obispos, es decir, con los sacerdotes.

Osea que, figúrese, que yo soy una presencia de Cristo como cabeza, y entonces, si yo me dispongo como sacerdote, -y lo mismo deseo para mis hermanos seminaristas y sacerdotes y diáconos-, si yo me dispongo como sacerdote, entonces Jesús, a través de mis ojos, va a mirar a su pueblo; y de pronto, a través de mi palabra también va a alimentar a su pueblo.

Y de pronto este corazón mío, aunque no es el corazón perfecto, inmaculado, santo que Cristo quisiera, este corazón mío, tomado por el Espíritu Santo, puede sentir un poco de lo que siente cristo.

Y yo creo que yo siento en este momento un poco de lo que siente Cristo, y yo creo que Cristo me manda que les diga: "Gracias, gracias por haber venido, gracias, gracias por creer, gracias por amar, gracias por darle una oportunidad al mensaje de amor que viene del corazón de mi Padre Dios". Eso nos manda decir Cristo, y eso quería yo compartir con ustedes en primer lugar en esta celebración.

Ustedes, amigos, ustedes son las semillas de la santidad en la tierra; ustedes, sobre todo así alrededor del altar, ustedes son la representación de lo que escuchábamos en la primera lectura, bueno, es una lectura un poco complicada, porque hay unas visiones y unos monstruos y unas cosas ahí tremendas, pero lo más importante es que está el pueblo de los santos del Altísimo.

Ustedes son embajadores del pueblo de los santos del Altísimo. Ese es el llamado para ustedes. Ustedes, casados y solteros, viudos, separados, ¿cuántas ocupaciones y profesiones habrá aquí? Campesinos, ganaderos, artesanos, conductores, comerciantes, estudiantes, profesionales, ustedes son voz de Cristo, presencia del Santo por excelencia en medio de esta tierra.

Ustedes son representante, ustedes son semillas, ustedes son fermento de de la santidad en este mundo. No es fácil, esa vocación, nos dice el Evangelio, esa vocación se nos puede olvidar. Por eso Jesús advierte, y dice: "Que no se les vaya a embotar la mente con el vicio, la bebida y los agobios de la vida" San Lucas 21,34. Jesús habla las cosas muy claramente.

Ustedes tienen una vocación muy grande; ustedes son pueblo de los santos del Altísimo; ustedes son presencia santificadora que es capaz de transformar el mundo, porque Dios quiere que el imperio no esté en manos de inicuos, sino en manos de santos.

Qué terrible es cuando la astucia, cuando la intriga, cuando la corrupción se adueñan del poder; qué terrible cuando el poder está en manos de la iniquidad; que bendición, en cambio, si el poder está en manos de la santidad.

Ustedes son pueblo de los santos del Altísimo, pero ustedes están en peligro, porque a ustedes, lo mismo que a mí, se nos puede embotar la mente, nos podemos aturdir, nos podemos embobar con el vicio, ¿qué más dice Cristo? Con la bebida, con los agobios de la vida, tres problemas que se parecen mucho: el vicio, la bebida, los agobios de la vida.

A veces va uno por estas carreteras de mi país, va uno recorriendo, y el bus o la flota para por ahí en un pueblo, es de tarde, una taberna abierta, deben ser la ocho y media, las nueve, las diez de la noche, las once de la noche.

Tres o cuatro bautizados, que ya no pueden coordinar las palabras porque están borrachos, se les ha embotado la mente, viven y se comportan como animales, como cerdos porque tienen la mente embotada por el vicio, por la bebida.

¿Qué tal decile a uno de esos hombres: "Tú eres del pueblo de los santos del Altísimo; tú no estás hecho para rebajarte, para degradarte tanto; tú no estás hecho para eso, Dios no te creó para eso, Cristo no murió por ti para que llegaras a eso".

