I323001a
Fecha: 19971112
Título: Ser salvado significa ponerse en el camino de la voluntad de Dios, mientras que ser sanado quiere decir que Dios se puso en mi camino
Original en audio: [42 min. 56 seg.]
Las palabras. Cada palabra es una llavecita que tú puedes abrir y encontrar tesoros; así como el mar no tiene sino gotitas, la Escritura no tiene sino palabras.
¿Qué tal una persona que se acercara al mar y dijera “Esta gotita no es mar, luego la puedo tirar; y esta gotita tampoco es mar y también la puedo tirar”?.
Y esta otra gotita, al cabo de los miles de millones de años se le habría acabado el mar, y diría: “¿Y dónde estaba el mar?" Resulta que el mar se le escurrió, se le escondió y se le fue gotita a gotita, porque siempre decía: “Esta gotita no es mar y la puedo tirar”.
Así nos puede pasar a nosotros con la Palabra de Dios, la Palabra de Dios llega a nosotros como un mar de gracias, de sabiduría, como un mar de vida; y entonces nosotros podemos hacer eso con estas palabras.
Veamos, la palabra yendo, viene del verbo ir, forma irregular del verbo ir, ¿pero qué? Ahí no hay nada, luego Jesús, personaje principal, protagonista de los libros llamado de los Evangelios, luego la palabra camino, que indica senda, trayecto, recorrido.
Entonces nosotros podemos despreciar sin darnos cuenta los tesoros de la Sagrada Escritura, porque vamos gota a gota, palabra a palabra dejando pasar. Así como el océano no tiene sino gotitas, la Escritura no tiene sino palabras, y hay que saber detenerse en las palabras, porque en ellas está todo.
El que pierde las palabras, se pierde la Palabra con “P” mayúscula; esa palabra de la que se nos dice en el prólogo del evangelio de Juan: “Y la Palabra estaba con Dios, y la Palabra era Dios. Y ya estaba al principio junto a Dios. Y nada fue hecho sino por Ella” San Juan 1,1-3, y todo aquello que dice preciosamente, inmortalmente el prólogo del evangelio de Juan.
Feliz el que sabe detenerse en las palabras, porque aunque las gotas se parezcan unas a otras, cada una tiene su propio brillo; y aunque las palabras parecen oídas ya muchas veces, cada una tiene su propia verdad.
Hay que acercarse a las gotas del océano y hay que acercarse a las palabras de la Escritura, como un orfebre se acerca a sus materiales preciosos. ¿No es el oro siempre el mismo? Y sin embargo, ningún joyero se cansa de ver el oro. Cada gotita de oro, cada alambrito, cada laminita es nueva, es como el descubrimiento del oro. Así tendríamos nosotros que descubrir la Palabra, como el que descubre oro.
Decía hermosamente un pensador, que ser teólogo, verdaderamente teólogo, es ser un orfebre de palabras; saber poner las palabras en la balanza y saber apreciar cuánto pesa cada apalabra. Quien pueda hacer este ejercicio, que lo haga; porque se va a llevar para la eternidad torrentes, se va a llevar bodegas, se va a llevar tesoros. Es descubrir la Palabra de Dios, descubrir cuánto pesa cada palabra de la Palabra de Dios.
Con esa introducción, acerquémonos a este texto, que seguramente lo hemos oído muchas veces, pero tiene tantas palabras, que si aquí fuéramos a pesar cada una, de pronto resultaría excesivamente larga cada predicación.
Entonces yo quiero tomar sólo dos palabritas y estas dos quiero ponerlas en la balanza y quiero pesarlas; quiero, mejor, que descubramos cuánto pesan en nuestros corazones, porque la balanza es nuestro propio corazón.
Si lleváramos, por ejemplo, unos quilates de oro y los fuéramos a pesar en la balanza de las verduras de un supermercado, probablemente la balanza de las verduras no registraría nada, la balanza de las verduras está para los dos kilos, los quince kilos, la media arroba, pero no está para esas sutilezas de quilate y medio, tres cuartos de quilate; para eso se necesita una balanza que haya sido calibrada, una balanza que sea fina.
