I311001a
Fecha: 20031103
Título: Hay que descubrir que los engaños que recibe nuestra fe no son definitivos
Original en audio: [6 min. 20 seg.]
Queridos Hermanos:
En la Primera Lectura de estas semanas hemos estado recorriendo la Carta a los Romanos. Y hay una parte de esta Carta a los Romanos, que corresponde a los capítulos nueve, diez y once, que es muy particular; incluso algunos dice que era un documento distinto y que luego vino a fusionarse con otros escritos para conformar lo que hoy es la Carta a los Romanos.
Lo que tienen de particular estos capítulos del nueve al once, es que se refieren específicamente a la suerte del judaísmo, o mejor, al papel del judaísmo en el conjunto de ese gran plan de salvación que San Pablo contempla en la Carta a los Romanos.
De hecho, yo creo que no es necesario imaginar estos capítulos aparte del conjunto de la Carta; esa opinión, pues, la baso en personas que han conocido y que han estudiado muchísimo estos documentos. Y es que si lo miramos bien, toda la Carta a los Romanos ha sido un lenguaje, ha sido un mensaje de salvación a través de la fe, a través de la confianza en la misericordia divina.
Y este mensaje profundo, este mensaje insistente de Pablo es el corazón mismo de su propia conversión, es el motivo de su existencia y es también la fuente del dolor que le hemos encontrado del nueve al once. Porque él vivió todo el tiempo con una apuesta radical por su judaísmo.
Pablo vivió toda su existencia con una convicción total sobre el judaísmo, sobre la ley judía; él varias veces en el Nuevo Testamento nos habló sobre eso, sobre su total convicción. No imaginemos, por favor, la conversión de San Pablo como alguien que dejó grandes o graves vicios, y que empezó a llevar una vida de rectitud y de sobriedad; esa no fue la conversión de San Pablo.
La conversión de Pablo fue el descubrimiento maravilloso de cómo la gracia de Dios en Jesucristo coronaba todo eso que había sido prometido, anunciado en los profetas, y todo eso que estaba de alguna manera prefigurado en la ley. Porque la ley venía a ser como un instrumento para que pudiéramos despertar nuestra conciencia; pero era un servicio muy magro, muy pobre, muy raquítico el que podía prestar la ley, porque denunciaba el mal, pero sin quitarle el poder de que nos hiciera malos.
Por eso Pablo el judío, cuando recibe esa gracia maravillosa de la conversión, no solamente entra en una dimensión nueva, sino que comprende con una profundidad total lo que significa el ser judío, lo que significa esa peregrinación de su raza, de su pueblo judío a los largo de tantos siglos.
Pablo como que puede contemplar hacia donde va todo eso, y por eso siente un dolor incomparable, del que ya hemos encontrado traza en otras lecturas de la Santa Misa en otros días; siente un dolor indescriptible porque ve que los de su raza le están dando la espalada al plan de Dios.
Pero ese dolor en la lectura de hoy toma un nuevo tono, y ese dolor sin dejar de ser dolor se convierte ya en alabanza, porque Pablo, poniendo su mirada en el futuro, descubre que también esa negativa de pueblo judío, también esa negativa de los de su raza, en realidad se incorpora dentro de una sabiduría más alta. Y esto es una tremenda enseñanza para nosotros.
Descubrir que las contradicciones, descubrir esos engaños que recibe nuestra fe no son definitivos, y por eso no deben ser decisivos, no son definitivos; la negativa no es definitiva; no. Lo que encontramos es que a través de esas mismas negaciones, que nuestra voluntad muchas veces rebelde le presenta a Dios, pues Dios abre un camino y lo abre con una nueva sabiduría, nueva y más profunda sabiduría.
De modo que su plan, sin anular nuestra libertad, manifiesta una libertad que es soberana, una libertad que es compasiva y que es poderosa, y por eso las palabras de alabanza: ¡Qué abismo es la riqueza y la sabiduría de Dios! ¡Que grande es Dios! ¿Qué grande es su poder!
Aprendamos de Pablo, entonces, a reconocer en los meandros del río de la gracia en nuestra vida, no ocasión para entristecernos, para deprimirnos o para disgustarnos, sino ocasión para cantar en otros tonos, en otras armonías, las sabiduría incalculable, la piedad incomparable, el poder incomprensible de Dios.