I314001a
Fecha: 19971106
Título: Dios hizo en ti una obra que es mas grande que la creacion de las estrellas, las galaxias, los planetas…
Original en audio: [11 min. 25 seg.]
Queridos Hermanos Amados de Cristo Jesús:
El evangelio dice que Jesús andaba con pecadores. Mirándolos a ustedes, veo que no se la ha quitado la maña, y mirándome a mí, claro, en primer lugar, parece que no se le ha quitado la maña. Parece que Jesús sigue buscando a sus pecadores, sigue buscándonos a nosotros, sus ovejas perdidas.
Yo debo decir aquí, como he comentado en otra ocasión, que yo no hablo porque yo sea bueno; yo hablo porque soy un mejorado, un sanado, un perdonado. Algunos de entre ustedes podrían ponerse en pie y podrían señalarme con este dedo que para eso se llama índice: para indicar. Y podrían decir: "Hey, tú, quítate esos ornamentos y bájate de ahí; eres un pecador y eres un inicuo".
Y ¿sabe una cosa? Yo tendría que darle la razón a esa persona. Soy un pecador, es cierto. Soy un inicuo. No he vivido bien mi vida, he vivido mal mi bautismo, he sido ingrato con mi vocación religiosa, y no le he respondido al Señor como Él se merece en mi sacerdocio.
Soy un pecador, mi nombre es Nelson Medina, pertenezco a una Comunidad religiosa en donde me ha conservado la misericordia de Dios, pero soy un pecador, yo soy un pecador.
Esta afirmación no me hace, sin embargo, descarado, no. Porque así como tengo que reconocer mi pecado tengo que reconocer su obra, y sería un mentiroso si me quedara sólo en la parte del pecado y no proclamara, como quiero hacer, como debo hacer, el poder inmenso de su amor, el poder inmenso de su gracia.
Yo he visto obras maravillosas del señor, he visto milagros que han sucedido ante mis ojos, he visto milagros que han sucedido a través de estas manos y a través de esta voz y yo sé que estas son las manos de un criminal y esta es la voz de un pecador.
Pero no es un pecador hundido en su pecado, sino un pecador hundido en las Llagas de Cristo; porque esa es la alternativa; pecadores somos todos y tú escoges: o te hundes en tu pecado o te hundes en las llagas del amor de Dios.
Es verdad que Cristo tiene heridas, pero de esas heridas mana sangre perdonadora; es verdad que mi vida tiene heridas, pero de mis heridas, las que yo mismo me he causado o las que la vida me ha propinado, de esas heridas también Cristo Jesús sabe y puede y quiere hacer brotar una fuente de alabanza y de redención.
Hermanos: ¿qué palabras, por favor, qué palabras podía utilizar Jesucristo para invitarnos con más confianza que las palabras, que por su bondad, nos ha regalado esta noche la Iglesia? Mira qué palabras: “Habrá más alegría en el Cielo por un solo pecador que se convierta, que por noventa y nueve justos que no necesitan convertirse" San Lucas 15,7.
Alegría en los Cielos, alegría en los Cielos ¿por mí? ¿por mí? Si a veces lo que a mí me pasa no le importa a nadie.
Y a veces pasamos una vida tan anónima, tan olvidados de todos, que llegamos a creer que nuestra vida no le importa a nadie. Eso crees tú: que tú no le importas a nadie, que el día que tú le dijiste sí a Jesús las orquestas celestiales tocaron alabanzas y los Ángeles se regocijaron en el poder de la gracia. Es más grande la obra de la conversión de un solo pecador, que la creación del universo entero.
Y la razón es esta, o mejor dicho, las razones; te voy a comentar diez razones que dan los grandes teólogos sobre esta afirmación.
La razón es esta: cuando Dios mandó que de las tinieblas brotase la luz, la tiniebla no podía oponerse; cuando Dios hizo reverdecer la tierra con el poder de su Palabra, como nos dice hermosamente en esa simbología preciosa el Génesis; cuando Dios dijo: "Que exista", y existió; nada podía oponerse a su voluntad. Pero cuando Dios dijo: "Que haya un santo", ahí sí había alguien que podía oponerse: mi terca voluntad.
Por eso, cuando mi terca voluntad ungida en su gracia bendita le dice "sí", ahí sucede algo que es más grande que la creación de las estrellas, las galaxias, los planetas; ahí sucede algo más espectacular que todo lo que descubra la ciencia en los mares, en las montañas, en las llanuras y en los valles.