El corazón es la balanza, y por eso hay corazones a los que se les llevan esas palabras y entonces se les dice: “Mire que Jesús hizo eso; y sube más allá, y dijo esto”. Y eso no pesa nada en el alma, ¿por qué? Porque la balanza estaba acostumbrada a pesar cosas voluminosas.
Hubo muchos asesinados, se ganó mucho dinero, ¿eso le interesaba a quién? Nuestras balanzas originalmente en el bautismo son finas, porque el Espíritu Santo llega a nuestros corazones a calibrar la balanza, a darle su ajuste, a darle su precisión; el corazón es una balanza de precisión.
Y en el bautismo nosotros fuimos afinados y calibrados cuidadosamente, pero resulta que esa balanza, que era fina, luego se la llevaron por terrenos pedregosos sin amortiguadores, y la balanza a fuerza de golpes por uno y otro lado, ha perdido su finura, de manera que ya solo puede darse cuenta de las cosas graves.
Yo creo que esta experiencia la hemos tenido muchos de nosotros, creo que esta experiencia la tienen muchas personas, porque resulta que hay personas que no sienten que les está pasando nada en la vida, hasta que matan al tercer hijo y dicen: “Mira ahí sí como que está grave esto”; matan al tercer hijo, y ya van por el tercer aborto, y dicen: “Como que tal vez por ahí no era”.
De pronto se les desarma el hogar, quedan en la calle, lo deben todo y los están buscando para asesinarlos, esos son los tres quintales, y entonces la persone dice: “Parece como que por ahí no era, como que iba mal”.
Su balanza, que ha resistido muchos maltratos, sin embargo todavía alcanza algo a registrar. De manera que cuando llega el sobrepeso de las tragedias humanas entonces ahí sí sienten que algo les está pasando; pero entonces uno entra a tratamiento, a uno lo llevan otra vez a la fábrica de balanzas, es decir, al taller de los corazones y el taller de los corazones ¿qué es? Es el Corazón de Jesucristo; en ese horno, en ese taller, se rehacen los corazones, allí se renuevan las vidas.
Entonces le llevan a uno la porquería de balanza que uno tiene, porquería no porque fuera de mala calidad, sino porque uno la ha maltratado, y entonces le llevan la balanza de uno a ese Corazón donde todas las cosas recobran su importancia, y en esa balanza y en ese Corazón donde todo tiene su verdadero peso, y donde todo tiene su verdadero nombre, y donde todo tiene su verdadera luz, en ese Corazón uno deja su balanza.
Y ahí el Corazón de Jesús otra vez va infundiendo Espíritu Santo y uno empieza poco a poco a recuperar la capacidad de discernir y de pesar cada cosa y de pesar cada palabra.
Hoy sólo quiero hacer dos ejercicios de pesar palabras. Resulta que aquí dice en el evangelio: “Uno de ellos, uno de los leprosos, viendo que estaba curado” -la palabra que me interesa es curado,-podríamos traducir también por sanado-, viendo que estaba curado”, viendo que estaba sanado, ése que estaba sanado o curado volvió donde Jesús" San Lucas 17-15.
Bueno, Jesús hace su comentario amargo: ¿Y dónde está los otros nueve?" San Lucas 17,17. Desde luego, eso no lo puede responder nadie, y dice: “¿No han quedado limpios los diez?” San Lucas 17,17. Evidentemente, esa limpieza es la limpieza de la lepra, es decir, el haber sido curados, el haber sido sanados.
Entonces fíjate, los diez fueron sanados, sin embargo uno vuelve, y dice: “Levántate y vete, tu fe te ha salvado” San Lucas 17,19. Esas son las dos palabras que me interesan: Todos quedaron sanados pero sólo uno quedó salvado. Entonces uno descubre algo y uno dice: “Uy, descubrí algo en la Biblia, y empezó a hablarme”. Eso se llama palabra viva; la Biblia empezó a hablarme.
