I321001a
Fecha: 19971110
Título: "Senor, dame un corazon que sepa escuchar"
Original en audio: [13 min. 09 seg.]
Después de enseñarnos ampliamente con la Carta a los Romanos, la Iglesia toma al comienzo de esta semana, la número 32 del Tiempo Ordinario, el libro de la Sabiduría.
No deja de llamar la atención este contraste. El libro de la Sabiduría fue escrito en el siglo primero antes de Cristo, y la Carta a los Romanos en el siglo primero después de Cristo. Entre estos dos escritos hay cerca de cien años, tal vez un poquito más; pero fueron los cien años decisivos para el Judaísmo, decisivos para la historia, decisivos para la humanidad.
En esos cien años sucedió aquello que el Apóstol San Pablo llama "la plenitud de los tiempos"; en esos cien años se desbordó la cólera de Dios, es decir, aparecieron las consecuencias del pecado y se convirtieron en un vestido de sangre, el vestido de Cristo en la Cruz.
Pero sobre todo, en ese siglo que está entre el libro de la Sabiduría y la Carta a los Romanos, se desbordó, y mucho más que la cólera, la copa de la misericordia; porque junto a la sangre, brota el agua del corazón de Cristo para que la sangre que nos denuncia pueda ser lavada con el agua que nos bautiza.
Es precioso también este contraste porque el libro de la Sabiduría, en los manuscritos que podemos considerar como primeros, como originales, fue redactado en griego, lo mismo que la Carta a los Romanos. El griego era el lenguaje común de toda la cuenca del Mediterráneo; pero no se trata sólo de un asunto de lenguaje. Este libro de la Sabiduría se encuentra en griego, porque el judaísmo ha tenido que ar un paso decisivo, quizá a su pesar, pero ha tenido que darlo.
Efectivamente, después del destierro de Nabucodonosor en el siglo VI antes de Cristo, los judíos no volvieron a recuperar completamente su independencia como nación, como estado, como país. Y las comunidades judías que se fueron estableciendo fuera de la tierra de promisión, vinieron a ser el camino providencial para la difusión del Evangelio.
Lo que era una humillación para el judaísmo, el tener que vivir fuera de su tierra, se convirtió en un camino de gracia para el cristianismo, porque efectivamente el rastro de estas sinagogas fue el que marcó las rutas misioneras ante todo del mismo Apóstol Pablo que nos venía predicando a través de su Carta a los Romanos.
El fracaso del judaísmo, el fracaso para constituirse como país, para constituirse como nación sólidamente establecida en torno a un rey en esta tierra, ese fracaso vino a convertirse, por obra del fracaso de la Cruz de Cristo, en un mensaje de esperanza.
Porque así como los judíos se veían y sentían desterrados por todos esos lugares a donde tuvieron que aprender otras lenguas, ante todo el griego, así como ellos se sentían desterrados, pues así también el Evangelio tuvo en cierto modo que ser desterrado; también él tuvo que salir de esa tierra original, tuvo que salir de ese pueblo para difundirse en esas otras comunidades.
Pero lo maravillosos que hizo Dios con este destierro del Evangelio, por darle ese nombre, fue manifestar que ninguna institución humana, que ninguna tierra, que ningún gobierno y que ningún rey de esta tierra puede reemplazar el mensaje de gracia que está dirigido no sólo para un pueblo, sino para todos los pueblos.
Cuando Pablo contemplaba estos caminos espectaculares, inesperados, deliciosamente sabios de la Providencia divina, hablaba de un misterio, del misterio del amor, el misterio revelado al fin de los tiempos, el misterio, esa especie de secreto, esa especie de supremo conocimiento que sólo Dios podía tener y sólo Él podía realizar.
Hay que amar, pues, el libro de la Sabiduría. El libro de la Sabiduría podemos imaginarlo como unas manos que se tienden con humildad, que se levantan con humildad para pedir al Señor eso que también decía el salmista: "Guíame, Señor, por tu camino" Salmo 138,24.
El libro de la Sabiduría podemos decir que nace completamente, que nace todo él de una convicción: es posible equivocarse en esta tierra. Ya decía aquel profeta: "Preguntad a los caminos, preguntad a la sendas: ¿es este el camino?" Jeremías 16,10. La literatura sapiencial en la Sagrada Escritura viene a reemplazar casi la antinomia tradicional entre santo y pecador, por la antinomia o contraste entre el sabio y el necio.
Necio es aquel que no le hace suficientes preguntas a su camino; necio es aquel que no escucha la voz de la experiencia; necio es aquel que no reconoce su vía en la vía de otras personas; necio es aquel que cree que tiene que empezar a escribir otra vez la historia del mundo como si él fuera de nuevo Adán, y se le olvida que ya ha habido mucha gente y que se puede aprender de esa gente; necio es aquel que pretende hacer el universo con la fuerza de sus caprichos, con la fuerza de sus planes o proyectos.
