I314003a
Fecha: 20091105
Título: La misericordia de Dios es para todos
Original en audio: [18 min. 47 seg.]
Queridos hermanos:
Los evangelios nos cuentan muchos milagros de Jesús; pero hay un milagro de El que lo podemos llamar el milagro silencioso ¿Cuál es este? Aparece en el evangelio de hoy, en el primer renglón, la primera línea del evangelio de hoy, dice así: “solían acercarse a Jesús todos los publicanos y los pecadores a escucharle” (San Lucas 15, 1) ese es el que yo llamo el milagro silencioso de Cristo.
Hay milagros que por lo mismo que son maravillosos se publican así mismos, son espectaculares, ver que una persona está sentada en una silla de ruedas y se levanta, es algo que atrapa nuestra atención, es algo maravilloso, es algo espectacular.
Un ciego que recupera la vista, un mudo que empieza a hablar, un leproso que queda curado, todos estos son milagros que se publican, se publicitan así mismos, son milagros espectaculares; pero hay un milagro humilde, un milagro silencioso, es el milagro de la mansedumbre y de la acogida de Jesucristo.
“Solían acercarse a Jesús todos los publicanos y los pecadores a escucharle” esta es una obra maravillosa, aunque puede pasar desapercibida, aunque no es quizás tan espectacular como ver que se levanta un paralitico o que Lázaro sale de su tumba; pero es un milagro y es un milagro muy necesario, es el milagro de acercarse a Jesús ¿y por qué lo llamo así? ¿porque quién es este Jesús? la Carta a los Hebreos lo describe con palabras parecidas a estas: “inmaculado” apartado del numero de los pecadores, santo (Hebreos 7, 26).
Y es tan hermoso pensar que en realidad no se trata de un milagro sino de dos milagros, de los que estoy hablando, porque con mucha frecuencia las personas que son buenas, las personas que son virtuosas, sienten fastidio o a veces temor de juntarse con aquellos que no son igualmente virtuosos o inteligentes o de buena familia, como se dice.
Con mucha frecuencia las personas o las familias que se consideran a sí mismas muy buenas, muy virtuosas, miran con desdén, con distancia al resto del mundo, nosotros somos los buenos, cuidado con juntarse con los malos.
Hay una advertencia que hay que hacerle a los niños, a los niños hay que advertirles “cuidado con las malas amistades” estoy de acuerdo con eso. Pero no vamos a ser niños toda la vida y muchos de nosotros nos quedamos con esa idea toda la vida y entonces procuramos evitar a la persona que es inculta o a la persona que es incorrecta o a la persona que es de menor categoría.
Es un impulso muy humano, es algo así como un instinto de protección que tenemos los seres humanos, huimos de las personas tristes, de las personas deprimidas, de las personas derrotadas.
Hoy en día hay mucha popularidad en estos cursos de superación personal o libros que nos hablan de cómo lograr el éxito, y uno de los consejos que siempre dan estos libros es, apártese de la gente que tiene problemas, apártese de la gente triste, apártese de la gente derrotada, apártese de la gente pesimista.
Entonces, vamos formando una mentalidad de aislar a los ignorantes, a los equivocados, a los derrotados y vamos creando una mentalidad de que nosotros los buenos, los exitosos, los de buena familia, nosotros los de la élite no tenemos que juntarnos con los de más abajo.
Esto no es solamente un asunto de dinero o de abolengo, este es un asunto que tiene que ver con todos los aspectos de la vida humana, todas las dimensiones, los inteligentes no quieren juntarse con los ignorantes o con los brutos y la gente que tiene influencia política no quiere juntarse con el pueblo, el vulgo, o solo va al pueblo para pedirle votos no más.
Los que son muy virtuosos y los que son muy puros no quieren juntarse con el resto de la humanidad que es tan sucia, tan pagana, tan corrupta y así nos forman de niños y así crecemos; y llega un momento en el que pensamos que el secreto del éxito es huirle a los equivocados, a los tristes, a los frustrados, huir de toda esa gente y juntarnos solamente con la gente feliz, la gente exitosa, olvidándosenos que también nosotros alguna vez podemos pasar por esa experiencia, por ejemplo de un fracaso y cuando uno pasa por el fracaso, cuando uno pasa por la tristeza, por la equivocación, muy fácilmente uno experimenta la otra cara de la moneda.