La Palabra no será viva hasta que tu corazón no recupere su sintonía, su calibración; para eso se necesita que lleves tu balanza, quizá aporreada y maltrecha y la pongas en esta balanza del Corazón de Jesucristo, para que ahí todas las palabras recuperen su verdadero peso, su verdadero valor.
Entonces los diez sanados y uno solo salvado. ¿Qué es lo primero que se le ocurre a uno? Claro, los que habían sido sanados habían recuperado la salud física, mientras que este que ha sido salvado no sólo ha recuperado la salud física sino que ha tenido un encuentro personal con Jesucristo.
Es decir, ha recibido, por decirlo de alguna manera, no sólo salud para su cuerpo sino también para su alma. Uno podría decir esto más o menos como haciendo este razonamiento: “Sanarse es recuperar la salud para el cuerpo”; “salvarse es recuperar la salud del alma”; algo así podría pensar uno.
Pero el problema que surge de ahí es más profundo, es el problema que hay entre salud y salvación, porque sanarse ¿qué es? ¿Tener salud; y salvarse ¿qué es? Tener salvación, pero ¿qué es la salvación sin la salud? O será, ¿cómo es la relación entre la salud y la salvación?
Eso ya no resulta tan fácil de responder, porque bueno, uno podrá decir: “No, es que la salud es la salud física”; sí, eso queda ahí claro en el evangelio, pero plantemos el asunto un poco más en general: ¿cuál es la diferencia entre salud y salvación?
Por ejemplo, se supone que un sacerdote es un testigo de la salvación de Dios, pero resulta que un sacerdote le lleva un enfermo mental y no hace nada, se pone a llorar, le da miedo: “-Ay, no, llévenlo a un doctor”; "-¿bueno, y usted, ¿no se supone que usted es un ministro del Dios Altísimo? ¿No será que el Dios Altísimo pueda hacer algo por este enfermito?”
Pero puede que sea otro caso, no lo extrememos tanto, quizá no se trata de un enfermo mental, quizá se trata de una dificultad de pareja, o vayámonos por otro lado, qué tal una persona que logra salud, si una persona tuviera plena salud, aquello que la Organización Mundial de la Salud llama salud, es decir, como esa armonía dentro de su cuerpo, como esa paz en su corazón, como ese equilibrio en sus pensamientos.
Bueno, yo pregunto: ¿si una persona tiene salud necesita salvación? ¿O será que la salvación es sólo para los vaciados? Como quien dice, la salvación es una manera de corregir o medio corregir un bache, un bache económico, por ejemplo, o un bache físico, afectivo o intelectual. Estoy mal en el matrimonio, entonces busco a Dios; pero un momento, la cosa se está enredando, porque dice uno: ¿Al fin qué?
Entonces, ¿si hubiera una persona que tuviera buen matrimonio, buena salud, buen sueldo, buena posición, buenos amigos, entonces esa persona no necesita salvación¿ ¿O será que la salvación es lograr eso? ¿Será que la salvación es lograr que a uno se le equilibren sus gastos, sus afectos, sus metabolismos o sistemas hormonales o neuronales o como se les llamen? ¿Será que la salvación es eso?
Mejor dicho, yo resumo el problema que estoy planteando en estas dos preguntas: primera pregunta: ¿es la salvación algo así como la salud integral? ¿Eso es ser salvado? ¿Tener equilibrio psiquico, tener el corazón en orden, tener una cuenta bancaria que no asusta, tener un computador que no embiste, eso es ser salvado? ¿Ser salvado es eso?
Segunda pregunta: si ser salvado no es eso, entonces ¿para qué la salvación? Si los problemas reales que tienen las personas son precisamente que les falta dinero, que les falta cariño, que les faltan amigos, etc.
