I342003a
Fecha: 20111122
Título: En los tiempos de panico y de confusion que vive el mundo, el cristiano debe dar testimonio de serenidad y de sabiduria
Original en audio: [4 min. 57 seg.]
El final del Año Litúrgico nos mueve a preguntarnos por el final de nuestra propia vida y también a preguntar por el final de la historia, el mundo entero.
¿Vamos a estar en este planeta para siempre? ¿Vamos a vivir siglos y siglos? Cuando se mira el egoísmo humano, cuando se mira nuestra capacidad de violencia, cuando se mira el poder que las armas tienen y la dureza con que somos capaces de responder a las necesidades de millones de personas, yo creo que uno se vuelve un poco pesimista, yo creo que uno llega a decir: "Esta raza humana tal vez no va a durar demasiado". Hay gente incluso que cree que ese final esta demasiado cerca.
Jesús nos habla en el texto del evangelio de hoy, capítulo veintiuno de San Lucas, Jesús nos habla de guerras y revoluciones. Y yo creo que esa es un poco la sensación que uno tiene en todas partes. No son únicamente ni principalmente los países más pobres, sino países de los que se llaman desarrollados, es en esos lugares donde se están presentando mayor número de protestas, una oleada de indignación, un deseo de venganza, de desquitarse frente a las grandes empresas, las grandes corporaciones, esos poderes sin rostro que terminan gobernando hasta los detalles más pequeños de nuestra vida.
Estamos hablando de los poderes de los bancos y de las grandes empresas, y hay guerras y hay revoluciones. Y yo creo que estamos tentados de pensar que el final ya es inmediato. Por eso hay gente, también dentro del pueblo católico, que colecciona este tipo de datos y empieza sacar sus conclusiones, casi siempre para afirmar: "Ya no falta mucho, ya esto está a punto de colapsar, el mundo se está resquebrajando, vendrá algo espantoso".
Jesús en el evangelio, efectivamente, nos habla de hechos espantosos, y es bueno que nos demos cuenta que estos hechos no viene simplemente por un decreto de Dios, por un decreto externo y ajeno, como algo que cae simplemente sobre el mundo.
Tenemos que darnos cuenta que el mundo mismo, y eso significa los pueblos, las naciones, las familias, las clases sociales, de algún modo atraemos esa violencia, porque es el egoísmo de unos lo que despierta la indignación de otros, es la codicia de unos lo que deja excluidos a muchísimos otros, es la envidia de unos lo que hace que no haya oportunidades para todos.
Pero Jesús nos dice: "El final no está tan cerca", no por el hecho de que veamos revoluciones y guerras tenemos que pensar que ya el fin es inmediato. Pero viene ese fin. ¿En nuestro tiempo de vida? ¿De aquí a unas cuantas generaciones? ¿De aquí a unos cuantos siglos? Digamos que el estudio de la historia lo hace a uno un poco prudente en estas cosas. Muchas veces la gente se ha rasgado las vestiduras y en el colmo de la histeria ha sentido que ya viene el juicio de Dios.
Cundo las grandes plagas en la Edad Media, cuando entre una cuarta y una tercera parte de toda la población de Europa murió en el siglo catorce por la peste, la gente decía: "Esta es el fin del mundo". Lo que nosotros tenemos que recordar se resume en dos cosas. Primera, que ese final sí viene; y segundo, que ese final no depende en primer lugar de esas decisiones de tales o cuales personas, ni hay que recibirlo con pánico.
Nuestra vida, hasta el último segundo, está en las manos de Dios. Y el cristiano tiene que dar un testimonio de serenidad y de sabiduría para mostrar, en medio del pánico, en dónde está el reino de Cristo.