Y por esta razón, necio es aquel que no se detiene ante el umbral de Dios para decirle: "Sólo tú eres Señor". Y de este modo, pensando en la vida humana, reflexionando sobre las vidas de los hombres, los sabios de Israel llegaron a la conclusión de que el principio de la sabiduría está en el temor de Dios, como ya lo había dicho el libro de los Proverbios y como ya lo había dicho el libro Eclesiástico.
Efectivamente, ese temor de Dios no en ningún miedo, sino la convicción de que sino puede equivocarse; la convicción de que uno puede estar leyendo mal la vida; la convicción de que uno puede tener los oídos tapados a alguna voz esencial; la convicción de que uno puede esta perdiendo el tiempo, y sobre todo la convicción esencialísima de que esta vida es nuestra única oportunidad y que no puede perderse.
El que cae en la cuenta de estas cosas, sabe que necesita detenerse ante Dios, sabe que necesita no perder la voz de Dios, sabe que necesita no apagar el susurro de Dios. Porque los sabios sabían que Dios puede hablar en muchos tonos; y la Biblia dice muchas cosas, pero en ninguna parte dice que Dios te va a gritar si tú te tapas los oídos. La Biblia dice muchas cosas, pero la Biblia no dice en ninguna parte que Dios se va a imponer a tus terquedades y caprichos.
La Biblia, la Escritura enseña muchas cosas, pero no dice que el sol va a lograr vencer a tus ojos cerrados, sellados por tu propia voluntad. Y por esta razón, el que quiera ser verdaderamente sabio tiene que ser verdaderamente humilde. "¿Ante quién, en quién pondré mis ojos?" Isaías 66,2, decía por el profeta Isaías, "ante aquel que tiembla ante mis palabras, ante aquel que se estremece con mis designios"Isaías 66,2.
He aquí el lenguaje, he aquí el mensaje de la sabiduría: pudo estar equivocado, puedo no haber oído el susurro de Dios; es posible que una parte de mi corazón esté sorda, ¿y qué tal que esa sea la parte esencial, la parte donde Él me estaba llamado, el camino por el cual Él me estaba llamado? Por eso, en esa expresión, "el temor de Dios", se resumen tantas cosas; temor de Dios que es un reconocimiento de su majestad; temor de Dios, que es un reconocimiento de su poder; temor de Dios, que es conciencia de que uno es creatura; temor de Dios que significa también no perder su voz: "Señor, que yo no pierda tu voz".
Pero como la Biblia me dice que Él no necesariamente me va a gritar, el temor de Dios se convierte en aquella súplica que ya hiciera el rey Salomón: "¡Señor, dame un corazón que sepa escuchar, Señor!" 1 Reyes 3,9; un corazón que sepa escuchar, esta es la súplica de los sabios de todos los tiempos; que no se me pierda la voz fundamental.
Y por eso, el verdadero sabio, como dice aquel otro salmo de la confianza en Dios: "Sabe acallar y moderar sus deseos" Salmo 131,2; el verdadero sabio nada lo desea con demasiada concupiscencia, fuera de Dios nada desea; el verdadero sabio ama a Dios sobre todas las cosas y sabe que nada en esta tierra debe ser demasiado deseado, porque podría volverme sordo.
¿Qué tal que por estar deseando, por estar anhelando, que por estar encaminándome hacia ese que considero mi único objetivo, pierda yo la capacidad de oír la voz fundamental, de oír la melodía fundamental? ¿Qué tal que por tener mis ojos puestos en lo que yo considero mi meta, los haya quitado de la verdadera meta, del verdadero fin de mi vida?
Bueno, tendremos tiempo, con la bondad de Dios, a medida que estas lecturas vayan alimentando nuestro corazón, tenderemos tiempo de ir apreciando, de ir saboreando lo que significa esta sabiduría.
Para nosotros, sin embargo desde hoy, una invitación: oremos así: "Señor, dame un corazón que sepa escuchar; que no levante yo tan alto mi voz, en mis deseos en lo que yo considero mis planes; que yo pueda por un momento callar mi voz, ni llorar muy fuerte ni reír demasiado duro.
El sabio sabe que debe mantenerse en cierta medianía, no mediocridad, en cierta medianía, en cierta ecuanimidad; no llora a gritos, no ríe a carcajadas, no se apega a las cosas, no se apresura por conseguirlas; sabe que sólo una cosa es esencial y esa cosa se revela a los que tienen el corazón humilde, a los que tienen alma de discípulo, a los que saben adorar a Dios en todo y sobre todo.