Hay una corriente en psicológía que se llama conductismo, o el neoconductismo, más o menos son sinónimos uno del otro. El conductismo tiene esta posición: "Completémosle a la persona lo que le hace falta, ayudémosle a la persona para que complete lo que le hace falta y ese será su tratamiento".
Entonces, por ejemplo, llega una persona emproblemada, con dificultades de autoestima, no se entiende con nadie, pelea con todo el mundo, entonces el psicólogo toma esta persona y la va acompañando, la va asesorando para que logre su meta y su meta ¿cuál es?
En primer lugar que se socialice un poco, salga de esa selva, de esa jungla donde vive, salga de ese monte, bájese de esas lianas, venga aquí al piso como persona, coma junto con los demás, aprenda a reírse junto con nosotros, socialice un poquito, de esa manera usted podrá vivir más equilibradamente; deje ese cabello hirsuto, ese temperamento insoportable y usted entre en armonía con otras personas.
Entonces el psicólogo, que conoce ochocientas técnicas distintas, va llevando a la persona y la va sacando de ese ostracismo. El primer día cuando la persona llega con el psicólogo es como una fiera enjaulada, pelea, alega, llora, patalea, se da contra las paredes.
Va pasando el tiempo y al final ya es una persona que ya se despide de mano: “Gracias, doctor, muchas gracias por su tratamiento”; es decir, se ha logrado que la persona alcance su meta, es una persona sana, saludable.
La cosa se complica todavía más, porque resulta que el evangelio dice, mire: "El extranjero, este samaritano, que era leproso y que fue curado, vuelve donde Jesús; Jesús hace su comentario amargo y luego dice: “Levántate” San Lucas 17,19.
¿Y qué esperaríamos nosotros? Un abracito por lo menos, pero no; parece que Jesús era demasiado seco, me parece a mí; en muchas ocasiones parece demasiado seco, afectivamente hablando: "¡Levántate, vete!" San Lucas 17,19, no le dice: "Oiga, ¿y qué comemos? ¿Tomamos alguna cosita o qué?" Pero no, lo que dice es: "¡Levántate, vete!" San Lucas 17,19.
Ese "vete" es otra palabra que de pronto vale la pena sopesarla. ¿Por qué manda al leproso que se vaya? Y luego le dice: "Tu fe te ha salvado" San Lucas 17,19. Oiga, ¿cómo se compagina, -y acuérdese que Palabra viva es hacerle preguntas a la Biblia-, cómo se compagina eso de que tu fe te ha salvado y vete?
Uno esperaría que quienes dicen que este leproso volvió para encontrarse personal y amorosamente con Jesucristo, pues quedan como un palmo de narices ahí, porque qué encuentro tan amoroso, el leproso llegando dando gracias, y Jesús quejándose por los que no volvieron, eso se parece al sacerdote que regaña en Misa a los que nunca vienen.
Entonces llega este dando gracias y Jesús no le dice: “Bien, diste gracias, sigue así y llegarás muy lejos”; no, no dice eso, sino que se pone a hablar por los que no agradecieron, y después de que se puso a hablar por los que no agradecieron, le dijo: "¡Véte, tu fe te ha salvado!" San Lucas 17,19.
Si tu fe te ha salvado, si se trataba de encontrarse personalmente con Jesucristo, lo normal hubiera sido que le hubiera dicho: “Mire, aquí me quedó una vacante, porque resulta que hubo un joven rico que no aceptó, ¿a usted no le interesaría de pronto como llenar esa vacante, como dedicarse a evangelizar? Es una vida un poco dura, pero hombre, hay milagros, hay exorcismos, es una vida dura, pero piensa”.
Jesús no hizo eso, Jesús habló de la ingratitud de los otros, Jesús recalcó que ese era un extranjero, Jesús le dijo: ¡Tu fe te ha salvado!" San Lucas 17,19. Y lo despidió. ¿Qué sentido tiene eso? ¿Qué significa decirle a una persona que ya está sana, decirle a esa persona que ahora está salva.