Y lo mismo pasa con la mujer en los distintos vicios. Conocí el caso de una muchacha profesional que decía: "El hombre enamora a la mujer para burlarse de ella, ¿yo por qué no puedo enamorar al hombre para burlarme de él? Si me gusta un hombre, yo lo seduzco, y hago con él lo que yo quiera y mientras yo quiera".

Esa es la mujer que se convierte en esclava de sus pasiones, repitiendo no lo noble ni lo bueno, sino lo peor del hombre: "Si los hombres juegan con nosotras, ¿por qué nosotras no podemos jugar con ellos?"

Igualarnos por lo bajo: "Si ellos nos engañan, ¿por qué nosotras no podemos engañarlos?" "Si ellos son infieles, ¿por qué yo le voy a ser fiel?" Espíritu de venganza, espíritu de desquite, no Espíritu de Dios.

Y mientras esa mujer anda revolcándose con un hombre y con otro, uno piensa: ¿Y la Sangre de Cristo? ¿Y el amor de Cristo? Si uno pudiera detener esa revolcadera y le pudiera decir a esa mujer: "Tú eres hija de los santos del Altísimo, tú perteneces al pueblo del Altísimo, un pueblo de santidad, esa es tu vocación".

Por eso, hermanos, el mensaje de Jesús es grande en esta noche, y por eso Jesús nos invita a que no nos dejemos embotar; pero, atención que ahí no hablo solamente del vicio y de la bebida, dijo también: "Cuidado se dejan embotar por los agobios de la vida, los agobios de la vida, ¿y los agobios de la vida cuáles son?

"Que hay un arriendo que no he pagado", "¿qué voy a hacer con los colegios de los niños?", "Me tienen amenazado de secuestro", "¿qué va a pasar conmigo?" "¿Qué va a ser de mi salud? Parece que me salió un tumor, voy a tener cáncer", "hay un negocio que no termina de despegar", ¿será que mi socio allá en la tienda me está robando?"

Sí, esas preocupaciones existen, ¿pero esas preocupaciones se merecen toda tu cabeza? ¿Toda, toda, enterita? ¿Toda tu mente?

Así como un muchacho, cuando está dominado por el vicio de la droga, parece que no pensara sino en drogarse todo el día, así como el que está dominado por el vicio de la mentira o del sexo, parece que no tuviera sino eso en la cabeza todo el día, así también las preocupaciones se vuelven como un vicio, y nos tienen en una esclavitud porque si estamos trece horas despiertos, quince horas estamos pensando en los problemas y en los problemas y en los problemas.

Y eso también embota la mente: "¿Y qué voy a hacer? ¿Y qué va a ser de mí?" "¿Y qué va a ser de este país?" "¿Y qué va a ser de mis hijos?" ¿Y qué va a ser, que va a ser, qué va a ser? Y mientras tanto, el pensamiento obsesionado, el pensamiento esclavizado por los agobios de la vida.

El mismo Cristo, que nos quiere ver libres de los vicios, nos quiere ver libres de los agobios; tenemos que ser libres no solo de los vicios sino también de los agobios.

Yo quiero extenderme un poquito en este punto, porque si uno dice: "Libérese del vicio", pienso que todos estamos de acuerdo. En su sano juicio ¿quién va a decir que es sano ser un alcohólico, o ser un drogadicto, o ser una revolcona? ¿Quién va a decir que eso es bueno?

Pero muchas veces no sabemos qué hacer con nuestros agobios, y el problema está en que los agobios nos esclavizan y no nos dejan pensar, ni nos dejan amar más allá de "la plata que me hace falta, el arriendo, el médico, el tumor, la enfermedad, el problema, los vecinos, los robos, el boleteo, "ay, qué cansancio, dormir", al otro día me despierto: "El arriendo, los niños, el tumor, ¡ay, qué cansancio, me dormí! El arriendo, los niños..."

Y así se le va a uno la vida. Así se le va la vida a mucha gente. ¿Y eso en qué se nota? Eso se nota en la cara; yo mirando la cara puedo decir: "Vive agobiado, vive agobiado, vive agobiado, él vive agobiado" . ¡Eso se nota en la cara! Esa es la cara que uno va tomando.

