I331001a
Fecha: 19971117
Título: ¿Cuales son nuestras cegueras?
Original en audio: [10 min. 53 seg.]
Queridos Hermanos:
Que el Espíritu Santo nos ayude siempre a buscar con amor y encontrar con agradecimiento, las enseñanzas que Dios nos ofrece a través de su Palabra. Porque estas palabras las entregó Dios para nosotros. Lo que decimos en "El Credo", vale para la Palabra de Dios: "Por nosotros, y por nuestra salvación".
Y así como la Palabra de Dios se encarnó y se hizo hombre, y este Hombre Dios es Jesucristo, así también esta Palabra anhela tomar carne en nuestra vida. Y por eso, el mismo Espíritu Santo, que en las entrañas de María y de las entrañas de María, hizo a Jesucristo, haga también en nosotros la imagen de Cristo, si escuchamos esta Palabra, si la recibimos como un sello en nuestro corazón.
Para escrutar la Palabra de Dios, un camino provechoso es mirar cuáles son los personajes que intervienen, sobre todo cuando se trata del Evangelio. En este pasaje que acabamos de escuchar, está el Señor Jesucristo, está un ciego, y está el pueblo, la gente.
Yo quiero empezar refiriéndome a la gente, este pueblo que rodea a Cristo, que de alguna manera conduce hacia Cristo, pero de otra manera dificulta la llegada hasta Él.
Efectivamente, este ciego pide limosna al borde del camino, y él se entera de que Jesús está cerca gracias al alboroto de la gente, y luego a la respuesta que alguien le da. Cuando él pregunta, a qué se debe esa algarabía, le dicen: "Pasa Jesús Nazareno" San Lucas 18,37. En ese momento, la gente sirve para que el ciego se dé cuenta que ahí está Jesús, y le hacen como ese favor.
Pero entonces él, que presiente su salvación en los pasos de Cristo, empieza a rogar a gritos: "Jesús, ten compasión de mí" San Lucas 18,38. Y ahora, ¿qué hace la gente? Los que iban delante, le regañaban para que se callara, pero él gritaba más fuerte.
Las mismas personas que a veces nos ayudan a encontrar a Jesús, otras veces nos dificultan que nos encontremos con Él.
El ciego, tercamente ruega su curación, y Jesús lo sana. Y vuelve a intervenir este personaje, el pueblo, la multitud: "Recobró la vista, y todo el pueblo, al ver esto, alababa a Dios" San Lucas 18,43.
Entonces fíjate que la gente sirve para indicarnos un poco el paso de Jesús, pero también a veces, es un estorbo para llegar a Cristo. Y después que Cristo obra, pues es una alabanza a la gloria de su amor y de su poder.
De aquí podemos sacar una primera enseñanza para nosotros: La opinión pública, la opinión de la gente, nos puede ayudar algunas veces a encontrar al Señor, pero otras veces nos puede dificultar.
Y por eso, nosotros tenemos que tener un cierto discernimiento. No siempre, a donde corre todo el mundo, está Dios. Pero algunas veces la multitud, sobre todo la multitud de necesitados, de pobres, de enfermos, tiene ese sentido para descubrir a Cristo, que está pasando por nuestras vidas.
Bueno, esa es una primera enseñanza. Miremos ahora al otro personaje, tal vez el que más llama nuestra atención, el ciego. Este ciego, como no puede trabajar, pide limosna; como no se puede movilizar fácilmente, está sentado. Su condición entonces, es la del que está postrado en su necesidad.
¿Qué sucede después de que se encuentra con Cristo? Recobra la vista, y ya no está sentado, sino que sigue a Cristo; y ya no pide limosna, sino que da gloria a Dios. El que antes tenía que pedir, ahora puede dar: Puede dar testimonio, puede dar gloria a Dios, puede también, es de esperar, ocuparse en su trabajo, o en lo que pueda hacer; Jesús le cambia la vida.