Dentro de pocos días tendremos un acontecimiento muy hermoso aquí en nuestra ciudad, “El Congreso de Sanación”, ¿quién organizará congresos de salvación? Porque aquí es un congreso de sanación, para sanar.
¿Cómo hacer congresos de salvación, donde las personas no sólo se sanen sino que se salven? Porque resulta que aquí Jesús distingue muy bien entre lo que es sanarse y lo que es salvarse; ¿será que se pueden hacer congresos de salvación?
¿Pero como será salvarse? ¿Ustedes se imaginan un congreso de salvación? La gente saldría diciendo: “Me salvaron”, no: "Me sanaron", sino "salvo”. Si uno piensa mejor las cosas, resulta que la Palabra de Dios como es viva, uno puede hablar con ella.
Entonces vamos a seguir hablando con este texto. Fíjate lo que aquí sucede: “Uno de ellos, viendo que estaba curado, se volvió alabando a Dios a grandes gritos, se echó por tierra a los pies de Jesús, dándole gracias" San Lucas 17,15, este era un samaritano.
Jesús tomó la palabra y dijo: ¿No han quedado limpios los diez?” [[Categoría:Lucas 017_015-018|San Lucas 17,15-18]. Eso se lo dijo a quien le estaba agradeciendo; "¿los otros nueve dónde están? ¿No ha vuelto más que este extranjero para darle gloria a Dios?" San Lucas 17,17-18, lo trató de extranjero, y dijo que estaba dando gloria a Dios, y luego dijo: “Levántate, que tu fe te ha salvado” San Lucas 17,19
La conclusión, mis queridos amigos, es que Jesús puso otra vez en camino a este hombre, le contó cuál era la verdadera manera de agradecer. Mira la pregunta que le hace: "¿Los otros nueve dónde están?" San Lucas 17,17. Pero es que las preguntas también tienen un orden, primera pregunta: "¿No han quedado limpios los diez?" San Lucas 17,17.
Entonces usted tiene que imaginarse la escena: el samaritano está postrado a los pies de Jesús diciéndole: "-¿No han quedado limpios los diez?" San Lucas 17,17; obviamente, el samaritano tiene que responder: “-Pues sí, creo que sí”. Porque es que Jesús no estaba diciendo palabras al aire, Jesús estaba hablando con él.
Luego le dice: “¿Los otros nueve dónde están?” San Lucas 17,17; entonces el samaritano tendría que decir; “no sé, me imagino que tienen mucho que hacer, ¿se imagina? Tanto tiempo leprosos que tenían mucho trabajo atrasado, ¿cierto?"
Porque si alguno de ellos por ejemplo, si estaba haciendo una especialización, un posgrado o cualquier cosa y quedó leproso, entonces ya no pudo seguir yendo a la universidad, entonces ¿qué quiere decir esto? Que como ya no podía seguir yendo mientras estuviera leproso y ahora quedó sano, tenía que ponerse al corriente de su posgrado, y lo mismo el que tenía un negocio.
Jesús le dice a él: ¿Los otros nueve donde están?" San Lucas 17,17, ¿y que tendría que responder este hombre? “Yo no sé, yo no me preocupé de ellos”.
Es que uno cree que este evangelio es para felicitar al agradecido ¿si o no? Uno está convencido que este evangelio es para felicitar al agradecido, y eso no es cierto. Cuando este señor volvió, Jesús todavía lo vio enfermo, Jesús no lo felicitó, porque Jesús sólo felicita la obra acabada y la obra no estaba acabada en este hombre, y luego no había que felicitarlo todavía.
Acuérdate de ese otro pasaje: “Cuando hayáis hecho todo lo que teníais que hacer, decid: “Somos siervos inútiles” San Lucas 17,10; bueno, pero inútil es una palabra que no corresponde tal vez del todo al término griego, por eso otra traducción dice: “Somos unos pobres siervos, hicimos lo que teníamos que hacer” San Lucas 17,10.