Acuérdese que la felicidad no es la cara que uno tiene, es la cara que uno pone. Y acuérdese que según los estudios que han hecho, hasta los cuarenta años, uno tiene la cara que le dieron los papás, de los cuarenta años en adelante, uno tiene la cara que uno se hizo. Osea que aquí hay muchísima gente que ya se hizo la cara, claro.

Claro, ahí aparece, ahí aparece la angustia, y eso le va apretando las arterias y viene el aneurisma, y viene el problema cardiaco, y viene la úlcera, y viene la gastritis, y cuando uno ya uno está así enfermo como un tres, uno dice: "¡Ay, llévenme a un congreso de sanación, por favor!".

¡Claro! Imagínese, el tipo comiendo como marrano y trabajando como burro, !antes! Claro, ¡con esos agobios tan terribles! Los agobios, los agobios.

Por eso tenemos que hacernos una terapia, una terapia que es: "¡Yo no puedo estar pensando en mis problemas todo el tiempo, no puedo!" ¡Póngale horario a la pensadera! Eso me lo enseñó una señora, imagínese, una señora que es comerciante, una señora muy piadosa, una señora de oración, una señora de alabanza, una señora de grupo de oración, una señora de esas que derraman lágrimas de devoción por Cristo, pero además de eso, una vieja tramposa.

Porque resulta que podía ser muy piadosa, pero tenía por ahí unas cuentas mal hechas en asuntos de impuestos y de no sé qué, y la pillaron. Yo no sé si eso tendrá cárcel o no tendrá cárcel, pero la División de Impuestos, la pilló.

Y yo me quedé como de una pieza porque yo decía: "Pero si esta viejita tan piadosa, que oraba en lenguas, que lloraba, entonces, ¿en qué quedamos? ¡Tanta piedad y tanta cosa y una tramposa! Eso también me enseñó. Es que uno tiene que ser es como completo, ¿no? La cosa no puede ser que en el congreso de sanación: "Aleluya, aleluya, amén", y luego la vida por otra parte. ¡Eso no se puede!

Porque mi mamá tuvo una compañera de estudios que era muy piadosa, sobre todo le rezaba mucho a la Virgen: "Virgencita, Virgencita de mi amor, Virgencita de mi alabanza, dame valor para sacar la trampa". ¡Eso no puede ser! ¡No puede ser!

De modo pues que esta señora, bueno, en fin, ella tiene esa falta, pero yo creo que ninguno de nosotros es totalmente inocente. Jesús dijo: "El que esté libre de pecado, que tire la primero piedra" San Juan 8,7.

Yo creo que todos tenemos pecados de unos o de otros. Así que aquí no se trata de simplemente juzgar y condenar a esta señora, que más bien me dio un buen ejemplo, porque ella dijo, mire: "Ahí hay mucho dinero que está en juego, y yo hice este análisis, yo dije: "Yo no puedo dejar que esto me robe todo mi corazón, porque mi corazón tiene que ser para Jesús".

Entonces, claro, ella dedica un tiempo a pensar, tiene que pensar qué es lo que va a hacer; hay posibilidades de apelación, al fin y al cabo lo que ella hizo no fue simplemente robar o secuestrar, es otro tipo de delito, en el que es posible hablar, argumentar, explicar: "Que su situación, que los impuestos", que yo no sé, lo que sea.

¡Hay que pensar, pero no darle a las preocupaciones todo el tiempo, no se puede! Uno tiene que saber también cerrar los libros de las preocupaciones, y decirle al Señor Jesús: "Mira, yo he tratado de hacer todo lo que he podido, hasta donde me ha dado la cabeza; ahora, Señor, yo quiero entregarte todo, quiero dejar todo en tu presencia, Señor, yo, sobre todo, quiero que tú seas lo primero en mi vida.