I336001a

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Fecha: 19951125

Título: Pongamos nuestra confianza solamente en Dios

Original en audio: [14 min. 52 seg.]


Estas lecturas del final del tiempo ordinario, de muchas manera aluden al final del tiempo, y por eso traen alusiones a batallas decisivas, a esa especie de guerra final a la que se vio abocado el pueblo judío cuando la persecución de Antíoco IV Epífaes

Y por eso también traen discursos de Nuestro Señor sobre el final de los tiempos, y en el caso del día de hoy, sobre la resurrección.

El texto del primer libro de los Macabeos presenta la derrota del tirano. Una derrota que es más interna, que es más espiritual que externa y bélica. Este hombre intenta conquistar una ciudad que se llama Elimaida, una ciudad que en el relato resulta curiosamente semejante a Jerusalén.

Porque se la describe como una ciudad con mucho oro, con mucha plata y con un templo importante; y así el fracaso de Antíoco ante la ciudad de Elimaida como que anticipa un relato y subraya también el fracaso del mismo rey frente a Jerusalén.

Por decirlo de otra manera, Antíoco le había quedado, después de Jerusalén, le había quedado la maña, le había quedado la mala costumbre de seguir buscando ciudades con mucho oro, con mucha plata y con un templo, para seguir robando y seguir profanando.

La enseñanza del pasaje es que esto no lo pudo seguir haciendo. Es interesante destacar que se nos dice que esta ciudad tenía un templo, pero no se dice de quién era ese templo.

Suponiendo que el dato histórico sea correcto y completo., pues es muy poco probable que una ciudad como Elimaida hubiera un solo templo, un solo Templo había en Jerusalén; las ciudades paganas normalmente tenían muchos, y además, si había un solo templo, este único templo no estaba dedicado, evidentemente, al Dios en que creían los judíos.

Pero el relato fuerza un poquito las cosas como para mostrarnos que Dios, tarde o temprano, le quitó la mala costumbre a Antíoco de andar robando el oro y la plata, y de estar profanando templos.

Finalmente, Dios resultó más rey que Antíoco, y resultó más poderoso que Antíoco, y por eso Antíoco se siente vencido en su propio orgullo; más que en sus armas o en sus ejércitos, se siente vencido en su propio orgullo.

Siente, a su pesar, que tiene que obedecer las órdenes de Uno que es más fuerte; siente con tristeza que él no es el más grande, que él no es el más poderoso; y por eso, vencido por dentro, más que por fuera, por dentro, se sume en la depresión, se sume en la lamentación, y se va muriendo

En el colmo de su dolor, de ese dolor interno, de esa frustración interna, se ve obligado a reconocer el señorío de Dios; es más o menos lo mismo que sucede en la guerra entre Faraón y Yahvé en el libro del Éxodo.

Más que una discusión entre Moisés y Faraón, lo que está en juego en el episodio de la Pascua, allá en el Éxodo, es quién es verdadero rey; ¿el Rey es Yahvé, o el rey es Faraón?

Y entonces Faraón se siente poderoso, Faraón se siente divinizado o divino, y cree que puede luchar contra Dios, pero Dios termina hiriendo a Faraón en lo más querido, en lo más íntimo, en su sucesor, en su propio hijo.

Y Faraón tiene que reconocer que Yahvé es más fuerte, y tiene que dejar ir al pueblo; es decir, la voluntad de este poderoso tiene que doblegarse, y cuando intenta repuntar, y dice: “Yo no he debido dejar ir a nuestros esclavos” Exodo 14,5, y sale a perseguirlos, pues las aguas del mar Rojo lo envuelven y lo sepultan para siempre, para que quede claro que Dios es el Señor de todos, que Dios es el poderoso, y que frente a Él, los poderes de esta tierra en realidad nada pueden.

Algo semejante es lo que está en juego en el caso del libro de los Macabeos. Antíoco es la imagen de aquella soberbia, de aquella arrogancia pagana que cree que a nombre de sus divinidades, o a nombre de su poder, o de su ejército, puede lograr la victoria.

Pero la lucha rebelde, la lucha tenaz de estos hombres, el martirio de aquellos muchachos del que nos habla también el segundo libro de los Macabeos; esa sangre inocente derramada, esa lucha obstinada, celosa, por la gloria de Dios, finalmente vence al poderoso.

En los libros de los Macabeos nunca está en duda que Antíoco y sus ejércitos son mucho más fuertes que los judíos y sus modestas armas.

Pero, precisamente, una vez más el esquema de David y Goliat, lo que trata de mostrar el libro es que el pequeño, si se apoya en Dios, que es el más fuerte de todos, resulta vencedor; mientras que el fuerte y el grande, si se apoya en su arrogancia y en sus palabras, termina humillado en su orgullo, termina frustrado en sus planes.