Pero hay algo en este ciego que llama mucho la atención. Él había tenido vista. Mira que cuando él le pide a Jesús, le dice: "Que vea otra vez" San Lucas 18,41, y Jesús le responde: "Recobra la vista" San Lucas 18,42; él había tenido vista. Su condición, si se quiere, es más dura que la de aquel que ha nacido ciego. Porque el que ha perdido la vista, sabe lo que ha perdido.
Y en ese ciego podemos vernos también nosotros. Porque nosotros podemos comparar la vista, la luz, como con esa claridad de distinguir el bien y el mal, de saber el camino que hay que tomar.
Cuando nosotros estamos en amistad y gracia con Dios, estamos como en la luz, pero cuando perdemos esa amistad, y nos distraemos, y nos enceguecemos en nuestras pasiones y en nuestros ídolos, nos convertimos como en ciegos. Y cuando estamos ciegos, ya no podemos hacer nada por nosotros mismos.
Vamos perdiendo nuestros bienes, y nosotros, que habíamos nacido para hijos, nos convertimos en mendigos, y terminamos pidiendo poquitos de alegría, terminamos mendigando poquitos de amor, nosotros, que por el bautismo y por la gracia, somos dueños del amor inmenso que Dios tiene preparado para cada uno.
Entonces podemos hacer también una aplicación de este evangelio a nuestra vida. Porque tal vez muchos de nosotros hemos perdido también esa gracia de Dios, y de pronto, hemos llegado a empobrecer nuestra existencia, y empezamos a rogarle a las creaturas que nos den un poquito de amor, un poquito de cariño, un poquito de cuidado.
Y viene Cristo para que ya no seamos más mendigos, para que recuperemos la luz, para que podamos alabarle, para que podamos bendecirle, y salgamos de estar sentados al borde del camino. Es una invitación: Cristo que pasa por nuestras vidas.
¿Estamos viviendo como mendigos? O, ¿estamos viviendo como hijos? A mí me parece que la persona que se convierte en esclava de un vicio, por ejemplo, es como un mendigo.
La persona que es esclava del licor, o es esclava de la droga, o es esclava del sexo fácil, del adulterio, está pidiéndole un poquito de alegría; pero es una alegría que le destruye su salud, que le destruye su familia, y es una alegría que no lo mueve, que lo deja en el mismo lugar: como este ciego que pedía limosna, pero que tenía que quedarse en el mismo sitio del camino.
Nosotros, cuando somos esclavos del pecado, somos como este ciego, y estamos así al borde del camino. Y las limosnas que recibimos de nuestros vicios, no nos mueven del camino; quedamos en la misma parte, rogando siempre lo mismo, siempre descontentos, cada vez más pobres, siempre insatisfechos.
Llega Jesús. El alboroto de la gente nos cuenta que algo nuevo puede suceder en nuestra vida. Y por eso nosotros podemos rogarle al Señor, y decir: "Ten compasión de mí. Señor, que vuelva a ver, muéstrame la luz".
Si se quiere, es más humilde la súplica de este ciego que ha perdido la vista, que la que podría hacer un ciego de nacimiento. No sabemos por qué perdió la vista este hombre, pero sí sabemos que ha perdido demasiado.
Nosotros podemos rogarle a Dios que nos dé esta primera claridad en nuestra conciencia. Fíjate que Jesús le dice al ciego: "Tu fe te ha salvado" San Lucas 18,42. Primero le dio la luz de la fe, y luego le devolvió la luz de los ojos.
Así también, nosotros necesitamos primero recuperar la luz en nuestra conciencia, y con esa luz, toda nuestra vida se vuelve luminosa, y sabremos hacia dónde avanzar, y sabremos cómo darle la gloria a Dios.
Queridos hermanos, alimentémonos de esta Palabra. ¿Cuáles son tus cegueras? ¿A qué cosas has estado ciego? ¿En qué pasos, en qué caminos has andado, y de pronto perdiste esa claridad fundamental?
Es verdad que este milagro fue un acto de misericordia con este ciego, pero es también una enseñanza para todos nosotros.
Dios, en su bondad, cure las cegueras de nuestra vida, para que también nosotros seamos testigos de su poder, alegres mensajeros de su misericordia.
Amén.