Entonces fíjate, cuando vuelve el leproso sanado, ¿qué es lo que uno se espera? Que Jesús diga: “Usted sí que es agradecido, pero esa manda de ingratos, pero bueno, por lo menos usted y yo sí nos entendemos”.
Y Jesús no está para eso, resulta que Jesús tiene un ojo clínico para ver si la persona está o no está, y cuando éste volvió así como dando gloria a Dios y alabando a Dios, Jesús sabe mirar el corazón, seguramente este hombre venía con muchos cánticos y venía con mucho alabaré, pero Jesús sabe que en ese corazón falta un hervorcito.
Y resulta que Jesús, mientras falte, sigue aplicando lo que dijo en el Evangelio de Juan “La rama que da fruto la poda para que dé mas fruto” San Juan 15,2.
De manera que Cristo, cuando le llegó este leproso agradecido, lo que uno se esperaría es que Jesús le dijera: “Oiga que bien, ¿sabe qué me parece? "Un detallazo, hermano, o sea su gratitud, vea, me conmueve”.
Supongamos que Jesús le hubiera dicho eso, ¿qué hubiera pasado con ese hombre? Hubiera creído entonces, y se vuelve a sus negocios, a sus estudios o a sus cosas, como se devolvieron los otros nueve.
Entonces Jesús ¿qué fue lo que hizo? Lograr que este hombre no se devolviera a sus negocios, lo cambió de negocios, ¿y en qué negocios lo puso? Eso es lo que vamos a ver.
Resulta que le dice: “¿No han quedado limpios los diez?” San Lucas 17,15, entonces el otro responde: "-Sí", y Jesús le pregunta: "-¿Y los otros nueve?" San Lucas 17,17, Y el otro responde: "¿Eh?" Y Jesús le dice: ¿No ha vuelto más que este extranjero para darle gloria a Dios?" San Lucas 17,18
¿Sabe qué significa esa pregunta? Esa pregunta significa ¿y por que no convenciste a los otros? ¿por qué no evangelizaste a los otros? ¿Por qué no hiciste que los otros agradecieran? Y luego le dice: “Levántate y vete” San Lucas 17,19.
Ese “vete” es "ponte en camino", acaba tu tarea, “tu fe te ha salvado”, "tú has podido reconocer en mí algo más que un brujo, ¡maravilloso! Ahora has tu tarea, ve y consigue a los otros nueve, evangelízalos, ¿dónde están los otros nueve?"
Yo me imagino este leproso recién curado, ¿cómo quedaría? Porque los otros nueve se curaron, ¿para que? Para irse a sus negocios, y este se curó y fue a dar gracias, ¿y cuál fue el pensamiento de él?: "Ahora yo voy, doy la gracias quedo como un príncipe, y luego me voy para mi casita y sigo en lo mío".
Pero resulta que fue y dio las gracias y Jesús le dio el cambiazo y le dice: “Ahora me haces el favor y te dedicas a evangelizar; ya que te curé, ya que en ti hay algo más, ahora ve a evangelizar, “tu fe te ha salvado” San Lucas 17,19, ¿no será que tu misma fe pueda salvar a otros? Corre que de pronto los alcanzas, corre a alcanzar a los otros nueve.
Este parece que es el sentido verdadero de la parábola, claro que la parábola nos da una enseñanza sobre la gratitud y desde siempre los sacerdotes hemos predicado sobre la gratitud a partir de esta parábola; pero el sentido fíjate que es muchísimo mas profundo, ¿cuál es la verdadera gratitud? ¿cuál es el verdadero agradecimiento? Evangelizar “tu fe te ha salvado” vete y sal de aquí y vete.
Ahora yo me imagino a este leproso la impresión que le causaría eso, ¿usted se imagina la escena siguiente? Pues le dijo "levántate y vete" San Lucas 17,19, "-¿que me vaya?" "-Sí, vete".