Cuando tú dices "sí" -pero hay veces que es un sí tan rogado- cuando tú dices "sí", ese "sí" es una obra más grande que el universo, porque el universo material no podía oponerse a la voz de Dios.
En cambio Dios quiso, en un misterio de su voluntad, Dios quiso hacernos de tal manera que podemos decir "sí", o podemos decir "no". Cuando nosotros decimos "sí" por el poder de su gracia, sucede algo más grande que la creación de galaxias y constelaciones. Esa es la primera razón.
La segunda razón es también muy bella. La segunda razón es esta, hermano: cuando Dios hizo el universo, una cosa es el universo y otra cosa es Dios. La nueva era pretende confundirnos y decir que todo es divino, y que yo soy Dios y que las cosas son Dios, y que Dios está en las cosas pero de tal manera que Dios es las cosas.
¡Paja, mentira y engaño!; eso se llama panteísmo. Y el panteísmo no es de Cristo Jesús. Cuando Dios creó las cosas, una cosa es lo creado y otra cosa es el Creador. Y creer la nueva era o aceptar la nueva era es negar la obra de la creación de Dios, y desde luego, oponerse a la Palabra de Dios.
Ahora bien, cuando Dios hizo las cosas, una cosa son las cosas creadas y otra cosa es el Creador de todas las cosas. Pero, cuando Dios reúne, ¿cómo reúne? Comunicando la gracia del Espíritu Santo. ¿Qué dice el Catecismo? Que el Espíritu Santo es Dios así como el Hijo es Dios y así como el Padre es Dios.
Cuando sucede la redención, cuando tú le dices sí a Dios, cuando tú aceptas en tu corazón que Jesús es el Señor de Majestad y poder, ahí está sucediendo algo más maravilloso que todo el universo, ¿por qué? Porque el universo material no puede contener a Dios.
En cambio en la redención, Dios hace tu alma capaz de recibir el don del Espíritu Santo, es decir, Dios se comunica a ti; Dios se da. En el orden de la gracia, en el orden de la redención Dios no hace algo; se da, se comunica Él.
Cuando nosotros, por ejemplo, al principio de esta celebración estábamos cantándole las alabanzas a Cristo en la Eucaristía, ¿tú crees que éramos únicamente nosotros? ¿Es que no sentías las legiones de Ángeles que llenaban este lugar? Y sobre todo, ¿no te diste cuenta de ese torrente, esas oleadas de Espíritu Santo que oraban en nosotros? San Pablo no lo pudo decir más claramente: "Es el Espíritu el que ora en nosotros" Carta a los Romanos 8,26.
El Espíritu ora en ti, el Espíritu pone en ti la alabanza a Jesucristo, el Espíritu te permite reconocerlo en la hostia consagrada, el Espíritu te da el sentido de la fe, el Espíritu te permite distinguir qué es y qué no es; el Espíritu te unge, el Espíritu te posee.
Dios redime dándose, mientras que cuando creó las cosas no se dio a ellas. Sólo dejó en ellas vestigio de su ser, pero no dejó su presencia; la presencia, la habitación de Dios en nosotros, esta es la fantástica maravilla de la redención.
Y esto explica, diríamos, esto explica la afirmación tan consoladora, tan hermosa, de Nuestro Señor Jesucristo en el evangelio: "Hay más alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta" San Lucas 15,7.
¿Por qué? Porque la conversión no sucede sin el beneplácito del Padre, sin la presencia de Cristo y sin la donación del Espíritu Santo. En cada convertido, en tu conversión y en la mía, ¿sabes quién obró? Toda la Trinidad, toda la Trinidad; Dios se empeñó en ti, hizo en ti y para ti una obra que es mayor que todo el universo.
Y cuando los Ángeles, que han recibido ciertamente, la gracia de Dios, pero que propiamente no han sido redimidos de pecado alguno; los Ángeles santos. Cuando los Ángeles que han recibido la gracia, la comunicación del Espíritu, ven esa obra del Espíritu, en nosotros pobres pecadores, cantan de júbilo, porque es una obra mayor que el universo entero, porque es algo más grande, porque es algo más maravilloso, porque es algo infinitamente más bello que el universo entero.
Demos gloria y alabanza a Dios. Pensemos lo que esto significa: Papá Dios, tú metiste tu mano; Señor Jesús, tú ofreciste tu cuerpo; Espíritu Santo, tú te regalas a mí; todo Dios, todo Dios hizo posible mi fe; bendito sea su Nombre