I342001a
Fecha: 19971125
Título: El Apocalipsis es un mensaje de esperanza
Original en audio: [6 min. 53 seg.]
Las lecturas de esta última semana del Tiempo Ordinario, tiene un estilo y tienen un sabor típicamente apocalípticos.
Apocalipsis o apokálypsis, en griego, es una palabra que significa revelación. La apocalíptica tiene su origen en la profecía; es como un desarrollo, como una consecuencia de la profecía. De hecho, nosotros llamamos a Daniel profeta; y el libro que lleva su nombre, como acabamos de comprobar, tiene mucho de apocalíptico o muchos pasajes apocalípticos.
¿Qué es un profeta? ¿Quién es profeta? Aquel que unido a Dios, por su propia fe y por su propio amor, pero sobre todo porque Dios lo ha unido a sí, tiene una palabra de parte de Dios sobre la historia. Por eso lo propio de los profetas es como recordar la Alianza pasada, escrutar el presente que vive el pueblo, y mostrar las consecuencias de ese proceder y de la Alianza en el futuro.
El profeta, por decirlo de alguna manera, tiene algo de los ojos de Dios, algo de la manera como Dios mira a la historia.
La apocalíptica es como un paso más en este proceso. Porque el profeta mira una coyuntura especial por la que pasa el pueblo de Dios; el vidente del Apocalipsis como que contempla un conjunto más amplio, como que contempla el para qué, el desenlace final de la historia.
La apocalíptica surge especialmente en los momentos de crisis, en los momentos de persecución, de estrechez en los que sucede, como nos decía la primera lectura, "que se necesita como una intervención sin mano humana" Daniel 2,45.
La apocalíptica tiene su lugar cuando las manos humanas están cansadas de esforzarse, o están agotadas por sus batallas de unos contra otros.
En esos momentos de especial dificultad, cuando toda esperanza parece apagarse, Dios concede su luz a algunas personas para que miren hondo, hondo en el barro y reconozcan en medio la fosa de oro, ese oro del designio divino, ese oro de su alianza indestructible, ese oro de la belleza, así esa belleza esté aplastada por el barro.
Esto quiere decir que el Apocalipsis es un canto de esperanza. La literatura apocalíptica, que como vemos ya existe en el Antiguo Testamento, es un canto de esperanza. Tiene pasajes que impresionan, como aquello que acabamos del escuchar del Señor Jesucristo: "No quedará piedra sobre piedra" San Lucas 21,6; "guerras, terremotos" San Lucas 21,10-11.
Pero el objetivo de este impacto que causa el lenguaje, es que nosotros sepamos venerar y sepamos adorar sólo a Dios, y sepamos relativizar todos los reinos, si no son el Reino de Dios. Si no es Dios reinando, todo lo otro es relativo, y acabará más o menos estruendosamente.
Pero lo principal del Apocalipsis o de los apocalipsis, no son los detalles de la destrucción, sino las maravillas del resurgir, la grandeza de la Alianza y la victoria que se concede a los corazones que perseveran.
Aquí está entonces el sello propio de los verdaderos videntes; aquí tenemos como un criterio de discernimiento espiritual sobre mensajes: si el fruto en las personas es el miedo que paraliza, si el fruto en las personas es el pánico que hace que cada uno vele sólo por sus intereses y se vuelque, egoístamente, sobre sí mismo, sobre su familia, ahí hay algo que hace falta, no necesariamente diremos que ese mensaje viene de Satanás, pero sí diremos que ese no es el modo de Dios.
Si el mensaje, al contrario, impacta, mueve a conversión, nos lleva a tratar con mayor libertad las cosas de esta tierra y los afectos humanos; si al mismo tiempo nos lanza a una esperanza mejor, a una fe más convencida, a una amor más eficaz, podemos creer que ese mensaje está muy cerca del corazón de Dios, así como a estado cerca de nuestro corazón.
Felices nosotros que podemos participar de la Eucaristía en estos días. Podemos decir que toda esta semana va a ser como un gran eco de la celebración que acabamos de tener, es decir, la Solemnidad de Cristo como Rey del Universo.
Lo que nos están contando todos estos textos en el fondo, es que Jesús es el Señor, que Él es el verdadero Señor, y que, como las páginas de un libro, los reinos y los poderes y los imperios de esta tierra son palabras que pasan, mientras que la Palabra del Señor permanece para siempre.
Nosotros nos unimos a esa Palabra, creemos en Ella, nos la comemos, la hacemos vida de nuestra vida. Nosotros no tenemos que temer, pero sí tenemos mucho que velar, mucho que orar y mucho que predicar.