Entonces este hombre se puso en camino, evidentemente; pero fíjate el cambio, dice aquí: “Mientras iban en camino quedaron limpios. Uno de ellos, viendo que estaba curado, se volvió alabando a Dios a grandes gritos” San Lucas 17,15. Eso dice el evangelio según San Lucas en este capítulo diecisiete que estamos leyendo.
El texto del Evangelio de hoy termina en el versículo diecinueve del capítulo diecisiete, ¿y el versículo veinte? ¿O sea el siguiente versículo? Es el evangelio que corresponde al día de mañana: “En aquel tiempo a unos fariseos que le preguntaron que cuando iba a llegar...."
¿Y la historia de los leprosos? Quedó atrás. Esto quiere decir que la historia de los leprosos termina en el versículo diecinueve del capítulo diecisite de San Lucas; esto quiere decir que no siguió más historia; esto quiere decir que el leproso se fue, pero ya no se fue dando grandes gritos, se fue pensando largamente.
El hombre llegó bendiciendo a Dios: “¡Gloria a Dios, he sido sanado!” Y Jesús le dijo: “Ahora vete a evangelizar”, y se acabó la euforia; “tu fe te ha salvado y estás agradecido, que se vea si estás agradecido".
"Si quieres darme las gracias, reparte la gracia que hay en ti", ese sería el verdadero mensaje de esta parábola, verdadero mientras que el Espíritu Santo de pronto nos muestre otra cosa todavía más profunda, el verdadero mensaje mientras el Espíritu Santo no nos muestre algo todavía más hondo, parece que es ese.
"Mira, puesto que tú has sido sanado, puesto que tú vienes a dar las gracias, reparte tu gracia, evangeliza". Dar las gracias es dar gracia, es muy fácil de recordar así.
Y cuando este señor se fue caminando, yo me imagino a este señor bajando una colina, no se por qué cuando pienso en este pasaje me imagino a Jesús en una colina, y se fueron los diez leprosos y de pronto uno dice: "¡Gloria a Dios!" Y empieza a devolverse y da brincos y saltos de un lado para otro como un cervatillo.
Y cuando llega y otra vez se va por la colina abajo, y yo me imagino a este hombre agarrándose la cabeza a dos manos diciendo: "¿Y ahora, para encontrar a esos otros nueve, yo qué hago?
El Evangelio no dice si se fue zapateando: "¡Bien me decía mi mamá! Esto me pasa por burro y por sapo”. Jesús lo puso a evangelizar, no se puso a felicitarlo. “-ah, ¿tú vienes a dar gracias? Vete a repartir gracia entonces”; ¿-y mi medalla? Como los niños: "¿Y mi colombina?
El leproso se fue bajando la colina, cuando había recorrido como unos cincuenta metros se acordó de su colombina y de su medalla y se volteó para mirar a Cristo, y Cristo se sonrió y dijo: “Cuando me hayas reunido los nueve, te doy la medalla; cuando hagas que el universo entero me alabe como tú me estabas alabando, cuando todas las naciones den gloria a Dios como tú dabas gloria a Dios, entonces será la medalla, entonces será el reino.
Todavía no es tiempo de medallas, este es tiempo de tarea, es tiempo de Evangelio, es tiempo de labor". ¡Eso es muy hermoso!
La Palabra de Dios es un banquete delicioso y hay que saber pesar cada palabra, hermanos, pero como ustedes son oyentes atentos, por lo menos en su gran mayoría, por lo menos a todos los que veo despiertos los veo atentos, como ustedes son gente atenta, entonces seguramente alguno tendrá esta pregunta: "¿Y que pasó con el tema de la sanación y la salvación?"
Porque nos dedicamos a hacer un análisis de la relación entre dar las gracias y dar gracia y no aclaramos que pasaba al fin con el curado y salvado, porque eso estaba haciendo falta, ahora ya podemos, me parece, dar una respuesta.