Ahora la gente no quiere juntarse con uno, esto llega a suceder en algunas familias, hay alguno al que le ha ido muy bien tiene muy buen dinero, tiene buenas posesiones y todos quieren ir a las fiestas, a las comidas, a las reuniones que se organicen en casa del hermano al que le sonríe la fortuna, en cambio, hay otro pobre al que le ha ido mal, quizás por responsabilidad propia, no lo niego, y a ese nadie quiere juntársele, esa es la oveja negra, procuremos que no se entere, no lo volteamos a mirar, no levantamos el teléfono para darle una llamada, él es un derrotado, el es la oveja negra que se quede allá, que no haga bulto, que no estorbe, que no aparezca, que no exista.
El evangelio nos cuenta de una persona que vivió las dos experiencias, el famoso hijo pródigo, cuando el hombre tenía éxito entonces todos querían estar cerca de él, cuando las cosas le salieron mal por culpa propia, ciertamente todos huían de él.
Ahora hagámonos esta pregunta, que tal que Jesús hubiera utilizado esa manera de pensar cuando vino a esta tierra, que tal que Jesús hubiera dicho “como yo tengo una sabiduría que nadie la tiene que nadie se junte conmigo, manada de torpes, brutos, ignorantes, lejos de mí, yo no podré conversar con nadie solamente hablaré aquí con mi papá del cielo”.
Imaginémonos que Jesús hubiera utilizado esa mentalidad con la que nosotros muchas veces tratamos a los propios parientes, a los vecinos y a los amigos que no los volteamos a mirar cuando están en la mala, no los volteamos a mirar, o como dicen algunos jóvenes ahora con una expresión muy ruda, pero muy descriptiva, cuando están allá abajo en la inmunda no los volteamos a mirar.
Que tal que Jesús hubiera hecho eso con nosotros, que tal que Jesús hubiera dicho: “yo soy un diamante de pureza que voy yo a juntarme con tanta gente sucia, impuros, adúlteros, mal pensados, lujuriosos, lejos de mí, yo me quedo aquí en mi casa, si acaso hablaré con la Santísima Virgen María, que tal que Jesús hubiera pensado así ¿qué sería de nosotros, que sería de todos nosotros los que somos lentos para comprender el evangelio? ¿qué sería de todos nosotros los que nos caemos, los que tantas veces llevamos el barro de la vida untado en nuestras manos, en nuestro rostro, nosotros los sucios, los pecadores? ¿qué hubiera sido de nosotros si Jesús se hubiera encerrado en su castillo? jamás hubiera venido a la tierra, Jesús se hubiera quedado allá en el cielo únicamente conversando con los ángeles; pero de mal gusto porque los ángeles no son tan sabios ni tan santos como el hijo de Dios.
Por eso este es un gran milagro y este gran milagro tiene un nombre y el nombre del gran milagro es la misericordia, el Jesús en el que nosotros creemos, es un Jesús que antes de realizar el milagro de curar al ciego, curar al paralitico, curar al mudo, el primer milagro que realizó Cristo fue el milagro de la misericordia, el milagro de abrirnos la puerta de su corazón, volverse accesible a nosotros, vivir de tal manera, hablar de tal manera, amar de tal manera que todos nosotros, siendo lo que somos, ignorantes, traidores, pecadores, mentirosos, sucios, porque esos somos nosotros, la mayoría por lo menos, siendo lo que somos, todos sentimos abierto el corazón de Jesucristo para recibirnos.
Ese es el gran milagro, ese es el milagro silencioso, no es un milagro espectacular como otros, ver salir a un muerto de su tumba tiene que ser una cosa espectacular, este milagro del que estoy hablando no es tan espectacular, pero es un milagro mucho más necesario, es el milagro mis hermanos que tu y yo hemos necesitado y seguiremos necesitando y cuando llegue la hora de nuestra muerte, cuando llegue ese momento final de nuestra muerte ¿qué es lo que más vamos a necesitar? que tal que en esa hora quizás envejecidos, quizás enfermos, quizás solos, que tal que en esa hora Jesús dijera “ese viejito que no sabe ni hablar y que huele tan feo quítenmelo” que tal que Jesús nos diera esa patada en ese momento, pero Jesús no es así, el primer milagro de Jesucristo, el milagro más importante sobre esta tierra es el milagro de la misericordia.