Y tiene que terminar reconociendo que Dios, el Dios de los judíos, ese es el único Dios. Lo que va a seguir, podemos imaginarlo, si seguimos, si continuamos la secuencia del libro, después de que la expedición de Lisias, aquel general de Antíoco, fracasa, después de que los judíos se sienten fuertes, lo primero que han hecho es reconsagrar el Templo; el mismo día en que había sido profanado, ellos vuelven a dedicar el Templo a la gloria de Dios.

Y de esa manera, la profanación, la abominación serán cosa del pasado. ¿Qué enseñanza queda para nosotros de estos episodios? Podemos nosotros también apoyarnos así en el que es más fuerte.

Antíoco se sentía firme, pero su firmeza era de mentira; un día la mentira se acaba, y el hombre descubre que es un simple mortal; él, que había causado tantas muertes tiene que decir ahora: “Me muero” 1 Macabeos 6,13.

Sucede algo parecido a aquello que nos describen los profetas. Por ejemplo, frente a la arrogancia de los reyes: “¿Tú vas a seguir diciendo que eres un dios cuando estés frente a tus verdugos, cuando te vayan a matar?” [[:Categoría: ]], dice allá algunos de los profetas; de modo pues que Antíoco ha tenido que reconocer que él es un mortal.

Nosotros, cuando nos apoyamos en nuestras propias fuerzas, cuando hacemos de ellas nuestro baluarte, estamos apoyándonos en mentira, estamos apoyándonos en un cimiento que tarde o temprano va a caer. Y vamos a tener que descubrir que aquello en lo que confiábamos es mentira, que no es firme, que en realidad éramos nosotros los que sosteníamos nuestros planes, y no ellos a nosotros.

La invitación, pues, es a poner radicalmente nuestra confianza sólo en Dios. Uno siempre encuentra cosas en las cuales apoyarse. Alguien se apoya en su experiencia: “Yo, ya he vivido muchas cosas”; “he sido toreado en muchas plazas”; “yo ya esta me la sé”; “uhh, estas situaciones yo ya las he vivido”.

Otros se apoyan en su inteligencia: “Esta gente no entiende nada, viven como aturdidas, no saben lo que está pasando; pero yo en cambio tengo perspicacia, tengo una mirada astuta”; yo sí sé qué es lo que está pasando; yo sí sé por dónde hay que coger.

O uno se apoya en la supuesta inocencia de uno: todos los demás nos parecen a veces cómplices de pecados graves; "pero yo no he caído en eso; yo soy limpio; yo soy distinto". Todo ese tipo de fortalezas humanas son los pequeños o grandes ejércitos con los que queremos adueñarnos de las otras ciudades.

Pues bien, la enseñanza de los Macabeos es que el que sale con esos ejércitos a adueñarse de otras ciudades, un día tiene que terminar reconociendo que le han fallado sus fuerzas, y por eso nos enseña la Sagrada Escritura: “Dios caza a los astutos en su astucia” Job 5,13.

No vayas a resultar tan demasiado inteligente que hagas tonterías; porque, si es verdad que tienes tanta inteligencia, ¿por qué no te sirve para vivir bien? ¿Por qué no te sirve para ser feliz y para hacer felices a las otras personas?

Si es verdad que tienes tanta virtud y tanta justicia, ¿por qué no puedes justificar, por qué no puedes corregir a otros? ¿Sí será que tienes esa virtud que crees tener? Si es verdad que tienes tanta experiencia, ¿por qué han hecho carrera tantos vicios en tu vida?

¿Por qué a veces se cumple en nosotros lo que decía, allá, el libro de Daniel: “Que hemos envejecido, pero envejecido también en los pecados"? Daniel 13,52; ¿por qué hay pecados que envejecen con nosotros?

¿Por qué eso? ¿Por qué hay pecados que han hecho toda la vida religiosa con nosotros? Y tuvo el pecado de postulante, y tuvo el pecado de novicia, y tuvo el pecado de profesa; y parece que cuando la vayan a enterrar, primero echarán en el ataúd el mismo pecado que la acompañó todo el tiempo.

¿No será que tu experiencia tenía que haberte servido para salir de todo pecado? ¿Y no será que ya era el tiempo de que un suave perfume de humildad, de caridad, de dulzura fuera el aroma que anuncia la gloria para la que fuiste creada?

Busquemos la gloria de Dios; la sangre de aquellos mártires de la que nos hablan los libros de los Macabeos, esa sangre humilde, celosa, fiel resultó más fuerte que todos los ejércitos.

No te fíes de tus virtudes; no confíes en la virtud pasada; no creas demasiado en tu perspicacia ni en tus amistades.

Porque personas hay dentro y fuera de los conventos que creen que porque aseguran amistades, que creen que porque aseguran respaldos humanos, que creen que porque aseguran la opinión pública, en eso se pueden apoyar; no te fíes de la opinión pública, que un día está a tu favor y te levanta, y otro día en tu contra, y te hunde; no creas en las amistades humanas.

No creas demasiado en esas amistades, porque cuanto más has confiado en la carne y la sangre, más débil eres, y más capaz de ser traicionado

Roguemos a Dios que ponga nuestra confianza sólo en Él, y que ponga nuestro amor sólo en su gloria

Amén.