El que está salvado se diferencia del que está sanado, eso ya lo habíamos dicho, ¿cuál es la diferencia? El que está sanado siente que Dios entró en su mundo; el que está salvado, entró en el mundo de Dios; el que está sanado quiere decir: “Lo que yo quería, se me cumplió”; el que está salvado es: “Voy a cumplir lo que Dios quiere”.
Ser salvado significa ponerse en el camino de la voluntad de Dios, mientras que ser sanado quiere decir que Dios se puso en mi camino.
Toda la gente quiere sanarse, por eso están agotadas las boletas de los congresos de sanación, “que allá sanan, vamos, Dios entrará en mi vida”; pero si anunciáramos un congreso que fuera para que tú entres en la vida de Dios, para que tú entres en el plan de Dios, no para que Dios entre en tus planes.
Si anunciáramos que el congreso es ese: “-Bueno, está bien, yo admito ir a ese congreso ¿pero eso significa que ya no me van a dar más ataques de amibas?” "-No sabemos. En cuanto amibas, no sabemos, lo de amibas es tres cuadras abajo en el congreso de sanación, aquí estamos en el Congreso de Salvación”.
"-¿Y entonces esa caspa intratable que no se quita con nada tampoco?" -"Pues probablemente vas a ser el primer casposo canonizado", y entonces la persona dice; “-Ah, no, yo prefiero ser un calvo feliz que un casposo santo”. De manera que ahí sí no me suena el “congreso de salvación”.
Entonces fíjate, los diez quedaron sanados, sólo uno quedó salvado, ¿cuál es la diferencia? Que los que quedaron sanados siguieron en su propio mundo, el que quedó salvado entró en la lógica de Cristo. íEntonces salvarse no es simplemente volver a Cristo para que me ponga la medalla, porque yo si soy de los agradecidos: “Señor, gracias porque yo no soy como esa gente que se cree mejor que los demás”, -así decía un fariseo al cuadrado-: “Gracias, Señor, me salvaste no sólo de muchos males, sino incluso del fariseísmo; gracias, Señor”.
Entonces el salvado, aparte de lo que queda del trigo, la persona salvada quiero decir, es aquella que entra en el plan de Dios, que no sólo se alegra de que Dios entró en sus planes sino que entra en el plan de Dios, ese es el salvado, eso es salvarse.
Entonces ahora podemos responder la inquietud sobre el asunto del conductismo. ¿El conductismo a qué está dirigido? ¿O es que esos tipos de tratamientos psicológicos son malos o buenos? Yo creo que son buenos en general, claro que sí.
Y hay que favorecer que los profesionales en sus diversas áreas, sin que se extralimiten, desde luego, hagan el bien que pueden hacer, así lo dice el Eclesiástico, dice que uno debe también acudir a los médicos, eso lo dice la Santa Biblia, Eclesiástico 38,10.
Pero ¿cuál es la diferencia, que un médico, que un psicólogo? Ellos me van a hablar de mi mundo, sólo Jesús me va a hablar del mundo de Dios; ellos me ayudarán para que mi voluntad esté de acuerdo con mis propósitos; Cristo me llevará a que mis propósitos estén de acuerdo con los propósitos de Dios, esta es la diferencia entre sanación y salvación.
Hemos acogido la Palabra de Dios en nuestro corazón, hemos bendecido al Señor y Él, así como cura la lepra, así también cura la ignorancia. Aquellos que se fueron, esos nueve que salieron a perderse, porque estaban demasiado presurosos, esos nueve recibieron algo de Cristo para sus cuerpos, pero la lepra de su mente, la oscuridad de su alma quedó intacta.
Nosotros hemos recibido más que estos leprosos, si alguien siente gratitud en su alma, ya también sabe, por este pasaje, que para dar las gracias hay que repartir la gracia, hay que evangelizar.
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo, como era en un principio, por los siglos de los siglos.
Amén.