Pero dije que ese milagro tiene dos aspectos, del lado de Cristo es un milagro que el abra así la puerta de su corazón, porque siendo verdaderamente humano, es verdadero Dios y verdadero hombre, siendo verdaderamente humano no tiene ese defecto tan humano de estar separando a la gente y de estar dejando allá los derrotados, allá los tontos, allá los pecadores, aquí conmigo los buenos, los inteligentes, los exitosos, los santos, ese no es Jesucristo.
Jesucristo no puso esa diferencia entre el allá y el acá, sino que abrió su corazón para todos, ese es el milagro del lado de Cristo, pero ese milagro tiene un complemento que tiene que suceder del lado de nosotros, cuando uno se encuentra con algo realmente impresionante y realmente bueno hay un impulso que también es muy humano, el impulso de retirarse avergonzado, el impulso de sentirse anonadado.
Bueno, pues eso fue lo que sucedió por ejemplo el pueblo de Israel, los israelitas en el desierto querían encontrarse con Dios y un día Moisés al borde de la montaña santa, la montaña del Sinaí, le pidió a Dios que se manifestara al pueblo, que el Dios eterno, poderoso, santo se manifestara a todo el pueblo, y así sucedió, y ese día, densos nubarrones oscurecieron la tierra y ese día truenos implacables hacían temblar como hojas en tormenta los corazones de los israelitas y ese día llamaradas inmensas brotaban de la montaña santa y ese día los israelitas aterrorizados le dijeron a Moisés “ay, háblanos tu, que no nos hable ese Dios” (Deuteronomio 5, 27) porque era tan grande, tan grande la maravilla, era tan grande la presencia majestuosa de Dios que los israelitas dijeron, no, ese Dios no, háblanos mejor Tu.
Algo parecido le sucedió Isaías, Isaías estaba en el templo de Jerusalén y Dios se manifestó de un modo particular en el templo, Isaías sintió como si el borde del manto de Dios pasara a su lado, y sintió que se llenaba de incienso, de humo y de gloria el templo, Isaías percibió la majestad, la santidad de Dios, porque los ángeles del cielo estaban cantando lo que nosotros cantamos en la Misa “santo, santo, santo es el Señor”.
Isaías percibió la santidad de Dios un poquito, un destello de la santidad de Dios ¿y qué hizo Isaías? Se sintió morir y dijo “ay de mi estoy perdido, soy hombre de labios impuros y habito en medio de un pueblo de labios impuros, estoy perdido” (Isaías 6, 4-5) se sintió sin fuerzas, se sintió aplastado por esa manifestación del amor de Dios, del poder de Dios, porque Dios es demasiado grande, tan grande que la mente humana se queda como aplastada, como anonadada, no logra como pensar, no logra que decir.
Con Jesús es diferente, algo tiene Jesucristo, el milagro no es solamente que su corazón esté abierto, el milagro es también que nosotros sintamos el valor y el ánimo de acercarnos a El como la pecadora que le bañó los pies con el llanto, (San Lucas 7, 37).
El milagro es que también nosotros nos pongamos en camino, y a este Dios que se ha vestido de tanta humildad le digamos: “Señor, yo no te merezco, pero si te necesito” o también que le digamos como le dijo el ciego, “Jesús hijo de David ten compasión de mí” (San Lucas 10, 47).
Y yo les pido mis hermanos que no desperdiciemos el milagro de la misericordia, yo les pido mis hermanos que nosotros al Señor le digamos: “Jesús de Nazaret, Jesús hijo de David ten compasión de nosotros y del mundo entero” como se dice en la Coronilla de la Misericordia y así este milagro maravilloso, este milagro silencioso, dará su fruto más grande, el fruto que sí perdura, porque cuando Jesús curó al ciego hizo una cosa maravillosa; pero ese ciego después se murió y el paralítico y Lázaro.